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Javier Solís: 70 Años de MENTIRAS… El ASQUEROSO Pacto con Agustín Lara que Nadie Te Contó

Rodríguez era de Puerto Rico y conocía lo que era una voz con futuro. Al día siguiente llamó a Felipe Valdés Leal en Columbia y le dijo que fuera a escuchar a ese cantante. Alfredo el Gerüero, Hill y Chucho Navarro, sus compañeros en los Panchos, respaldaron la recomendación. Valdés Leal fue, escuchó y el 15 de enero de 1956 puso un contrato sobre la mesa.

Lo que ese contrato desencadenó en los años siguientes revelaría algo sobre la industria musical mexicana que muy pocos se atrevieron a contar en voz alta. Lo que viene a continuación empieza a explicar por qué. Guarda esta cifra. 379. Ese es el número exacto de canciones que Javier Solís grabó en los 10 años que duró su carrera.

379 canciones en 10 años, casi una canción nueva cada 10 días, sin parar, sin descanso, sin tiempo para que el polvo se asentara entre un disco y el siguiente. Y entre esas 379 canciones, hay un álbum que los homenajes y los documentales suelen mencionar de pasada, como si fuera un dato menor en una discografía enorme. Ese álbum se llama Javier Solís interpreta a Agustín Lara y ese álbum es la llave de todo lo que vamos a hablar hoy.

Porque Agustín Lara, para los años en que Javier Solís firmó con Columbia era el hombre que más había definido cómo sonaba México en el mundo. Su nombre completo, Ángel Agustín, María Carlos Fausto, Mariano Alfonso del Sagrado Corazón de Jesús, Lara y Aguirre del Pino. era tan largo como su ego y tan complicado como las condiciones que imponía cuando alguien quería cantar sus canciones.

Era hijo de Joaquín Mario Lara y de María Aguirre del Pino. Había crecido con su madre y una tía llamada Refugio después de que el padre abandonó la familia y había construido su propio mito desde la base, incluyendo la parte de convencer a México de que había nacido en Tlacotalpan, Veracruz, cuando los documentos dicen Ciudad de México.

La ironía es brutal. Dos hombres, los dos nacidos en Ciudad de México, los dos presentándose al mundo con un origen que no era exactamente el suyo, los dos con un nombre de escenario que reemplazó el de pila. Pero uno llevaba 50 años de ventaja y el catálogo de canciones más valioso de la música popular mexicana.

Y el otro era un carnicero de 24 años que acababa de firmar su primer contrato. Porque en la industria discográfica de esa época, el compositor cobraba regalías por cada disco vendido, por cada presentación en vivo, por cada vez que su canción sonaba en la radio o aparecía en una película. Y cuanto más famoso era el intérprete, más dinero llegaba al bolsillo del compositor.

Javier Solís en 1956. Era una apuesta, alguien que Valdés Leal creyó que tenía futuro. Pero para tener futuro en esa industria, en esa época había reglas que no estaban escritas en ningún manual, pero que todos cumplían. Y una de esas reglas era que los cantantes jóvenes que querían durar necesitaban el respaldo del repertorio consagrado del catálogo de los grandes, del mundo de Agustín Lara.

El 5 de septiembre de 1957, Javier Solís recibió su primer disco de platino en 1959. La canción Llorarás llorarás lo convirtió en algo que ningún bar ni ningún concurso de zapatos nuevos podía haber anticipado. Un fenómeno real con ventas reales y nombre que sonaba desde México hasta Argentina. Cuando eso ocurrió, cuando el nombre Javier Solís empezó a ocupar espacio en la mente de medio continente, Agustín Lara prestó atención.

Y cuando Agustín Lara prestaba atención a alguien, ese alguien tenía que tomar una decisión. Lo que vino después de esa decisión es lo que ningún homenaje oficial se ha detenido a explicar. Todo eso empieza a continuación. ¿Qué necesita un hombre para dejar de ser el que imita y convertirse en el que todos van a imitar? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar cantando en la oscuridad antes de que alguien encienda la luz? ¿Y qué precio silencioso paga cuando la luz finalmente llega y ya no puede apagarla? En 1957, Javier Solís tenía un problema que

Felipe Valdés Leal veía con claridad y que Solís mismo tardó en aceptar. La voz era extraordinaria, el instinto musical era real, pero cada vez que subía al escenario, la sombra de Pedro Infante lo seguía como un fantasma. Los críticos lo notaban, el público lo notaba. Solís cantaba como Pedro Infante cantaba, movía la cabeza como Pedro Infante la movía.

Y había algo en ese mimetismo que era a la vez impresionante y limitante, como ver a alguien correr con los zapatos de otro. El primer disco de platino llegó el 5 de septiembre de 1957 y eso fue una señal de que el talento era real. Pero Valdés Leal sabía que si Solís no encontraba su propia voz, no la voz literal, sino la voz artística, iba a ser siempre el segundo de alguien que ya había muerto.

La ruptura llegó en 1959. El disco se llamó Llorarás, llorarás y fue el resultado de semanas de trabajo en que Valdés Leal, con la paciencia que solo tienen los que saben lo que tienen entre las manos, convenció a Solís de soltarse, de cantar como él cantaba cuando nadie lo estaba mirando. El tema salió y ocurrió algo que la industria musical mexicana no había visto en años.

La gente no solo lo escuchaba, lo reconocía. reconocía esa voz gruesa con quiebre de emoción al final de cada frase, esa forma de sostener una nota hasta que dolía. Javier Solís dejó de ser el sucesor de Pedro Infante. Se convirtió en Javier Solís, guarda esta cifra, 1960. Ese año arrancó lo que los historiadores del bolero ranchero llaman, sin exagerar, uno de los periodos más productivos de un cantante mexicano en toda la historia del género.

Entre 1960 y 1966, en 6 años, Javier Solís grabó más de 300 canciones distribuidas en 20 discos de larga duración. En ese mismo periodo filmó 33 películas y en 1965 solo el año anterior a su muerte participó en 10 películas. 10 películas en un año, casi una por mes, además de los discos, además de las giras, además de los compromisos de radio y televisión.

El ritmo era el de alguien que siente que el tiempo se acaba. La primera película fue Tres Balas perdidas en 1960, dirigida por Roberto Rodríguez al lado de Rosita Quintana y María Victoria. Ahí Solis era un joven llamado Cuco su voz y su sonrisa en ese cine popular mexicano que no pretendía ser Ingmar Bergman y no necesitaba hacerlo porque lo que vendía era exactamente lo que el público quería.

Canciones, charro, amor imposible y un final que dejara a la gente con ganas de volver. Las siguientes vinieron rápido. En cada feria Un amor. Los forajidos. México de mi corazón. Campeón del barrio. Cada película era un disco nuevo. Cada disco era un tour. Cada tour eran miles de personas pagando para escuchar esa voz que había salido de una carnicería en la colonia Condesa.

Piensa en eso un momento. En 1960, hacía 4 años que ese hombre había entrado por primera vez a una oficina de disquera. 4 años antes era un carnicero que cantaba de noche en el Bar Azteca por un sueldo que no alcanzaba para mucho. Y en 1960 ya era la figura central de la música ranchera mexicana con películas, discos, giras internacionales y un apodo que México le había puesto sin consultarle.

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