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JAVIER AGUIRRE: EL PROBLEMA que HUNDIÓ a México en su PROPIA CASA

Los años entre 2002 y 2010 llevaron a Aguirre por distintos bancos, primero en México, después una nueva oportunidad con la selección rumbo a Sudáfrica 2010 en un proceso que él mismo describió como una segunda oportunidad para cerrar una historia que había quedado inconclusa, México llegó a ese mundial con un equipo sólido, ordenado, defensivamente compacto, con jugadores como Rafael Márquez, el mismo hombre que 20 años después heredaría de sus manos el proyecto de la selección.

Avanzaron de grupos sin sobresaltos. Octavos de final otra vez. Esta vez el rival era Argentina, dirigida por Diego Maradona, un equipo cargado de individualidades desbordantes. El partido comenzó con una polémica que todavía hoy se recuerda en el fútbol mexicano. Un gol de Carlos Tévez que claramente estaba adelantado y que el árbitro validó sin revisión posible en aquella época sin tecnología de video.

México, golpeado anímicamente por la injusticia nunca logró recomponerse del todo. Argentina terminó ganando 3 a 1 y Aguirre por segunda vez en su carrera como técnico de la selección se encontró en la misma rueda de prensa con las mismas preguntas con el mismo peso en los hombros. Octavos de final.

Otra vez la sensación entre la afición mexicana empezó a construir una narrativa incómoda, la de un país condenado a un techo invisible que ningún técnico, por más preparado que estuviera, parecía capaz de romper. Aguirre salió de la selección después de ese mundial con la sensación de una historia inconclusa, un asunto pendiente que quedaría dormido durante más de una década mientras él continuaba su carrera en España, dirigiendo a español, Leganés y Mallorca, ganándose una reputación de entrenador capaz de sostener a equipos

modestos en categorías donde otros hubieran fracasado. Nadie en ese momento imaginaba que el destino le reservaba una tercera cita con el mismo fantasma y esta vez en el escenario más simbólico posible. La decisión llegó en 2024 en medio de un proceso de selección de técnico que la Federación Mexicana de Fútbol llevó con extrema cautela, consciente de que el próximo entrenador dirigiría el mundial más importante en la historia reciente del país, el primero organizado en territorio mexicano desde 1986.

El nombre de Aguirre resurgió entre los candidatos con un argumento que pesaba más que cualquier otro, la experiencia. Había dirigido ya dos mundiales, conocía la presión mediática. sabía lo que significaba manejar un vestidor bajo el peso de las expectativas de un país entero.

Pero ese mismo argumento cargaba una sombra incómoda que ningún directivo de la federación se atrevió a ignorar del todo. Este hombre ya había fracasado dos veces en la misma instancia exacta. era la persona indicada para romper ese techo o simplemente estaba condenado a repetir el mismo guion por tercera vez, ahora con las cámaras del mundo entero puesta sobre México.

Aguirre aceptó el reto con la serenidad que lo había caracterizado siempre, consciente de que aceptar esa responsabilidad significaba también aceptar la posibilidad de convertirse en el técnico que perdió tres mundiales consecutivos en la misma ronda. Un dato que ningún entrenador en la historia del fútbol querría cargar sobre su nombre.

Desde el primer día de su tercer ciclo, Aguirre repitió una frase en cada entrevista que funcionaba casi como un mantre personal. Íbamos paso a paso, sin pensar en el pasado, construyendo un proyecto pensado para el presente. Pero la prensa inevitablemente regresaba una y otra vez a la misma pregunta incómoda, la de octavos de final, la de ese techo invisible que parecía perseguirlo desde 2002.

El proceso de construcción del equipo rumbo a 2026 se apoyó en una mezcla de experiencia y juventud que generó expectativas genuinas dentro y fuera del país. Nombres como Raúl Jiménez, símbolo de resiliencia después de superar una fractura craneal que pudo costarle la carrera. Convivían en la convocatoria con una nueva generación de futbolistas jóvenes que empezaban a destacar en Europa, entre ellos Gilberto Mora, apenas un adolescente llamado a convertirse en el jugador más joven de todo el mundial 2026.

Aguirre habló públicamente de la necesidad de dar profundidad al equipo con sangre joven, de construir una base que no dependiera de un solo nombre, sino de un colectivo capaz de sostener la presión de jugar en casa. La afición mexicana, mientras tanto, vivía una mezcla extraña de ilusión y desconfianza. Ilusión porque el mundial se jugaba por fin en su propio territorio, algo que no ocurría desde hacía 40 años.

Desconfianza porque el técnico al frente ya había fallado dos veces exactamente en el punto donde el sueño solía romperse. Guarda esta tensión en tu mente porque va a acompañar cada partido de la fase de grupos, cada análisis, cada nota de prensa hasta llegar al momento exacto donde la historia decidiría si por fin se rompía el patrón o si se repetía por tercera vez consecutiva.

Jueves 11 de junio de 2026, estadio Ciudad de México. El día había llegado. El día que Aguirre había esperado durante meses de preparación, entrenamientos, análisis de video, decisiones difíciles sobre quién merecía un lugar en la lista final. México debutaba como anfitrión del mundial frente a Sudáfrica, un rival que en el papel no representaba una amenaza descomunal, pero que en fútbol y especialmente en un debut mundialista cargado de nervios.

Nunca es un partido sencillo. El ambiente en el estadio desbordaba cualquier expectativa razonable. Miles de aficionados entonando el himno nacional con una intensidad que erizaba la piel, banderas ondeando en cada rincón de las gradas. La sensación física de que un país entero respiraba al mismo tiempo que sus 11 futbolistas en el campo.

México se puso en ventaja pronto, pero el partido, lejos de ser un trámite sencillo, se complicó en la segunda mitad. Sudáfrica jugó casi todo el segundo tiempo con un hombre menos tras una expulsión y aún así el equipo mexicano no logró capitalizar esa ventaja numérica con la contundencia que la ocasión exigía.

Un gol histórico de Raúl Jiménez, el símbolo de resiliencia del plantel, puso el resultado en un cómodo margen, pero la sensación general al finalizar el encuentro no fue de euforia total, sino de una victoria incompleta. Aguirre, en la conferencia de prensa posterior no ocultó su malestar. dijo abiertamente que el equipo se había relajado en la segunda parte, que no le había gustado como defendieron, que pudieron haber cerrado el partido con una diferencia mucho mayor.

Fue una declaración que sorprendió a varios periodistas presentes, un técnico ganando su debut mundialista en casa, exigiéndose y exigiendo a su equipo más autocrítica que celebración. Ese mismo día, en el segundo tiempo, se produjo un momento que quedaría grabado en la memoria colectiva del mundial, el debut de Gilberto Mora, el jugador más joven del torneo, quien saltó al campo bajo el peso simbólico de representar a toda una generación que Aguirre había apostado por integrar. No fue un debut perfecto.

El propio técnico lo reconoció después con honestidad, admitiendo que no lo encontraron exactamente donde hubiera sido ideal verlo actuar. Pero también destacó que para ser su primera vez en un escenario de esa magnitud, el joven no había decepcionado. Aguirre insistió en que pensar en el futuro inmediato, en el siguiente rival, era lo único importante, que hacer cuentas sobre posiciones o cruces posteriores no era prioridad el cuerpo técnico.

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