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El Secreto tan Asqueroso de Vicente Fernández que su Nuera Tardó 20 Años en Atreverse a Contar

rutina, cada horario, cada movimiento de la familia. Para Vicente ese rancho era el sueño cumplido del niño pobre de Wentitán. Era la prueba física de que lo había logrado, de que su familia por fin estaba a salvo. Ese rancho es el escenario de todo lo que viene. Guárdalo en tu mente porque casi todo lo que vas a oír a partir de ahora ocurrió detrás de esos muros.

Y aquí aparece el primer objeto que te pido que no olvides, porque años más tarde, en ese mismo rancho, alguien recibió una caja. Una caja de cartón, pequeña, sin remitente. Lo que había dentro de esa caja hizo que Vicente Fernández, el hombre que cantaba sin temblar frente a 100,000 personas, cayera de rodillas.

Vamos a volver a esa caja por ahora.  Solo quiero que sepas que existió, porque la fortaleza tenía una grieta y la grieta no estaba en los muros, estaba en la gente que dormía dentro de ellos y lo que vino después fue peor de lo que cualquiera de ellos imaginó. Durante años, la imagen pública  fue impecable.

El charro que cantaba con el sombrero en el pecho. El padre de familia, el hombre que decía que mientras el pueblo  siguiera aplaudiendo, él seguiría cantando, aunque sea de rodillas. Esa frase la repitió hasta el final de su vida y suena bonita hasta que entiendes en qué momento exacto  la dijo por primera vez.

la dijo arriba de un escenario sonriendo mientras por dentro se estaba muriendo de algo que el público no sabía. El público no sabía que en ese preciso momento su hijo mayor llevaba semanas desaparecido. 20 de mayo de 1998. Vicente Fernández Junior tenía 31 años. Era el hijo mayor el que llevaba el nombre completo del padre, el peso del apellido sobre los hombros.

Esa noche desapareció. Un grupo de hombres armados se lo llevó y durante los siguientes 121 días, la familia más poderosa de la música mexicana vivió un infierno que mantuvieron casi en absoluto silencio. 121 días, casi 4 meses. Imagina por un momento que ese desaparecido fuera alguien de tu propia familia. Imagina despertar cada mañana sin saber si sigue vivo, esperando una llamada que puede traer una orden de pago o una sentencia de muerte.

Eso fue lo que vivieron día tras día dentro de los tres potrillos y ahora añade una capa más a ese infierno. Imagina vivir todo eso teniendo que fingir porque la familia decidió mantenerlo en secreto. De cara al mundo, los Fernández seguían siendo la familia perfecta. Cuquita seguía sonriendo en los compromisos.

Los hijos seguían con su rutina y Vicente seguía firmando autógrafos, posando para fotos, cantando para multitudes que lo veían radiante. Por dentro, cada uno de ellos cargaba el terror de no saber si volverían a ver a Vicente Junior con vida. Por fuera, ni una grieta. Durante 4 meses, esa familia interpretó el papel de su vida sobre el escenario más cruel posible, el de la normalidad, mientras uno de los suyos podía estar muriendo.

Esa capacidad de sostener una imagen impecable, mientras por dentro todo arde, no se improvisa,  se entrena durante años y en esta familia, como vas a ver, era casi una forma de vida. Los secuestradores pertenecían a una banda que la prensa mexicana bautizó con un nombre que lo dice todo, los mochadedos. Su método era tan brutal como eficaz.

Cuando una familia se demoraba en pagar o cuando querían demostrar que iban en serio, mutilaban a la víctima y enviaban la prueba.  Y con Vicente Junior lo hicieron. Aquí es donde aparece otra vez esa caja. Le cortaron dos dedos de la mano y se los enviaron a su padre dentro de una caja. Esa es la caja de la que te hablé.

Cuando Vicente Fernández abrió ese paquete y entendió lo que estaba mirando, algo se rompió dentro de él para siempre. El hombre que había construido una fortaleza entera para que a su familia no le faltara nada, sostenía en las manos dos dedos de su propio hijo y aún así tuvo que seguir cantando. Esa es quizá la parte más cruel de toda esta historia.

Mientras su hijo estaba cautivo y mutilado, Vicente Fernández siguió subiéndose a los escenarios. siguió sonriendo, siguió cantando el rey frente a miles de personas que no tenían ni idea de lo que estaba pasando. Lo hizo por una razón fría y calculada. Si cancelaba los conciertos, los secuestradores sabrían que la familia estaba quebrada por dentro y eso podía costarle la vida a su hijo.

Así que cantó con el alma destrozada. Cantó. Hay otra decisión de aquellos meses que pesa muchísimo en todo lo que vino después. La familia manejó gran parte de la negociación por su cuenta en privado, con desconfianza hacia las autoridades, como hacían muchas familias adineradas en el México de los años 90, una época en la que el secuestro se había vuelto una industria y donde nadie sabía en quién confiar.

Esa decisión, entendible por el miedo, tuvo un costo. Significó que todo se resolvió en la sombra, entre gente cercana, sin luz pública. Y en la sombra es justo donde un traidor puede esconderse mejor. Y aquí hay un detalle que casi nadie conoce y que cambia por completo cómo ves esas presentaciones. Según el relato que años después dio Mariana González, la mujer que se convertiría en la pareja de Vicente Junior y a quien la familia trató como nuera.

Hubo un momento en que el propio Vicente recibió un mensaje de los secuestradores en plena negociación. Las palabras que le habrían transmitido eran heladas. ¿Me regresas a mi hijo o no la cuentas? Esa frase resume el nivel de terror en el que vivió esa familia durante meses. Aquello dejó de parecerse a un secuestro común y se convirtió en una cacería contra el hombre más querido de México.

Pero el relato de Mariana incluye una escena que parece sacada de una película y que es la pieza que más escalofríos da de toda esta historia. Según contó en plena negociación, un hombre presentado como un experto en secuestros le pidió a Vicente que cantara en un evento y fue ahí, en ese mismo lugar  donde Vicente habría escuchado de cerca una voz exigiendo el pago por la libertad de su hijo.

La voz de la extorsión sonando casi al lado del hombre que se suponía debía ayudarlo a recuperar a Vicente Junior. La reacción del padre habría sido feroz. Encaró a ese experto y le exigió que le devolviera a su hijo al día siguiente, como si de golpe hubiera entendido que el enemigo estaba mucho más cerca de lo que creía. Detente en esa imagen.

Vicente Fernández cantando y a unos metros la voz del horror saliendo del entorno que lo rodeaba. Y si esa voz le resultó conocida. Y existe otro objeto en esta historia que tienes que retener, porque en algún punto de esa negociación hubo comunicaciones, llamadas, mensajes, voces al otro lado de la línea poniendo precio a la libertad de un ser humano.

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