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El Oscuro Secreto detrás del “Hijo” de Cantinflas que Destruyó a Irán Eory

 

 

 Cruzó el océano, dejó España, dejó la órbita asfixiante de las expectativas familiares y se fue a México con una maleta y una ambición del tamaño de un continente. Quería ser actriz de verdad, quería ser grande. Y México en esos años era la fábrica de sueños más poderosa que hablaba su idioma. Lo que ella no sabía es que en ese país, donde por fin iba a brillar como nunca, también la esperaba el hombre que le ofrecería todo.

 Y sin que ninguno de los dos lo supiera todavía, el secreto que se lo arrebataría. México la recibió como recibe a muy pocos. La cámara la amó desde el primer encuadre. Esa mujer de acento imposible de ubicar, de belleza que no se parecía a ninguna otra, encajó en la televisión mexicana como si llevara toda la vida esperándola.

 Llegaron los papeles, llegaron los protagónicos y llegó la fama de verdad, la que se mide en gente que se detiene en la calle y en familias enteras pegadas al televisor a la misma hora. protagonizó historias que hoy siguen sonando. En 1978 dio vida a Doménica Montero, una joven noble abandonada por su prometido a las puertas del altar, que se convierte en una mujer endurecida, incapaz  de volver a confiar en un hombre.

 Un papel que décadas después otras actrices retomarían, pero que ella interpretó primero. Estuvo en Mundo de Juguete, en la pícara soñadora y su rostro acompañó a producciones tan vistas que cruzaron fronteras y se emitieron en decenas de países. Hizo de madre, de villana, de dama trágica, de gran señora.

 Y hay una ironía amarga en todo esto que conviene no perder de vista. Una y otra vez le tocó interpretar a mujeres abandonadas, traicionadas, a las que la vida les arrancaba el amor. Interpretaba, sin saberlo del todo, ensayos de su propio destino. Para una recién llegada hija de un diplomático austríaco y de una madre cefardí sin padrinos en el medio, todo aquello era un triunfo descomunal.

 Para su madre allá en España, seguía siendo una hija desperdiciada en un oficio indigno. Y conviene decir cómo se ganó ese lugar, porque no fue por su cara bonita. Irán tenía disciplina de hierro, se sabía sus textos, llegaba puntual, exigía a los demás lo que se exigía a sí misma. En una industria donde a las mujeres se las trataba muchas veces como adornos reemplazables, ella se plantaba con el oficio y el rigor de quien sabe que su talento es lo único que de verdad la protege.

 Por eso le dieron papeles cada vez más grandes. Por eso aguantó tantos años en lo más alto. No la sostenía un apellido, ni un marido poderoso. sostenía su trabajo, pero ese mismo medio guardaba una trampa que ella todavía no veía. La industria adoraba a la mujer joven y bella y despreciaba en silencio a la mujer que envejecía. aplaudía a la actriz mientras vendía y afilaba el cuchillo para el día en que dejara de hacerlo.

 Irán estaba construyendo su reino sobre una arena que tarde o temprano el tiempo se encargaría de tragarse. Pero por primera vez en su vida, Irán estaba lejos, lejos del control, lejos de esa voz que le recordaba a diario con quién debía casarse. Y en ese respiro, en esa libertad nueva, apareció él, Mario Moreno Cantinfla, el hombre más querido de México y uno de los más famosos del planeta.

 El cómico que había hecho reír al mundo entero, que había compartido pantalla con las grandes estrellas de Hollywood, que tenía dinero, poder y el cariño incondicional de millones. Un hombre que con solo mover el bigote y enredar tres palabras, desataba carcajadas en cualquier idioma. Pero conviene recordar de dónde venía ese hombre porque explica mucho de lo que pasó después.

 Mario Moreno Reyes había nacido pobre en un México duro y se había hecho a sí mismo desde abajo en las carpas. Esos teatros ambulantes de barriada donde los cómicos se  ganaban la cena arrancando risas a gente que casi no tenía nada. Ahí, en  una compañía llamada Carpa Valentina, había conocido a la mujer de su vida, una bailarina y artista de origen ruso, Valentina Ivanova, nacida en Moscú en 1915, cuya familia había huído de la guerra civil rusa y había terminado levantando teatro  ambulante en México.

 Se enamoraron entre funciones, entre lonas y polvo, y se casaron el 27 de octubre de 1934. Ese matrimonio fue su roca durante más de tres décadas. Valentina lo acompañó desde la miseria hasta la cima del mundo, desde las carpas hasta los grandes estudios de Hollywood, donde el propio Charles Chaplin llegó a deshacerse en elogios hacia él.

 Ella fue la mujer constante, la que estuvo  cuando no había nada y siguió cuando lo hubo todo. Y en 1966 esa roca se rompió. Valentina murió de cáncer de huesos después de una larga agonía. El hombre que hacía reír a todo  el planeta se quedó viudo, hundido, sin saber cómo reírse él mismo.  Durante un tiempo, el cómico más grande de habla hispana fue solo un hombre roto en una casa enorme.

 Y entonces, en ese hueco oscuro, se cruzó con Irane Ori. Lo que vino después fue un cortejo de los que ya no existen. Según se ha contado muchas veces, Cantinfla se enamoró de ella como un adolescente. Le mandaba flores cada mañana. Le escribía cartas a mano largas, cuidadas con esa caligrafía de otra época.

 La invitaba a cenar, le hacía regalos, la trataba como a una reina delante de todos, no la escondía, no la trataba como una aventura. la presentaba, la presumía, la quería de verdad. Y quiero que te quedes con esas cartas porque van a volver. Esas cartas escritas a mano guardan algo que leído años después pone la piel de gallina. Para Irán esto era distinto a todo.

 Ya no era una niña, era una mujer adulta, con carrera, con criterio,  que había aprendido a desconfiar de los hombres que solo querían un trofeo.  Pero Cantinflas no parecía querer un trofeo, parecía querer una esposa, una compañera, alguien con quien envejecer. Y por  primera vez la posibilidad del matrimonio no venía impuesta por su madre, ni atada a un apellido o a una fortuna.

Venía de un hombre que la miraba a ella, a la mujer no al negocio. Imagínate por un momento lo que eso significó para alguien que había crecido sintiendo que su corazón era propiedad de otros. Por fin, un amor que parecía elegido por ella misma. Por fin, la oportunidad de construir una vida en sus propios términos.

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