Los jóvenes que se incorporan al padrón electoral en los últimos años no tienen la misma conexión histórica y emocional con el PRI que las generaciones mayores. Para ellos, el PRI es el partido del pasado, el que gobernó México antes de que nacieran, el que tiene los escándalos de los que escucharon hablar, pero cuya gestión no vivieron de manera directa.
Eso significa que los 6 millones de 2024 tienen una presión demográfica que en los próximos ciclos electorales va a seguir moviéndolos hacia abajo, a menos que el PRI encuentre la manera de conectar con un electorado nuevo que reemplace al que el tiempo va llevándose. Y eso, conectar con un electorado nuevo requiere exactamente lo que el PRI bajo alito no ha podido hacer.
Renovarse de una manera que le resulte creíble a quienes no tienen razones históricas para darle una segunda o tercera oportunidad. Y eso, conectar con un electorado nuevo requiere exactamente lo que el PRI bajo alito no ha podido hacer, renovarse de una manera que le resulte creíble a quienes no tienen razones históricas para darle una segunda o tercera oportunidad.
Y hay algo sobre esa dificultad de conectar con el electorado nuevo que quiero que pienses con cuidado, porque tiene una dimensión que los análisis electorales ordinarios raramente desarrollan con la profundidad que merece. Los votantes jóvenes en México tienen una relación con el PRI que es fundamentalmente diferente a la de sus padres y sus abuelos.
Para las personas mayores de 50 años que votaron al PRI en algún momento de su vida, el partido tiene una presencia en la memoria personal que puede ser positiva o negativa, pero que en cualquier caso es real. recuerdos de programas sociales, de obras en sus comunidades, de funcionarios que conocieron. Esa relación personal con el partido, aunque sea una relación de decepción, es todavía una relación.
Para los votantes menores de 30 años, el PRI es esencialmente un nombre en la boleta conectado a una historia que estudiaron en libros de texto y que procesaron a través de los relatos de sus mayores sobre la corrupción y el autoritarismo del sistema priista. La relación que tienen con el partido es la de alguien que conoce una marca que ya no está en el mercado de la manera en que estuvo y construir lealtad con ese votante desde cero sin la memoria personal que tiene el votante mayor, es una tarea que requiere mucho más que declaraciones de
que el partido va a renovarse. requiere resultados, resultados en gobiernos que funcionen, en candidatos que sean genuinamente diferentes, [música] en propuestas que muestren que el partido aprendió algo de su historia. Y esos resultados que requieren tiempo y circunstancias favorables para producirse son exactamente los que los datos de los 10 años de alito dicen que el PRI no logró acumular.
Bien, y ahora déjame hablarte de algo que los datos sobre el PRI durante los 10 años de alito dicen sobre el estado de la militancia, porque el número de votos es solo una dimensión del declive y hay otras que también merecen ser analizadas. La militancia de un partido político es su tejido vivo. Los militantes son los que van a la reunión de sección, los que organizan el evento, los que convencen a sus vecinos, los que tienen la conversación política cara a cara que ninguna publicación en redes sociales puede reemplazar completamente.
La militancia es costosa de mantener porque requiere actividad, atención y recursos, pero sin ella un partido es solo un nombre en la boleta, sin la presencia humana que convierte esa marca en algo que el ciudadano puede sentir cercano. El PRI bajo alito tuvo una hemorragia de militantes que fue documentada en distintos momentos por los medios que cubren la política mexicana.
Figuras históricas del partido que en distintos periodos anunciaron su salida. operadores políticos regionales que llevaban décadas en el partido y que calcularon que sus carreras tenían más posibilidades fuera de él. Alcaldes y regidores que en los ciclos donde la victoria del PRI fue más difícil de sostener terminaron buscando candidaturas con otros partidos o manteniéndose como independientes.
Esa hemorragia tiene una lógica que cualquier observador de la política mexicana puede entender. Los militantes que tienen opciones se van a los partidos donde esas opciones tienen perspectiva real. Y en el México de los últimos 10 años, la perspectiva real de ganar elecciones estuvo con Morena, para quien tenía simpatías de izquierda, y con el PAN, para quien tenía simpatías conservadoras, con el PRI quedando en un espacio intermedio que tenía cada vez menos atractivo para los operadores políticos profesionales que necesitaban

apostar por un partido con posibilidades reales y la perspectiva real de ganar elecciones, que es lo que hace atractivo a un partido para un operador político profesional, fue disminuyendo de manera visible durante los 10 años de alito. Pues fíjate ahora en algo que creo que es el punto central de todo el análisis y que ningún análisis de los datos del declive del PRI puede dejar fuera.
El PRI venía en declive antes de Alito, eso es cierto. La caída de los gobernadores, la pérdida de votos, la salida de militantes no comenzó el primer día de la presidencia de Moreno Cárdenas. tiene causas estructurales que son anteriores y que tienen que ver con el agotamiento del modelo político que el PRI representó durante la hegemonía, pero hay una diferencia entre heredar una organización en declive y acelerar ese declive de manera que los datos lo registren de forma inequívoca y los datos de los 10 años de Alito registran
esa aceleración. En 2019, cuando Alito llegó, el PRI tenía todavía suficiente presencia territorial y suficiente masa electoral como para que los análisis [música] sobre su futuro tuvieran al menos dos lecturas posibles. La de que el partido encontraría la manera de estabilizarse y de construir una plataforma de recuperación y la de que el declive continuaría hasta producir la irrelevancia electoral que los datos actuales describen.
Los 10 años de Alito inclinaron la balanza hacia la segunda lectura y la inclinaron con datos tan concretos y tan verificables que la primera lectura ya no tiene el mismo espacio que tenía en 2019. Déjame hablarte ahora de algo que tiene que ver con lo que Alito decía públicamente durante estos 10 años, porque la distancia entre lo que decía y lo que los datos registraban tiene su propio peso en el análisis.
Alito fue durante toda su presidencia del PRI un dirigente que mantuvo la narrativa del partido vivo, del partido con futuro, del partido que iba a recuperar lo que había perdido. Esa narrativa la sostuvo frente a cada derrota electoral, frente a cada escándalo, frente a cada salida de una figura importante, frente a cada encuesta que mostraba que el partido seguía perdiendo terreno.
La narrativa de la resistencia de que el Peri aguanta y regresa fue parte del perfil que Alito construyó como dirigente y tiene un componente que en la política mexicana funciona. El votante y el militante que todavía tiene lealtad al partido necesita escuchar que el partido tiene un futuro, aunque los datos digan otra cosa.
Sin esa narrativa, la hemorragia de militantes habría sido más rápida, pero la narrativa también tiene un costo cuando los datos la contradicen de manera tan consistente como lo hicieron durante los 10 años de alito. Cada vez que la narrativa del partido que regresa choca con otra gubernatura perdida o con otro ciclo donde el PRI baja en la encuesta, el crédito de quien sostiene esa narrativa se reduce y ese crédito reducido elección por elección durante 10 años es parte de por qué las voces dentro del partido que le pedían a Alito que se fuera fueron creciendo hasta
alcanzar el nivel de intensidad que tuvieron en los meses más recientes de su gestión. Y hay algo sobre esas voces dentro del partido que quiero que pienses, porque dice algo sobre el Estado interno del PRI, que los datos electorales y los datos de gubernaturas solos no alcanzan a describir.
El PRI tiene una historia de disenso interno que sus propios dirigentes gestionaron de distintas maneras a lo largo de los años. Durante la hegemonía, el partido tenía mecanismos para encausar el discenso de manera que no se volviera visible hacia afuera. la disciplina del tapado, la lealtad al sistema, la perspectiva de que quien esperara su turno eventualmente iba a encontrar un espacio.
Esos mecanismos le daban al partido una cohesión externa que su diversidad interna siempre producía de manera natural. Bajo alito, esos mecanismos se rompieron. Las figuras históricas del partido que le pidieron públicamente que se fuera, los operadores que salieron a dar entrevistas criticando su gestión, los senadores y diputados que en distintos momentos expresaron su inconformidad con las decisiones del dirigente.
Todo eso habla de un partido donde la disciplina interna que la hegemonía producía ya no funciona de la misma manera. Y cuando la disciplina interna no funciona, la organización pierde la capacidad de presentar una cara unificada hacia el exterior que le permita competir electoralmente con algo parecido a la eficacia que requiere ganar elecciones en un sistema político donde tienes en frente a un partido como Morena con sus propios recursos y su propia capacidad de movilización.
Y cuando la disciplina interna no funciona, la organización pierde la capacidad de presentar una cara unificada hacia el exterior que le permita competir electoralmente con algo parecido a la eficacia que requiere ganar elecciones en un sistema político donde tienes en frente a un partido como Morena, con sus propios recursos y [música] su propia capacidad de movilización.
Y hay algo sobre ese deterioro de la disciplina interna bajo alito que quiero desarrollar porque tiene una dimensión histórica que el análisis del presente raramente conecta con la historia larga del partido. El PRI fue durante décadas el partido de la disciplina. El sistema del tapado, donde el presidente en turno designaba al candidato y el partido cerraba filas detrás de esa designación con una cohesión que sus adversarios no podían imitar, produjo durante 70 años la imagen de una organización que hablaba con una sola voz, aunque tuviera muchas
corrientes internas. Esa disciplina fue parte de su fuerza y también, al final parte de su problema. Cuando el sistema empezó a mostrar fisuras, no tenía mecanismos para gestionar el discenso que no fueran los de la represión o la exclusión. Bajo alito, el PRI perdió esa disciplina sin haber construido los mecanismos democráticos internos que habrían podido reemplazarla.
Las corrientes internas del partido expresaron sus diferencias de manera pública con una frecuencia que en los tiempos de la hegemonía habría sido impensable. Los conflictos sobre candidaturas, sobre la estrategia de oposición, sobre el papel del partido en las coaliciones, se ventilaron en los medios en lugar de resolverse en los espacios internos.
Eso produjo un partido que hacia afuera parecía en conflicto consigo mismo, lo que reforzó la percepción del electorado de que el PRI era una organización que ya no tenía la cohesión para gobernar de manera efectiva, aunque pudiera recuperar el poder. Pues mira, quiero hablarte ahora de las elecciones de 2024 con más detalle, porque son el cierre del ciclo de 10 años de alito y porque los datos de ese ciclo electoral dicen cosas muy específicas sobre el estado del partido al final de su gestión.
En 2024, el PRI formó parte de la coalición Fuerza y Corazón por México junto con el PAN y el PRD. La candidata de esa coalición fue Sochitl Gálvez. La coalición recibió alrededor de 16 millones de votos. Frente a los más de 35 millones que recibió Claudia Shane Bound, esa derrota fue contundente. Más de 19 millones de votos de diferencia.
Una brecha que no se había visto en la política mexicana desde los tiempos de la hegemonía priista, pero ahora en la dirección contraria con Morena barriendo el tablero de manera que recuerda a la manera en que el PRI arrasaba en sus mejores épocas. Para el PRI, específicamente, el dato más significativo de 2024 no fue el total de la coalición, sino la capacidad del partido de aportar votos propios a esa coalición.
Los análisis del ciclo señalan que la aportación real del PRI al total de fuerza y corazón por México fue minoritaria dentro de la coalición. La mayoría de los votos vinieron de la base del PAN y de las simpatías personales de la candidata, [música] con el PRI, siendo más una estructura de papel en muchos estados que una maquinaria electoral capaz de mover votantes propios.
Esa situación, la de ser un socio menor en una coalición que no ganó de todas formas, describe con precisión el estado del PRI al término de 10 años de gestión de alito. Y hay algo sobre la posición del PRI como socio menor de la coalición en 2024, que tiene consecuencias que van más allá del resultado de esa elección específica.
Un partido que llega a una coalición electoral con poca capacidad de aportar votos propios tiene poco poder de negociación dentro de esa coalición. los candidatos de diputados y senadores, las posiciones en la lista de candidaturas plurinominales, el espacio en la agenda temática de la coalición. Todo eso se negocia en función de lo que cada socio puede aportar y si el PRI aporta poco, recibe poco.
Eso produjo el ciclo 2024, donde el PRI fue reducido a un número de legisladores que lo deja como actor legislativo con capacidad de influencia limitada. La bancada priista en el Senado y en la Cámara de Diputados es más pequeña que en ciclos anteriores y con esa bancada reducida, la capacidad del partido de incidir en el debate legislativo que define las políticas del país es proporcional a ese tamaño.
Un partido con bancada pequeña tiene menos capacidad de hacer alianzas que construyan posiciones, tiene menos acceso a los recursos que la representación legislativa produce y tiene menos visibilidad en el debate político nacional que los partidos con presencia legislativa más robusta. El círculo se retroalimenta y los datos de 2024 lo documentan con una crudeza que los comunicados de alito sobre el futuro del partido no pueden atenuar de manera satisfactoria.
Déjame hablarte ahora de algo que tiene que ver con la geografía específica del declive, porque los datos nacionales del PRI durante los 10 años de alito tienen una distribución regional que dice cosas específicas sobre dónde el partido perdió más y qué significa eso para el futuro. El PRI tuvo históricamente su mayor fortaleza en dos tipos de territorio, los estados del norte y noreste del país, donde el partido construyó gobiernos que combinaban el control de los recursos económicos con una maquinaria política sofisticada y los estados del sur y del
centro sur del país, donde el control del PRI sobre la distribución de recursos agropecuarios y de obra pública fue la base de su hegemonía durante décadas. En los estados del norte, el PRI fue siendo desplazado principalmente por el PAN, que construyó su base en ese territorio durante los años de la alternancia y que en varios estados del noreste tiene una presencia consolidada que en las últimas décadas ha competido de manera exitosa con el priismo histórico.
En los estados del sur y del centro sur, el PRI fue siendo desplazado principalmente por Morena, que conectó con el electorado rural y periurbano de esas regiones, con un discurso y con programas sociales que resonaron con las poblaciones que durante décadas habían recibido los programas del PRI, pero que en el ciclo 2018 a 2024 encontraron en Morena una alternativa más cercana a sus expectativas.
Esa pérdida en los dos frentes, norte y sur, por actores distintos con estrategias distintas, describe un partido que quedó sin territorio propio, sólido, donde pudiera plantarse y construir su recuperación desde una base segura. Y hay algo sobre esa situación de quedarse sin territorio propio que quiero que pienses, porque tiene implicaciones para la supervivencia del partido como organización política relevante que van más allá de la próxima elección.
Un partido político sin territorio no tiene donde crecer. Los partidos que tienen bases territoriales sólidas, estados donde gobiernan o donde tienen presencia significativa, tienen desde ahí los recursos, la visibilidad y los resultados que les permiten presentar ante los votantes en otros estados el argumento de que saben gobernar y que tienen la capacidad de hacerlo de nuevo.
El PRI, sin los territorios que tuvo, pierde ese argumento y sin ese argumento la conversación con el votante que podría considerar darle un voto al PRI empieza desde una posición mucho más débil. Porque la pregunta que ese votante va a hacer es, ¿dónde ha gobernado el PRI en los últimos años y cómo le fue? Y si la respuesta a esa pregunta es difícil de encontrar en el mapa electoral reciente, el argumento del partido que puede gobernar tiene un problema de evidencia que los discursos no [música] resuelven. Esa pérdida en
los dos frentes, norte y sur, por actores distintos con estrategias distintas, describe un partido que quedó sin territorio propio, sólido, donde pudiera plantarse y construir su recuperación desde una base segura. Y hay algo sobre esa particularidad de ser desplazado por partidos distintos en distintas regiones que quiero que notes, porque tiene implicaciones muy específicas para la posibilidad de recuperación del PRI.
Cuando un partido pierde terreno ante un solo competidor, la estrategia de recuperación puede concentrarse en diferenciarse de ese competidor específico. Si el PRI hubiera perdido todos sus estados ante Morena, la estrategia de diferenciarse ideológicamente de Morena podría haber sido la plataforma de recuperación, pero el PRI perdió estados ante Morena en el sur y ante el PAN en el norte.
Eso significa que para recuperar en el norte tiene que diferenciarse del PAN, que es su aliado de coalición. Y para recuperar en el sur tiene que diferenciarse de Morena que tiene el gobierno federal. Las dos estrategias de diferenciación son contradictorias entre sí. Lo que distingue al PRI del PAN lo acerca potencialmente a Morena y lo que lo distingue de Morena lo acerca potencialmente al PAN.
Esa trampa ideológica, estar atrapado entre dos competidores con proyectos distintos en los dos territorios donde necesitas recuperar es parte de la razón por la que la renovación del PRI es más difícil de articular que la renovación de un partido que simplemente tiene un competidor principal al que superar. Pues déjame hablarte ahora de algo que Alito mismo diría en su defensa, porque el análisis honesto del declive del PRI durante su gestión tiene que incluir el argumento que él y sus aliados usan para explicar los datos. El argumento es que
el declive del PRI empezó antes de Alito, que las causas estructurales del deterioro del partido son anteriores a 2019 y que ningún dirigente podría haber revertido en 10 años un proceso de deterioro que lleva más de dos décadas acumulando fuerza. Ese argumento tiene elementos de verdad. El declive del PRI es un proceso que comenzó con la alternancia de 2000 y que se aceleró en distintos momentos por razones que van desde los escándalos del gobierno de Peña Nieto hasta el surgimiento de Morena como una organización que captó
el electorado que el PRI históricamente movilizó en las zonas rurales y periurbanas del país. Ningún dirigente del PRI en las circunstancias de 2019 habría podido revertir ese proceso de manera completa en 10 años. La tarea habría requerido una renovación que va mucho más a fondo de lo que cualquier cambio de dirigentes puede producir, una refundación ideológica, una renovación de cuadros que rompiera con los actores que el electorado asocia con los periodos más cuestionados del priismo, una propuesta de gobierno que
diferenciara al PRI renovado del PRI histórico, de una manera que los votantes se encontraran creíble. Esa tarea habría sido difícil para cualquiera y Alito no la intentó de manera que los datos lo registraran. Y hay algo sobre esa diferencia entre la tarea difícil que cualquiera hubiera enfrentado y la tarea que Alito específicamente no intentó [música] que quiero señalar porque es la clave del análisis del periodo.
El declive estructural del PRI era el problema de fondo que cualquier dirigente habría heredado en 2019. La narrativa de Alito sobre la resistencia al gobierno de Morena, sobre el PRI como oposición que señala las irregularidades del partido en el poder fue la estrategia que eligió para posicionar al partido durante su gestión.
Esa estrategia tenía su propia lógica. En un momento donde el gobierno de Morena tenía suficiente fuerza electoral para producir derrotas aplastantes, atacar desde la oposición y construir una imagen de partido valiente que dice las verdades que el gobierno quiere callar, podría haber sido una plataforma de diferenciación útil. El problema fue que esa estrategia de oposición agresiva coexistió con los propios problemas de Alito como dirigente, los cuestionamientos sobre su patrimonio, los audios filtrados, los episodios que alimentaron la narrativa

de que el dirigente que señalaba la corrupción de otros tenía sus propias cuentas pendientes con la transparencia. Esos episodios dañaron la credibilidad de la estrategia de oposición porque hacían muy difícil que el partido se presentara como la alternativa moral al gobierno. Y sin la credibilidad moral que la estrategia de oposición requería para funcionar, los datos siguieron moviéndose en la dirección que llevaban.
El círculo se retroalimenta y los datos de 2024 lo documentan con una crudeza, que los comunicados de alito sobre el futuro del partido no pueden atenuar de manera satisfactoria. Y hay algo sobre ese círculo retroalimentado que quiero que pienses, porque dice algo sobre la diferencia entre los problemas que se resuelven solos cuando las circunstancias cambian y los problemas que se profundizan con el tiempo si las circunstancias no cambian.
El PRI podría haber esperado que las circunstancias le favorecieran, que el gobierno de Morena cometiera errores graves que devastaran su popularidad, que el electorado que se fue de regreso al PRI en busca de la alternativa más conocida, que alguna crisis económica o de seguridad hiciera que los votantes valoraran de nuevo la experiencia administrativa que el PRI dice que tiene.
Esas circunstancias favorables no llegaron en los 10 años de alito. El gobierno de Morena tuvo sus problemas, sus escándalos, sus fracasos de política pública, pero los problemas del gobierno de Morena no produjeron el regreso de votos al PRI, sino el fortalecimiento de la candidatura de Claudia Shainbaum, que en 2024 ganó con la mayor votación presidencial de la historia del sistema electoral moderno de México.
Eso dice que esperar las circunstancias favorables como estrategia de recuperación tiene un límite. Las circunstancias favorables pueden darse y el electorado puede de todas formas no regresar al partido que decepcionó. Porque el voto no es solo castigo al gobierno, es también promesa de que el partido alternativo va a hacer algo diferente.
Y sin esa promesa respaldada por evidencia, la recuperación del PRI tiene que venir de algo más que esperar que Morena se equivoque. Déjame hablarte ahora de algo que tiene que ver con el PRI que viene, con lo que sigue después de Alito, porque los datos del declive solo tienen sentido completo si los lees junto con la pregunta de si hay posibilidad de reversión. El PRI tiene historia.
tiene una marca que todavía reconoce una porción del electorado mexicano. Tiene figuras que en distintos estados y en distintos sectores del sistema político tienen presencia y tienen relaciones que representan un capital que no es completamente desperdiciable, pero también tiene 6 millones de votos presidenciales en 2024 y tiene la inercia demográfica que hace que esos 6 millones tiendan a reducirse en los próximos ciclos, mientras el electorado más joven construye sus lealtades políticas alrededor de Morena, del PAN,
de Movimiento Ciudadano o de ningún ningún partido en particular. Para que el PRI pueda revertir el proceso que los datos de los 10 años de Alito documentan, necesita hacer cosas que en su historia reciente no logró hacer de manera creíble. Renovar sus cuadros con figuras que no tengan la carga del priismo histórico.
Presentar una propuesta de gobierno que sea específica y diferenciada. construir presencia en al menos algunos territorios donde pueda demostrar capacidad de gobernar, de manera que restaure el argumento de que el partido tiene algo que ofrecerle al votante más allá de su historia. Ese proceso de renovación requiere tiempo, requiere decisiones difíciles y requiere liderazgos que estén dispuestos a hacer los cambios que generan incomodidad dentro del partido antes de que generan resultados fuera de él.
Si el PRI que emerge después de Alito tiene la voluntad y la capacidad de intentarlo, los datos de hoy pueden ser el piso desde el que construir algo diferente. Si el PRI que emerge simplemente cambia la cara en la dirección del partido, sin cambiar la lógica que produjo los datos que vimos, el siguiente ciclo electoral va a tener sus propios datos que duelen.
Si el PRI que emerge simplemente cambia la cara en la dirección del partido, sin cambiar la lógica que produjo los datos que vimos, el siguiente ciclo electoral va a tener sus propios datos que duelen. Y hay algo sobre esa posibilidad de que el siguiente ciclo tenga sus propios datos que duelen, que quiero señalar, porque tiene consecuencias para el sistema político mexicano que van más allá del PRI como organización.
México necesita oposición efectiva. Los sistemas democráticos que tienen un partido dominante sin una oposición que tenga la credibilidad y la capacidad de presentar una alternativa real, terminan produciendo las mismas dinámicas de poder sin contrapeso que el priórico produjo durante sus 71 años. La ironía de la historia sería que la debacle del PRI bajo alito contribuyera a reproducir las condiciones de concentración del poder que hicieron al PRI, lo que fue en sus peores momentos.
El PAN tiene presencia, pero carece de la escala nacional para llenar completamente el espacio que el declive del PRI deja. Movimiento Ciudadano tiene presencia regional sólida, pero tampoco tiene la escala del PRI en su mejor momento. Y si el PRI que emerge después de alito sigue perdiendo terreno, el sistema político mexicano va a tener un espacio de representación que ninguna organización existente va a poder cubrir de manera satisfactoria en el corto plazo.
Eso no es un argumento para defender a Alito ni para pedir que el PRI se recupere por razones ajenas a sus propios méritos. Es una descripción de las consecuencias sistémicas del declive de un partido que durante décadas fue el ancla del sistema político mexicano para bien y para mal. Los datos del PRI en los 10 años de alito son datos de un partido, pero son también datos del sistema.
Bien, y ahora quiero llevarte al cierre con algo que conecta todos los datos que analizamos con la pregunta más importante que el ciudadano mexicano puede hacerse sobre este episodio. Los datos del PRI durante los 10 años de alito son datos de un partido, pero también son datos de un sistema político, de un proceso donde el electorado mexicano, elección por elección, decidió con su voto que el partido que gobernó México 71 años necesitaba ser reducido hasta que encontrara la manera de merecer de nuevo la confianza que esos 71 años habían
terminado de erosionar. Esa decisión del electorado distribuida en millones de votos en docenas de elecciones a lo largo de dos décadas y pico dice algo sobre la salud del sistema político mexicano que merece ser reconocido, que los ciudadanos mexicanos, cuando tienen opciones reales, votan de acuerdo con lo que perciben que les conviene y no de acuerdo con la lealtad histórica a un partido que ya no les da razones suficientes para seguir apoyándolo.
es un proceso democrático funcionando de la manera en que un proceso democrático debe funcionar, aunque el resultado sea tan dramático como el que los datos del PRI en los 10 años de Alito muestran. Los datos duelen al PRI, a Alito y a los millones de ciudadanos que en algún momento vieron en ese partido algo en que creer y que en los últimos años tuvieron que ir construyendo esa creencia en otro lugar.
Y hay algo sobre ese dolor específico que quiero señalar como reflexión final, porque creo que dice algo sobre la política mexicana que va más allá del caso del PRI y de Alito. Los partidos políticos en las democracias tienen una función que va más allá de ganar elecciones. Son los espacios donde los ciudadanos organizan sus preferencias políticas, donde construyen identidades colectivas que les permiten participar en el sistema más allá del voto individual cada 6 años.
Cuando un partido colapsa de la manera en que el PRI colapsó bajo alito, los ciudadanos que construyeron esa identidad quedan sin ese espacio de organización. Algunos migran hacia otros partidos, otros se abstienen, otros construyen participación política por fuera de los partidos, en organizaciones sociales o civiles que tienen sus propias formas de incidir en el debate público.
Y algunos simplemente se desconectan del sistema [música] político de una manera que los análisis electorales registran como abstención, pero que en realidad es algo más profundo. El retiro de la confianza en que la política organizada puede producir algo que valga la pena. Los datos del PRI en los 10 años de alito son parte de esa historia más amplia y entenderlos con la profundidad que merecen requiere verlos no solo como datos de un partido, sino como datos de la relación entre millones de ciudadanos mexicanos y el sistema político que se
supone que los representa. [música] Esos datos duelen, pero también son la información que cualquier ciudadano con acceso al registro electoral tiene el derecho de conocer, de analizar y de usar para construir sus propias conclusiones sobre el estado de la democracia mexicana. Y esa información leída con cuidado y sin la distorsión de la narrativa del partido que dice que va a recuperarse, dice exactamente lo que dice, que 10 años de alito son 10 años de pérdida acumulada, que los números registran con una claridad que ningún
discurso puede revertir. Suscríbete para seguir el análisis de lo que viene para el PRI después de Alito. Los datos que vimos hoy son el punto de partida para entender lo que el partido que emerge de esta década va a necesitar hacer para que los próximos datos sean diferentes a los que acabamos de analizar.
Y este canal va a estar ahí para contarlo cuando ocurra. Comenta qué dato de los 10 años de gestión te parece más significativo. Si las 23 gubernaturas perdidas, si los votos que bajaron de 19 millones a 6 millones. Si el estado de la militancia y de la estructura territorial o si la pregunta sobre si hay posibilidad de recuperación.
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Y comparte este video con alguien que todavía escuche a Alito decir que el PRI va a recuperarse y que ya no sabe con qué datos rebatirlo.