La diferencia es que los abuelos rezaban para que lloviera y los nietos rezan para que las balas no los alcancen. Pero el acto de arrodillarse, de bajar la cabeza, de pedir protección a algo más grande que tú, ese acto es el mismo. Quiero hablar del templo como base militar porque más allá de su función espiritual, el CJNG lo convirtió en una instalación operativa completa.
La nave del templo, los 25 m por8 de espacio interior, fue dividida en tres zonas. La zona del presbiterio, los primeros 8 met desde el fondo del templo, fue reservada exclusivamente para el altar y para las ceremonias. Nadie dormía ahí, nadie almacenaba nada ahí. Era espacio sagrado. Los combatientes que entraban al presbiterio se quitaban el sombrero o la gorra y varios se persignaban por reflejo antes de acercarse al altar.
La disciplina del santuario era estricta. El mando que administraba el templo había establecido reglas de conducta dentro del presbiterio que incluían no fumar, no hablar por radio, no llevar armas cargadas y no usar lenguaje vulgar. Las reglas se cumplían porque en el universo mental de los combatientes del CJNG, faltar el respeto a la Santa Muerte trae consecuencias que ningún mando humano puede igualar.
La zona central de la nave, unos 10 m, era área común y comedor. Mesas de madera, bancas, un televisor conectado a un generador y la cocina de campaña con estufas de gas donde los cocineros preparaban tres comidas diarias para 88 personas. La zona de la entrada, los primeros 7 metros desde la puerta del templo, era área de seguridad.
El puesto de guardia con dos combatientes armados las 24 horas que controlaban el acceso al templo y que monitoreaban las cámaras de vigilancia instaladas en el perímetro. Los 88 no dormían todos dentro del templo. El templo no tenía capacidad para eso. Dormían en una serie de construcciones que el CJNG levantó alrededor del templo usando la piedra de las ruinas de las casas del pueblo abandonado que rodeaba al templo.
Porque el templo no estaba solo. Era el centro de un pueblo que alguna vez tuvo 30 o 40 casas de piedra y adobe que se fueron cayendo con los años hasta quedar reducidas a muros de medio metro que sobresalen de la vegetación como dientes de una mandíbula rota. El CJNG reconstruyó parcialmente 15 de esas casas.
Levantó los muros con piedra [música] y concreto, les puso techo de lámina, les puso puertas de madera y las convirtió en dormitorios para los combatientes. Seis personas por casa, 15 casas, 90 espacios para dormir, el pueblo abandonado resucitado como cuartel, las casas donde los abuelos de la comunidad nacieron, crecieron y murieron ahora habitadas por sicarios del CJ, que duermen donde otros soñaron.
cocinan donde otros cocinaron y viven donde otros vivieron hace un siglo sin saber nada de los que estuvieron antes. El templo y las 15 casas formaban un perímetro irregular alrededor de una plaza central que era la plaza del pueblo original, un espacio de tierra compactada con una fuente seca en el centro que alguna vez tuvo agua y que ahora tiene una base de piedra agrietada donde crecen hierbas.
La plaza funcionaba como el patio central de la base, área de formación, de ejercicio y de reunión. Quiero hablar de la vida cotidiana en el pueblo resucitado, porque vivir en un pueblo fantasma de la sierra de Jalisco durante meses genera una experiencia que los detenidos describieron con un detalle que oscila entre lo mundano y lo surreal.
El día empezaba con las campanadas del padre. No tenía campana. Usaba un trozo de riel acero que colgó de la espadaña del templo y que golpeaba con un martillo a las 5 de la mañana para despertar al pueblo. El sonido del riel golpeado era metálico, agudo, diferente al sonido grave y redondo de la campana de bronce que alguna vez colgó del mismo lugar, pero cumplía la misma función, despertar a los que dormían y llamarlos a empezar el día.
Después de las campanadas, los combatientes que tenían turno de guardia subían a los puestos de vigilancia en los cerros. Los que tenían turno de cocina encendían las estufas de gas en la cocina de campaña de la plaza. Y los que no tenían asignación se lavaban la cara en los baldes de agua que la noche anterior habían llenado en el arroyo que pasa a 200 m del pueblo.
El agua del arroyo era la única fuente de agua del pueblo. El arroyo bajaba de la montaña con agua limpia y fría. durante la temporada de lluvias y con un hilo marrón y tibio durante la temporada de secas. Los combatientes bajaban al arroyo tres veces al día con bidones de 20 L que subían a hombros por un sendero empinado de 200 m.
Cada viaje al arroyo tomaba 20 minutos de ida y 30 de vuelta con el bidón lleno en la espalda, 16 bidones diarios para 88 personas, 320 L de agua que había que acarrear a mano todos los días. No había bomba, no había tubería, solo hombres con bidones subiendo un sendero empinado en la sierra de Jalisco, como los campesinos de la comunidad original, subían el mismo sendero con cántaros de barro hace un siglo.
La comida llegaba al lomo de mula. Tres veces por semana, un arriero contratado por el CJNG subía desde el valle con una recua de ocho mulas cargadas de suministros: costales de frijol, costales de arroz, cajas de latas de atún y sardinas, garrafones de aceite, paquetes de tortillas envueltas en tela para que no se endurecieran durante las 6 horas de camino.
verduras que llegaban magulladas por el traqueteo de las mulas y la carne que en la sierra de Jalisco es carne de rezca, cesina, porque la carne fresca no sobrevive 6 horas al lomo de mula bajo el sol del trópico. El arriero era un hombre de 61 años que había sido arriero toda su vida.
Transportaba mercancía por los senderos de la sierra desde los 17 años. Conocía cada recodo del camino, cada punto donde las mulas descansaban, cada arroyo donde abrevaban. El CJNG le pagaba 5000 pesos por viaje, tres viajes por semana, 15,000 pesos semanales por subir comida a un pueblo que se suponía que estaba abandonado. El arriero declaró que yo solo subo mandado, no pregunto quién lo come.
Yo solo subo mandado, no pregunto quién lo come. La frase del arriero se parece a la del vaquero del rancho en Veracruz, a la de la [ __ ] del pantano de Tabasco, a la de todos los civiles que prestan servicios al narcotráfico sin querer saber demasiado. Personas que cocinan, que transportan, que limpian, que construyen, que hacen el trabajo que el cártel necesita y que cobran un dinero que no les pide que maten a nadie, sino solo que no pregunten.
Y el silencio de no preguntar se compra barato en una sierra donde las preguntas son más peligrosas que las respuestas. Quiero hablar del laboratorio de metanfetamina que operaba en una de las casas del pueblo porque su presencia añade una dimensión de producción de drogas a la base que la convierte en algo más que un cuartel.
La casa número 12, una de las más grandes y la más alejada del templo, fue convertida en un laboratorio de metanfetamina. El laboratorio era rudimentario comparado con los que hemos visto en otros casos. No tenía el equipo sofisticado del búnker de Sonora ni la capacidad de producción de los superlaboratorios del CJNG en Jalisco. Era lo que los investigadores llaman un laboratorio de cocina, un espacio donde se procesa metanfetamina con equipo básico, reactores improvisados con ollas de acero inoxidable y una producción que ronda los 20 kg por semana. Pero 20 kg
de metanfetamina por semana durante los meses que el laboratorio estuvo operando, suman cientos de kilos que bajaron de la sierra al lomo de mula, mezclados con los costales de frijol y las cajas de atún, que el arriero subía tres veces por semana, porque las mulas subían llenas de comida y bajaban llenas de droga.

El mismo arriero, las mismas mulas, los mismos senderos. Solo que en la subida las mulas cargaban frijoles y en la bajada cargaban metanfetamina. Los precursores químicos para el laboratorio subían por la misma ruta. Bidones de ácido clorídrico, de acetona, de tolueno, etiquetados como solventes para limpieza y transportados al lomo de mula por senderos donde ningún inspector va a verificar qué contienen los bidones que las mulas cargan.
Los vapores del laboratorio salían por las ventanas de la casa número 12 y se dispersaban en el aire de la sierra. Los combatientes que dormían en las casas cercanas se quejaban del olor. “Olía a gato muerto mezclado con gasolina”, dijo uno. El olor del laboratorio de metanfetamina es inconfundible para quien lo ha olido alguna vez.
un olor químico ácido que se mete en la ropa, en el pelo y en los pulmones y que genera dolores de cabeza y náuseas en las personas que lo respiran de manera prolongada. Los tres químicos que operaban el laboratorio usaban mascarillas de pintor que les protegían parcialmente de los vapores, pero las mascarillas de pintor no están diseñadas para filtrar los vapores de la síntesis de metanfetamina.
Los tres tenían síntomas de exposición crónica, irritación ocular, tos persistente y, en uno de ellos, temblores en las manos que los médicos militares atribuyeron a daño neurológico por exposición a solventes orgánicos. El perímetro exterior del pueblo estaba vigilado por puestos de observación en los puntos altos del terreno, cerros y lomas desde donde los vigías cubrían los accesos a la zona.
El CJNG no construyó muros perimetrales porque la sierra misma era el muro, la vegetación densa, las barrancas, los arroyos y la ausencia total de caminos pavimentados hacían que llegara al pueblo abandonado fuera una empresa que requería horas de caminata o de viaje en mula por senderos que solo los lugareños conocen.
Quiero hablar de las armas del altar porque el arsenal de comisado dentro del templo tiene un componente ritual que los peritos documentaron con detalle. El altar de la Santa Muerte no solo tenía el AR15 recargado a los pies de la figura, tenía un sistema de ofrendas de armas que los combatientes mantenían como parte de sus prácticas devocionales.
Cada combatiente que regresaba de una operación exitosa dejaba una bala en el altar como ofrenda de agradecimiento. Las balas se acumulaban en una bandeja de cerámica frente a la figura de la Santa Muerte. Los peritos contaron 412 balas de diferentes calibres en la bandeja, sin 412 operaciones exitosas agradecidas con una bala cada una.
Cuando un combatiente recibía un arma nueva, la llevaba al altar antes de usarla por primera vez. la colocaba frente a la Santa Muerte durante una noche. A la mañana siguiente, el encargado del santuario, un hombre de 53 años que funcionaba como sacerdote informal de la célula, rociaba el arma con mezcal, le pasaba humo de copal y recitaba una oración que los combatientes describieron como una bendición para que el arma no falle.
El arma era presentada a la Santa Muerte antes de ser activada en el campo. Los peritos decomizaron del templo. 84 rifles de asalto, de los cuales 12 estaban en el altar como ofrendas permanentes, los otros 72 en un almacén lateral que el CJNG construyó adosado al muro este del templo. 59 pistolas, 31 granadas y 187,000 cartuchos.
Los 12 rifles del altar estaban dispuestos en posición vertical. recargados contra la pared detrás de la Santa Muerte. Como los nichos de santos en una Iglesia católica donde una iglesia tiene santos tallados en madera, el santuario del CJNG tenía rifles de asalto parados como soldados en formación detrás de la figura de la muerte.
Es una iconografía que mezcla lo religioso con lo militar de una manera que resulta perturbadora y que los antropólogos del narco están documentando como un fenómeno cultural específico del CJNG, que no se ve con la misma intensidad en otros cárteles. Quiero hablar de cómo se descubrió la base porque la cadena de eventos empieza con un cazador de venado.
Don Cipriano tiene 70 años y caza venado cola blanca en la Sierra de Jalisco desde que tenía 14. Cada noviembre, cuando la temporada de casa abre, don Cipriano sube a la sierra con su rifle de cacería calibre 30-06, que era de su padre, un morral con tortillas y queso y la paciencia de un hombre que puede sentarse en una piedra durante 8 horas sin moverse esperando que un venado cruce por el claro que tiene enfrente.
En noviembre pasado, don Cipriano caminaba por un sendero de la sierra que no había usado en años, buscando un nuevo claro de cacería cuando olió humo de leña. Humo de cocina en una zona de la sierra donde no hay pueblos habitados desde hace décadas, se acercó con la cautela de un cazador que sabe moverse en silencio y vio entre la vegetación los techos de lámina de las casas reconstruidas y la espadaña del templo asomándose entre los árboles.
Don Cipriano no se acercó más, dio la vuelta, caminó 3 horas de regreso a su rancho y al día siguiente bajó al pueblo donde tiene un compadre que es jefe de tenencia. El compadre escuchó, hizo una llamada y la información subió por los canales que ya conocemos hasta llegar a los murciélagos. Don Cipriano ha visto la sierra cambiar durante 70 años.
Vio cuando los primeros narcos subieron a sembrar marihuana en los años 70. vio cuando los narcos cambiaron de marihuana a amapola en los 90. Vio cuando la amapola dio paso a la metanfetamina en los 2000. Y vio cuando el CJNG se consolidó como el dueño de la sierra y empezó a construir infraestructura permanente en lugares que los narcos anteriores solo usaban de paso. Antes los narcos subían, sembra.
Cosechaban y se iban, dice don Cipriano. Ahora se quedan, reconstruyen pueblos, hacen altares, tienen cocineros y arrieros y vigías y gente que vive ahí todo el año como si fuera un pueblo de verdad. Es diferente. Antes eran visitantes, ahora son vecinos. Antes eran visitantes, ahora son vecinos. La frase de Don Cipriano contiene la transformación del narcotráfico mexicano en una frase del tráfico de paso a la ocupación territorial, del sembradío temporal al pueblo reconstruido con templo y santuario. El CJNG no pasa por
la sierra, vive en la sierra. Y cuando vives en un lugar, lo transformas, reconstruyes casas, instalas altares, pintas murales y creas una cultura que deja marcas en las paredes que van a durar más que las personas que las pintaron. Don Cipriano firmó su declaración y regresó a su rancho. No quiso protección.
Protección de qué, dijo. Yo vivo en la sierra. Si me buscan, me encuentran. Pero no me buscan porque no saben que fui yo. Y si lo supieran, tendría que irme de la sierra. Y yo de la sierra no me voy. Aquí nací y aquí me voy a morir. Convenados o sin ellos. Los murciélagos llegaron a la zona una semana después.
La operación de reconocimiento duró 10 días porque llegar al pueblo abandonado desde la carretera más cercana requiere 6 horas de caminata por senderos de sierra que en temporada de lluvias se convierten en arroyos de lodo. Los murciélagos enviaron equipos de reconocimiento disfrazados de cazadores que se acercaron al pueblo, confirmaron la presencia de personas armadas, contaron las casas reconstruidas, identificaron los puestos de vigilancia y mapearon las rutas de acceso y escape.
El operativo se ejecutó a las 3 de la mañana. 70 operadores de los murciélagos que caminaron durante 5 horas en la oscuridad de la sierra con equipo de combate, visión nocturna y la certeza de que al final de la caminata había 88 personas armadas en un pueblo abandonado rodeado de montañas.
Los murciélagos se dividieron en cuatro equipos que rodearon el pueblo por los cuatro puntos cardinales. El asalto fue simultáneo. Los vigías de los puestos de observación en los cerros fueron neutralizados primero por francotiradores con rifles suprimidos. Después, los cuatro equipos avanzaron hacia el pueblo desde las cuatro direcciones, entrando a las casas una por una, despertando a los combatientes que dormían y sometiendo a los que intentaban tomar sus armas.
El combate duró 6 minutos. 6 minutos de disparos en un pueblo fantasma de la sierra de Jalisco a las 3 de la mañana. Los destellos de los rifles iluminaban las fachadas de piedra de las casas reconstruidas con fogonazos blancos que duraban una fracción de segundo y que dejaban las retinas de los combatientes marcadas con puntos luminosos que tardaban minutos en desaparecer.
Los ecos de los disparos rebotaban en las montañas que rodeaban el pueblo y regresaban como truenos lejanos que hacían imposible determinar de dónde venía el fuego. Tres combatientes del CJNG murieron. Dos murciélagos resultaron heridos. Ninguno de gravedad y los 85 restantes se rindieron cuando los murciélagos [música] tomaron el control de la plaza central del pueblo y cortaron las rutas de escape.
15 combatientes intentaron huir por los senderos de la sierra en la oscuridad. Los murciélagos los persiguieron con visión nocturna por la montaña durante dos horas. fueron detenidos uno por uno en las barrancas, entre los arbustos, escondidos detrás de rocas, tratando de desaparecer en una sierra que conocían menos que Don Cipriano y que los murciélagos habían mapeado durante 10 días de reconocimiento.
Quiero describir la persecución de uno de los 15 porque la escena tiene una intensidad que los murciélagos que participaron todavía recuerdan. Un combatiente de 27 años salió corriendo del pueblo por el sendero que baja al arroyo. Corría descalso porque cuando los disparos empezaron estaba dormido y no tuvo tiempo de ponerse las botas.
Corría por un sendero de piedra y espinas con los pies desnudos a las 3 de la mañana en una sierra donde la temperatura era de 7 ºC y donde el suelo estaba mojado por el rocío de la madrugada. Dos murciélagos lo persiguieron durante 400 m sendero abajo hasta el arroyo. El combatiente cruzó el arroyo de un salto, resbaló en las piedras mojadas del otro lado, se cayó de cara en el lodo, se levantó y siguió corriendo hacia la barranca que bajaba hacia el valle.
Los murciélagos cruzaron el arroyo detrás de él. Lo alcanzaron cuando intentaba trepar una pared de roca de 2 m que bloqueaba el sendero. El combatiente estaba enganchado a mitad de la pared cuando el primer murciélago lo agarró del pie y lo jaló hacia abajo. Cayó de espaldas sobre la piedra y se quedó acostado mirando el cielo de la sierra, jadeando, con los pies sangrando por las piedras y las espinas, con el lodo en la cara y con un murciélago parado encima de él, diciéndole, “Quieto, se acabó, se acabó.
” La frase que cierra la carrera de cada combatiente del narcotráfico que es detenido. La frase que marca el momento en que el sueldo, la adrenalina, la fe en la Santa Muerte y la convicción de que eres invencible se desploman frente a la realidad de un hombre con uniforme negro y visión nocturna verde, que te mira desde arriba y que tiene un rifle que no va a usar porque ya no necesita usarlo.
Quiero hablar del impacto del operativo en las comunidades de la sierra, porque la detención de 88 personas en un pueblo abandonado tiene consecuencias que llegan más allá del pueblo. Las comunidades habitadas más cercanas al pueblo, donde estaba la base del CJNG, dependen del cártel de maneras que los investigadores están documentando.
El CJNG es el principal empleador de la zona. es el que paga por el transporte de suministros, es el que compra la carne seca, las tortillas y las verduras que los campesinos de las comunidades producen. Es el que le paga al arriero sus 5,000 pesos por viaje. Es el que les da trabajo a los jóvenes que no encuentran otra cosa.
Cuando el ejército detuvo a los 88 del pueblo abandonado, las comunidades cercanas perdieron a sus clientes. El arriero perdió su mejor contrato. Los campesinos que vendían tortillas y carne seca al CJNG perdieron sus compradores y los jóvenes que estaban esperando ser reclutados perdieron la perspectiva de un sueldo que la economía legal de la sierra no puede ofrecer.
Es la paradoja que define la relación entre el narcotráfico y las comunidades rurales de México. El cártel es el enemigo y el sustento al mismo tiempo. Lo combates y pierdes la economía que te sostiene. Lo toleras y pierdes la dignidad y la seguridad que necesitas para vivir. Las comunidades de la Sierra de Jalisco están atrapadas en esa paradoja desde hace décadas y el operativo contra el pueblo abandonado no la resolvió, solo la hizo más visible.
Quiero hablar de lo que los peritos encontraron en el templo, además del altar, porque los objetos cuentan la historia de una ocupación que mezcla lo espiritual con lo militar de maneras inesperadas. En las paredes del templo, junto a las huellas del yeso original que alguna vez cubrió la piedra y que los años desgastaron hasta dejar solo fragmentos, los combatientes del CJNG pintaron murales, murales rudimentarios hechos con pintura de aerosol que representan escenas que los peritos fotografiaron y que los antropólogos
están analizando. Un mural muestra una santa muerte montada en un caballo negro sosteniendo una guadaña en una mano y un rifle en la otra con las siglas CJNG escritas debajo en letras góticas. Otro muestra un paisaje de la sierra con las montañas, el templo y las casas del pueblo, con figuras de combatientes parados frente al templo con rifles en las manos como si fuera una foto de familia.
Un tercero muestra un combatiente caído con una santa muerte de pie detrás de él, extendiéndole la mano como si lo invitara a levantarse y a seguirla. Los murales son arte narco, expresión visual de una cultura que tiene sus propios símbolos, sus propios mitos y sus propias representaciones del mundo.
Los antropólogos que los estudian los comparan con los murales que las pandillas de los ángeles pintan en los muros de sus barrios. marcadores territoriales, expresiones de identidad y declaraciones de pertenencia a algo más grande que uno mismo. Los murales del templo dicen, “Estuvimos aquí con la misma fuerza con la que los murales prehispánicos de Bonampan dicen, “Los mayas estuvieron aquí.
” La diferencia es que los mayas pintaron con pigmentos minerales sobre estuco y los sicarios del CJNG pintaron con aerosol sobre cantera del siglo XIX. Los peritos también encontraron en el templo cuadernos con oraciones escritas a mano. Oraciones que no corresponden a ningún texto católico ni a ningún texto de la tradición de la Santa Muerte.
Son oraciones que el Padre compuso y que los combatientes copiaban en cuadernos escolares para memorizarlas y recitarlas antes de las operaciones. Oraciones que piden protección en el combate, que piden puntería para las armas, que piden que las balas del enemigo no acierten y que agradecen a la Santa Muerte por cada día que los combatientes regresan vivos al pueblo.
Una de las oraciones copiada en al menos 10 cuadernos diferentes dice: “Santa muerte, dueña de las sombras y señora de los que caminamos de noche, protégenos en el camino y recógenos y caemos. Que nuestras armas no fallen y que las armas del enemigo no nos alcancen. Y si nos alcanzan, recíbenos con los brazos abiertos, porque somos tus hijos y a ti nos encomendamos.
” Es una oración que contiene toda la teología narcocondensada en cuatro líneas. La aceptación de la muerte violenta como destino probable, la petición de protección divina para la violencia que se comete y la certeza de que morir en combate no es un castigo, sino un regreso a los brazos de la entidad que los protege.
Es una fe que convierte la violencia en sacramento y la muerte en reunión. 88 detenidos contando los tres muertos. 84 rifles, 230 kg de metanfetamina y kg de cocaína almacenados en las casas reconstruidas y un templo del siglo XIX con un altar de la Santa Muerte que los murciélagos fotografiaron, documentaron y dejaron intacto, porque el protocolo de los operativos no incluye la destrucción de objetos de culto, aunque el culto sea al servicio del narcotráfico.
La Santa Muerte sigue en el altar con su corona de balas. con las 412 balas de ofrenda en la bandeja de cerámica, con las 14 veladoras apagadas porque nadie las volvió a encender, y con los 12 rifles retirados de sus posiciones detrás de ella como si le hubieran quitado su guardia de honor. Quiero hablar de los 88 detenidos.
De los 88, 54 eran combatientes, 12 eran logística, los que subían los suministros desde el valle hasta el pueblo al lomo de Mula. Un viaje de 6 horas que hacían tres veces por semana con mulas cargadas de comida, agua, gasolina para los generadores y los precursores químicos que se procesaban en un laboratorio de metanfetamina que operaba en una de las casas [música] del pueblo.
Ocho eran personal de apoyo, siete eran comunicaciones y vigilancia y siete eran mandos, incluido el encargado del santuario que los combatientes llamaban el padre, aunque no era sacerdote de ninguna religión reconocida. El padre tenía 53 años. Era originario de un pueblo de la sierra de Jalisco. Creció católico. Fue monaguillo en la iglesia de su pueblo.
Sirvió como sacristán durante 10 años y en algún momento de su vida que los investigadores están tratando de reconstruir, abandonó el catolicismo y adoptó el culto a la Santa Muerte con una devoción que lo convirtió en el líder espiritual de la célula del CJNG. El padre no era combatiente, no portaba armas, no participaba en operaciones.
Su función era exclusivamente ritual. mantenía el altar, dirigía las ceremonias, bendecía las armas, consolaba a los combatientes que perdían compañeros y administraba los rituales de iniciación de los nuevos reclutas que incluían una vigilia de una noche frente al altar de la Santa Muerte, donde el recluta debía permanecer arrodillado desde las 10 de la noche hasta las 6 de la mañana, sin hablar, sin moverse y sin dormir, mirando la figura esquelética a la luz de las veladoras.
Mientras el padre recitaba oraciones que mezclaban fragmentos del rosario católico con invocaciones a la Santa Muerte que no figuran en ningún texto religioso conocido. La vigilia de iniciación era el rito de paso que convertía a un civil en miembro de la célula. Los combatientes que pasaron la vigilia la describieron como la noche más larga de mi vida y como el momento en que entendí que ya no había vuelta atrás.
Porque después de una noche arrodillado frente a la Santa Muerte en un templo en ruinas de la Sierra de Jalisco, el recluta sentía que había hecho un pacto, no con el CJNG, con la muerte misma. y los pactos con la muerte no se rompen. Quiero contar la vigilia de un recluta específico, porque la experiencia revela lo que el ritual hace con la psicología de una persona joven.
Se llamaba, según los registros, Joel, 20 años, de un pueblo de los Altos de Jalisco. Joel trabajaba en un establo ordeñando vacas por 3000 pesos a la quincena. A los 19, un primo que trabajaba para el CJNG le ofreció jale en la sierra. Lo llevaron al pueblo abandonado y le dijeron que antes de recibir arma y sueldo tenía que pasar la noche frente al altar.
Joel se arrodilló a las 10 de la noche frente a la Santa Muerte. A la medianoche, el frío de la sierra bajó a 8 grados y empezó a temblar. A las 2 de la mañana la figura empezó a moverse en las sombras de las veladoras, a respirar, a mirarlo con las cuencas vacías que parecían llenarse de oscuridad líquida. A las 4 de la mañana, Joel lloraba.
No de miedo, de algo que no supo explicar después. Sentí que ella me conocía, que sabía quién era yo, que sabía todo lo que iba a hacer y que lo aceptaba, que iba a estar conmigo cuando me tocara. Cuando me tocara. Yo a los 20 años aceptando que va a morir de manera violenta y encontrando consuelo en esa aceptación.
Es lo que el ritual logra. rompe la barrera psicológica que separa a un joven civil de un combatiente dispuesto a matar y a morir. Joel fue detenido 10 meses después dormido en la casa número cinco. Los psicólogos militares que lo entrevistaron notaron que no mostraba los niveles de ansiedad habituales en detenidos jóvenes.
Estaba tranquilo, resignado, como si la detención fuera parte de algo que ya había aceptado aquella noche de vigilia. Quiero hablar de la sierra de Jalisco como territorio porque la geografía explica por qué el CJE mantiene bases sin ser detectado durante meses. La sierra de Jalisco es una de las zonas más inaccesibles de México.
Comunidades enteras viven a 10 horas de camino de la carretera más cercana. No hay señal de celular, no hay electricidad en muchos puntos. No hay presencia del gobierno más allá de una clínica que abre tr días a la semana. Y es la cuna del CJNG, Nemesio Oceuera Cervantes, el Mencho, es originario de la Sierra Jaliciense. La lealtad de las comunidades serranas hacia el cártel tiene raíces que mezclan economía, parentesco e intimidación.
El pueblo abandonado donde el CJNG montó su santuario está en una zona donde el gobierno no ha entrado en años. Los caminos los controla el cártel, las parcelas las cultiva quien el cártel autoriza y los pueblos que quedan habitados viven bajo reglas impuestas. Toque de queda a las 10 de la noche, prohibición de portar armas que no sean del cártel y la obligación de reportar a cualquier desconocido.

Don Cipriano dice que la sierra siempre tuvo dueño. Antes eran los ascendados, después los ganaderos, ahora son otros. Pero la sierra siempre tiene dueño y el que vive aquí acepta quién manda o se va. Yo no me voy. Quiero hablar de la marcha nocturna de los murciélagos porque la hazaña física merece ser documentada.
Los 70 operadores partieron de la carretera a las 9 de la noche. Cada uno cargaba entre 30 y 40 kg de equipo. La marcha duró 5 horas por senderos de sierra en oscuridad total, sin linternas, solo con visión nocturna que convierte el mundo en un paisaje verde fosforescente, donde las piedras y los precipicios se distinguen por contraste, pero donde la profundidad desaparece.
Caminar por un sendero de sierra con visión nocturna es caminar por un cuadro abstracto. Sabes que lo que ves es terreno, pero no sabes si el siguiente paso es suelo firme o el borde de una barranca. Tres operadores se torcieron el tobillo. Uno cayó en un arroyo que no vio porque el agua fría no genera contraste térmico.
Se levantó empapado, se escurrió y siguió caminando. En una marcha nocturna de los murciélagos no hay regreso. Avanzas o te quedas solo en la sierra a las 2 de la mañana con 30 kg de equipo. Los 70 llegaron al perímetro del pueblo a las 2 de la mañana. Se dividieron en cuatro equipos. Se posicionaron y esperaron una hora en silencio, acostados en el suelo, respirando el aire frío que traía el olor del humo de leña, y debajo el olor químico del laboratorio de metanfetamina de la casa número 12.
A las 3 en punto, el primer disparo del francotirador neutralizó al vijía del cerro norte [música] y los cuatro equipos avanzaron. Quiero hablar de lo que el templo significa para la comprensión del CJNG como organización, porque el santuario revela una dimensión espiritual del cártel que los análisis convencionales ignoran.
Los análisis del CJNG se centran en su estructura militar, en su capacidad logística, en su penetración financiera en la economía legal. Todo eso es correcto, pero el santuario del templo en ruinas añade un elemento que no se mide con números ni se mapea con organigramas, la cohesión espiritual. Los 88 combatientes del pueblo abandonado no estaban unidos solo por un sueldo y por el miedo.
Estaban unidos por una fe compartida, por rituales que les daban identidad, por un altar que era el centro simbólico de su comunidad, por un padre que los consolaba cuando perdían compañeros y que los bendecía cuando salían a operaciones. El CJNG ha construido una religión interna, no formalmente, no con dogma escrito ni con jerarquía eclesiástica.
pero sí con prácticas, rituales, símbolos y creencias que funcionan como una religión. Dan sentido, dan pertenencia, dan consuelo frente a la muerte y generan una lealtad que trasciende lo económico. Un combatiente que pelea por dinero deserta cuando le ofrecen más dinero en otro lado.
Un combatiente que pelea por fe no deserta porque la fe no tiene precio. Esa es la razón por la que el CJNG mantiene santuarios. No es superstición, es estrategia organizacional, la fe como herramienta de cohesión, el ritual como mecanismo de lealtad y la Santa Muerte como el símbolo que unifica a personas de diferentes orígenes, diferentes edades, diferentes niveles de educación.
En una comunidad que comparte algo más profundo que un empleador, comparte una cosmología, una manera de entender la vida y la muerte que justifica lo que hacen y que los protege del vacío moral que debería consumir a cualquiera que vive de la violencia. Los psicólogos militares que entrevistaron a los 88 detenidos encontraron que los combatientes que participaban activamente en los rituales del santuario tenían niveles de estrés postraumático significativamente más bajos. que los que no participaban.
La fe en la Santa Muerte funcionaba como un mecanismo de protección psicológica. les permitía procesar la violencia que cometían y que presenciaban a través de un marco espiritual que la dotaba de significado. No es que la violencia les pareciera bien, es que la violencia les parecía necesaria dentro de un orden cósmico, donde la muerte es una fuerza que hay que respetar, alimentar y servir.
A ti que llegaste hasta aquí, la imagen que te dejo es la del altar vacío. La Santa Muerte de metro y medio tallada en madera de mezquite sigue en el presbiterio del templo en ruinas con su corona de balas, con la bandeja de 412 balas a sus pies, con los espacios vacíos detrás de ella, donde estaban los 12 rifles que los murciélagos retiraron.
Con las 14 veladoras apagadas que nadie va a volver a encender. El templo sigue en pie. Los muros de piedra del siglo XIX siguen resistiendo, la espadaña sin campana sigue apuntando al cielo y el pueblo fantasma alrededor del templo sigue vacío otra vez, como estuvo vacío durante 80 años antes de que el CJNG lo resucitara con vida prestada.
Don Cipriano sigue cazando venados en la sierra. Sigue caminando por los senderos que conoce desde los 14 años. Y cuando pasa por la zona del pueblo abandonado, mira los techos de lámina que el CJNG puso en las casas reconstruidas y se pregunta cuánto tiempo van a tardar en oxidarse y caerse como se cayeron los techos originales.
Porque la sierra recupera lo que le quitan. La vegetación vuelve, las raíces crecen, las paredes se agrietan y los pueblos que los humanos abandonan, la sierra se los traga con la misma paciencia con la que se tragó al pueblo original hace 80 años. Dale like, suscríbete, activa la campanita. El padre fue detenido junto a los 87 restantes.
Es el único de los detenidos que no enfrenta cargos de portación de armas porque nunca portó una. enfrenta cargos de delincuencia organizada por su papel como parte de la estructura de la célula. En su declaración dijo una frase que los investigadores anotaron y que me parece que resume todo este caso. Yo no maté a nadie. Yo solo recé por los que matan.
Yo solo recé por los que matan. Es una frase que contiene toda la complejidad moral del narcotráfico mexicano en 11 palabras. Porque el Padre dice la verdad, él solo rezaba, pero sus rezos sostenían a los que mataban. Sus bendiciones les daban coraje, sus rituales les quitaban el remordimiento.
Y su altar con la Santa Muerte coronada de balas les daba la convicción de que la muerte estaba de su lado. Nos vemos mañana. Cuídate. Y si algún día caminas por la Sierra de Jalisco y encuentras un templo en ruinas con los muros cubiertos de enredaderas y la espadaña apuntando al cielo, asómate por la puerta.
Si adentro hay una santa muerte con corona de balas y veladoras encendidas, da la vuelta, porque ese templo no está abandonado, está ocupado por algo que lleva siglos caminando entre los vivos y que en la sierra de Jalisco encontró un hogar de piedra y cantera donde los que la sirven se arrodillan de noche y le piden protección antes de salir a hacer lo que hacen.
Y la Santa Muerte, con sus cuencas vacías y su sonrisa eterna los mira a todos igual. A los que rezan y a los que matan. A los que cazan venados y a los que cazan personas. A los murciélagos que entraron al templo con rifles y a los sicarios que salieron del templo con esposas. a todos, porque la muerte no juzga, solo espera.
Y en la sierra de Jalisco no tiene que esperar mucho. Hay algo más que quiero decir antes de irme. El templo en ruinas de la Sierra de Jalisco fue construido por una comunidad que ya no existe. Personas que trabajaron durante 15 años de domingos para levantar un lugar donde arrodillarse y pedir algo a alguien que estuviera arriba.
personas que tallaron las piedras con las manos, que mezclaron la argamasa con los pies y que subieron las vigas del techo con la espalda, porque no tenían grúas ni poleas, sino solo la fe de que el esfuerzo valía la pena. Esas personas construyeron un templo católico. 120 años después, el CJNG lo convirtió en un santuario de la Santa Muerte.
Los constructores originales no lo reconocerían, pero quizás entenderían algo que los análisis académicos y las notas periodísticas pasan por alto. Que el impulso de construir un lugar sagrado en medio de la sierra, un lugar donde arrodillarse y pedir protección a algo más grande que tú, ese impulso es el mismo.
Lo que cambia es a quién le rezas y lo que ofrendas a cambio. Los abuelos ofrendaban maíz y cera. Los sicarios ofrendan balas y rifles. Pero ambos se arrodillan. Ambos bajan la cabeza y ambos piden lo mismo, que el mundo no los destruya antes de que terminen lo que vinieron a hacer. La diferencia está en lo que vinieron a hacer. Y esa diferencia es la distancia entre un pueblo que construye un templo para dar gracias por la cosecha y un cártel que ocupa ese templo para pedir protección para la matanza.
Es la distancia que México recorrió en 120 años. del maíz a las balas, de la cosecha al cargamento y del dios que bendice la lluvia a la muerte que bendice el rifle. Like por don Cipriano que huele humo de cocina donde no debería haber cocina. Suscríbete por el arriero que sube mandado sin preguntar quién lo come. Activa la campanita por Joel, que pasó una noche arrodillado frente a la muerte y que ahora la mira desde una celda.
Y nos vemos mañana porque mañana hay otro caso, otro templo, otro altar, otra fe que sostiene a los que el mundo debería haber sostenido de otra manera. Yeah.