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Un padre y un hijo adinerados ocultaron lo que le hicieron a la empleada doméstica: nadie se lo esperaba.

Un padre y un hijo adinerados ocultaron lo que le hicieron a la empleada doméstica: nadie se lo esperaba.

Renata Solís tenía 27 años y limpiaba casas en un fraccionamiento [música] privado de la joya. Semanas antes de desaparecer le advirtió a un hombre de esa casa que si no la dejaba en paz iría a la [música] policía. Ese viernes de junio cobró su pago, se despidió como siempre y caminó [música] sola hacia la parada del camión.

La cámara del portón la grabó a las 2:03 de la tarde, la última vez que alguien la vio con vida. 4 minutos [música] después, otra cámara grabó una camioneta saliendo por el mismo portón detrás de ella. Nadie relacionó esa grabación con su desaparición hasta semanas después, Renata Solís llegó a San Diego en el otoño de 2019, cuando apenas tenía 23 años y un par de maletas que pesaban más de lo que debían.

Se instaló en un departamento de dos recámaras en la calle Rosegrans a 15 minutos en camioneta del fraccionamiento cerrado, donde terminaría trabajando años después. compartía la renta con Soledad Vázquez, una mujer 10 años mayor que ella, que también se ganaba la vida limpiando casas ajenas y que se convirtió con el tiempo en la única persona a la que Renata llamaba familia en ese país.

Las dos se habían conocido en la fila de una lavandería un jueves cualquiera, cuando a Renata se le acabaron las monedas para la secadora. Soledarle prestó las que le faltaban sin pensarlo y esa tarde terminaron platicando durante dos horas sentadas en las sillas de plástico del local. Desde entonces vivieron juntas, se turnaban para cocinar, se prestaban en celular cuando a una se le acababan los datos y los domingos por la noche veían telenovelas viejas mientras doblaban ropa recién lavada.

Renata era ordenada hasta la exageración. Guardaba cada recibo, anotaba cada gasto en una libreta forrada de tel azul y cada quincena apartaba una parte de lo que ganaba en un sobre que escondía dentro de una caja de zapatos en el closet. El sueño era sencillo y concreto. Juntar lo suficiente para poner un changarro de repostería, algo pequeño con dos o tres mesas donde vender los pasteles que ya hacía los fines de semana para vecinos y conocidos.

Tenía un cuaderno de recetas con las esquinas dobladas de tanto usarlo. Trabajaba limpiando cuatro casas distintas dentro y alrededor de un fraccionamiento privado en la zona de la Joya. Un desarrollo con caseta de vigilancia en la entrada, calles arboladas y casas que costaban más de lo que ella ganaría en varias vidas.

Llegaba caminando desde la parada de camión de la avenida principal, cruzaba la caseta con su gafete de trabajo y recorría a pie las calles internas hasta cada domicilio, cargando su carrito con productos de limpieza propios, porque prefería no usar los que le daban en las casas.

De las cuatro familias para las que trabajaba, la de los Ibarra era la más exigente y la mejor pagada. Iba tres veces por semana, lunes, miércoles y viernes, de 9 de la mañana a 2 de la tarde. La señora Carmen Ibarra le dejaba instrucciones detalladas pegadas con imanes en el refrigerador, todas escritas con la misma letra apretada. ¿Qué días tocaba lavar las cortinas? ¿En qué orden aspirar las recámaras? ¿Qué productos usar en la cocina de mármol? Renata cumplía cada instrucción sin excepción y en año y medio de trabajar ahí nunca había llegado tarde ni una

sola vez. El señor Héctor Ibarra casi no estaba en la casa entre semana. Salía temprano en su camioneta gris hacia las oficinas de su empresa de bienes raíces en el centro de San Diego y regresaba después de las 7 de la noche cuando Renata ya se había ido hacia horas. Era cortés con ella. La saludaba con un movimiento de cabezas y se cruzaban en la entrada, pero nunca cruzaban más de dos o tres palabras.

El hijo de los Ibarra Emiliano tenía 24 años y llevaba poco más de un año viviendo de nuevo en la casa de sus padres. Después de dejar inconclusa una carrera en administración de empresas, no trabajaba. Pasaba las mañanas durmiendo hasta tarde y las tardes en el sótano con una consola conectada a una pantalla enorme.

Renata lo veía poco apenas cruzaban miradas cuando ella pasaba con la aspiradora frente a su puerta cerrada. Ese primer año y medio, la rutina fue eso, una rutina. Renata limpiaba, cobraba su pago los viernes en efectivo dentro de un sobre blanco que la señora Carmen dejaba sobre la barra de la cocina y regresaba a casa antes de que oscureciera, casi siempre a tiempo para ayudar a Soledad a preparar la cena.

Los sábados vendía sus pasteles, los domingos descansaba. Nada en esos primeros 18 meses hacía pensar que algo estuviera por cambiar. Renata seguía apartando dinero en el sobre de la caja de zapatos. Seguía anotando cada gasto en su libreta azul. seguía soñando con el changarro de dos mesas. No tenía motivos para desconfiar de la casa donde pasaba la mitad de su semana.

Tampoco de la familia que hasta entonces solo le había representado un sueldo puntual y un trabajo que sabía hacer bien. Nadie hubiera podido decirle que esa confianza tan razonable en ese momento sería lo que la pondría en peligro. Fue en febrero cuando algo empezó a cambiar, aunque en ese momento Renata no le dio mayor importancia.

Un miércoles llegó a las 9 de la mañana como siempre y encontró a Emiliano despierto en la cocina sirviéndose café, algo que nunca antes había visto. Él le sonrió y le preguntó cómo estaba. Una pregunta simple que ella respondió con la misma cortesía de siempre antes de seguir con su trabajo. A partir de esa semana, Emiliano empezó a estar despierto casi todos los días que ella trabajaba.

Dejaba la puerta de su recámara abierta cuando antes la mantenía cerrada. Bajaba al primer piso con más frecuencia. y encontraba pretextos para estar cerca de donde ella limpiaba, revisar el refrigerador, buscar el control remoto, preguntar si había visto sus llaves. Renata lo notó, pero durante las primeras semanas lo atribuyó a coincidencia.

La señora Carmen Ibarra viajaba con frecuencia esos meses, visitando a su madre enferma en Guadalajara, así que la casa quedaba más tiempo sin supervisión. El señor Héctor seguía saliendo temprano y regresando tarde. Eso dejaba a Emiliano y a Renata solos en la propiedad durante buena parte de las mañanas, algo que antes no ocurría con tanta frecuencia.

El 18 de marzo, un lunes, Renata estaba limpiando el pasillo del segundo piso cuando Emiliano salió de su recámara y se quedó recargado en el marco de la puerta, observándola trabajar. le hizo un comentario sobre su cabello, algo que ella no esperaba y que la incomodó lo suficiente como para apurar el resto de la limpieza en esa área.

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