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“REZA POR MÍ, mamá”: no puedo REGRESAR” el ÚLTIMO MENSAJE de un joven antes de DESAPARECER

“REZA POR MÍ, mamá”: no puedo REGRESAR” el ÚLTIMO MENSAJE de un joven antes de DESAPARECER

Reza por mí. Eso fue lo último que escribió un adolescente de 15 años desde su teléfono, minutos después de bajar del escenario donde acababa de recibir su certificado. Después vino otra línea, me voy tres meses. Y al final tres palabras, “Te amo, mamá.” Eran las 6:46 de la tarde del 30 de junio de 2026. Después de ese mensaje, nada.

 El silencio. Justin Enrique Torres Sandoval había vuelto a casa esa tarde con la emoción de quien acaba de cerrar una etapa. Su graduación de secundaria había terminado hacía apenas unas horas. Comió, salió otra vez, dijo que iba a ver a sus amigos y ya no volvió. Al principio nadie se alarmó. ¿Y cómo alarmarse? Un muchacho que sale con sus compañeros la noche de su graduación es la escena más normal del mundo.

 Su madre, Janet Nayelli, esperó, le mandó mensajes. Pensó que llegaría tarde. La preocupación llegó despacio, como llega siempre, cuando las horas se estiran y el teléfono deja de contestar. En una colonia trabajadora como Lomas del Paraíso, terminar la secundaria no es un trámite, es un logro que se celebra con lo que se tiene.

 Por eso duele todavía más que fuera justo esa noche cuando todo se rompió. No se fue solo. Con él desaparecieron Jordan Isaac García López y Christopher Alfredo Sandoval Muñoz, los dos de 14 años, compañeros suyos de la secundaria técnica 113 en la colonia Lomas del Paraíso, al oriente de Guadalajara. Tres muchachos que unas horas antes posaban para la foto del recuerdo.

 Tres muchachos que esa misma noche se esfumaron sin dejar rastro. Hay un detalle que a las familias todavía les cuesta pronunciar. El hermano menor de Jordan escuchó cuando los tres se despedían. No hablaban de una fiesta, no hablaban de una salida cualquiera, hablaban de irse lejos. Dijeron que se iban y dijeron, ¿a dónde? A trabajar a la sierra. A la sierra.

 Tres estudiantes de secundaria recién graduados hablando de subir a la montaña a trabajar 3 meses. Ninguno tenía empleo, ninguno había mencionado antes una oferta de nadie. Y sin embargo, en cuestión de horas, los tres estaban convencidos de que tenían que marcharse esa misma noche. Christopher medía cerca de 1,80. Era delgado, de cabello negro.

 La última vez que lo vieron llevaba un pantalón azul, una playera negra y una gorra oscura. Es la clase de descripción que una madre memoriza y repite a quien sea que quiera escucharla. Porque cuando un hijo desaparece, esos detalles se vuelven lo único a lo que aferrarse. Cuando las familias por fin acudieron a denunciar, los investigadores empezaron a armar el rompecabezas y una de las primeras hipótesis que se abrió apuntaba hacia algo que en Jalisco muchos conocen, pero pocos se atreven a nombrar en voz alta. la posibilidad de que

alguien desde afuera hubiera convencido a estos tres muchachos de dejarlo todo. Casa, familia, futuro, todo. Pero para entender de verdad lo que les pasó a Justin, a Jordan y a Christopher, hay que retroceder 5 días porque a cientos de kilómetros de ahí, en la costa del estado, otra ceremonia de graduación ya había terminado exactamente de la misma manera y con las mismas palabras.

Retrocedamos entonces al 25 de junio, 5 días antes de Guadalajara en Puerto Vallarta sobre la costa de Jalisco. Otros tres jóvenes también se preparaban para su graduación. Flor Joseline Espinoza Contreras, de 18 años, José Israel Ramos Mejía, de 17 y Elvira Monserrat Guzmán Mascorro, de apenas 14. Los tres estudiaban en el Colegio de Estudios Científicos y Tecnológicos del Estado de Jalisco, el CESITEC.

 Los tres iban rumbo a la ceremonia que cerraba una etapa importante de su vida. Esa tarde, según el téstimo, Nio de sus familiares, los tres, esperaban transporte en una parada de autobús conocida como el Sancudo en la delegación de Ixtapa, sobre la carretera estatal 54, en el tramo que va de Puerto Vallarta a Las Palmas.

 Un punto común, un lugar por el que pasa gente todos los días. El sancudo no es una terminal moderna con cámaras en cada esquina. Es una parada sobre una carretera que conecta la costa con los pueblos de la sierra, un punto de espera como tantos donde uno se para bajo el sol a aguardar el camión y ahí, en ese lugar tan común, se les perdió el rastro.

 La versión que dieron los allegados es que un grupo de sujetos llegó al lugar y se los llevó, que fueron privados de la libertad. Esa versión, hay que decirlo con claridad, todavía no ha sido confirmada de manera oficial por la fiscalía, pero la preocupación fue tan inmediata que la maquinaria de búsqueda se activó rápido. La Comisión Nacional de Búsqueda fue emitiendo las fichas una por una.

Primero la de Elvira, la más pequeña, a través de una alerta nacional. Después la de Flor Joseline y al final la de José Israel. Tres cédulas oficiales, tres rostros jóvenes repartidos por todo el país, con la esperanza de que alguien en algún lugar los reconociera. Ahora avancemos otra vez a Guadalajara al 30 de junio, a esa noche en que Justin escribió su último mensaje.

 Regresó a casa después de la ceremonia. Volvió a salir para reunirse con sus amigos y a partir de ese momento la comunicación se cortó. El primero de julio, con la angustia encima y sin una sola respuesta, las familias de los tres muchachos acudieron a presentar su denuncia ante la fiscalía especial en personas desaparecidas del estado de Jalisco.

 Dos ciudades distintas, dos escuelas distintas, seis jóvenes que no se conocían entre sí. Y sin embargo, algo empezó a repetirse, algo que a los investigadores los dejó helados por lo idéntico que era en ambos casos. Después de desaparecer, los seis se comunicara Aaron con sus familias, no una vez, en varias.

 Y en cada llamada dijeron prácticamente lo mismo, que estaban bien, que no les había pasado nada, pero que por el momento no podían regresar. Estamos bien, pero no podemos regresar. piénsalo un segundo. Un hijo que llama para tranquilizar a su madre con la voz entera diciéndole que está a salvo y en la misma frase le avisa que no va a volver a casa.

 No es la llamada de alguien que huyó por su propia voluntad. Es la llamada de alguien que quiere calmar a su familia desde un lugar donde ya no manda sobre sí mismo. Y hubo un momento que terminó de encender todas las alarmas. En una de esas llamadas, una de las jóvenes le pidió a su familia algo muy concreto. Les pidió que quitaran las fichas de búsqueda, que las bajaran, que dejaran de buscarla.

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