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PENSÓ QUE SER MÉDICO LO PONÍA POR ENCIMA DE TODO… | CASO MATEO

Había una sola cámara en todo el boulevard que la policía no había podido revisar y el dueño de esa cámara era un médico. A las 3 de la tarde de aquel jueves, los agentes le marcaron por teléfono. El doctor respondió tranquilo. Dijo que en ese momento no se encontraba en su consultorio, pero que a las 6 estaría de regreso y que entonces, sin problema, les entregaría las grabaciones.

Los investigadores esperaron. Llegaron las 6, llegaron las 7 y el teléfono del médico ya estaba apagado. En ese pequeño consultorio del poniente de León, un niño de 12 años barría los pisos y hacía mandados al salir de la escuela para ganarse unas monedas. Se llamaba Mateo y esa tarde no había vuelto a su casa. Lo que esa cámara escondía terminaría por derrumbar la tranquilidad entera de una colonia.

El hombre detrás de aquel teléfono apagado se llama Cristian Augusto Jaffet. Tenía alrededor de 34 años y para sus vecinos era simplemente el doctor. Médico cirujano partero, titulado en el año 2017, atendía un consultorio en una zona tranquila de la ciudad, vestía bata blanca, saludaba de mano, inspiraba esa confianza casi automática que en México todavía despierta la palabra doctor.

Y esa confianza era precisamente su mejor disfraz, porque los padres de Mateo lo conocían. El consultorio quedaba cerca de su casa en un rumbo que el niño caminaba todos los días. El doctor le daba algunos pesos por ayudarle con la limpieza y los encargos. Para una familia trabajadora era una bendición pequeña.

El hijo cerca, ocupado ganándose su domingo con un profesionista respetable del barrio. Era el tipo de arreglo que en miles de colonias de este país se cierra con un apretón de manos y una sonrisa. Nadie, absolutamente nadie. sospechaba lo que ocurría puertas adentro. El 4 de febrero de 2025, Mateo salió de la telesecundaria número 39 en la colonia Las Mandarinas.

Tomó su rumbo de siempre, se bajó del transp, rote urbano sobre el boulevard como cualquier otro día y a partir de ese punto su rastro se volvió niebla. Esa misma noche su madre escribió un mensaje que se regó por las redes sociales de León como pólvora. pedía ayuda. Decía que su hijo no había llegado, que respondía al nombre de Mateo, que lo habían visto por última vez al salir de la secundaria.

Una madre rogándole a una ciudad entera que le ayudara a encontrar a su niño. Y la ciudad respondió. Cientos de personas imprimieron volantes, tocaron puertas, recorrieron calles. Vecinos que jamás habían visto a Mateo salieron a buscarlo como si fuera suyo. Mientras tanto, los investigadores hacían lo propio, rastrear cámara por cámara cada metro del trayecto.

Una por una, todas las grabaciones del boulevard fueron entregadas. Todas, menos una. La del doctor. ¿Por qué un médico respetado, conocido por la familia, se negaría a entregar un simple video de seguridad? La respuesta estaba a 3 días de distancia y nadie estaba preparado para ella. Para entender lo que pasó, hay que regresar a esas primeras 72 horas.

El reloj corría en contra, aunque casi nadie lo sabía todavía. El martes, la preocupación, el miércoles, la búsqueda ciudadana en su punto más alto. La fiscalía revisó hasta la consola de videojuegos del niño por si alguien lo había citado o engañado a través de algún mensaje. No hallaron nada. Es es de la muerte y veis a medianoche.

No hallaron nada. El rastro digital estaba limpio. El rastro físico, en cambio, apuntaba a un solo lugar. Las cámaras del transporte y los registros de videovigilancia contaban una historia silenciosa, pero precisa. Mateo se había bajado sobre el boulevar Manuel de Austri. Caminó y su figura se perdía justo en las inmediaciones de aquel consultorio.

El jueves por la tarde llegó la llamada al doctor y con ella su promesa rota de las 6. Para los agentes aquel silencio repentino no fue una casualidad, fue una alarma. Entonces decidieron ir personalmente hasta el domicilio del médico en un fraccionamiento residencial de la ciudad. Querían hablar con él, querían esos videos, pero al acercarse a la vivienda escucharon detonaciones provenientes del interior.

El doctor, al ver a los oficiales afuera de su casa, se había herido a sí mismo con un arma de fuego. Un vecino les facilitó el acceso. Adentro encontraron a Cristian Augusto Jaffet, gravemente lastimado. Pidieron una ambulancia y lo trasladaron de urgencia al Hospital General de León. había intentado evadir a la justicia de la forma más definitiva y sin embargo sobrevivió.

Lo que vino después fue una confesión que él haría a cualquiera. Ya internado, el médico admitió su responsabilidad y más aún reveló dónde había ocultado al niño. No estaba en León, estaba cruzando el límite del estado. Los agentes siguieron esa indicación hasta un camino de terracería, angosto y polvoriento, cerca de la carretera que une León con lagos de Moreno, ya en territorio de Jalisco, entre la tierra de un predio en la comunidad de Lagunillas, hallaron lo que durante tres días una ciudad entera había rezado por no encontrar. Era el 7

de febrero. El cuerpo de Mateo fue localizado semienterrado en aquel paraje solitario. Presentaba una herida de arma de fuego y signos de haber sufrido una agresión de índole sexual. Un niño de 12 años que solo había salido de la escuela para volver a casa. Tres días bastaron para que la búsqueda más esperanzada de León se transformara en su despedida más dolorosa.

El cuerpo fue trasladado al servicio médico forense de Jalisco, donde se le practicó la necropsia de ley y entonces ocurrió algo que más adelante sumaría dolor al dolor. La noticia del hallazgo empezó a circular en los medios antes de que la propia familia recibiera la confirmación oficial. padres que se enteraron casi por la pantalla de un teléfono ajeno.

Poco después, la gobernadora del estado y el Mu niio confirmaron en sus redes que el cuerpo, en efecto, pertenecía al menor desaparecido. Ya no quedaba ninguna esperanza a la cual aferrarse. Aquí conviene detenerse porque la magnitud de lo ocurrido no cabe en una sola frase. Mateo no fue agredido por un extraño en un callejón oscuro.

fue traicionado por una figura de autoridad de su propio barrio, alguien a quien su familia le había abierto la puerta de la confianza. Esa es la herida más profunda que este caso le dejó a León. La certeza de que el peligro a veces usa bata blanca y sonría al saludar. La cronología fríamente reconstruida por la fiscalía quedó así.

El 4 de febrero, la desaparición. Antes de llegar a su casa, el niño fue privado de la libertad, fue agredido y posteriormente le fue arrebatada la vida con un arma de fuego. Luego, el responsable trasladó el cuerpo hasta otro estado con la intención de ocultarlo y borrar cualquier rastro, pero hubo algo que no pudo borrar, algo que quedó guardado esperando ser encontrado.

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