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Lo Que Patton Le Hizo al Oficial SS Que Esclavizó Enfermeras Americanas

Lo Que Patton Le Hizo al Oficial SS Que Esclavizó Enfermeras Americanas

Enero de 1945. La nieve caía sobre las ruinas de lo que una vez había sido el pueblo de Bastoñe, como si el cielo mismo quisiera enterrar los pecados cometidos sobre esa tierra. La temperatura había descendido a 16 gr bajo cer y los caminos hacia el bosque de las ardenas eran tumbas de acero retorcido y botas congeladas que nadie había tenido tiempo de recoger.

Era el tipo de frío que no solo mata el cuerpo, sino que borra la voluntad de seguir. Era el tipo de frío en el que los hombres dejan de ser soldados y vuelven a ser animales. Y fue precisamente en ese frío donde comenzó uno de los episodios más oscuros y menos documentados de toda la campaña del general George Smith Patton en Europa occidental.

El convoy sanitario número 47 del 12o Hospital de Evacuación del Ejército estadounidense había partido a las 4 de la madrugada del 16 de enero con seis vehículos, 16 hombres de tropa y cuatro enfermeras militares bajo el mando de la teniente de primera clase, Elenor March. Su misión era directa, transportar suministros médicos críticos desde el depósito logístico de Arlon hasta el puesto de avanzada establecido en las afueras de Wills en Luxemburgo.

Una ruta de 80 km que en circunstancias normales habría tomado 2 horas, pero aquella noche no había nada normal. Las líneas del frente se habían movido durante la ofensiva alemana con una velocidad que ningún mapa de operaciones había anticipado correctamente y los caminos que el comando del tercer ejército había marcado como seguros 48 horas antes habían sido cortados, minados o directamente tomados por unidades de la 15inta división pancer grenadier en retirada.

El convoy jamás llegó a Wills. Durante 11 días, nadie supo absolutamente nada de sus ocupantes. Los registros oficiales de aquella semana simplemente anotaban estatus desconocido, pendiente de confirmación. Y esa frase, tan burocrática, tan fría como la tierra que los rodeaba, ocultaba una realidad que tardaría semanas en salir a la luz y que cuando lo hizo, encendió una furia en el General Patton que ni sus propios ayudantes habían visto antes.

Fue la cuarta división acorazada del coronel Crayton Abrams, la que abrió la brecha. El 27 de enero, mientras sus tanques Sherman limpiaban los últimos bolsillos de resistencia alemana al norte del río Saer, una patrulla de reconocimiento del octavo batallón de infantería mecanizada detectó actividad en una finca agrícola de grandes dimensiones ubicada a 4 km al este de la carretera principal, oculta entre un bosque de avedules y rodeada por dos filas de alambre de espino que nadie había instalado allí antes de la

guerra. Los centinelas exteriores llevaban uniformes de las Waffen SS. No eran tropas regulares en retirada, eran hombres que habían decidido quedarse cuando los soldados americanos tomaron la finca después de un enfrentamiento breve pero brutal en el que murieron tres hombres del octavo batallón, lo que encontraron dentro no se parecía a ningún objetivo militar que hubieran asaltado hasta entonces no había mapas de operaciones, no había radio de campaña activa, no había ningún indicador táctico de que aquel lugar

tuviera valor estratégico alguno. Lo que había era algo diferente, algo que hizo que el sargento de primera clase, Thomas Birch, veterano del desembarco de Normandía y de la campaña de Sicilia, saliera al patio exterior y vomitara en la nieve. Las cuatro enfermeras estaban vivas, pero el concepto de estar vivo que aplicaba a Elenor Marsh y a sus compañeras en aquel momento era el concepto más reducido y más devastador que ese término puede llegar a significar.

Estaban sentadas en una habitación del sótano sin ventanas, sobre colchones de paja húmeda, con las manos atadas con tiras de cuero y los ojos acostumbrados a una oscuridad que llevaba días sin romperse. Habían perdido peso de una forma que los médicos que las atendieron después describirían como alarmante, incluso para estándares de prisioneros de guerra, pero no habían sido tratadas como prisioneras de guerra.

Eso quedó claro desde el primer momento. El responsable de todo lo que había ocurrido en aquella finca era el Stormban Futer de las Buffen SS, Heinrich Walker Brown, 42 años, natural de Nuremberberg, condecorado con la cruz de hierro de primera clase en el Frente Oriental y Mino Cci, conocido dentro de su unidad por una combinación de frialdad táctica y crueldad sistemática que sus superiores habían considerado durante años como una virtud militar.

Brown no había intentado escapar cuando llegaron los americanos. Lo encontraron en el piso superior de la finca, sentado junto a una chimenea encendida con una copa de brandy francés en la mano y el uniforme perfectamente planchado, como si hubiera estado esperando una visita formal. Cuando le pusieron las esposas, sonrió.

Esa sonrisa fue el primer error de Heinrich Walker Brown y sería el último. La noticia llegó al cuartel general del tercer ejército en Luxemburgville a las 2 de la tarde del 28 de enero. El informe preliminar fue entregado directamente al general Paton por su jefe de inteligencia, el coronel Oscar Coach, quien describió después en sus memorias que nunca en toda la guerra había visto la cara de Paton cambiar de aquella manera.

No fue rabia inmediata, no fue una explosión, fue algo más parecido a una corriente subterránea que se mueve por debajo del suelo antes de que el suelo mismo se quiebre. Paton leyó el informe dos veces, lo dobló, lo dejó sobre la mesa y después dijo con una voz que Coach describió como completamente desprovista de emoción, que iba a desplazarse personalmente a la finca aquella misma tarde.

Para comprender lo que sucedió a continuación, es necesario entender quién era Heinrich Walker Brown, más allá de su rango y sus condecoraciones. Brown no era un producto accidental de la guerra, era un producto deliberado de una ideología que había convertido la crueldad en sistema y la arrogancia en doctrina. Había servido en el Frente Oriental desde 1941 hasta 1943, donde su unidad había participado en operaciones de pacificación en el sector de Kiev, que los archivos del tribunal de Nuremberberg clasificarían posteriormente como crímenes de guerra

documentados. había sido trasladado al frente occidental en el verano de 1944, no como recompensa, sino porque incluso dentro del mando de las Sistían nombres que preferían tenerlo lejos. Era el tipo de oficial que interpretaba cada orden como una licencia para ir más lejos de lo que la orden decía. Y en la finca de las ardenas, sin líneas de mando funcionales y con el frente colapsándose a su alrededor, había ejercido esa licencia sin límite alguno.

Las enfermeras habían sido separadas de los soldados del convoy en las primeras horas de su captura. Los hombres del convoy, 12 de los 16 originales, habían sido ejecutados en un bosque a 2 km de la finca en la noche del 16 de enero. Los cuatro restantes habían sido enviados a un campo de prisioneros. Brown había reservado a las cuatro mujeres para sí mismo porque en su mente retorcida y perfectamente ordenada representaban algo que él consideraba un trofeo de guerra de categoría superior.

Oficiales americanas, mujeres con rango, símbolo de todo lo que la propaganda del Reich había pasado años describiendo como la degeneración del ejército anglosajón. quería demostrar que podía reducirlas, que podía tomar a mujeres con rango militar y convertirlas en algo que él pudiera controlar completamente.

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