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Lo que Patton le dijo al general alemán que lo llamó mediocre

Lo que Patton le dijo al general alemán que lo llamó mediocre

12 de abril de 1945. Merkers, Alemania. La guerra llevaba semanas agonizando, pero todavía no había muerto. Los ejércitos americanos avanzaban al este, los soviéticos al oeste y, entre medias quedaban los restos de un imperio que había intentado conquistar el mundo y había fracasado de manera catastrófica. Esa mañana, soldados del tercer ejército de Paton habían descubierto algo que nadie esperaba encontrar.Detrás de las puertas de una mina de sal en Merers, a cientos de metros bajo tierra, estaba escondido casi todo el oro del Rik, lingotes, divisas, arte robado de media Europa, millones en papel moneda. Y custodiando aquella mina, todavía en posición, todavía con la mano en el arma, estaba el Stormban Futer Heinrich Ral, 43 años, SS.

veterano de Polonia, Francia y el Frente del Este, un hombre que había pasado 12 años construyendo su identidad entera alrededor de una idea, que la élite alemana era superior a todo lo que existía en el mundo. Paton bajó a la mina con linterna, con su uniforme de tres estrellas, con esos revólveres de marfil que llevaba siempre.

Y cuando Ral lo vio llegar por aquel túnel oscuro, no movió un músculo. Esta es la historia de lo que ocurrió cuando el general más temido de América bajó al fondo de la Tierra a enfrentarse a un oficial de las SS que todavía creía que había ganado. Si quieres conocer más momentos como este, momentos que los libros de historia mencionan en una línea y que merecen una hora, suscríbete.

Cada semana hay una historia nueva. Para entender lo que pasó en aquella mina, hay que entender primero qué era Merkers en abril de 1945 y por qué el Rich Bank había tomado la decisión de enterrar allí las reservas del Estado alemán. Berlín estaba siendo bombardeada con una regularidad que hacía imposible mantener cualquier infraestructura financiera operativa.

Los bancos centrales habían sido alcanzados. Las bóvedas del Rice Bank en la capital eran cada semana más vulnerables. Los bombarderos aliados habían convertido el centro de Berlín en algo que se parecía más a la Luna que a una ciudad. La decisión se tomó en febrero de 1945. Había que mover el oro, había que mover las divisas, había que poner a salvo lo que quedaba del aparato financiero del Reich, porque sin ese oro no había manera de negociar nada cuando llegara el final.

Y en febrero de 1945, incluso los más fanáticos sabían que el final iba a llegar. La mina de Kaiserode en Merkers llevaba décadas extrayendo sal. Era un laberinto de túneles a varios cientos de metros de profundidad, seco, estable, perfectamente climatizado por la propia geología de la montaña. El Rik Bank eligió ese lugar con criterio.

Mandaron trenes, mandaron camiones, mandaron cajas selladas que nadie debía abrir y mandaron a Heinrich Ral para asegurarse de que nadie lo hiciera. Ral no era un guardia, era un oficial de las SS con expediente. Había participado en las primeras operaciones en Polonia en 1939. Había estado en Francia en 1940 y había pasado 2 años en el frente del Este, entre 1941 y 1943, antes de ser trasladado a funciones de seguridad interior, cuando una herida en el hombro izquierdo le dejó el brazo parcialmente inutilizado.

Era el tipo de hombre que el sistema nazi producía en serie durante sus primeros años de euforia. inteligente, disciplinado, completamente convencido de que estaba del lado correcto de la historia. Había leído a Nietzsche, había estudiado en Heidelberg, hablaba francés e inglés, además del alemán, y había participado directa o indirectamente en cosas que nunca iban a aparecer en ningún expediente oficial.

Cuando llegó a Merkers en marzo de 1945, con sus órdenes, Ral sabía perfectamente que la guerra estaba perdida. No era idiota, pero perder la guerra no significaba en su cabeza que Alemania hubiera estado equivocada. Significaba que habían sido traicionados por los políticos, por los aliados que habían cerrado el paso por el oeste antes de que pudieran concentrar todo contra los soviéticos.

Por la fortuna que en la guerra siempre acaba favoreciendo a quien tiene más fábricas y más hombres, no necesariamente a quien tiene más razón. Ral había construido toda su identidad sobre una arquitectura de justificaciones y esa arquitectura seguía en pie, aunque el mundo que la había producido estuviera cayendo a pedazos.

Custodiaba la mina con 17 hombres. La mayoría eran soldados de la Vermacht asignados a su mando, no ese ese como él. Y en las últimas semanas había podido ver en sus caras algo que él se negaba a permitirse. Agotamiento, duda, el reconocimiento silencioso de que todo había terminado. Ral les daba órdenes, hacían sus turnos. Nadie hablaba de rendirse porque Ral no hablaba de rendirse y en esa mina, en ese túnel, él era la única autoridad que existía.

El 2 de abril de 1945, una patrulla del 358 regimiento de infantería americana estaba buscando minas antipersona en los alrededores de Merkers cuando una mujer civil les dio el soplo. Había una mina, había soldados alemanes dentro y había algo más, algo que ella no sabía exactamente qué era, pero que había visto llegar en camiones blindados en plena noche semanas atrás.

Los americanos informaron hacia arriba. La información llegó rápido al cuartel general del tercer ejército y Paton, que tenía un instinto casi animal para detectar cuándo algo era importante, decidió ir él mismo. George Patton tenía 59 años en abril de 1945 y llevaba su vida entera preparándose para este momento, aunque no hubiera sabido describírtelo así.

Era el producto de una familia militar americana de varias generaciones. Un hombre que había estudiado historia militar con la misma obsesión con la que otros estudian teología, que había participado en la Primera Guerra Mundial siendo todavía joven, que había pasado los años de entre guerras perfeccionando una doctrina de guerra mecanizada cuando casi nadie en América quería escuchar hablar de eso.

Cuando llegó la Segunda Guerra Mundial, Paton ya sabía exactamente cómo pelear. El problema es que también sabía exactamente cómo hablar y eso le había creado más problemas con sus superiores que todos los alemanes juntos. Era impulsivo, egocéntrico, imposible de ignorar. Sus hombres lo adoraban con una intensidad que rayaba en el culto porque Paton les ganaba batallas y les explicaba por qué.

No era el tipo de general que mandaba desde un búnker a 100 km del frente. Era el tipo de general que aparecía en el punto más caliente de la batalla en su jeep con sus tres estrellas brillando al sol, porque creía que un general que no comparte el riesgo con sus hombres no tiene derecho a mandar. Eso le hacía extraordinariamente efectivo y periódicamente insoportable para el mando aliado.

Cuando llegó a Merkers el 12 de abril, Eisenhauer y Bradley vinieron con él. Era una visita de reconocimiento oficial. Había que certificar el descubrimiento. Había que documentarlo todo antes de moverlo. Bajaron en el ascensor de la mina. La oscuridad allí abajo era total, salvo por las linternas. El olor era húmedo y mineral, el olor de la roca que lleva millones de años sin ver la luz.

Y al fondo del túnel principal, detrás de una puerta de acero de 30 cm de grosor que habían tenido que volar para abrir, estaban los lingotes, filas y filas de lingotes de oro, cajas y cajas de divisas extranjeras. monedas de oro de 20 países diferentes, cuadros enrollados, esculturas embaladas y en una esquina sentado sobre un cajón de munición con los brazos cruzados y la mirada fija en los americanos que entraban, Heinrich Ral.

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