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Encontró a una extraña cocinando en la casa que él había abandonado hace 7 años tras la muerte de su esposa.

Encontró a una extraña cocinando en la casa que él había abandonado hace 7 años tras la muerte de su esposa.

Bajó de la camioneta oxidada con un nudo en la garganta y una carta de embargo bancario arrugando el bolsillo de su chamarra.

Siete años.

Ese era el tiempo que Mateo Garza llevaba huyendo de los Altos de Jalisco.

Jamás pensó en volver, y mucho menos con su hija Camila, de diez años, sentada en el asiento del copiloto haciendo preguntas que él no sabía responder.

El plan era frío y simple: llegar a la vieja casona familiar, evaluar los daños, firmar la venta al primer postor y largarse antes de que los fantasmas lo alcanzaran.

Pero al detener el motor frente a la propiedad, Mateo se quedó petrificado.

Se olvidó incluso de respirar.

El portón de madera que él recordaba podrido estaba recién barnizado.

El corredor principal, donde la humedad había carcomido los ladrillos tras la muerte de su padre, lucía impecable.

Había macetas con malvones y cempasúchil en las ventanas.

Una suave columna de humo con olor a leña y café de olla escapaba de la chimenea, recortándose contra el cielo plomizo de la tarde.

Mateo apretó los puños contra el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

No entendía absolutamente nada.

Entonces, la puerta principal de roble se abrió.

Una mujer salió al corredor.

Llevaba un trapo de cocina sobre el hombro y las manos blanquecinas, cubiertas de harina de maíz.

Se quedó mirándolo en silencio, secándose las manos lentamente.

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