En julio de 2022, después de que yo le pedí al pastor Rodrigo no volver a liderar el grupo de apologética porque ya no podía enseñar con la misma convicción, el distanciamiento se hizo más concreto. No dejó de quererme, pero hubo 14 meses en los que las conversaciones entre nosotros fueron superficiales de una manera que antes no habían sido nunca.
Eso fue lo más difícil de todo el proceso. No los argumentos teológicos, no la pérdida del ministerio, sino el silencio de mi papá. que era el hombre cuya opinión había importado más que ninguna otra en mi vida. En marzo de 2022, una vecina del edificio donde vivíamos en el barrio Laureles, una señora llamada Amparo Cadavid, que tenía 74 años y que yo había visto subir las escaleras con sus bolsas del mercado, durante los 4 años que llevábamos en ese apartamento, tocó la puerta para pedirle a Marcela prestara una cucharada de sal. Marcela
la invitó a tomarse un café y yo, que estaba en la sala escuché sin querer los primeros minutos de la conversación antes de levantarme a presentarme. Doña Amparo era una mujer pequeña con el pelo completamente blanco recogido en un moño y el rosario siempre enredado en la manija de su bolsa.
Era viuda desde hacía 12 años. Había criado tres hijos sola después de que su esposo falleció y tenía una presencia que era difícil de describir, pero imposible de ignorar. La paz concreta de alguien que sabe exactamente dónde está parada. Cuando Marcela le contó en algún momento de la conversación que yo estaba haciendo un proceso de discernimiento espiritual serio, doña Amparo me miró con una atención directa y me preguntó sin rodeos.
¿Y qué es lo que está buscando, hijo? Le dije que estaba tratando de entender a María. Sonrió con una calidez que no era de triunfo ni de condescendencia. Me dijo, “Eso es lo mejor que puede hacer un cristiano, entenderla. Porque cuando uno la entiende, entiende a Jesús mucho mejor. Le pregunté cómo explicaba ella la devoción a María a alguien que venía de 10 años de enseñar lo contrario.
Se quedó pensando un momento, luego me dijo, [música] “¿Usted tiene mamá?” Le dije que sí. Y si alguien le dijera que la quiere mucho a usted, que le admira lo que ha logrado, que le agradece todo lo que ha dado, ¿cómo reaccionaría a su mamá? Le dije que se alegraría. Y si ese mismo alguien le dijera que a su mamá no hay que quererla demasiado, que uno solo la respeta como a cualquier otra persona, pero nada más, ¿cómo reaccionaría usted? No, respondí.
Jesús es Dios, me dijo doña Amparo con la misma calma de siempre. Y tiene mamá. Eso no es un accidente, eso es parte del plan. Esa tarde, doña Amparo se quedó tres horas en nuestro apartamento. No fue una clase de teología, fue una conversación de vecinas y vecinos en la cocina con las tazas de café que se fueron enfriando mientras hablábamos.
Y en esa conversación, doña Amparo me dijo algo que fui a verificar en la Biblia esa misma noche y que me abrió una puerta que yo no había visto nunca. Me habló del arca de la alianza. El arca de la alianza era el objeto más sagrado de toda la historia de Israel. Era el cofre donde estaban guardadas las tablas de la ley, el maná del desierto y la vara de Aarón.
Era el lugar donde la presencia de Dios habitaba de manera especial entre su pueblo. Nadie podía tocarla, nadie podía acercarse a ella sin la purificación adecuada. Era literalmente el recipiente de la presencia de Dios en la tierra. Fui esa noche a Éxodo 25. El arca estaba cubierta de oro puro por dentro y por fuera.

Sobre ella estaban los dos querubines de oro con las alas extendidas. Cuando Moisés terminó de construirla, la nube de la gloria de Dios llenó el tabernáculo de tal manera que Moisés no podía entrar. La presencia de Dios descansaba sobre el arca. La misma pregunta que David había dicho en Segunda de Samuel 6 ante el arca. ¿Cómo traerá a mí el arca del Señor? [música] Las palabras eran casi idénticas.
El paralelo no era una coincidencia poética, era una identificación teológica deliberada. [música] Lucas estaba diciendo para cualquier judío que conociera la historia del arca, que María era el nuevo arca de la alianza, el nuevo recipiente donde la presencia de Dios habitaba. No como diosa, como el ser humano que había sido elegido para llevar al hijo de Dios en su propio cuerpo.
Si el arca de la alianza merecía que el rey David danzara ante ella con todas sus fuerzas, ¿qué merecía la mujer que llevó al hijo de Dios en su vientre? Me quedé sentado con esa pregunta durante mucho tiempo. En mayo de 2022 busqué al padre Camilo Arias Restrepo, [música] que era profesor de teología bíblica en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín y cuyo nombre había encontrado en un artículo académico sobre la figura de María en el Evangelio de Lucas.
Le escribí un correo contándole quién era y qué preguntas tenía. Me respondió tres días invitándome a tomar un café en la cafetería de la facultad. El padre Camilo tenía 48 años, una barba corta, bien cuidada y la manera de hablar de alguien que ha pensado mucho sobre lo que dice antes de decirlo. Cuando le conté mi historia, los 10 años de apologética antimariana y la pregunta de Lucía y los versículos que habían empezado a no cuadrar, me escuchó con una atención completa.
Cuando terminé, me dijo, “Le voy a hacer una pregunta que parece simple, pero que me parece la más importante de todas. ¿Usted cree que la encarnación fue el evento más importante de la historia humana? Le dije que sí, que Dios tomando carne humana era el eje de todo. Entonces me dijo, [música] “La mujer a quien Dios eligió para hacer posible ese evento no puede ser irrelevante.
Si la encarnación importa, la persona que Dios eligió para llevarla a cabo importa también, no como fuente del poder, como parte del plan.” Eso me resonó de una manera que las discusiones sobre la tría y dulía no me habían resonado nunca. No era un argumento sobre veneración y adoración, era un argumento sobre la coherencia de creer que la encarnación fue real.
Volví con el padre Camilo seis veces más en los meses siguientes. Cada sesión empezaba con una pregunta mía y terminaba con más preguntas de las que había llegado, pero preguntas distintas, más profundas, menos defensivas. En la cuarta sesión le llevé el pasaje que me había tenido pensando durante semanas.
[música] Juan capítulo 2, las bodas de Caná. Le dije, “Padre, este pasaje no encaja con la imagen de María que yo tenía aquí. Ella no es simplemente una mujer piadosa que mira desde lejos. Aquí ella interviene. Aquí ella le dice a Jesús que no tiene vino cuando todavía no era la hora de Jesús.” Y Jesús responde a esa intervención. El padre Camilo sonríó. Exactamente.
¿Y qué dice Jesús cuando ella le presenta el problema? Le dije que Jesús le responde, “¿Qué tiene que ver eso conmigo y con ti, mujer? Mi hora todavía no ha llegado.” ¿Y qué hace María después de esa respuesta? Le dije que les dice a los sirvientes, “Hagan todo lo que él les diga.” Entonces, me dijo el padre Camilo, María presenta la necesidad ante Jesús.
Jesús sin apariencia se niega y María actúa como si la petición hubiera sido concedida, diciéndoles a los sirvientes que obedezcan a Jesús. Y Jesús hace el milagro. Me miró un momento. ¿Qué le sugiere eso sobre la relación entre la intercesión de María y la voluntad de Jesús? No, respondí inmediatamente. Estaba pensando Naigo que el padre Camilo ya sabía que iba a pensar, que ese pasaje describía una intersión real y efectiva.
María no le ordenaba a Jesús, [música] le presentaba la necesidad y Jesús respondía de la misma manera en que Jesús respondía a cualquier intercesión genuina, [música] pero con la particularidad de que era su madre la que pedía. Eso era exactamente lo que los católicos describían cuando hablaban de la intercesión de María. No un poder independiente de Dios, una relación de una madre con su hijo que Jesús mismo había establecido como válida en el evangelio de Juan.
[música] En septiembre de 2022, doña Amparo me invitó por primera vez a una misa. No me lo pidió como argumento apologético ni como reto. Me lo pidió como vecina, de la misma manera que hubiera podido invitarme a un almuerzo. Gabriel, ¿usted quiere venir el domingo conmigo a la misa? No le voy a explicar nada, solo venga. Fui con Marcela.
[música] Dejamos a Lucía con la mamá de Marcela porque no queríamos que la niña estuviera en un ambiente que todavía no habíamos procesado nosotros. La misa era en la parroquia de San Ignacio en el centro de Medellín, una iglesia jesuita del siglo X con techo alto de madera y olor a incienso que se había acumulado en las paredes durante tres siglos.
Nos sentamos en uno de los bancos del medio con doña Amparo a mi derecha y Marcel a mi izquierda. Lo primero que me afectó fue la estructura. Había un orden que yo no reconocía de los servicios pentecostales, pero que al mismo tiempo no era del todo extraño. Las lecturas del Antiguo Testamento, la epístola, el Evangelio, la homilía del sacerdote sobre el texto y luego la liturgia de la Eucaristía, que era el corazón de todo y que yo observé con la misma atención con que había estudiado todo lo demás en ese año. Y en algún momento de la
consagración, cuando el sacerdote elevó la y toda la iglesia se arrodilló en ese silencio que yo ya había visto en otras iglesias, pero que ese día me cayó diferente, pensé en algo que no había relacionado antes. Pensé en Juan, capítulo 19, versículo 26. Jesús en la cruz, mirando al discípulo amado y mirando María, le dice al discípulo, [música] “He ahí tu madre.
” y le dice a María, “He ahí tu hijo.” Y el texto dice que desde esa hora el discípulo la recibió en su propia casa. Los exégas que yo había leído decían que ese pasaje era simplemente Jesús, asegurándose de que su madre quedara bajo cuidado después de su muerte. Pero el padre Camilo me había señalado algo la semana anterior que no podía quitarme de la cabeza, que en el evangelio de Juan, [música] el discípulo amado, es una figura que representa a todos los creyentes.
Es el discípulo sin nombre propio, precisamente para que cualquier lector pueda identificarse con él. Si eso es así, [música] cuando Jesús le dice al discípulo amado, “He ahí tu madre”, se lo está diciendo a cada uno de los que creen en él. En otras [música] palabras, Jesús desde la cruz le había dado a todos sus discípulos a su propia madre.
Eso no era una doctrina medieval. [música] Estaba en el evangelio de Juan y yo lo había leído cientos de veces sin verlo. Salí de esa misa con algo que me tomó varios días identificar. Era la sensación de que la imagen de María que yo había construido durante 10 años, la imagen de una mujer que había jugado un papel importante, pero que después de la encarnación se volvía irrelevante para la fe del creyente, no era la imagen que el propio Jesús había dejado en el evangelio.
La imagen que Jesús había dejado era la de una madre que intercedía, [música] que estaba presente en el momento de la primera señal pública de su hijo, que estaba al pie de la cruz cuando todos los demás habían huído, y a quien Jesús desde la cruz le había encomendado explícitamente a todos sus discípulos. En enero de 2023 volví con el padre Camilo y le dije que necesitaba que me hablara del Apocalipsis capítulo 12.
Lo había leído muchas veces como una figura profética abstracta. La mujer vestida de sol, coronada de 12 estrellas, que da a luz al Mesías y que el dragón persigue. Lo había leído como Israel, como la Iglesia, como un símbolo colectivo. El padre Camilo me preguntó, “¿Y quién es en el Apocalipsis capítulo 11, el arca de la alianza?” Fui al texto.
[música] Capítulo 11, versículo 19. Y el templo de Dios que está en el cielo fue abierto, y el arca de su pacto se hizo visible en el templo. Y el capítulo 12 comienza inmediatamente después, en continuidad directa con la mujer vestida de sol. [música] La última vez que el arca de la alianza había aparecido en la historia de Israel fue en el templo de Salomón antes del exilio babilónico.
Desapareció de la historia y en el Apocalipsis el arca vuelve a aparecer en el cielo, en la presencia de Dios y el capítulo siguiente presenta una mujer que da a luz al Mesías, que es perseguida por el dragón y a quien Dios protege. El paralelo no era sutileza académica, era estructura narrativa deliberada. El arca que contenía la ley de Dios en el Antiguo Testamento aparecía en el cielo y la mujer que había contenido al hijo de Dios en su vientre aparecía también en ese mismo escenario celestial.
Le pregunté al padre Camilo cómo debía leer eso. Me respondió con una pregunta. ¿Por qué le costaría creer que la mujer a quien Dios eligió para llevar a su hijo en su vientre, que estuvo al pie de la cruz cuando nadie más estaba y a quien Jesús confió desde la cruz a todos sus discípulos, sigue presente y activa en la historia de la salvación? No tenía respuesta.
Los meses de 2023 y de 2024 fueron los más ricos intelectualmente de mi vida. Leía a los padres de la Iglesia sobre María, Justino Mártir comparándola con Eva en el siglo segundo, Ireneo de León en el siglo segundo, describiendo María como la nueva Eva que deshace lo que la primera Eva hizo. Orígenes en el siglo tercero, ya usando la palabra teotocos, que significa portadora de Dios.
Todo eso antes del año 300. Todo eso antes de que Constantino convirtiera el catolicismo en religión oficial. Todo eso en las primeras generaciones del cristianismo. Y seguí yendo a la misa los domingos. Primero solo de vez en cuando, luego con más regularidad, luego con Marcela y con Lucía, que un domingo de abril de 2024 me jaló del brazo en el banco y me señaló una imagen de María en un nicho lateral de la iglesia y me preguntó en voz baja, “Papi, ¿esa es la mamá de Jesús?” Le dije que sí.
Me pregunto, “¿La queremos?” Esta vez le respondí sin dudar, “Sí, mi amor, la queremos mucho.” Lucía asintió con la seriedad de los niños cuando una respuesta les parece correcta y siguió mirando la misa. Mi papá y yo retomamos las conversaciones de verdad en mayo de 2024, después de 14 meses de ese distanciamiento que ninguno de los dos había declarado, pero que los dos habíamos sentido.
Me llamó un domingo a la tarde y me preguntó si podíamos almorzar. Fuimos a un restaurante del barrio poblado que le gusta desde hace 20 años y durante dos horas hablamos de cosas que habíamos dejado sin hablar. Le mostré Lucas 1:48. Le mostré el paralelo del arca en Segunda de Samuel 6 y Lucas 1. [música] Le mostré Juan 2 y Juan 19.
No se le mostré como argumentos para ganar un debate. [música] Se lo mostré como las preguntas que me habían llevado a un proceso que no podía ignorar. Mi papá me escuchó esta vez de manera diferente a la primera. No sé si fue el tiempo que había pasado o la manera en que yo lo presenté esta vez sin la urgencia de convencerlo de nada.
Cuando terminé me dijo algo que no esperaba. Gabriel, yo siempre supe que eras el más honesto de todos los que tenían el ministerio. Lo más honesto que puedo decirte es que no tengo respuesta fácil para Lucas 1:48. Lo voy a estudiar. Eso fue suficiente para mí. No necesitaba que mi papá llegara a las mismas conclusiones.

Necesitaba que me escuchara como mi papá. Y esa tarde lo hizo. El 30 de marzo de 2025, sábado santo, fui recibido en la Iglesia Católica en la parroquia de San Ignacio de Medellín. la misma iglesia donde había ido a mi primera misa con doña Amparo. El padre Camilo con celebró la vigilia pascual junto con el párroco, el padre Hernán Zapata Osorio, que me había acompañado durante todo y catecumenado con una paciencia que no tenía prisa por ningún lado.
Doña Amparo estaba en la tercera fila con su rosario en la muñeca [música] y esa paz suya que llenaba el espacio. Marcela estaba a mi izquierda y Lucía, que ya tenía 9 años y había pedido con una insistencia muy seria que la dejaran venir. Estaba a mi derecha con los ojos muy abiertos mirando el cirio pascual encendido en la oscuridad.
Cuando el padre Hernán dertió el agua sobre mi cabeza y pronunció las palabras del bautismo, pensé en mi papá. en los 30 años que él había dedicado a construir algo desde cero con sus manos [música] en la fe genuina con que me había formado, en que todo lo que yo sabía sobre la Biblia, todo lo que me había permitido hacer el camino que había hecho, me lo había enseñado él.
No lo abandoné. encontré lo que él me había enseñado a buscar, solo que en un lugar más antiguo y más completo de lo que ninguno de los dos había imaginado. Cuando el padre Hernán me puso la en la mano por primera vez y la recibí, pensé en Lucas 1:48. Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones.
Y pensé en que yo por primera vez en mi vida era parte de esas generaciones, que por primera vez cumplía esa profecía en lugar de ignorarla. Al salir de la misa, Lucía me tomó la mano en el atrio y me preguntó con la misma directness que me había hecho su pregunta 4 años antes. Papi, ahora ya somos de la iglesia de la mamá de Jesús.
Le dije que sí, que ahora sí. Me apretó la mano y siguió caminando. Para ella era simple. Para mí había costado 4 años de lectura honesta, 14 meses de silencio con mi papá, el fin de 10 años de ministerio y la reconstrucción de algo que ahora era más sólido que todo lo anterior. Pero resultado final era el mismo que Lucí había resumido en 11 palabras.
Somos de la Iglesia de la mamá de Jesús. Lo que más me preguntan desde entonces es siento que traicioné a mi papá. La respuesta es no. Porque lo que hice fue exactamente lo que él me enseñó a hacer. Leer la Biblia con honestidad, seguir las preguntas hasta el fondo, no conformarme con respuestas que no resistían el examen.
Si las respuestas que encontré no son las mismas que las suyas, eso no significa que el método fuera malo. Significa que el método era bueno y que lo usé bien. Mi papá me enseñó a temerle a María y lo hizo de buena fe con todo el amor que tiene. Pero lo que encontré cuando lo busqué honestamente fue algo diferente, que María es la mujer a quien el ángel de Dios llamó llena de gracia, a quien el Espíritu Santo proclamó bendita entre las mujeres, a quien Jesús desde la cruz encomendó a todos sus discípulos, a quien el Apocalipsis muestra en la
presencia de Dios como el nuevo arca de la alianza y a quien Lucas dice que todas las generaciones llamarán bienaventurada. No la encontré en lugar de Jesús, la encontré exactamente donde el evangelio la pone, [música] llevándome hacia él, diciéndoles a los sirvientes de Caná lo que me dice a mí cada vez que me acerco al altar, [música] hagan todo lo que él les diga.
Mi nombre es Gabriel Esteban Navarro Cifuentes. Tengo 38 años y estoy profundamente agradecido de haberme convertido al catolicismo. [música] Mi padre me enseñó a temerle a María. Leer bien su propio libro me enseñó a agradecerle que me lleve a su hijo. Luego fui a Segundo de Samuel, capítulo 6. David lleva el arca a Jerusalén.
El texto dice que mientras el arca sube hacia la ciudad, David danza con todas sus fuerzas ante el Señor. Delante [música] del arca. la veneraba con toda la energía de su cuerpo. Y cuando el arca llega a la casa de Obedom, el texto dice que el Señor bendijo a Obedom y a toda su familia por causa del arca.
La presencia del arca traía bendición. Y luego fui a Lucas, capítulo 1, a la visitación. María llega a la casa de Isabel estando embarazada de Jesús. Y el texto dice que cuando Isabel escuchó el saludo de María, el bebé saltó en su vientre y ella fue llena del Espíritu Santo. Eso era exactamente lo que había pasado con el arca en Segunda de Samuel, [música] el Espíritu de Dios llenando el lugar por la presencia de algo sagrado.
Luego el texto dice que Isabel le dice a María, “¿De dónde a mí esto, que la madre de mi Señor venga a mí?” Gracias por llegar hasta aquí y por escuchar con el corazón abierto. Si este vídeo tocó algo en ti, si te sentiste identificado o si simplemente te hizo reflexionar, te invitamos a suscribirte al canal.
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