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El cruel jefe la obligó a elegir entre su trabajo y su hija de 7 años. Lo que hizo el misterioso cliente de traje oscuro te dejará sin palabras.

El cruel jefe la obligó a elegir entre su trabajo y su hija de 7 años. Lo que hizo el misterioso cliente de traje oscuro te dejará sin palabras.

PARTE 1

La 1:40 de la madrugada marcaba el reloj manchado de grasa en la pared del restaurante.

El letrero de neón parpadeaba con un zumbido eléctrico, arrojando una luz rojiza sobre la carretera solitaria de cuota.

Hacía un frío que calaba hasta los huesos, de esos que huelen a asfalto mojado y a profundo cansancio.

Un auto de lujo, gris y silencioso, se estacionó frente a los grandes ventanales opacos por el polvo.

Alejandro empujó la puerta de cristal, haciendo sonar una campanilla oxidada que rompió el silencio del local.

Llevaba un traje oscuro de diseñador, pero sin corbata, y el cuello de la camisa desabrochado delataba una jornada agobiante.

“Pase, está abierto”, dijo Carmen sin levantar la vista, concentrada en rellenar los saleros con manos agrietadas por el cloro.

El hombre se sentó en el banco más alejado de la barra, envuelto en un aura de agotamiento y soledad.

Olía a cuero nuevo, a loción cara y a un día que no quería terminar.

“¿Le sirvo café? Paco hace unas quesadillas que reviven a cualquiera”, ofreció Carmen, limpiándose las manos en su gastado delantal.

“Solo café negro, por favor”, respondió él, con una voz rasposa y distante.

Carmen le sirvió. Alejandro le puso una cucharada de azúcar y comenzó a darle vueltas con la cuchara, una y otra vez, sin probarlo.

A las 2:05 de la mañana, el teléfono de pared del restaurante sonó con violencia.

Carmen dio un respingo, soltó el trapo húmedo y corrió a contestar antes del segundo timbre.

“¿Bueno? ¿Mamá? ¿Qué pasa, por qué están despiertas a esta hora?”, preguntó, con el pánico asomándose en sus ojos.

La voz de Doña Rosa llegó bajita y envuelta en la estática de la larga distancia.

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