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Llegó suplicando el peor trabajo para no morir de hambre tras la cruel traición de su propia sangre. El oscuro secreto que guardaba el patrón detrás de una puerta sellada cambiará todo.

Llegó suplicando el peor trabajo para no morir de hambre tras la cruel traición de su propia sangre. El oscuro secreto que guardaba el patrón detrás de una puerta sellada cambiará todo.

PARTE 1

“Firma aquí, Leticia, no llores más que tu padre ya está descansando”.

Esa fue la frase exacta que su tío Arturo le había susurrado al oído, empujándole una pluma fría entre los dedos temblorosos.

El ataúd de su padre aún no bajaba a la tierra, y ella, cegada por las lágrimas, había firmado un papel que no entendía.

Ahora, con las plantas de los pies deshechas en sangre y ampollas, caminaba bajo el sol asesino de Jalisco, sin un solo peso en las bolsas.

La habían echado de su propio rancho como a un perro sarnoso.

Atado al pecho, llevaba un rebozo desgastado donde guardaba dos tortillas duras, un escapulario, y la copia arrugada de ese documento maldito.

No lloraba; el dolor físico de caminar descalza sobre la tierra hirviendo le había secado las lágrimas hacía tres días.

Se detuvo frente a un enorme portón de madera podrida, sostenido por un mecate que amenazaba con reventarse.

Una tabla quemada con hierro marcaba el nombre del lugar: “Hacienda Los Lamentos”.

El patio central era un cementerio de adobe descarapelado, maleza seca y muros que amenazaban con desplomarse con el viento.

“Busco trabajo”, dijo Leticia con la voz ronca por la sed, plantándose frente a Ramiro, el capataz, un hombre de manos negras y mirada desconfiada.

“Aquí no hay trabajo para fuereños, la hacienda se está cayendo a pedazos y el patrón la va a vender por nada”, le escupió Ramiro, dándole la espalda.

Desde las sombras del corredor principal, emergió Don Ignacio.

Era un anciano encorvado, con el rostro surcado por años de sequía, deudas y una tristeza tan honda que parecía arrastrar cadenas.

“No necesito limpiadoras ni cocineras. Lárguese, muchacha, que aquí solo hay muertos”, sentenció Don Ignacio, tosiendo polvo.

Leticia apretó los puños, sintiendo la punzada ardiente en las llagas de sus pies.

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