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EL CASO QUE CONGELÓ CDMX: un padre y su hija salieron a caminar y nunca volvieron

EL CASO QUE CONGELÓ CDMX: un padre y su hija salieron a caminar y nunca volvieron

Un lunes por la mañana, un padre y su hija salieron a caminar por su colonia, como lo hacían siempre. Las cámaras de seguridad los captaron a las 9:1. 12 minutos después desaparecieron. Y lo que la investigación encontró después es lo que las autoridades tardaron meses en atreverse a decir en voz alta.

El 3 de marzo de 2025 amaneció frío en la ciudad de México. No era el tipo de frío que paraliza, sino ese frío gris, húmedo, el que se mete por las rendijas de las ventanas viejas y hace que la gente prefiera quedarse bajo las cobijas. En la colonia Pedregal de Santo Domingo, en la alcaldía Coyocán, los puestos de tamales ya estaban encendidos desde las 6 de la mañana.

El olor a masa de maíz y chile guajillo flotaba entre las calles empedradas y los postes de luz que todavía brillaban, aunque el sol ya había salido. En una de esas calles, una llamada prolongación de miramontes, había una vecindad de paredes color deslavado, un portón de herrería negro con bisagras oxidadas. Adentro, cuatro viviendas que compartían un patio pequeño con una maceta de bugambilia que nadie regaba, pero que de alguna manera seguía viva.

En el departamento del fondo, el número cuatro, vivían Alfredo Salinas Reyes y su hija Erika. Él tenía 37 años, ella 14. Y ese lunes por la mañana los dos salieron. Nadie los volvió a ver. Lo que siguió después de esa mañana fue una investigación que sacudió a toda la ciudad, un caso que empezó como una denuncia de desaparición rutinaria y terminó revelando algo tan oscuro, tan sistemático, tan brutal, que los propios detectives que lo trabajaron dijeron después que nunca pudieron quitárselo de la cabeza. Esta es la historia de

Alfredo y Erika Salinas y es importante que la escuches hasta el final. Antes de continuar, si llegaste hasta aquí, suscríbete al canal, dale like a este video y cuéntame en los comentarios desde dónde nos estás viendo. Hay gente escuchando esto desde Guadalajara, desde Monterrey, desde Los Ángeles, desde España, desde Argentina.

Déjame saber que estás aquí. Esto que voy a contar merece ser escuchado. Sigamos. Alfredo Salinas no era un hombre fácil de describir, no en el sentido de que fuera complicado, sino en el sentido de que era ordinario de una manera que hacía que la gente lo pasara por alto. Medía 1,75, complexión media, piel morena, pelo negro con algunas canas prematuras que había empezado a sacar desde los 32.

Usaba lentes de armazón delgado, esos que ya no están de moda, pero que tampoco desentonan. Trabajaba como técnico de mantenimiento para una empresa de elevadores industriales que tenía su oficina en la colonia Narbarte. Su vida había cambiado de manera brutal dos años antes. Marcela, su esposa, había muerto en enero de 2023.

Un accidente cerebrovascular que nadie vio venir. 39 años sin antecedentes, sin señales. Una mañana estaba desayunando con Erika antes de que la niña fuera a la escuela y la siguiente estaba inconsciente en el piso de la cocina. Llegó viva al hospital. Tres días después ya no. Alfredo no habló de eso con casi nadie. Sus compañeros de trabajo supieron lo que pasó porque el encargado de recursos humanos les informó que necesitaría días de permiso.

Sus vecinos lo supieron porque vieron el coche fúnebre y a Alfredo salir con la niña y una maleta. Pero él no lo habló, no fue al psicólogo, no buscó grupos de apoyo, simplemente siguió. La gente que lo conocía decía que no se quebró porque no podía permitírselo. Tenía a Erika y Erika lo era todo. La niña había cumplido 14 años el mes anterior, en febrero. Su festejo había sido pequeño.

Alfredo le hizo de comer, le compró un pastel de tres leches de la pastelería que quedaba a dos cuadras y llamaron a la abuela paterna por videollamada desde Oaxaca. Eso fue todo. Erika lo había pedido así. Decía que no quería fiestas, que los globos le parecían tristes desde que murió su mamá.

Era una chica inteligente, callada hacia afuera, muy activa hacia adentro. Llevaba un cuaderno donde escribía cosas, no un diario exactamente, sino observaciones, cosas que veía en la calle, frases que escuchaba, preguntas que se le ocurrían. Su maestra de español en la secundaria número 87, donde cursaba el tercer año, dijo después que Erika tenía una capacidad de observación que pocas veces había visto en estudiantes de esa edad.

Físicamente era la imagen de su madre, según Alfredo. Lo largo castaño oscuro, ojos grandes, una sonrisa que tardaba en llegar, pero que cuando aparecía llenaba el cuarto. Usaba una chamarra de mezclilla azul casi todo el tiempo con un parche bordado de una tortuga en el hombro derecho que ella misma había cocido.

chamarra fue lo último que se sabe que llevaba puesto. El domingo 2 de marzo, la noche antes de que desaparecieran, la vecina del departamento 2, doña Felicita Sorzco, una señora de 60 y tantos años que había vivido en esa vecindad desde los 90, vio a Alfredo y a Erika sentados en el patio.

Era tarde, como las 9 de la noche. Hacía frío, pero ellos tenían sus chamarras. y tomaban algo caliente, probablemente café o chocolate en tazas de peltre. Doña Felicitas dijo que los escuchó reír, no fuerte, no escandalosamente. Una risa suave, cómplice, como la de dos personas que comparten un chiste privado que nadie más entendería.

dijo que pensó que era bonito verlos así, que en los últimos meses Alfredo había estado más tranquilo, que la niña parecía estar saliendo del duelo. Eso fue a las 9 de la noche del 2 de marzo. A las 8:40 de la mañana del 3 de marzo, la cámara de seguridad de la tienda de abarrotes, que estaba a media cuadra de la vecindad, captó a Alfredo y a Erika caminando juntos por la banqueta.

Alfredo llevaba una mochila pequeña negra. Erika llevaba su chamarra de mezclilla con el parche de la tortuga y unos audífonos colgados al cuello, no puestos, solo colgados. Caminaban despacio, sin prisa. Esa fue la última imagen que existe de ellos. El miércoles 5 de marzo, dos días después, Alfredo no se presentó al trabajo tampoco el martes.

Su jefe directo, un hombre llamado Gerardo Fuentes, dijo que el lunes Alfredo había pedido por mensaje el día libre, cosa que no era rara porque tenía días acumulados. Pero el martes no respondió los mensajes y el miércoles su teléfono ya no daba señal. Gerardo llamó a la vecindad. Fue doña Felicitas quien contestó porque en la vecindad tenían un teléfono fijo comunitario, un vestigio de otra época que de alguna manera seguía funcionando.

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