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Así terminó la vida de los hombres que mataron a Reinhard Heydrich

Así terminó la vida de los hombres que mataron a Reinhard Heydrich

27 de mayo de 1942. Una explosión rompe el silencio de una carretera en las afueras de Praga. Un Mercedes negro queda envuelto en humo y metralla. Los transeútes corren, algunos se lanzan al suelo, otros observan sin comprender lo que acaba de ocurrir. Dentro del vehículo se encuentra uno de los hombres más temidos de Europa, Reinh Heidrich, jefe de los servicios de seguridad nazis, arquitecto de la represión en los territorios ocupados, el hombre al que muchos consideran el heredero de Hitler.

Segundos antes de la explosión, un atacante había salido a la carretera y había apuntado directamente contra él. Todo estaba calculado, todo estaba preparado, pero cuando apretó el gatillo, su arma se encasquilló. La misión estuvo a punto de fracasar en ese mismo instante. Entonces apareció un segundo hombre, corrió hacia el coche, lanzó una granada y cambió la historia.

Lo que siguió fue una de las mayores cacerías humanas de toda la Segunda Guerra Mundial. Miles de soldados alemanes, miles de interrogatorios, miles de detenidos. Una recompensa gigantesca por cualquier información. El tercer Reich movilizó todos sus recursos para encontrar a los responsables porque aquellos dos hombres no habían atacado a un oficial cualquiera.

Acababan de golpear el corazón mismo del régimen nazi. Pero la pregunta es, ¿cómo lograron dos soldados checos llegar hasta aquí? ¿Y por qué aceptaron una misión de la que sabían que probablemente no regresarían? Para entender cómo dos hombres llegaron hasta aquí, tenemos que retroceder 3 años. Capítulo 1.

Cuando Czecoslovaquia desapareció. En septiembre de 1938, los habitantes de Checoslovaquia observaban con preocupación cómo el mapa de Europa comenzaba a cambiar. Al otro lado de la frontera, la Alemania de Hitler se expandía cada vez más rápido. Durante años, Checoslovaquia había sido una de las democracias más estables de Europa central.

Contaba con una industria moderna, un ejército respetado y sólidas fortificaciones defensivas. Pero todo eso estaba a punto de dejar de importar. El 30 de septiembre de 1938, los líderes de Alemania, Italia, Reino Unido y Francia se reunieron en Munich. El destino de Checoslovaquia iba a decidirse allí. Lo más sorprendente es que los propios checoslovacos ni siquiera fueron invitados a la mesa de negociación.

Sin disparar un solo tiro, Hitler consiguió lo que quería. Las potencias occidentales aceptaron entregar a Alemania la región de los sudetes, una zona estratégica protegida por fortificaciones que ahora quedaba en manos alemanas. Para muchos checoslovacos aquello traición. Su país había sido sacrificado con la esperanza de evitar una guerra, pero la paz duró poco.

Apenas unos meses después, Hitler rompió sus promesas. En marzo de 1939, las tropas alemanas cruzaron las fronteras restantes. No encontraron resistencia, no porque los checos no quisieran luchar, sino porque sus líderes comprendieron que una guerra en aquel momento sería un suicidio. En cuestión de horas, un país entero desapareció del mapa.

Bohemia y Moravia quedaron bajo control alemán. Eslovaquia pasó a convertirse en un estado satélite del Reich. La bandera checoslovaca fue arriada, las instituciones fueron desmanteladas y millones de personas despertaron bajo ocupación extranjera. Para muchos ciudadanos, aquello significó aceptar una nueva realidad, continuar con sus vidas, trabajar, sobrevivir esperando tiempos mejores.

Pero no todos estaban dispuestos a resignarse. Entre ellos se encontraban dos jóvenes soldados. Uno se llamaba Joseph Gabchik. Había nacido en una familia humilde en la actual Eslovaquia. Antes de la guerra había trabajado como obrero. No era un político, no era un revolucionario, ni siquiera era una figura conocida.

Era simplemente un soldado que había jurado defender a su país. El otro se llamaba Jan Kubis. Procedía de Moravia. Su historia era parecida. Un joven corriente, trabajador, reservado, lejos de imaginar que algún día su nombre aparecería en los libros de historia. Cuando Alemania ocupó Checoslovaquia, ambos tuvieron que tomar una decisión, aceptar la derrota o seguir luchando.

Muchos eligieron quedarse, ellos eligieron marcharse. Sabían que permanecer en el país significaba quedar atrapados bajo el control nazi y también sabían que si querían continuar la lucha debían escapar. La decisión era extremadamente peligrosa. Las fronteras estaban vigiladas. La Gestapo perseguía a quienes intentaban huir.

Ser capturado podía significar prisión, tortura o algo mucho peor. Aún así, miles de soldados checoslovacos comenzaron a abandonar su patria en secreto. Entre ellos estaban Gabchik y Kubish. No podían imaginarlo entonces, pero aquel primer paso marcaría el comienzo de un camino que terminaría años después en una carretera de Praga frente a uno de los hombres más poderosos del tercer Rik y con el destino de Europa observándolos.

Capítulo 2. La huida. Cuando Alemania ocupó Czechoslovaquia en marzo de 1939, miles de soldados comprendieron que su país había desaparecido, pero ellos se negaban a aceptar que la lucha hubiera acabado. Entre aquellos hombres estaban Joseph Gabchik y Jan Kubish. Durante semanas, ambos observaron como las autoridades alemanas consolidaban su control sobre el territorio.

Las banderas nazis aparecieron en edificios públicos. Los opositores comenzaron a desaparecer y cada día quedaba más claro que cualquier forma de resistencia sería aplastada. Si querían seguir combatiendo, debían abandonar el país. Pero escapar no era sencillo. Las fronteras estaban vigiladas.

La policía colaboraba con las nuevas autoridades y los servicios de inteligencia alemanes ya perseguían a quienes intentaban organizar movimientos de resistencia. Aún así, cientos de soldados comenzaron a cruzar las fronteras de manera clandestina. Lo hacían de noche, a través de bosques, por caminos secundarios, guiados por contrabandistas o por personas que todavía creían que Checoslovaquia podía volver a existir algún día.

Gabchik logró escapar hacia Polonia como muchos otros refugiados. Llevaba pocas pertenencias. No sabía cuánto duraría el viaje. No sabía dónde terminaría, ni siquiera sabía si volvería a ver su hogar. Lo único que tenía claro era que quería seguir luchando. Poco después, J. Kubish emprendió un camino similar. Miles de hombres atravesaban Europa con la misma idea, encontrar un ejército que todavía estuviera dispuesto a enfrentarse a Hitler.

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