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RAÚL JIMÉNEZ: EL OSCURO CALVARIO QUE PASO EL GOLEADOR DEL PARTIDO INAGURAL DEL MUNDIAL

marcó el gol más emotivo del Mundial del 26. Estuvo 4 minutos sin respirar dentro del campo de Londres con el cráneo partido en dos, a 4 minutos de morir. Es el único delantero mexicano de la historia del mundial que juega con la cabeza operada y la diadema atada sobre el cerebro.

Y ese mismo hombre llorando al cielo dentro del estadio de la Ciudad de México, con la mandíbula partida del dolor, con su propio padre muerto, enterrado a escasos metros de donde el niño Raúl empezó a patear un balón hace 29 años seguidos. Te lo adelanto, no fue un gol cualquiera, fue el cumplimiento del sueño de un muerto.

Hoy vas a saber la asquerosa verdad de las últimas palabras exactas de don Raúl Jiménez Vega. antes de morir de cáncer de páncreas, retorciéndose del dolor sobre la cama de la casa modesta de Tepeji del Río, exactamente 92 días antes del Mundial del 26 dentro del territorio mexicano, sin haber visto ese gol que llevaba 14 años seguidos esperando dentro del fútbol mexicano contemporáneo, aún más oscuro.

Lo que ocurrió esa noche del 29 de noviembre del 2020 dentro del hospital de Londres. Cuando Daniel Abazo recibió la llamada exacta del doctor, que la dejó congelada durante los siguientes 14 minutos seguidos, esperando saber si su esposo iba a sobrevivir a la sierra quirúrgica, que le partió la cabeza en dos.

Y lo más asqueroso de toda esta historia del muchacho de Hidalgo, lo que el lobo de Tepeji murmuró al cielo del estadio del Distrito Federal Mexicano después del cabezazo del minuto 67 del Mundial. La misma cabeza que 6 años antes le habían tenido que abrir con una sierra quirúrgica dentro del hospital de Londres para sacarle la sangre acumulada del cerebro.

Pero antes, antes del cabezazo del minuto 67 del Mundial del 26, antes de la sierra quirúrgica del Hospital de Londres, antes de la llamada telefónica del 11 de marzo del 26, que destrozó absolutamente todo dentro de la casa familiar inglesa del muchacho hidalguense. Hay que retroceder al 5 de mayo del 91 a un municipio del centro del estado de Hidalgo, donde un niño nació dentro de una familia humilde de clase trabajadora.

El mismo niño que 35 años después iba a marcar el gol más emotivo del mundial dentro del estadio del Distrito Federal Mexicano, con la cabeza operada, con el padre enterrado, con la mandíbula apretada del dolor. Lo que ocurrió esa tarde dentro de la casa modesta del municipio hidalguense, según los archivos del fútbol mexicano contemporáneo, marcó el inicio del proceso emocional más doloroso jamás vivido por una familia trabajadora del centro del país dentro del fútbol mexicano internacional.

Era domingo 5 de mayo del 91, Tepeji del Río de Ocampo, estado de Hidalgo, un municipio pequeño del centro del país. Calles modestas, casas de bloque pintadas de colores apagados. Raúl Alonso Jiménez Rodríguez nació esa tarde dentro de una casa modesta del municipio hidalguense, hijo único de don Raúl Jiménez Vega, un hombre tranquilo de perfil discreto y la señora Rodríguez.

Don Raúl Jiménez Vega nunca tuvo carrera profesional dentro del fútbol mexicano. Era simplemente el padre. El padre que 40 años más tarde iba a morir de cáncer de páncreas sobre la cama de la casa modesta de Tepeji, 92 días antes del Mundial del 26, sin haber visto al hijo marcar el gol prometido dentro de la Copa del Mundo.

A los 2 años, el niño Raúl Alonso ya pateaba un balón viejo dentro del patio trasero de la casa modesta del centro del municipio. Don Raúl lo sentaba sobre el sofá del salón principal todos los domingos para ver los partidos del fútbol mexicano. El niño miraba en silencio durante los siguientes 90 minutos seguidos, lo que ocurrió durante esos domingos por la tarde sobre el sofá del salón principal de la Casa Modesta del municipio Hidalguense.

Según el relato familiar publicado dentro de los archivos posteriores del fútbol mexicano, marcó el inicio del vínculo padre e hijo más importante de toda la carrera deportiva del muchacho de Tepei del Río. Un vínculo emocional que dentro de marzo del 26 iba a terminar destrozando absolutamente todo dentro de la casa familiar inglesa del lobo de Tepeji.

Pero la familia Jiménez Rodríguez tomó una decisión exacta durante el verano del 2003 que iba a marcar para siempre. La promesa familiar más importante de todo el fútbol mexicano contemporáneo era el verano del 2003. La familia Jiménez Rodríguez se mudó a una colonia popular del oriente del Distrito Federal Mexicano. El niño Raúl Alonso tenía 12 años recién cumplidos.

Esa tarde de la mudanza familiar. Don Raúl Jiménez Vega se sentó sobre el sillón viejo del salón principal de la colonia popular durante una noche específica del verano del 2003. El niño Raúl Alonso se sentó al lado del padre sobre el mismo sillón familiar de la Casa Popular del Oriente y el padre le pronunció al hijo una sola pregunta tranquila sobre el centro del salón principal del Distrito Federal Mexicano.

Raulito, ¿tú quieres ser futbolista profesional dentro del fútbol mexicano? El niño Raúl Alonso le respondió al padre con una sola palabra firme sobre el sillón viejo del salón principal del recinto familiar. Sí, papá. Don Raúl Jiménez Vega miró fijo sobre los ojos del único hijo de 12 años recién cumplidos. asintió con la cabeza sobre el centro del salón principal de la Casa Popular y le pronunció al niño la promesa familiar exacta que iba a marcar para siempre la historia emocional del fútbol mexicano contemporáneo. Entonces, vamos a hacer

todo lo necesario para que lo logres, Raulito. Yo te voy a llevar a entrenar todos los días seguidos. Yo te voy a esperar fuera de las instalaciones de los clubes profesionales del fútbol mexicano y un día, Dios mediante, yo te voy a ver marcar un gol dentro de la Copa del Mundo, hijo. Esa es la promesa familiar.

El niño Raúl Alonso le respondió al padre con una sola promesa tranquila sobre el sillón viejo del salón principal de la Casa Popular del Distrito Federal Mexicano. Te lo prometo, papá. Yo te voy a marcar ese gol dentro de la Copa del Mundo. Esa promesa familiar exacta iba a sostener emocionalmente al muchacho hidalguense durante los siguientes 23 años seguidos dentro del fútbol internacional contemporáneo hasta el día exacto en que don Raúl Jiménez Vega cerró los ojos sobre la cama de la Casa Modesta de Tepeji del Río sin haber visto el gol

prometido dentro del Mundial del 26. Lo que ocurrió durante los siguientes 14 años seguidos dentro del fútbol mexicano e internacional contemporáneo marcó la trayectoria deportiva más exitosa de un delantero mexicano dentro del fútbol profesional durante los últimos 20 años seguidos y plantó el escenario emocional exacto del derrumbe familiar que dentro de marzo del 26 iba a destrozar absolutamente todo dentro de la casa modesta de Tepei del Río.

A los 14 años firmó con las fuerzas básicas del club América. A los 20 años debutó dentro del primer equipo profesional dentro del Estadio Azteca el primero de octubre del 2011. Don Raúl Jiménez Vega lloró sobre el palco familiar durante los siguientes 14 minutos seguidos del debut profesional del único hijo.

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