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Así fue la SORPRENDENTE Vida de PEDRO ARMENDÁRIZ | Su Casa, Fortuna, secretos y más

Así fue la SORPRENDENTE Vida de PEDRO ARMENDÁRIZ | Su Casa, Fortuna, secretos y más

Hay una casa que ya no existe en la zona de Churubusco en la ciudad de México. Era una casa colonial espaciosa, con techos altos y muros gruesos como los que se construían a principios del siglo XX, cuando Churubusco era un suburbio tranquilo donde vivían familias acomodadas lejos del ruido del centro, lejos de las vecindades apretadas donde se amontonaba la clase trabajadora.

Era una casa con patios interiores donde la luz de la tarde entraba sin pedir permiso y pintaba las paredes de un color dorado que solo existe en la Ciudad de México entre las 4 y las 5 de la tarde. Una casa con habitaciones amplias, con pisos que crujían cuando caminabas descalso, con esa sensación de solidez que daban las construcciones de esa época, como si estuvieran hechas para durar más que las personas que las habitaban.

En esa casa, a principios del siglo XX, un niño de ojos verdes corría por los pasillos imaginando que volaba. Soñaba con ser piloto aviador. Quería subirse a un avión y ver el mundo desde arriba, lejos de todo lo que tenía abajo. Era un niño feliz en una casa grande, con un padre mexicano que trabajaba y una madre estadounidense que le hablaba en inglés mientras le preparaba el desayuno.

Tenía un hermano menor que se llamaba Francisco. Tenía una prima que se llamaba Gloria y que un día sería actriz famosa. Tenía todo lo que un niño necesita para sentirse seguro en el mundo. un hogar, una familia, la certeza de que mañana va a ser igual que hoy, pero mañana no fue igual que hoy, porque antes de cumplir los 10 años, ese niño se quedó sin padre y sin madre.

Y la casa de Churubusco, la casa grande de techos altos donde había sido feliz, dejó de ser suya para siempre. Hoy esa casa ya no está. La ciudad se la tragó. Donde alguna vez hubo patios con luz de tarde y risas de un niño que quería volar. Ahora hay concreto y tráfico, el ruido sordo de una metrópoli que no se detiene para recordar lo que había antes.

Déjame decirte quién fue Pedro Armendaris. Fue la estrella masculina más importante de la época de oro del cine mexicano. Fue el hombre que hizo llorar a María Félix frente a su ataúd y hacer llorar a María Félix era algo que nadie en México creía posible. Fue el amigo personal de Jong Wayne, de Jon Fth de Ernest Hemingway.

Fue el primer mexicano en actuar en una película de James Bond. Ganó dos premios Ariel y un León de Oro en el Festival de Venecia. Filmó más de 100 películas en México, en Hollywood, en Francia, en España y en Inglaterra. Trabajó con Dolores del Río, con Luis Buñuel, con los directores más importantes de su época en dos continentes.

Y una tarde de junio de 1963, en una cama de hospital en Los Ángeles, California, metió de contrabando una col Magnum calibre 357 entre sus sábanas. Esperó a que su esposa saliera un momento de la habitación, se colocó el cañón contra el pecho a la altura del corazón y jaló. Tenía 51 años. Le habían dicho que le quedaba un año de vida, un año de dolor insoportable de un cáncer que le estaba devorando los huesos desde adentro.

Y Pedro Armendaris, que nunca fue un hombre de paciencia, que nunca esperó a que las cosas pasaran solas, que siempre tomó las decisiones antes de que las circunstancias las tomaran por él, decidió que un año más de agonía no valía la pena. Decidió que él iba a elegir cuando y cómo terminaba su historia, como había elegido todo en su vida hasta el final.

Pero lo que nadie sabía en ese momento, lo que tardaría casi dos décadas en saberse, es que el cáncer que lo mató no fue obra del destino, fue obra de una película. Una película filmada en un desierto contaminado con radiación de pruebas nucleares del gobierno de Estados Unidos. Una película que mató no solo a Pedro Armendaris, sino a 91 personas del equipo de filmación.

Una película que el gobierno sabía que estaba siendo rodada en terreno envenenado y no hizo nada para detenerla. La producción más mortífera en la historia del cine mundial. Esa película se llamó Decánere. Pero antes de contarte como esa película Pedro Armendaris, necesitas conocer la historia completa del hombre. Porque detrás de la estrella de cine, detrás del galán de ojos verdes que hacía suspirar a medio México, detrás del actor que Hollywood recibió con los brazos abiertos, hay una historia que fue todo menos glamorosa. Hay un niño

huérfano que limpiaba locomotoras para comer. Hay un joven que fue descubierto recitando a Shakespeare frente a una turista en una cafetería. Hay un marido que engañó a su esposa con la mujer más poderosa del cine mexicano. Hay un padre que le exigió a su hijo que estudiara una carrera antes de actuar y ese hijo terminó muriendo también de cáncer como si la tragedia fuera hereditaria.

Y hay una esposa llamada Carmelita que vivió casi 100 años guardando el recuerdo de aquel disparo que escuchó desde el pasillo del hospital. Esta es la historia de Pedro Armendaris. Empecemos desde el principio. Pedro Gregorio Armendaris Hastings nació el 9 de mayo de 1912 en la Ciudad de México. Nació en tiempos de la Revolución Mexicana.

Mientras él daba sus primeros respiros, el país se desangraba en una guerra civil que duraría una década y cambiaría todo. Pero la revolución, por brutal que fuera, no tocó directamente a la familia Armendaris, al menos no de inmediato. Su padre se llamaba Pedro Armendaris García Conde, mexicano, un hombre de apellido compuesto que sugiere una familia concierto abolengo con raíces que se remontaban a la época colonial.

Su madre se llamaba Adela Hastings, estadounidense, y esa mezcla de sangres, de culturas, de idiomas, de formas de ver el mundo, sería una de las claves de toda la vida de Pedro. Porque Pedro Armendaris creció entre dos países, hablando inglés y español con la misma fluidez, moviéndose entre dos mundos con la naturalidad de alguien que pertenece a ambos y a ninguno al mismo tiempo.

Era mexicano por su padre, estadounidense por su madre y esa dualidad le daría una ventaja que ningún otro actor mexicano de su generación tenía. podía actuar en español con la fuerza de un hombre que conocía la tierra mexicana desde adentro y podía actuar en inglés con la soltura de alguien que había crecido escuchando ese idioma en la voz de su propia madre.

Era primo hermano de Gloria Marín, una de las grandes actrices del cine de la época de oro. Había algo en esa familia que empujaba a sus miembros hacia las cámaras, aunque nadie lo supiera todavía. Cuando Pedro era un niño corriendo por los pasillos de la casa de Churubusco, la familia vivía con comodidad, no eran millonarios, pero tenían lo suficiente.

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