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Viuda y sola, halló a una joven embarazada bajo el gallinero… y lo que hizo cambió todo

La primera vez que doña Consuelo oyó el gemido, creyó que era la lluvia entrando por alguna grieta del techo. Un sonido pequeño, partido, casi imposible de distinguir entre el golpe salvaje del agua contra la lámina vieja del corredor. Pero luego vino otro. Más claro. Más humano. Y entonces el corazón, ese animal viejo que una cree domesticado con los años, se le subió a la garganta.

Eran casi las diez de la noche. El rancho estaba negro como boca de lobo. No había luna. No había vecinos cerca. Solo el viento empujando ramas contra las ventanas y las gallinas gritando como si la muerte les hubiera metido la mano en el nido.

Consuelo se quedó quieta en mitad de la cocina, con la taza de café suspendida entre los dedos. A sus sesenta y dos años ya conocía todos los ruidos de aquella casa. Sabía cuándo crujía la madera por humedad, cuándo se quejaba el portón por falta de aceite, cuándo una comadreja rondaba el gallinero o cuándo los perros lejanos ladraban por pura necedad. Pero aquello no era nada de eso.

Aquello era miedo.

El fuego del fogón lanzó una chispa y ella parpadeó. Durante un segundo, la cocina se le volvió memoria: el plato de don Aurelio sobre la mesa, vacío desde hacía tres años; la silla donde su marido se sentaba a quitarse el sombrero; el silencio que había quedado después de enterrarlo en una mañana demasiado clara. Consuelo había aprendido a vivir sola, que no es lo mismo que acostumbrarse. Una se mueve, barre, cocina, alimenta gallinas, poda plantas, lava ropa. Y por fuera parece entera. Pero por dentro la casa sigue preguntando por los que ya no vuelven.

Entonces las gallinas volvieron a alborotarse.

—Madre santa —murmuró.

No pensó en llamar a nadie. ¿A quién? La carretera estaba lejos, la señal del teléfono se iba con la lluvia y los vecinos más cercanos dormían del otro lado del arroyo. Tomó la linterna colgada junto a la puerta, se puso las botas de ule, se echó encima un suéter grueso y abrió.

El viento le pegó en la cara como una bofetada mojada.

El patio era un barrizal. La lluvia caía torcida, rabiosa, como si quisiera borrar la tierra. Consuelo levantó la linterna. El haz amarillo tembló sobre los charcos, sobre el mezquite, sobre la cerca vieja. Y allí, junto al gallinero, vio primero la portezuela abierta. Después, una tela oscura pegada al lodo. Luego la tela se movió.

La luz bajó.

Una muchacha estaba encogida bajo la madera, empapada hasta los huesos, abrazándose el vientre enorme con los dos brazos. Tenía la cara pálida, los labios morados y unos ojos tan abiertos que no parecían pedir ayuda, sino perdón por existir.

Consuelo sintió que el mundo se detenía.

La joven estaba embarazada.

Muy embarazada.

Y cuando intentó hablar, solo salió de su boca un hilo de voz:

—No… no les diga… que estoy aquí.

Consuelo no supo todavía quiénes eran “ellos”. No sabía de dónde venía aquella criatura ni qué clase de infierno la había empujado a esconderse debajo de un gallinero en plena tormenta. Pero sí supo una cosa, con esa certeza antigua que no necesita pruebas: si la dejaba allí, la muchacha no pasaría la noche.

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