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Un Apache pagó $2 por una novia con un saco en la cabeza en una subasta y se sorprendió

Un apache solitario pagó solo por una novia con un saco en la cabeza en una subasta, pero cuando vio su rostro descubrió que había encontrado el tesoro más valioso que podía existir en este mundo. El sol de octubre golpeaba sin piedad las calles polvorientas de San Miguel de Allende,  cuando Tomás Aguirre bajó de su caballo después de tres días de viaje desde las montañas.

 Era un hombre  de 32 años, alto y fuerte, con piel bronceada por el sol del desierto  y ojos negros que habían visto tanto sufrimiento como esperanza. Su sangre apache corría por sus venas, pero había aprendido a vivir entre dos mundos, el de sus ancestros y el de los colonos mexicanos que se habían establecido en esas tierras.

  Tomás había venido al pueblo con un propósito muy específico. Durante meses había escuchado rumores sobre algo inusual que estaba sucediendo en San Miguel de Allende. El alcalde, un hombre llamado don Fernando Martínez, había organizado lo que llamaba subastas de esposas para ayudar a los colonos solitarios a encontrar compañeras.

 La idea había surgido porque muchos hombres trabajadores habían llegado a la región buscando fortuna en las minas, pero la escasez de mujeres disponibles había creado un problema social que amenazaba con despoblar la zona. El bolsillo de Tomás contenía  exactamente 2 pesos. Todo el dinero que había podido reunir después de meses trabajando en una pequeña mina de plata que había descubierto en las montañas.

 No era mucho, pero era todo lo que tenía.  La soledad había comenzado a pesarle más de lo que estaba dispuesto a admitir. Trabajar solo en las montañas, regresar cada noche a una cabaña vacía, comer en silencio mientras el viento aullaba entre los pinos. Había comenzado a erosionar su alma de maneras que no había anticipado.

 La plaza principal del pueblo hervía de actividad aquella tarde. Una plataforma de madera había sido construida en el centro, decorada con listones de colores que ondeaban al viento como banderas de una celebración extraña. Los hombres del pueblo y los alrededores se habían reunido, la mayoría vestidos con sus mejores ropas y con dinero tintineando en sus bolsillos.

 Algunos llevaban sombreros de fieltro elegantes, otros lucían botas de cuero costosas y todos tenían esa expresión de anticipación nerviosa que caracteriza a los hombres cuando están a punto de tomar decisiones que cambiarán sus vidas para siempre. Tomás se ubicó en la parte trasera de la multitud, consciente de que su ropa simple y su apariencia mestiza lo distinguían claramente de los demás asistentes.

 Algunos le lanzaron miradas curiosas, otros simplemente lo ignoraron.  Había aprendido hacía mucho tiempo a navegar estos espacios donde su herencia indígena lo convertía en un extraño,  pero su determinación y su necesidad de compañía eran más fuertes que su incomodidad. Don Fernando Martínez subió a la plataforma vestido con un traje negro impecable  y un sombrero que brillaba bajo el sol.

 Era un hombre corpulento de unos 50 años, con bigote espeso y voz  potente que podía escucharse desde cualquier rincón de la plaza. “Señores”, gritó levantando los brazos para captar la atención de todos. Hoy es un día histórico para San Miguel de Allende. Hoy algunos de ustedes encontrarán a las compañeras que harán de sus vidas algo completo y pleno.

 La multitud respondió con aplausos y gritos de aprobación. Tomás observó las caras de los hombres a su alrededor.  Algunos mostraban emoción genuina, otros nerviosismo y unos pocos parecían estar allí más por curiosidad que por intención real de participar. La mayoría tenía entre 25 y 40 años.

 trabajadores honestos que habían venido a estas tierras buscando una oportunidad de construir algo propio. La primera mujer que subió a la plataforma fue Rosario, una joven viuda de 26 años con dos hijos pequeños. Era una mujer atractiva con cabello castaño recogido en un moño elegante y vestido azul que realzaba sus ojos claros.

 Don Fernando explicó su situación. Había perdido a su esposo en un accidente minero y necesitaba un hombre que pudiera mantener a su familia. Las ofertas comenzaron inmediatamente. 10 pesos, gritó un comerciante de granos. 15, respondió un ganadero con sombrero de ala ancha. 20, añadió un tercero. Tomás escuchó las cifras con una mezcla de fascinación y desaliento.

20 pesos era 10 veces más de lo que él tenía. observó como Rosario mantenía la cabeza alta mientras los hombres pujaban por ella como si fuera ganado en el mercado. Había algo dignificado en su postura que le recordó a su propia madre, quien había enfrentado la adversidad con una fortaleza silenciosa que él siempre había admirado.

 La subasta de Rosario terminó cuando un próspero dueño de tienda ofreció 35os. Ella descendió de la plataforma tomada del brazo de su nuevo esposo, sus ojos mostrando alivio más que alegría. Era el comienzo de una nueva vida, aunque nadie podía saber si sería mejor que la anterior.

 La segunda mujer fue Carmen, una joven de 19 años, hija de un granjero que había perdido sus tierras por deudas. Era pequeña y delicada, con ojos grandes y expresión tímida,  que despertó instintos protectores en muchos de los hombres presentes. Las ofertas por ella fueron aún más altas, comenzando en 15 pesos y escalando rápidamente.

 25 pesos gritó un minero con ropa elegante. 30, respondió un ascendado joven. 40, añadió un comerciante de ganado. Tomás sintió que su estómago se contraía. Con cada oferta que escuchaba se daba cuenta más claramente de que sus dos pesos lo ubicaban muy por debajo de las posibilidades reales de conseguir una esposa en este lugar.

 Comenzó a preguntarse si había sido una locura venir hasta aquí. Tal vez debería aceptar que estaba destinado a vivir solo en las montañas,  con solo el viento y los animales salvajes como compañía. Carmen fue adquirida por el ascendado joven por 42 pesos, una suma que representaba más dinero del que Tomás había visto junto  en toda su vida.

 La joven pareció aliviada cuando vio a su nuevo esposo,  un hombre que parecía bondadoso y próspero. Al menos tendría un techo seguro y comida garantizada, algo que no había tenido en meses. La tercera y cuarta mujeres siguieron el mismo patrón. Ofertas altas, competencia feroz entre hombres adinerados y Tomás sintiendo cada vez más que era un espectador en un mundo al que no pertenecía.

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