Posted in

El día que CANTINFLAS se detuvo por un VIOLINISTA CIEGO… y lo que hizo CAMBIÓ su destino

Mario giró la cabeza y lo vio. Era un hombre viejo, no viejo de años solamente, sino viejo de vida, de esa vejez que viene cuando las cosas difíciles se acumulan demasiado rápido y el cuerpo empieza a cargarlas en los hombros, en la curva de la espalda, en las manos. Estaba sentado en una silla de madera desvencijada con el violín apoyado en el hombro izquierdo y el arco moviéndose con una lentitud que al principio parecía torpeza, pero que Mario reconoció de inmediato como algo completamente distinto. Era precisión.

Era el movimiento exacto de alguien que sabe perfectamente lo que está haciendo y no necesita apresurarse para demostrarlo. Tenía los ojos cubiertos por una venda de tela blanca. ya amarillenta en los bordes que le daba la vuelta a la cabeza. Frente a él, sobre el piso de piedra de la banqueta, había un sombrero de palma volcado boca arriba, con tres o cuatro monedas de cobre dentro que brillaban sin gran entusiasmo bajo la luz gris de esa tarde de octubre.

Pero no era el violinista lo que hizo que Mario Moreno se quedara completamente inmóvil. Era la niña. Sentada en el suelo, junto a la silla del hombre viejo. Había una niña de quizás o 9 años con las piernas cruzadas y los codos apoyados en las rodillas y la barbilla apoyada en las manos, que miraba a los transeútes con unos ojos de una intensidad casi incómoda.

No pedía, no extendía la mano ni decía nada, solo miraba. Con esa mirada directa e inocente que tienen los niños antes de aprender, que mirar directamente a la gente en la calle es una forma de hacer que se sientan incómodos. Y la gente pasaba. Pasaba sin detenerse, sin mirar el sombrero, sin aflojar el paso ni un segundo.

La Ciudad de México de 1948 era una ciudad que tenía prisa. Siempre había tenido prisa. Mario metió la mano en el bolsillo del saco, sacó un billete de 20 pesos y lo dejó caer suavemente dentro del sombrero. El hombre viejo no interrumpió la melodía, pero la niña levantó la vista hacia Mario con esa expresión de los niños que han aprendido a desconfiar de los adultos amables.

Una expresión que mezcla gratitud y cautela en proporciones iguales. Mario le sostuvo la mirada un segundo, le guiñó el ojo y siguió caminando. Había dado cuatro pasos cuando la voz del violinista lo detuvo de nuevo. Era una voz que no correspondía al cuerpo. El hombre era viejo y encorbado y parecía hecho de viento y huesitos.

Pero su voz tenía un peso específico, una gravedad tranquila que venía de muy adentro, de ese lugar en el que los hombres guardan las cosas que han aprendido a fuerza de perderlas. Gracias, señor Moreno, dijo la voz. Mario se volvió despacio. El violinista seguía con los ojos cubiertos, con el arco apoyado sobre las cuerdas, inmóvil.

Ahora no había nadie más cerca. La niña seguía mirando a Mario con su expresión de cautela y gratitud mezcladas. ¿Me conoce usted?, preguntó Mario. El hombre viejo sonrió. Era una sonrisa tranquila, sin ironía, de las que solo pueden hacer los que ya no tienen nada que demostrar. Lo reconocí por los pasos, dijo. Usted camina diferente a la gente que tiene prisa.

Camina como si el suelo le perteneciera, pero sin creer que le pertenece. Es una manera muy particular de caminar. La reconocí la primera vez que lo vi en la carpa Ofelia en 1927, cuando usted era todavía un chamaco que hacía de todo porque todavía no sabía exactamente qué era lo suyo. Mario Moreno sintió que el tiempo hacía una cosa extraña, como cuando una ola regresa hacia la orilla en lugar de avanzar hacia el mar.

La carpa Ofelia, 1927. Mario tenía 17 años. Entonces actuaba de acróbata, de payaso, de cantante, de lo que fuera que la noche pidiera en esas carpas de lona, que eran los teatros del pueblo en el México de los años 20, esos espacios milagrosos donde la cultura popular mexicana se inventaba a sí misma noche tras noche, sin que nadie le diera permiso ni le pusiera reglas.

La carpa Ofelia estaba en la colonia Guerrero. Mario había actuado ahí durante dos temporadas antes de que alguien lo viera un martes de noviembre y le dijera que tenía algo, sin saber todavía qué era ese algo ni hacia dónde iba a llevarlo. ¿Usted estaba en la Ofelia?, preguntó Mario. Yo tocaba el violín en la entrada, dijo el hombre.

Para que la gente se animara a entrar una orquestita de cuatro músicos. éramos el ce señuelo. Pues usted se acuerda de eso, ¿verdad? La música en la entrada para que la gente no pasara de largo. Mario se acordaba. Claro que se acordaba, pero no recordaba ese hombre en particular. “Me llamo Refugio”, dijo el viejo.

Refugio Castillo y esta es mi nieta Carmela. La niña hizo un gesto con la cabeza que podría interpretarse como saludo o como confirmación de que efectivamente ese era su nombre y estaba de acuerdo con él. ¿Por qué tiene usted esa venda? Preguntó Mario. Aunque ya sabía la respuesta, porque la respuesta estaba en la manera en que el hombre no miraba hacia dónde hablaba, sino hacia un punto fijo ligeramente por encima del horizonte.

Ese punto que buscan los ojos, cuando ya no tienen para qué buscar nada más. Me quedé ciego hace tres años”, dijo Refugio Castillo con la misma tranquilidad con que podría haber dicho que le había subido el precio del frijol. Un accidente en la fábrica donde trabajaba. Después de que cerraron las carpas, me caí de una escalera y me golpé la cabeza de una manera que los médicos del seguro social dijeron que era irreversible.

Pero el violín lo sigo tocando igual. Las manos no se olvidan de lo que aprendieron. Las manos son más fieles que los ojos. Mario miró las manos del hombre sobre el violín. Tenían razón en algo que dijo el viejo. Eran manos que sabían. Las articulaciones hinchadas por la artritis, la piel cuarteada por décadas de trabajo, pero los dedos colocados sobre las cuerdas con una exactitud matemática que no necesitaba de la vista para existir.

¿Y dónde vive usted, don refugio?, preguntó Mario. Y fue en ese momento con esa pregunta aparentemente inocente cuando comenzó todo lo que vendría después. Refugio Castillo vaciló antes de responder. La niña Carmela bajó la vista hacia el sombrero con las monedas de cobre. Fue una fracción de segundo de vacilación, casi imperceptible, pero Mario Moreno llevaba 20 años estudiando a la gente para retratar la verdad humana en sus personajes y había aprendido a leer en esas fracciones de segundo lo que los hombres no dicen con palabras. Por aquí

cerca, dijo el viejo con una vaguedad que no era respuesta, sino esquiva. Mario miró a Carmela. La niña lo miró de regreso y en esos ojos de 9 años, Mario vio algo que conocía muy bien porque lo había visto de niño en el espejo, algo que se llama de muchas maneras distintas, pero que en su esencia más simple es esto, el conocimiento de que hay cosas que uno no puede resolver por sí solo y que tampoco puede pedirle a nadie que las resuelva.

¿Tiene usted dónde dormir esta noche?, preguntó Mario. Refugio Castillo levantó la barbilla con una dignidad que a Mario le pareció la cosa más hermosa que había visto en semanas. Siempre hay donde, dijo, México es grande. Lo cual no era respuesta, sino otra esquiva más elegante que la primera. Mario se quedó mirando al viejo durante un momento.

Read More