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Nadie daba nada por la abuela y la huérfana… y el cacaotal olvidado las salvó a las dos

Bienvenido al canal Sombras del destino. A sus 65 años, cuando las manos de Eulalia ya no podían cerrar el puño por la artrosis, sus propios hijos decidieron que era un estorbo. Tras la muerte del único hijo que velaba por ella, los hermanos restantes acordaron enviar a su nieta huérfana, Itzel, a un asilo, mientras relegaban a Eulalia a un cuarto al fondo del patio.

 Pero la huida en plena madrugada hacia un viejo cacaotal devorado por la selva demostraría que la fuerza de una familia no reside en los músculos, sino en la voluntad terca de no soltarse. Si usted alguna vez sintió que el amor verdadero exige cargar un peso inmenso justo cuando el cuerpo ya no tiene fuerzas, esta historia le hablará directo al pecho.

 Déjenos su like ahorita, suscríbase a Sombras del Destino y active la campanita para no perderse ninguna historia. Y antes de continuar, ¿desde qué ciudad y país nos acompaña hoy? El calor de la ciudad hacía que las moscas zumbaran torpes contra la ventana basculante. Era una tarde sofocante, de esas en las que el aire parece pesar sobre la nuca, en el cuarto apretado, con paredes de yeso que olían a encierro.

 Eulalia doblaba dos camisas de algodón. Sus movimientos eran lentos. Cada pliegue le costaba un esfuerzo mudo. Las acomodó dentro de una maleta de cartón ablandado y pasó un hilo de barbante alrededor, asegurando el nudo con los bordes de los pulgares. A través del tabique delgado, las voces de sus hijos mayores cruzaban el espacio. “A las 7 de la mañana pasas por ella”, decía el mayor hablando por teléfono con un chófer.

 No quiero alborotos ni llantos frente a los vecinos. Llegas, la subes al carro y directo al portón de las monjas. Hubo una pausa. Eulalia dejó las manos sobre la tapa de cartón. ¿Y la vieja? Preguntó otra voz en la cocina, la de su segundo hijo. La vieja se va al cuartito de herramientas en el patio, respondió el mayor. Ahí no estorba.

 Le pasamos un plato de comida al día y ya. Eulalia no lloró. Había gastado sus lágrimas días atrás frente al cajón de madera barata donde enterraron al padre de Itzel. Miró sus propias muñecas. Las articulaciones estaban hinchadas, los nudillos deformados. La fragilidad de su cuerpo era un hecho físico y definitivo.

No podía levantar peso, no podía caminar a prisa, no podía sostener una herramienta. Caminó arrastrando los zapatos hacia la sala. En un sofá rasgado, Itzel dormía encogida. La adolescente de 14 años no había dicho una sola palabra desde el entierro. Llevaba la misma blusa negra de luto, ahora pegada a su espalda por el sudor de la tarde.

 Tenía los ojos cerrados, pero la mandíbula tensa delataba una tensión que ni el sueño borraba. Eulalia se sentó en el borde del cojín hundido, cuidando que los resortes no rechinaran. Extendió una mano rígida y apartó un mechón de cabello oscuro del rostro de la niña. La piel de Itsel ardía por el bochorno.

 El tiempo me quitó la fuerza, pensó Eulalia mirando la respiración corta de la muchacha, pero no me quitó la obligación. observó la maleta amarrada en el suelo. No iba a entregar a la niña a la caridad fría de un estado ajeno, ni iba a sentarse a esperar la muerte en un patio trasero. Esa misma noche, en cuanto la casa entera durmiera, abrirían la puerta de atrás sin hacer ruido y desaparecerían en la carretera.

 Eulalia no siempre había sido esta mujer de pasos medidos y manos de cristal. En el fondo de su memoria, antes del encierro en cuartos con olor a yeso, el mundo entero respiraba con un aliento de tierra mojada y fermentación dulce. 55 años atrás, el cacaootal de su padre no era la ruina estrangulada por los bejucos que ahora planeaba buscar en la oscuridad.

 Era un territorio vivo, un tapiz de troncos oscuros bajo la sombra de árboles inmensos que filtraban la luz del sol como un cedazo. Recordaba con claridad una mañana de temporal. Tenía apenas 10 años. La humedad de la madrugada todavía perlaba las hojas anchas y el chillido de las chicharras llenaba el aire pesado. Su madre, una mujer de espaldas anchas y trenzas apretadas, estaba de pie frente a los cajones de madera en la galera.

 Allí las semillas frescas sudaban su pulpa blanca. El olor era fuerte, un vinagre frutal que picaba en la garganta y mareaba a quien no estuviera acostumbrado. “Mete las manos, Eulalia.” le ordenó su madre señalando el cajón central. La niña obedeció, hundió los dedos vacilantes en la masa pegajosa. El calor natural de la fermentación le subió por las muñecas.

 Un calor vivo casi animal. “El cacao no se apura, chamaca”, dijo la mujer, hundiendo sus propios brazos curtidos junto a los de su hija y removiendo las semillas desde el fondo. Si lo sacas antes de tiempo, amarga la boca. Si lo dejas de más, se pudre y no sirve para nada. Tienes que voltearlo, darle aire.

 ¿Cómo voy a saber cuándo está listo, Amá?, preguntó Eulalia, sintiendo el peso de la masa contra sus palmas. Por el color de la avena adentro y porque la cáscara te avisa, no se aprende mirando de lejos, se aprende tocando hasta que la piel se te hace piedra. Esa piel de piedra tardó años en formarse, capa sobre capa de esfuerzo sostenido.

 Cuando Eulalia cumplió 15 años, la rutina de la selva ya le había ensanchado los hombros. Aprendió a golpear las mazorcas con un palo corto de madera dura, abriéndolas con un golpe seco sin dañar los granos del interior. Aprendió a tender la cosecha en el secadero bajo el sol rajante del mediodía, vigilando el cielo para correr a tapar todo al primer asomo de nubes grises.

 Pero el verdadero trabajo, el que le cobró factura a sus huesos antes de tiempo, ocurría en la cocina de humo. Había una escena que se le repetía en los sueños, incluso ahora en la ciudad. El fogón encendido, el comal de barro crujiendo con el fuego bajo. Eulalia, ya con 20 años, tostaba los granos secos. El sonido de las cáscaras estallando marcaba el ritmo.

Después venía el metate, la piedra volcánica curva, pesada, inamovible, se arrodillaba en el suelo de tierra apisonada y empujaba el rodillo de piedra sobre los granos tostados. La fricción generaba un calor intenso. El cacao seco se rompía, soltaba su grasa natural y se convertía en una pasta oscura y brillante.

 Ese movimiento repetitivo, empujar y jalar con todo el peso de su torso, requería una fuerza bruta que desgastaba los cartílagos. Sus hermanos mayores nunca se sentaron frente al metate. Para ellos, la selva era una prisión de mosquitos y lodo. Apenas crecieron, vendieron su parte de la herencia por unos pesos mal contados y se subieron a un camión rumbo a la capital buscando asfalto y sueldos fijos. Eulalia se quedó.

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