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La mujer abandonada en El Refugio

La noche en que Clemencia Salinas estuvo a punto de perderlo todo, el viento no soplaba: gritaba.

Golpeaba las ventanas de madera como si alguien, desde fuera, quisiera entrar a la fuerza. Las bugambilias se sacudían contra el muro de adobe, las ramas del guayabo arañaban el techo del corredor y, en el patio, la tierra seca se levantaba en remolinos pequeños que parecían fantasmas dando vueltas alrededor de la casa. Clemencia estaba sola. Sola de verdad. No con esa soledad romántica que la gente imagina desde lejos, sino con la soledad que pesa en los huesos cuando una mujer escucha crujir una tabla a medianoche y no hay nadie a quien llamar.

Sobre la mesa de la cocina tenía una lámpara de petróleo, una taza de café frío y un sobre doblado con el sello de un abogado del pueblo. Lo había abierto tres veces. Lo había leído tres veces. Y las tres veces había sentido la misma punzada en el pecho.

“Se le recomienda aceptar la oferta de compra antes de que la propiedad pierda mayor valor.”

Mayor valor.

Clemencia soltó una risa seca, sin alegría. ¿Qué sabían ellos del valor? ¿Qué sabía un abogado con manos limpias del valor de una cerca levantada con ampollas? ¿Qué sabía su tío Ceferino del valor de las rosas que su padre había plantado para su madre cuando aún eran jóvenes y se querían sin saber decirlo? ¿Qué sabía nadie del valor de una tierra donde estaban enterrados los pasos, los silencios y hasta las tristezas de una familia entera?

Entonces oyó el ruido.

No fue el viento. No fue una rama. Fue un golpe claro en el portón del granero.

Clemencia se quedó quieta. Sintió que la sangre se le iba a los pies. Tomó la lámpara con una mano y, con la otra, agarró el machete viejo que su padre guardaba junto a la puerta. No era una mujer miedosa, pero tampoco era tonta. En el campo una aprende que el miedo sirve para algo: te despierta. Te hace mirar mejor.

Salió al corredor. La oscuridad se abría frente a ella como una boca negra.

—¿Quién anda ahí? —gritó.

Nadie respondió.

Solo se escuchó otro golpe. Más fuerte. Luego un murmullo de hombres.

Clemencia bajó los escalones despacio, con la lámpara temblando apenas. Al llegar al patio vio sombras junto al granero. Dos, quizá tres. Una de ellas llevaba sombrero ancho. Otra sostenía algo metálico que brilló con la luz.

—Ese papel lo vas a firmar, muchacha —dijo una voz conocida.

El corazón de Clemencia se endureció.

Era su tío Ceferino.

No venía a aconsejarla. No venía a tomar café. Venía a arrancarle El Refugio de las manos.

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