Posted in

La jaula de oro de Fernando Colunga: El millonario precio de ser el hombre perfecto y la dolorosa despedida que la fama le robó

La creación de un mito: El cuerpo que protegía al protagonista

Ciudad de México, verano de 2020. Un pasillo de hospital con esa luz blanca que no consuela a nadie recibe a un hombre de setenta y tantos años que entra completamente solo. Se llama Fernando Colunga, pero no es el actor; es su padre, un ingeniero civil que acude a recibir una sesión de quimioterapia en el año en que el mundo entero se cubrió el rostro por el miedo al contagio. Prefirió viajar solo desde Miami antes que arriesgar a su esposa y a su hijo. Ese día, don Fernando no vuelve a salir. A más de dos mil kilómetros de distancia, en un foro de grabación, su hijo, el galán más adorado de la televisión en español, el hombre que durante treinta años fue el sueño romántico de un continente entero, se encuentra de pie frente a una cámara. Tiene dinero, fama, guardaespaldas y contratos millonarios, pero toda esa estructura se vuelve inútil frente a la única cosa que habría dado todo por tener: llegar a tiempo para despedirse de su padre.

Para entender cómo el hombre que lo tenía todo terminó en la más absoluta impotencia, es necesario retroceder al principio, mucho antes de los trajes impecables y los besos frente a la cámara. Esta historia comienza en la Ciudad de México, el 3 de marzo de 1966. En un hogar de clase media, marcado por el orden y la disciplina, nace Fernando Colunga Olivares, hijo único de un ingeniero civil y de una ama de casa. Criado bajo la expectativa de no fallar, el joven Fernando eligió inicialmente el camino de su padre y estudió ingeniería civil. Planos, cemento y cálculos de resistencia ocupaban sus días, lejos de los reflectores. Trabajó en agencias de autos, tuvo una ferretería y fue barman en centros nocturnos de la capital, un ambiente de excesos que, según él mismo relató, le quitó para siempre las ganas de probar una sola gota de alcohol.

Su entrada al mundo del espectáculo no ocurrió con un aplauso, sino con el rugido de una motocicleta en 1988. Fue contratado como doble de acción en la telenovela juvenil Dulce desafío para realizar las escenas de riesgo de Eduardo Yáñez. En la escena final, donde el protagonista se roba a la novia en plena boda, era Fernando quien manejaba la moto, llevando consigo a una joven Adela Noriega. El futuro galán comenzó siendo una sombra, el cuerpo que se exponía al peligro mientras otro recibía el primer plano. Esa experiencia lo atrapó y, en 1990, ingresó al Centro de Educación Artística (CEA) de Televisa, comenzando desde abajo en programas como Plaza Sésamo, La hora marcada y pequeños papeles secundarios. La paciencia del ingeniero civil se transformó en la disciplina del actor que aprende a esperar su momento.

El dueño de la hora sagrada y la mentira del amor real

A mediados de los años noventa, la televisión mexicana operaba como una poderosa fábrica de mitos y Fernando Colunga se convirtió en su producto más perfecto. En 1992, su participación en María Mercedes al lado de Thalía inició una racha inigualable de éxitos. En 1995, María la del barrio lo consolidó en el gusto popular; luego vinieron Esmeralda en 1997, que paralizó países enteros en su capítulo final, y La usurparora en 1998. Año tras año, títulos como Abrázame muy fuerte, Amor real y Alborada se vendieron a decenas de países y se tradujeron a múltiples idiomas. Fernando se convirtió en el dueño de esa hora sagrada en la que el público apagaba sus propios problemas para encender la televisión y habitar una fantasía.

Su éxito se cimentó en gran medida gracias a las actrices que lo acompañaron. Compartió la pantalla con las figuras más importantes de la época: Thalía, Leticia Calderón, Gabriela Spanic y Lucero. La prensa del corazón intentó emparejarlo con casi todas en la vida real, pero el actor mantuvo siempre una estricta muralla de silencio. Sin embargo, hubo una pareja que quedó grabada con fuego en la memoria colectiva: Adela Noriega en la superproducción de época Amor real (2003). La química en la pantalla era tan evidente que millones creyeron que el romance había trascendido los sets de grabación.

La realidad detrás de las cámaras, no obstante, distaba mucho de la ficción. Compañeros de elenco revelaron años después que los protagonistas apenas se hablaban fuera de cuadro. La obsesión de Fernando con la puntualidad y la disciplina chocaba con los hábitos de Adela, generando una fuerte tensión en el set de filmación. El amor más hermoso de la televisión era, en realidad, el resultado de un extraordinario trabajo de iluminación, música y actuación. Aquella Adela Noriega, la pareja ideal de la pantalla, desaparecería misteriosamente del mapa artístico en 2008 para no volver jamás, dejando al descubierto que incluso el entorno del galán estaba rodeado de ausencias y silencios.

La jaula de oro de los dos millones de pesos

El éxito de Fernando Colunga no tardó en transformarse en su propia prisión. El galán de telenovelas no tenía permitido envejecer, dudar o llevar una vida privada que contradijera el ideal que vendía. Para sostener este mito, Televisa diseñó uno de los contratos de exclusividad más altos de la industria. Según reportes de la prensa especializada de la época, la empresa le pagaba alrededor de dos millones de pesos mensuales (más de un millón de dólares al año), estuviera o no grabando un proyecto. Era una mina de oro, pero también una cadena invisible. El contrato compraba su talento, su presencia y, por encima de todo, su absoluto hermetismo.

Este blindaje financiero lo obligó a vivir en un aislamiento constante. Fernando no podía caminar por la calle, comer en un restaurante o pasear por un parque sin ser abordado por multitudes que buscaban tocarlo o arrancarle un pedazo de ropa. Los guardaespaldas, los chóferes y los accesos privados por las puertas traseras de los hoteles dejaron de ser lujos de estrella para convertirse en los muros de su fortaleza. El mantenimiento de la estatua requería una disciplina de hierro: ejercicio diario, dietas estrictas y una vigilancia constante sobre su propio cuerpo para evitar cualquier signo de cansancio o envejecimiento que el público y la empresa no perdonarían.

El precio más alto se pagó en el terreno personal. Ante las constantes preguntas sobre su soltería o la falta de hijos, Fernando respondía con evasivas amables, argumentando que no necesitaba un papel para sellar un compromiso. El hombre que se casó docenas de veces frente a las cámaras decidió no pisar jamás un altar en la vida real. Este hermetismo alimentó durante décadas un sinfín de rumores sobre su vida íntima y su orientación sexual. Programas de espectáculos y revistas vivieron de la especulación, llegando a vincularlo, sin presentar nunca una sola prueba documental o fotográfica, con figuras del ámbito político como el exgobernador Rafael Moreno Valle. A un hombre que decidió no contar nada, la imaginación de un país entero terminó por inventarle todo.

El día que apagaron la luz del trono

El pacto dorado entre el actor y la televisora comenzó a resquebrajarse en 2017. El panorama de los medios de comunicación había cambiado radicalmente con la llegada de las plataformas de internet y las redes sociales. Televisa, sumida en una severa crisis financiera y en pleno proceso de recorte de gastos, comenzó a ver los contratos multimillonarios de sus antiguas estrellas como lujos insostenibles. Ese año, la productora y ejecutiva Rosy Ocampo preparaba la comedia familiar Papá a toda madre y ofreció el papel protagónico a Fernando Colunga.

El actor, acostumbrado a ser el centro absoluto de los melodramas tradicionales, no recibió el proyecto con entusiasmo. El formato coral de la historia implicaba compartir el tiempo de pantalla con otros actores, lo que diluía su figura de protagonista único. Tras varias llamadas sin respuesta, se concretó una reunión de alta tensión entre el histrión y la ejecutiva. Rosy Ocampo le recordó las obligaciones financieras de su contrato de exclusividad, señalando que recibía una fortuna por realizar apenas un proyecto cada dos años. En medio de la discusión, surgió una frase que hirió profundamente el orgullo del galán: le dijeron textualmente que ya estaba viejo para rechazar papeles.

Aquel comentario golpeó el núcleo del mito del hombre detenido en el tiempo. La empresa retiró de inmediato el contrato de exclusividad de Fernando Colunga y otorgó el papel a Sebastián Rulli. El sistema que lo había encumbrado lo expulsó en el momento en que dejó de ser financieramente rentable, una situación que también afectó a otras grandes figuras como William Levy y Eduardo Yáñez. Aunque el actor declaró que la pérdida del contrato le otorgaba la libertad de buscar proyectos en el cine, la prensa describió sus reacciones como los últimos intentos de defender un orgullo lastimado. El rey se había quedado sin su reino.

La factura que ningún contrato pudo pagar

Herido en su amor propio, Fernando se refugió en Miami y firmó con Telemundo para protagonizar la serie Malverde: el santo patrón, buscando demostrar que su nombre aún mantenía el poder de convocatoria en el mercado hispano de los Estados Unidos. Sin embargo, mientras el actor intentaba reconstruir su carrera bajo los reflectores de las alfombras rojas de eventos como la feria Natpe, en la Ciudad de México su padre iniciaba una silenciosa y dolorosa batalla contra el cáncer de colon. Lo que comenzó como una molestia estomacal terminó en una metástasis que obligó a constantes tratamientos y quimioterapias.

Read More