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La Ex Prisionera Dijo “Nadie me Da Trabajo” — el Ranchero Dijo: “Yo te Doy. Y te Doy mi Respeto.”

La puerta de la tienda se abrió con tanta fuerza que el marco tembló. Fuera. Fuera de mi establecimiento. Susana Vallejo sintió las manos del comerciante empujándola hacia atrás. Sus botas rasparon contra las tablas de madera del porche antes de perder el equilibrio. Cayó de rodillas en plena calle, levantando una nube de polvo tejano que le quemó los ojos.

 Nadie contrata a una exprisionera”, gritó el hombre desde arriba, su voz resonando por toda la calle principal de McAllen y mucho menos yo. El silencio que siguió fue peor que los gritos. Susana levantó la vista. Una docena de rostros la observaban desde las ventanas, desde las aceras, desde los caballos atados a los postes.

 Todos con la misma expresión, desprecio, como si fuera basura arrastrada por el viento del desierto. Se puso de pie lentamente, sacudiendo el polvo de su falda raída. Tenía 32 años, pero en ese momento se sintió como si tuviera 100 tr meses fuera de la prisión. 3 meses buscando trabajo, tres meses escuchando la misma palabra. No, por favor, señor.

 Su voz salió más quebrada de lo que hubiera querido. Solo necesito lo que tú necesitas, no es mi problema. La puerta se cerró de golpe. Susana apretó los puños. El hambre le mordía el estómago. No había comido nada desde ayer. Su última moneda había desaparecido dos días atrás. Pero había algo peor que el hambre.

 Era la mirada de esa gente, la certeza en sus ojos de que ella no merecía nada, ni trabajo, ni comida, ni dignidad. Comenzó a caminar calle abajo, la cabeza baja, cuando sintió que alguien la observaba de manera diferente. Levantó la vista. Un hombre alto, de hombros anchos y sombrero de ala ancha, estaba apoyado contra un poste al otro lado de la calle.

 Sus ojos grises la estudiaban con una intensidad que la hizo detenerse. Él no apartó la mirada y en ese momento Susana Vallejo no sabía que ese hombre Brian Smith estaba a punto de cambiar todo. Un momento, Vaquera, quiero conocerte mejor. Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad y país nos acompañas y si quieres seguir cabalgando con nosotros en cada historia, suscríbete ahora mismo.

 Sigamos con el relato. Tres meses antes, Susana había caminado por las puertas de la prisión de Hansville con nada más que la ropa que llevaba puesta y una pequeña bolsa de lona. 5 años encerrada. 5 años pagando por un crimen que las autoridades nunca se molestaron en explicarle completamente al pueblo. Solo sabían que había estado presa y eso era suficiente para condenarla para siempre en sus mentes.

 La mujer que entró a esa prisión había sido diferente, más joven, con esperanza quizás. La mujer que salió sabía que el mundo no perdona, que una marca en tu expediente es una marca en tu alma a los ojos de los demás. Pero Susana se había prometido algo mientras contaba los días en esa celda fría. Cuando saliera, viviría con dignidad, trabajaría honestamente.

 Se ganaría un lugar en el mundo, aunque el mundo no lo quisiera dar. McAlen había sido su última esperanza. un pueblo fronterizo donde pensó tal vez nadie conociera su nombre. Se había equivocado. Las noticias viajan rápido en Texas, especialmente las malas noticias sobre una mujer sola. Durante las siguientes dos semanas, Susana tocó cada puerta en McAlen.

 El salón, la estrella de oro, necesitaba alguien para lavar platos y pisos. El dueño, un hombre gordo con bigote de morsa, la miró de arriba a abajo cuando ella preguntó por el trabajo. Susana Vallejo, repitió él reconociendo el nombre. Ah, sí, la que estuvo en Hansville. Sí, señor, pero ya cumplí mi condena y no una sola palabra, ni siquiera una explicación.

En el hotel McCallen, la señora Brenan necesitaba una camarera. Era una mujer mayor, de rostro amable. Y por un momento, Susana sintió esperanza cuando la mujer la invitó a pasar. “Pareces una trabajadora honesta”, dijo la señora Brenan sirviéndole un vaso de agua. “Y Dios sabe que necesito ayuda. Lo soy, señora, trabajadora y honesta.

Pero la mujer suspiró. Mis huéspedes son gente respetable. Si supieran que contraté a alguien que estuvo en prisión, no puedo arriesgar mi reputación. Lo siento, hija. El establo necesitaba alguien para limpiar los boxes y alimentar a los caballos. El encargado ni siquiera la dejó terminar de hablar. Aquí no queremos problemas”, dijo escupiendo tabaco al suelo.

 “Y tú eres problemas con patas, la lavandería, la herrería, la tienda de telas, la cantina, el almacén general. Cada puerta se cerró, cada rostro se endureció al escuchar su nombre. Por las noches, Susana dormía en un galpón abandonado al borde del pueblo. El techo tenía goteras y el viento se colaba por las grietas en las paredes de madera.

 Se envolvía en su reboso delgado y trataba de ignorar el frío, el hambre y algo peor. La humillación que se acumulaba día tras día como polvo en sus hombros. Una mañana encontró medio pan desechado detrás de la panadería. Lo devoró allí mismo de pie en el callejón, sintiendo las lágrimas quemar sus mejillas. Esto era libertad.

 Esto era lo que había esperado durante 5 años. El dinero que le dieron al salir de prisión, ó miserables, se había esfumado. Ahora no tenía nada, ni comida, ni techo, ni futuro, solo el peso constante de un pasado que nunca la dejaría ir. El décimo día, sin comer adecuadamente, Susana se encontró parada frente al almacén del señor Kowalski.

 Adentro podía ver las repisas llenas de latas de duraznos, frijoles, carne seca. Su estómago gruñó con tanta fuerza que le dolió. Sería tan fácil. El señor Kowalski estaba en la parte trasera moviendo cajas. La puerta estaba abierta. Ella podía entrar, tomar una lata, esconderla bajo su chal y salir. Nadie la vería.

 Dio un paso hacia adelante, luego se detuvo. No. 5 años en prisión le habían enseñado lo que significaba perder la libertad. No iba a volver allí. No por una lata de duraznos, no por nada. se alejó del almacén con las piernas temblando. Esa noche, acostada en el galpón, miró las estrellas a través del techo roto y tomó una decisión.

Mañana dejaría McAlen. Caminaría hacia el norte, hacia Laredo, o quizás hacia el oeste, a El Paso. En algún lugar debía haber un pueblo que no conociera su nombre, un lugar donde pudiera empezar de nuevo, un lugar donde no fuera invisible. o peor aún, donde no fuera vista como basura.

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