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“Finja ser mi esposa”… le pidió el hacendado viudo, pero ese trato escondía algo más

El día del juicio, Lucía Peral entró en el tribunal de San Esteban de la Vid con la mano helada dentro de la mano de Adrián Montalvo.

No temblaba por miedo al juez.

Temblaba porque sabía que, antes de que acabara aquella mañana, todos allí podrían descubrir que su matrimonio había nacido de una mentira.

La sala estaba llena hasta los pasillos. Habían venido trabajadores de la hacienda, periodistas locales, curiosos de Cerro Azul y hasta mujeres que jamás habían saludado a Lucía en la plaza, pero que ahora estiraban el cuello para verla como si fuera una criminal o una santa. A veces la gente no busca justicia, busca espectáculo. Y Lucía lo sintió en la piel nada más cruzar la puerta.

Rodrigo Villanueva ya estaba sentado al otro lado, impecable, con su traje gris, su pañuelo blanco y esa sonrisa de hombre que cree que el mundo le pertenece por apellido. Cuando Lucía pasó frente a él, Rodrigo bajó la voz lo justo para que solo ella y Adrián pudieran oírlo.

—Hoy se acaba la función, señora Montalvo.

Señora Montalvo.

A Lucía se le cerró la garganta.

Hacía cuarenta y dos días, ese nombre no significaba nada para ella. Era solo una firma en un papel, una máscara prestada, un acuerdo desesperado con un hombre viudo que necesitaba conservar su hacienda. Ahora, en cambio, aquel apellido le pesaba sobre los hombros como una corona hecha de espinas.

Adrián apretó su mano.

—No estás sola —susurró.

Lucía quiso creerle. De verdad quiso.

Pero en la mesa del juez estaban los documentos incompletos, las pruebas robadas, los testimonios comprados y una acusación capaz de hundirlos a los dos: matrimonio falso, fraude hereditario y encubrimiento de una antigua estafa de tierras. Si el juez creía a los Villanueva, Adrián perdería la hacienda. Lucía perdería el poco honor que le quedaba. Y el amor que acababa de nacer entre ellos moriría antes de aprender siquiera a respirar.

El juez Armando Fuentes golpeó el mazo.

El silencio cayó sobre todos como una losa.

—Queda abierta la sesión.

Lucía sintió entonces que el pasado entero se levantaba detrás de ella: la vergüenza de su padre, los rumores del pueblo, las noches en que su madre lloraba sin hacer ruido, las manos agrietadas de trabajar desde niña, la mirada desconfiada de quienes siempre la habían tratado como culpable de un pecado que no cometió.

Todo volvía.

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