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Ella era humillada por ser fea Hasta que un Apache solitario con su caballo la acogió

Todos la llamaban el monstruo del pueblo, pero cuando un guerrero apache solitario la encontró llorando, supo que había encontrado el corazón más hermoso que jamás conocería. En las tierras áridas de Nuevo México, donde el sol castiga sin piedad y las esperanzas se secan como flores marchitas, vivía a Meell y Sandoval, una mujer de 21 años, cuyo nombre significaba fuente de agua en lengua Naguatl, pero cuya existencia había sido un desierto de soledad y rechazo.

 Una marca de nacimiento color púrpura se extendía desde su ojo izquierdo hasta la comisura de su boca. como si los dioses hubieran decidido marcarla para que el mundo supiera que no merecía ser amada. Era el año 1875 y el pequeño pueblo de San Rafael se despertaba esa mañana de octubre con el mismo ritual de siempre. Las campanas de la iglesia llamando a misa, los comerciantes abriendo sus tiendas yyal y Sandoval caminando con la cabeza gacha por las calles polvorientas tratando de volverse invisible.

 Su rebozo azul desteñido cubría parcialmente su rostro, pero no podía ocultar completamente la marca que había definido cada día de su vida. Los niños del pueblo habían crecido señalándola como la cara del  Y los adultos se persignaban cuando la veían pasar, como si su sola presencia pudiera traer desgracias. Ameyali había aprendido a caminar pegada a las paredes, a comprar en la tienda cuando había menos gente, a existir en los márgenes de un mundo que la rechazaba sin conocerla.

 Esa mañana, mientras caminaba hacia el mercado para comprar las pocas verduras que su dinero le permitía, el destino le tenía preparada la humillación más cruel de su vida. En la plaza central, donde se había reunido medio pueblo para presenciar la llegada de una caravana comercial, estaba Isidoro Pacheco, el hijo del acendado más rico de la región, alto, de bigote cuidado y vestido con ropas que costaban más que lo que Amyali veía en un año.

 Y Sidoro representaba todo lo que ella nunca podría tener. Belleza, riqueza, respeto. Cuando Ameyali intentó pasar desapercibida por un costado de la plaza, uno de los caballos de la caravana se espantó y corrió directamente hacia ella. En su desesperación por apartarse, tropezó y cayó al suelo. Su rebozo se deslizó completamente, dejando su rostro expuesto ante la multitud que la observaba.

 El silencio que siguió fue más cruel que cualquier grito. Toda la plaza se había quedado inmóvil, mirando el rostro que pocos habían visto sin cubrir. Pero fue la risa de Isidoro Pacheco la que cortó el aire como una navaja. “Válgame Dios”, exclamó Isidoro con una carcajada que resonó por toda la plaza.

 “Por fin completa del espanto del pueblo.” Se acercó a ella con pasos lentos, disfrutando claramente de ser el centro de atención. Dime, criatura, ¿tu madre se asustó con algún demonio mientras te llevaba en el vientre? ¿O acaso Dios quiso darnos una muestra de lo que pasa cuando se enojan los cielos? Ameyali trató de levantarse, sus manos temblando mientras intentaba cubrir nuevamente su rostro, pero Isidoro fue más rápido.

 Con la punta de su bota, pisó un extremo de su rebozo impidiéndole cubrirse. “No, no”, dijo con una sonrisa cruel. Ya que estamos aquí todos reunidos, creo que es hora de que el pueblo conozca bien a su vecina más especial. Se volvió hacia la multitud que los rodeaba. ¿Saben qué me contó mi padre? Que esta mujer ha estado esperando que alguien la pida en matrimonio.

 Imaginen semejante esperanza. Las carcajadas que siguieron fueron como puñaladas en el corazón de Ameyali. Cada risa era un recordatorio de que su sueño más secreto, el de ser amada por alguien, era motivo de burla para el mundo entero. Matrimonio continuó Isidoro, paseándose alrededor de ella como un depredador jugando con su presa.

 Qué hombre en su sano juicio querría despertar cada mañana viendo esa cara. ¿Qué niños podrían nacer de semejante maldición? No, querida criatura, tú no naciste para el amor, naciste para recordarnos lo afortunados que somos los demás. Ameyali sintió que algo se rompía para siempre dentro de su alma. No eran solo las palabras de Isidoro, sino la confirmación pública de lo que siempre había temido, que incluso sus sueños más pequeños eran demasiado grandes para alguien como ella.

 Sin decir una palabra, se puso de pie lentamente. Su rebozo había quedado en el suelo, pero ya no le importaba. Caminó entre la multitud que se apartaba a su paso como si fuera contagiosa, mientras detrás de ella Isidoro, gritaba su última crueldad. Oye, cara de pesadilla, la próxima vez que sueñes con el amor, recuerda esta mañana.

 Ameyali llegó a la pequeña casa de adobe donde vivía con su madrastra Faustina Contreras, una mujer de 60 años que la había tolerado durante años únicamente por el pequeño dinero que había dejado su difunto padre. Pero cuando empujó la puerta de madera agrietada, encontró a Faustina esperándola con una expresión que helaba la sangre.

 “Ya me enteré de lo que pasó en la plaza”, dijo Faustina sin preámbulos, sus ojos brillando con una crueldad fría. Todo el pueblo está hablando del espectáculo que diste. No fue mi culpa, murmuró Ameyali, pero su voz se quebró antes de poder terminar la frase. Nunca es tu culpa, explotó Faustina levantándose de la única silla de la casa.

 Pero siempre eres tú la que trae la vergüenza a esta casa. 20 años cargando contigo como una cruz. ¿Y para qué? Para que el pueblo entero se burle de nosotras. Las palabras de Faustina se volvían más venenosas con cada frase. Era como si años de resentimiento acumulado hubieran encontrado finalmente su válvula de escape. “Tu padre me prometió que cuidarías de mí en mi vejez cuando él ya no estuviera”, continuó caminando de un lado a otro en el pequeño espacio.

 “¿Cómo vas a cuidar de alguien cuando ni siquiera puedes mostrar la cara sin que la gente huya? Eres una maldición, Ameyali. Una maldición que me está arrastrando a la tumba.” Ameyali se encogió contra la pared, sintiendo que cada palabra era un martillazo en su alma ya destrozada. “Puedo trabajar más”, susurró desesperadamente.

 “¿Puedo buscar más trabajos de costura o limpiar casas?” Trabajos. Faustina soltó una risa amarga que dolía más que cualquier grito. ¿Quién va a quererte en su casa? ¿Crees que las familias decentes van a arriesgarse a que tu maldición se pegue a sus hogares? Ni siquiera los perros del pueblo se acercan a ti. El silencio que siguió fue mortal.

 Ameyali entendió entonces que para Faustina ella no era una persona con problemas, sino un problema con forma de persona. Era el momento que había temido toda su vida, pero que sabía que algún día llegaría. “Ya tomé una decisión”, declaró Faustina con una frialdad que heló la sangre de Ameyali. “No puedo seguir manteniéndote.

Mañana te vas de esta casa y no regresas nunca más. Busca dónde vivir, busca cómo sobrevivir, pero ya no será mi responsabilidad. Las palabras cayeron sobre Ameyali como una sentencia de muerte. ¿A dónde voy a ir? Preguntó con una voz tan pequeña que apenas escuchaba. No es mi problema, respondió Faustina dándole la espalda con una crueldad calculada.

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