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El día que Paul Anka sacrificó su propia gloria para regalarle a Frank Sinatra la eternidad

Una estrella olvidada frente a la ventana

En 1964, Paul Anka, a sus escasos 22 años, conocía bien la cara amarga del éxito. Apenas siete años antes, en 1957, aquel adolescente canadiense de origen libanés se había convertido en un fenómeno global con “Diana”, una canción que vendió millones de copias en todo el mundo. Sin embargo, la industria musical es cruel y voluble. Con la llegada de los Beatles y la “invasión británica”, el panorama musical cambió de la noche a la mañana. Los solistas melódicos norteamericanos, que hasta hace poco dominaban las listas, fueron desplazados sin miramientos. Anka se encontró en una habitación de hotel, mirando por la ventana cómo el mundo seguía girando sin él. Se sentía, a los 22 años, como un artista del pasado, alguien que ya había sido dado por muerto por la maquinaria de la fama.

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