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Melissa Calderón “La China”: Así Sufre en Prisión la Sicaria más Temida del Narco

Hay una mujer de 41 años encerrada en el penal de la paz, Baja California Sur, que durante 7 años fue la sicaria más temida de México. No la novia de un arco, no la esposa de un capo, no la hermana de un líder de cártel. Ella, la jefa, la que daba las órdenes, la que mandaba sobre 50 sicarios armados que obedecían cada palabra que salía de su boca, la que controlaba la paz y los cabos.

 Dos de los destinos turísticos más exclusivos del mundo, como si fueran su propiedad privada, la que ordenó a las menos 150 ejecuciones en Baja California Sur, la que triplicó la tasa de asesinatos de un estado que antes de ella era uno de los más pacíficos de México y la que fue traicionada por el hombre que dormía a su lado.

 Traicionada de la forma más fría, más calculada y más cobarde que existe. su propio novio, el hombre que ella eligió como su segundo al mando, el hombre en quien depositó la confianza más absoluta que una persona puede dar. A otra, el hombre que cono cada escondite, cada ruta, cada secreto, cada cementerio clandestino de la organización fue detenido por la policía y en menos de 24 horas vendió toda esa información a cambio de una sentencia reducida.

 le dio a las autoridades la dirección exacta de la casa donde Melissa se escondía, las rutas que usaba para moverse, los horarios de sus actividades y la ubicación de las fosas donde enterraba a sus víctimas. Todo a cambio de salir de la cárcel antes que ella, porque la China no cayó por un operativo de inteligencia sofisticado, no cayó por una investigación policial de meses que la rastreó con tecnología de punta.

 No cayó porque la DEA o el FBI la pusieran en su lista de objetivos. Cayó porque su novio, Pedro Héctor Gómez Camarén, alias el chino, decidió que su propia libertad valía más que la lealtad, más que el amor, más que los juramentos que se hacen en la oscuridad de una cama compartida entre dos personas que dicen amarse, pero que en realidad solo se usan mutuamente hasta que uno de los dos deja de ser útil.

El chino fue detenido en julio de 2015 y en cuestión de horas estaba sentado frente a un fiscal negociando los términos de su traición con la misma frialdad con la que un vendedor negocia el precio de un carro usado. Le dio a la policía la dirección exacta de la casa donde Melissa se escondía en Cabo San Lucas.

 Les dio las rutas que ella usaba para desplazarse entre la paz y los cabos. Les dio los horarios. ¿A qué hora salía? ¿Con cuántos escoltas? ¿En qué vehículo? Les dio los nombres de los miembros de la célula que seguían operando y como bonus adicional, como propina para asegurarse de que la fiscalía le diera el mejor trato posible, les reveló la ubicación de los semios SISS clandestinos donde la China mandaba enterrar a sus víctimas.

Fosas con cuerpos que las familias de los desaparecidos habían buscado durante meses sin éxito. El novio la vendió y la China fue capturada en septiembre de 2015 en Cabo San Lucas, a pocos kilómetros de las piscinas Infinity, de los hoteles de lujo, donde turistas estadounidenses y europeos beben piñas coladas frente a un atardecer del Pacífico, sin tener la menor idea de que la mujer más peligrosa de todo México vivías unas cuadras de su suite de $2000 la noche.

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 Su nombre completo es Melisa Margarita Calderón Ojeda. Nació el 12 de agosto de 1984, lo que significa que cuando fue capturada en 2015 tenía 31 años. 31 años y ya era responsable de al menos 150 muertes. Hija de José Alfredo Calderón Cota y Alma Guadalupe Ojeda Angulo. Una familia de la que se sabe poco porque Melisa no heredó un cártel ni nació una cuna narco.

 No tenía tíos narcotraficantes, no tenía primos icarios, no tenía un padrino con conexiones en el crimen organizado que le abriera las puertas del negocio cuando cumpliera 18 años. Era una mujer común de una familia común, sin dinero especial, sin apellido criminal, sin ninguna de las conexiones que normalmente se necesitan en México para entrar a las altas esferas del narcotráfico.

 Y eso es precisamente lo que hace que su historia sea tan extraordinaria y tan perturbadora. Porque en el mundo del narco mexicano, un mundo de dinastías familiares donde el poder se hereda como una empresa, donde los hijos de los capos se convierten en capos y donde las mujeres existen como accesorios decorativos del poder masculino.

 Melisa Calderón llegó a la cima sin ninguna de esas ventajas. llegó sola, llegó sin apellido, llegó sin herencia criminal, llegó por una puerta que no tiene que ver con el narco, sino con algo mucho más antiguo y mucho más poderoso, el amor o lo que ella creyó que era amor cuando tenía 20 años y el mundo era lo suficientemente grande como para caber en los brazos de un hombre.

 En 2005, a los 21 años, Melissa conoció a Eric Dábalos von Borstel en algún lugar de Baja California Sur que los expedientes no precisan. Eric no era un hombre cualquiera, era un hombre vinculado al crimen organizado que operaba en la región, un operador del narco con conexiones dentro de la estructura del cártel de Sinaloa en BCS.

 Y Melisa se enamoró de él. se enamoró con la intensidad absoluta, ciega y totalizadora que solo tienen los amores de los los 20 años. Esos amores donde no existe la precaución, donde no existe el cálculo, donde no existe la voz interior que te dice, “Este hombre te va a desdestruir la vida.” se enamoró tanto que se tatuó su apellido en el brazo izquierdo.

 Dábalos von Borstel grabado en su piel con tinta negra permanente como si fuera un juramento de sangre, como si fuera una alianza matrimonial que no se puede quitar con un divorcio, sino solo con la muerte o con un láser. Y fue Eric quien la introdujo al narcotráfico. No de golpe, no llevándola a una reunión con capos y diciéndole, “Desde hoy trabajas para el cártel” de forma gradual.

” Presentándole a personas, explicándole cómo funcionaba el negocio, mostrándole que había un mundo paralelo al mundo legal, donde el dinero circulaba en cantidades que un trabajo honesto nunca iba a proporcionar. Un mundo donde una mujer joven, inteligente y sin miedo podía ascender más rápido que en cualquier empresa legítima, un mundo donde las reglas las escribían los que tenían armas y los que estaban dispuestos a usarlas.

Eric la empujó deliberadamente o no, con malicia o con la inconsciencia de quien vive en el narco y no conoce otra vida hacia un camino que la convertiría en la jefa de sicarios más temida de México. Un camino que empezó con un tatuaje de amor en el brazo izquierdo y que determinó una sentencia de 20 años en un penal del desierto de Baja California Sur.

 Un camino que le dio poder, dinero, miedo ajeno y 150 muertos sobre la conciencia y un camino que le quitó todo lo demás, la libertad, la juventud, la posibilidad de una vida normal y al propio Eric, que fue asesinado a balazos en La Paz en 2015, el mismo año que ella fue capturada. Para armar esta investigación cruzamos múltiples fuentes que durante una década han documentado el ascenso y la caída de la China.

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