El escenario político en Colombia ha llegado a un punto de ebullición innegable. A medida que el reloj avanza de manera inexorable hacia la decisiva contienda de la segunda vuelta presidencial programada para el próximo 21 de junio, las maquinarias electorales de los dos proyectos de país que se disputan el poder absoluto han entrado en su fase más agresiva, estratégica y determinante. El país entero contiene el aliento mientras los candidatos ajustan sus discursos, consolidan alianzas de última hora y se preparan para convencer a esa porción fundamental de votantes indecisos que tendrán en sus manos el destino de la nación sudamericana. Esta no es una elección cualquiera; es un referéndum sobre el modelo económico, la estabilidad institucional y el futuro a corto y mediano plazo de más de cincuenta millones de colombianos. En medio de este clima de máxima polarización, rodeos a sedes de campaña, intervenciones del actual jefe de Estado y profundas crisis internas en los partidos políticos tradicionales, se dibuja un panorama fascinante que merece ser desglosado con total profundidad.

Para entender la magnitud del momento, es necesario observar primero la arquitectura misma del proceso electoral que se avecina. La Registraduría Nacional del Estado Civil ha confirmado y mantenido el orden de las posiciones que fueron elegidas de manera aleatoria en un sorteo previo realizado el 25 de marzo para la primera vuelta. Esto significa que el tarjetón que será entregado a los millones de ciudadanos que acudan masivamente a las urnas encontrará una disposición clara, diseñada para evitar cualquier tipo de confusión en un electorado que ya se encuentra sometido a una inmensa presión mediática y emocional. El votante se enfrentará a tres casillas definitivas. La primera de ellas corresponderá a la fórmula para la presidencia y vicepresidencia del Pacto Histórico, encabezada por Iván Cepeda y su compañera de fórmula, Aida Quilcué. La segunda casilla estará ocupada por la fórmula del Movimiento Defensores de la Patria, liderada por Abelardo de la Espriella y acompañado por el exministro José Manuel Restrepo.
Sin embargo, el sistema democrático colombiano ofrece una válvula de escape crucial para aquellos ciudadanos que no se sienten representados por los dos extremos del péndulo político: la casilla del voto en blanco. Esta tercera opción no es un simple formalismo; es una poderosa herramienta que busca promover la absoluta libertad del elector, permitiéndole expresar su abstención activa o su profunda inconformidad con las dos fórmulas postuladas en esta recta final. Las autoridades han sido enfáticas al advertir a la población que, en el momento de ejercer su derecho constitucional al sufragio, solo se podrá marcar una de estas tres opciones. Cualquier marca doble o manipulación indebida del tarjetón resultará automáticamente en la anulación del voto. Además, en un esfuerzo por garantizar la transparencia y la continuidad del proceso, el registrador nacional ha informado que aquellos ciudadanos que cumplieron con su deber cívico como jurados de votación en la primera vuelta del 31 de mayo, repetirán su función para esta segunda contienda. La decisión del Consejo Nacional Electoral de autorizar hasta dos testigos por mesa para cada campaña política ha sido recibida como una noticia excepcionalmente buena y necesaria, brindando un mayor refuerzo y garantía para que se verifique minuciosamente lo que ocurre durante el crucial conteo de votos.
Mientras la logística avanza con el nombramiento de las comisiones escrutadoras y la impresión del material electoral, la batalla en las calles y en los medios de comunicación es feroz. La campaña de Iván Cepeda, representante del Pacto Histórico, se encuentra en una encrucijada compleja y ha decidido apostarlo todo a la conexión emocional con las bases sociales y, de manera muy específica, con la juventud colombiana. En un acto cargado de profundo simbolismo, Cepeda recibió recientemente la camiseta oficial de la selección Colombia de manos de los representantes de 32 barras de diferentes equipos del fútbol profesional del país. Este no fue un gesto casual, sino una estrategia milimétricamente calculada para apelar al sentimiento de unidad nacional que genera el deporte. El candidato, al recibir la prenda, aseguró emocionado que dicha camiseta los representa como nación y es un símbolo inquebrantable de unión.
La estrategia de Cepeda va mucho más allá de las canchas de fútbol. El candidato se ha estado reuniendo de manera constante con los diferentes grupos de jóvenes que, en tiempos recientes, han salido a marchar por las calles de Bogotá y otras ciudades principales, recordando su participación activa en la primera línea de las protestas sociales. Con un discurso encendido y emotivo, Cepeda los ha catalogado como el “rostro de la esperanza de este país”, exaltando su valentía, dignidad, vida y creatividad. Este intento de revitalizar la épica de la protesta social busca movilizar a un sector del electorado que puede ser apático frente a las urnas institucionales, pero que resulta vital si el Pacto Histórico desea recortar la distancia que lo separa de su contrincante.
De manera paralela a esta movilización de bases juveniles, la campaña progresista ha intentado enviar mensajes de moderación hacia el centro del espectro político, consciente de que con los votos de la izquierda tradicional no alcanza para asegurar la victoria. En este sentido, la adhesión del experimentado político y excandidato presidencial Roy Barreras ha sido un espaldarazo significativo. Barreras, un zorro de la política colombiana, fue claro al señalar públicamente que la campaña debe acercarse sin temores a los sectores del centro político, ofreciendo un gobierno compuesto por expertos y alejándose de cualquier postura sectaria, encerrada o excesivamente ideologizada. Según Barreras, el pueblo colombiano clama por soluciones pragmáticas y progreso, anhelando un país justo donde se mantenga viva la esperanza de salir adelante y tener oportunidades reales. Acogiendo estos consejos, la campaña de Cepeda decidió realizar un cambio visible en su identidad gráfica para este tramo final y ha volcado sus esfuerzos logísticos en recorrer incansablemente las regiones donde el candidato obtuvo sus mayores caudales electorales el pasado 31 de mayo.

En la otra orilla de esta contienda hiperpolarizada, la campaña de Abelardo de la Espriella avanza a un ritmo vertiginoso, sumando apoyos institucionales y gremiales de un peso extraordinario. El candidato del Movimiento Defensores de la Patria, que inicialmente basó su narrativa en una conexión directa con el pueblo y un rechazo a las alianzas políticas tradicionales, ahora se consolida como el gran abanderado del sector empresarial y comercial del país. El anuncio de Fenalco (la Federación Nacional de Comerciantes) de respaldar oficialmente su candidatura ha generado un terremoto político. El presidente de este poderoso gremio informó que, por una decisión unánime de la junta directiva nacional, las 28 juntas regionales, los 19.000 afiliados y las más de 320.000 tiendas representadas en todo el territorio nacional, le han otorgado su aval absoluto a la llave presidencial conformada por De la Espriella y José Manuel Restrepo.
Los argumentos expuestos por Fenalco para tomar esta decisión son profundamente reveladores sobre el clima de tensión económica que vive el país. El gremio argumenta haber encontrado grandes y profundas coincidencias con el plan de gobierno propuesto por el candidato de derecha, anhelando una conjunción de trabajo articulado con el empresariado colombiano, un sector que, según sus voceros, se ha sentido profundamente despreciado y estigmatizado durante los últimos años. Las voces de los pequeños y medianos comerciantes no se han hecho esperar, exigiendo un proyecto de nación que beneficie desde el modesto tendero de barrio hasta la gran industria consolidada.
Pero lo que verdaderamente ha acaparado los titulares y generado un intenso debate nacional son las promesas fiscales expuestas por la fórmula vicepresidencial, José Manuel Restrepo. Con un tono crítico y contundente, Restrepo calificó los últimos años como un periodo de incremento desbordado y desaforado en la carga tributaria para los ciudadanos y las empresas. Prometió solemnemente que, en un eventual gobierno de su movimiento, se eliminaría de raíz el impuesto al patrimonio para las personas jurídicas, calificándolo como una medida absurda, bajo la premisa indiscutible de que el Estado “no puede grabar la riqueza, porque la riqueza es la verdadera y única fuente de empleo y de recaudo tributario sostenible”.
No satisfecho con este anuncio, Restrepo apuntó sus dardos hacia otro de los tributos más polémicos de los últimos tiempos: el impuesto a los productos ultraprocesados. Argumentando que se trata de un gravamen con nombres “pomposos” disfrazados de salud pública, el candidato vicepresidencial aseguró que es, en realidad, un ataque directo contra millones de comerciantes independientes y tenderos. Criticó fuertemente la alta dosis de carga ideológica detrás de estos impuestos y planteó la necesidad urgente de disminuir la presión fiscal sobre los micronegocios mediante la implementación de tarifas diferenciadas en el impuesto de renta. Este paquete de propuestas, compiladas en un libro entregado por Fenalco, configura la columna vertebral de una campaña que promete oxigenar la economía del país liberando al sector privado de sus ataduras tributarias.
A este espaldarazo gremial se ha sumado un sorprendente movimiento en las fichas del ajedrez partidista. A pesar del discurso anti-establecimiento que manejó De la Espriella en sus inicios, las estructuras políticas tradicionales se están alineando rápidamente a su favor. Tras el apoyo del Partido Demócrata, el histórico Partido Liberal emitió un comunicado oficial anunciando que la totalidad de su bancada electa en el Senado y la Cámara de Representantes volcará su apoyo hacia la candidatura de Defensores de la Patria. No obstante, en un intento por guardar las formas democráticas, el partido invitó a su militancia base a ejercer su libertad de conciencia para elegir entre las dos opciones en disputa.
En medio de este frenesí proselitista, la figura del actual presidente de la república, Gustavo Petro, ha irrumpido con fuerza en el escenario público. Durante una solemne ceremonia de ascenso militar llevada a cabo en las instalaciones de la Escuela Militar de Cadetes José María Córdova, el mandatario aprovechó la presencia de las fuerzas armadas para enviar un mensaje contundente y directo a la nación entera. Con un tono enfático, Petro declaró que los resultados de esta inminente segunda vuelta serán única y exclusivamente producto de la decisión soberana del pueblo colombiano. En lo que pareció ser un intento por disipar los nubarrones de duda sobre su voluntad de entregar el poder, el presidente afirmó que el deber de todo demócrata es obedecer el mandato conferido por la ciudadanía, recordando que su periodo constitucional y legal culmina indefectiblemente el próximo 6 de agosto. “El pueblo decide libremente, nadie más tiene aquí ninguna atribución, ni poder extranjero, ni poder nacional que no sea la libre voluntad del pueblo de Colombia”, sentenció, dejando en claro que se alejará de su cargo y que el país tomará nuevos destinos institucionales bajo otra administración.
Sin embargo, las repercusiones de esta polarizada campaña han dejado profundas cicatrices en la estructura de otras colectividades políticas. El caso más dramático es, sin lugar a dudas, el del Partido Alianza Verde, que actualmente atraviesa por una crisis orgánica e institucional que parece no tener retorno. La fractura interna, gestada durante meses de ásperos enfrentamientos entre la facción que simpatiza abiertamente con las políticas del actual gobierno y aquellos sectores más críticos, ha escalado a niveles insostenibles. El punto crítico se alcanzó recientemente en torno a la figura del polémico senador JP Hernández. Tras fracasar en sus intentos legales por abandonar el partido sin perder su curul, la guerra intestina subió de nivel cuando el senador Fabián Díaz solicitó de manera formal la expulsión de Hernández ante el Consejo de Control Ético de la colectividad. Hernández, fiel a su estilo combativo, ha denunciado públicamente que el sector progresista del partido intenta sacarlo “por la puerta de atrás” como una venganza política. Todo este bochornoso espectáculo de divisiones ocurre precisamente como consecuencia de la controvertida decisión institucional del partido de adherirse formalmente a la campaña presidencial de Iván Cepeda, un movimiento que terminó dinamitando los pocos puentes de entendimiento que quedaban dentro del espectro del centro-izquierda.
Ante todo este complejo rompecabezas, los analistas políticos más experimentados intentan descifrar qué depara el futuro en esta última y decisiva semana de campaña. La realidad posterior a la primera vuelta ha obligado a ambas maquinarias electorales a salir de sus zonas de confort, aunque los desafíos son diametralmente distintos para cada una de ellas.
Por el lado de Iván Cepeda y el Pacto Histórico, la tarea es monumental: deben recortar un terreno adverso enfrentando dos gigantescas dificultades tácticas que han minado su credibilidad ante el votante moderado. En primer lugar, la campaña ha sufrido el desgaste de movimientos calificados por los expertos como erráticos y contraproducentes. La más notable de estas equivocaciones estratégicas estuvo relacionada con las prematuras e infundadas sospechas sobre un presunto fraude electoral durante la primera vuelta. Estas denuncias, impulsadas inicialmente por el mismo presidente Petro y secundadas por Cepeda en pleno furor del preconteo, cayeron en un profundo vacío cuando tanto la Registraduría como el Consejo Nacional Electoral oficializaron unos resultados transparentes, sin el más mínimo asomo de irregularidades. Esta actitud sembró dudas sobre el respeto de la campaña hacia la institucionalidad democrática.
El segundo gran tropiezo táctico del candidato izquierdista ha sido el pésimo manejo comunicacional frente al espinoso tema de una asamblea nacional constituyente. En un periodo de pocos días, la campaña emitió mensajes contradictorios: insinuando primero su necesidad, para luego retractarse precipitadamente ante el evidente pánico que esta figura constitucional genera en los mercados financieros y en la población general. Este vaivén discursivo, sumado al antecedente del actual presidente que prometió no convocarla para terminar haciéndolo, le ha restado la consistencia y la imagen de firmeza que todo candidato necesita proyectar en tiempos de crisis. A esto se le añade el monumental peso político de Gustavo Petro, quien ha actuado prácticamente como un animador incansable de su propia fuerza política. Si bien este respaldo activo fue útil en las etapas tempranas para asegurar a las bases más fieles, hoy en día se ha convertido en una sombra política extremadamente pesada y difícil de gestionar para Cepeda, quien se debate en el complejo dilema de tratar de capturar al esquivo votante de centro sin alienar a las bases radicales que exigen una postura beligerante frente a la derecha.
En la orilla contraria, el escenario de Abelardo de la Espriella parece gozar de un ambiente mucho más sereno, pero que esconde sus propios e invisibles peligros. Tras consolidar una victoria innegable en la primera vuelta, el candidato de Defensores de la Patria ha entrado en lo que los estrategas denominan “la etapa de la comodidad”. Los primeros indicadores y sondeos de opinión pública sugieren que la ventaja obtenida no solo se mantiene, sino que podría verse ampliada significativamente en la segunda vuelta. Gran parte del electorado indeciso y de los antiguos simpatizantes del centro moderado parecen estar inclinándose, en proporciones considerables, hacia la propuesta de orden y alivio económico liderada por De la Espriella y Restrepo.
No obstante, la soberbia suele ser el peor consejero en la política electoral. Los politólogos advierten de manera insistente que De la Espriella no puede darse el lujo de caer en la autocomplacencia. La historia reciente de Colombia está repleta de candidatos que, viéndose triunfadores en las encuestas, se relajaron en la recta final y perdieron el favor popular. El candidato de la derecha se enfrenta al enorme reto de mantener un vigor impresionante en sus discursos y recorridos, pero operando con la delicadeza de un cirujano para no cruzar la línea hacia la radicalización extrema. Exacerbar un discurso excesivamente punitivo o polarizador podría asustar inmediatamente a esos votantes de centro que, si bien hoy rechazan el continuismo de la izquierda, tampoco desean saltar hacia un proyecto que les resulte fundamentalista o intransigente.