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Hace 5 minutos: El triste final de Isabel Pantoja – Su hija lo confirma entre lágrimas

 

Alguna vez venerada como estandarte del arte andaluz, emblema de fortaleza y reflejo del triunfo forjado con sacrificio, Isabel Pantoja atraviesa en la actualidad uno de los pasajes más sombríos de su biografía. Alejada de sus hijos, apartada del hogar que alguna vez fue su refugio emocional y arrastrando el eco de antiguos escándalos, la célebre intérprete sevillana enfrenta una soledad tan profunda como implacable.

 ¿Es este el tributo inevitable de una vida consagrada a la fama? Desde la desgarradora muerte del hombre al que amó con devoción el torero Francisco Rivera Paquirri, hasta la vergüenza pública de su encarcelamiento durante el mediático caso Malaya, Pantoja ha soportado más de lo que muchos imaginarían posible. Y ahora, al borde de sus 70 años, la incertidumbre vuelve a planear sobre su figura, esta vez por motivos de salud.

 Una reciente y repentina hospitalización en Madrid ha encendido la alarma entre sus seguidores más fieles, quienes temen por su bienestar. ¿Cómo llegó una mujer que fue adorada por millones a encontrarse en una situación tan dolorosa? Para entender su presente, es imprescindible regresar al origen de su historia. Nos remontamos a su infancia en el barrio sevillano, donde nació, en el seno de una familia donde el arte no solo se respiraba, sino que se transmitía como legado.

 María Isabel Pantoja Martín vino al mundo el 2 de agosto de 1956, rodeada de talento flamenco. Su padre, Juan Pantoja, fue un respetado cantador de fandangos y su madre, Ana Martín, una bailadora que transmitió con gracia la pasión por el escenario. Isabel fue la segunda de cuatro hermanos, Bernardo, Juan, quien se haría guitarrista, y Agustín, que también se dedicaría al canto.

 Desde temprana edad, Isabel comenzó a destacar. A los 6 años ya zapateaba con soltura las bulerías en un grupo flamenco junto a su prima y a los siete debutó ante el público en el teatro San Fernando de Sevilla, acompañando a su padre. Esa experiencia marcó su destino. Decidida a forjarse un futuro en los escenarios.

 abandonó los estudios a los 14 años. Durante el verano de 1969 se trasladó a Palma de Mallorca para vivir con su abuelo paterno, el reconocido cantador Antonio Pantoja Jiménez, conocido artísticamente como Pipoño de Jerez. Fue él quien la introdujo de lleno en el mundo profesional del flamenco, integrándola en un grupo familiar que cultivaba su arte entre cantes y palmas.

Apenas un año más tarde fue contratada por el tablao El Embrujo, cercano a Sevilla, donde rápidamente se convirtió en la figura estelar gracias a su carisma y dominio escénico. Este paso la llevó a conocer a Juan Solano, compositor que pronto sería su mentor en la copla, y a Rafael de León, con quien también forjaría un vínculo artístico determinante.

 Así comenzó su trayectoria profesional. Primero de la mano de su primo Antonio Cortés, conocido como Chiquetete, y luego, con solo 17 años hizo las maletas para establecerse en Madrid. Junto a su madre, se instaló en una humilde pensión y, evocando el nombre de su padre logró un empleo en el corral de la Morería. Allí bailaba por un salario modesto de 500 pesetas diarias.

 Sin embargo, todo cambió cuando decidió cantar. Su paga se triplicó y su voz comenzó a abrirle caminos. Solano, impactado por su talento, la invitó a su academia y junto a Rafael de León comenzaron a construir sus primeros discos. obras como 22 de abril Tengo 1979, ALA Limón 1981 y Viva Triana 1982 marcaron los primeros hitos de una carrera en ascenso con coplas como el pájaro verde, Garlochí y el señorito que reavivaron el interés del público por el género.

 En medio de este ascenso profesional, Isabel vivió un golpe emocional, la pérdida de su padre a los 52 años. Lejos de derrumbarse, se volcó por completo en su carrera. En 1983 publicó Cambiar por ti, un disco clave donde incorporó tintes de pop y mostró su versatilidad artística. Fue precisamente en ese año cuando su vida personal también tomó un giro definitivo.

 La relación que la unió al torero Pakirri trascendió el ámbito privado y se convirtió en uno de los romances más icónicos del país, lo que en su momento fue enunciado como el enlace más esperado del panorama mediático español comenzaba a tomar forma en abril de 1983. La cantante Isabel Pantoja y el célebre matador Francisco Rivera, conocido como Paquirri, se preparaban para unir sus vidas en matrimonio.

 La ceremonia prevista para el día siguiente era ya todo un acontecimiento nacional. Para asegurarse de que cada detalle se desarrollara sin contratiempos, los novios organizaron un ensayo general con familiares, amigos cercanos y parte del equipo técnico durante los preparativos de aquel ensayo nupcial en plena iglesia. Cuando todo parecía estar bajo control y los organizadores afinaban las últimas instrucciones, una lámpara de gran tamaño se precipitó desde el techo, estrellándose contra el suelo con estrépito. El incidente, por fortuna, no

causó heridos, pero sí sembró un clima de desconcierto. Muchos de los presentes interpretaron aquel accidente como un mal augurio, una señal inquietante de lo que podría avecse. El ambiente, hasta entonces festivo, se tiñó brevemente de una tensión difícil de ignorar. Años antes de este suceso, Isabel Pantoja no mostraba simpatía alguna por el mundo taurino.

 En realidad, la tauromaquia le resultaba ajena, incluso tras haber conocido personalmente a figuras del toreo. Pero el destino, esa fuerza caprichosa que altera incluso los caminos más firmes, tenía otros planes. Fue el 26 de mayo de 1980 cuando, con cierta desgana y por compromiso, aceptó la invitación del torero José Mari Manzanares para asistir a una corrida.

Aquella tarde sería decisiva. En el momento exacto en que Francisco Rivera pisó la arena con su imponente traje de luces resplandeciente, la montera colocada con elegancia y el porte sobrio que lo caracterizaba, ocurrió algo que marcaría para siempre la vida de ambos. Al cruzarse sus miradas, Isabel sintió una corriente indescriptible recorrerle el cuerpo. Años después confesaría.

 No sabría cómo poner en palabras lo que sentí en ese momento, pero algo se encendió en mí. Fue como si nuestras almas se reconocieran. Al concluir la faena, cuando la joven cantante se disponía a retirarse discretamente del lugar, un fotógrafo amigo la convenció de que subiera a la habitación de hotel donde se hospedaba el torero para saludarlo.

 Al verla entrar, Paquirri la identificó al instante. “Tú eres Pantoja”, le dijo con una mezcla de sorpresa y admiración. “Isabel, si no te importa”, respondió ella con una sonrisa cálida y modesta. Durante los siguientes 12 meses, Pakirri no dejó pasar oportunidad para estar presente. Asistía a sus conciertos, enviaba flores, se hacía notar entre bastidores.

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