Ahora imagina que estás ciego, que una carta bomba te reventó la cara y te dejó viendo el mundo en blanco y negro con el 70% de la audición perdida y aún así, dentro [música] de tu cabeza sigues teniendo el mapa más caro de la historia criminal. Ese hombre existe, vive en Medellín, tiene casi 80 años y todavía hoy, tres décadas después de que su hermano cayera en aquella azotea de Los Olivos, hay periodistas, abogados y agentes federales que se preguntan lo mismo.
¿Cuánto sabe realmente Roberto Escobar Gaviria? Lo que vas a escuchar cambia por completo la versión oficial del cartel de Medellín, porque el verdadero arquitecto del imperio nunca fue Pablo. Pablo era el rostro, el que ponía bombas, el que aparecía en las portadas, pero el que llevaba las cuentas, el que sabía cuánto entraba cada semana, cuánto se gastaba en gomas elásticas para fajar billetes, cuánto se perdía cada año por las ratas que se comían el efectivo enterrado.
a él, su hermano mayor, el osito. Quédate hasta el final porque hay un dato sobre las caletas que ni la propia familia ha podido desmentir y vas a entender por qué hoy todavía hay entre 5,000 y 10,000 millones de dólares del cartel que oficialmente siguen desaparecidos. Y el único que podría decir dónde están sigue vivo.
Pero antes de meternos en el imperio del polvo blanco, tienes que entender una cosa que casi nadie cuenta sobre Roberto y es que su historia no empieza en un laboratorio clandestino ni en una pista aérea de la selva, empieza en una bicicleta. 13 de enero de 1947, Rí Negro, Antioquia. Una casa con una sola habitación y dos colchones donde duermen siete hermanos.
El padre Abel es un campesino seco y hermético que apenas habla. La madre Hermilda es maestra de escuela y la verdadera fuerza de la familia. Roberto, el primogénito, camina 4 horas cada día para llegar al colegio. A los 8 años vende hortilizas e higuerilla en una mesita al borde de la carretera y con los primeros ahorros se compra el objeto que va a definir toda su vida, una bicicleta.
Lo que viene después es el dato que casi nadie usa cuando habla de Roberto y es brutal porque Roberto no fue solo un ciclista, fue un ciclista de élite real, medalla de oro en los Juegos Bolivarianos de 1965 en Guayaquil. 37 victorias de etapa en un solo año. Segundo deportista del año de Antioquia, superado únicamente por el campeón mundial Martín Emilio Cochice Rodríguez.
Tres vueltas a Colombia, dos clásicos RCN, los Panamericanos de Chile en 1966. Y el apodo que después aparecería en expedientes judiciales y listas de la DEA se lo puso un periodista de radio por casualidad. Roberto venía punteando una etapa con lluvia torrencial sobre carretera destapada. Las llantas le tiraban tanto barro a la cara que se la dejaron tapada entera, salvo los ojos.
Y cuando cruzó la meta, el cronista gritó al aire, “¡Ahí llega Roberto Escobar Gaviria, que más bien parece un osito.” El mote pegó. Esa palabra terminaría décadas después firmando demandas contra Netflix, contra Elon Musk, contra Samsung y apareciendo en informes de inteligencia colombiana como el segundo en jerarquía del cartel más violento del siglo XX.
Pero hay una imagen que tienes que retener porque lo explica todo. Roberto con 10 años, su hermano Pablo de 8 sentado en el manubrio, subiendo en bicicleta el alto de Minas, un puerto de casi 2500 m para ver a Ramón Hoyos derrotar al italiano Fausto Copi. Ahí, en ese momento, Pablo Escobar se enamoró del ciclismo y 30 años después, ese amor por las bicicletas iba a costar miles de millones de dólares.
Cuando el cartel estaba en su máximo poder, los Escobar construyeron un velódromo privado en Medellín. Ciclistas profesionales internacionales cobraban fortunas por ir a correr ahí en circuito cerrado solo [música] para los dos hermanos. La transición tiene fecha, 1975. Roberto funda en Manizales una fábrica de marcos de bicicleta.
La llama Osito con doble T para sonar italiana y dar prestigio. Al principio es un negocio legal. Patrocina equipos, contrata al entrenador Rubén Darío Gómez, paga a corredores buenos. Pero hay un detalle que aparece en los archivos colombianos y que casi nadie destaca. En las camisetas de los corredores no se leía solo Bicicleta Sosito, se leía también Pablo Escobar. Renovación liberal.
Pablo estaba metiéndose en política y Roberto estaba usando el ciclismo para lavar la plata que ya empezaba a llegar de la bonanza marimbera, del contrabando de electrodomésticos y de algo que pocos cuentan. El robo de lápidas en los cementerios pequeños de Antioquia que después se revendían en pueblos lejanos. La fábrica era la fachada, el laboratorio era otra cosa.
Y aquí viene el primer giro grande, porque hay un sueño que Roberto persiguió y que terminó en bomba. 1981. Pablo pone dinero serio para que el equipo Osito sea el primer equipo colombiano en correr el Tour de Francia. Roberto quiere algo más, quiere ser presidente de la Federación Nacional de Ciclismo y se choca de frente con el mandam más del ciclismo colombiano, Miguel Ángel Bermúdez.
Mientras Roberto viaja a los mundiales de Bonara Kodak 110, Bermúdez consolida su poder y lo desplaza. La revancha llega un año después. 1982, una bomba explota en el auto de Bermúdez. Bermúdez sobrevive de milagro y los hermanos Escobardes aparecen para siempre del ciclismo público. Cierra el primer círculo.
El ciclismo, que había sido La Pasión, se convierte en el primer aviso oficial de en qué se iba a transformar el clan. Ahora bien, hay algo que necesitas entender antes de meternos en las cifras del imperio, porque es la clave de todo lo que viene. Y es que mientras Pablo era explosivo, mediático, político, profundamente megalómano, Roberto era exactamente lo contrario.
Silencioso, frío, metódico, calmado, con tendencia a pasar desapercibido. Y por eso, cuando el dinero empezó a llegar en cantidades que ya nadie en el mundo había visto antes, Pablo solo confiaba en una persona para contarlo. Porque hay una regla en este negocio que se cumple sin excepción. El que cuenta el dinero tiene más poder que el que lo gana. Y Pablo lo sabía.
Así que cuando te pregunten quién fue realmente Roberto Escobar, la respuesta corta es esta. Fue el jefe de finanzas oficial del cartel de Medellín. Así aparece en los expedientes judiciales colombianos. Pero la respuesta larga es mucho más oscura, porque entre 1987 y 1988, según fuentes de inteligencia, Roberto fue también jefe de sicarios.
El contador del cartel tuvo un periodo donde manejó directamente la maquinaria de los pistoleros. Él lo niega en su libro, pero el dato está y cambia por completo la idea del hermano tranquilo. Y ahora sí, vamos a las cifras. Porque lo que Roberto cuenta en su autobiografía publicada en 2009 con el escritor estadounidense David Fisher bajo el título The Accountant Story es de otro planeta.
Roberto y 10 contadores subordinados a él llevaban la contabilidad del imperio. 10 contadores trabajando bajo sus órdenes y solo dos personas en el mundo sabían exactamente dónde estaba almacenado todo el dinero y qué se compraba con él. Pablo y él, nadie más. Lo que se gastaban al mes en gomas elásticas solo para fajar los fajos de billetes era de $2,500 mensuales.
[música] Repito, $2,500 en gomas [música] cada mes, solo para sostener el peso del papel moneda. Cada año, según el cálculo del propio Roberto, perdían alrededor del 10% de la caja física, lo que ellos llamaban spoilage, deterioro. La palabra contable y limpia esconde una imagen mucho más grotesca.
Significaba que cada año alrededor de 2,000 millones de dólares en efectivo se pudrían enterrados en fincas, se mojaban con la humedad de los muros, se descomponían en sótanos o literalmente se los comían las ratas. 2000 millones comidos por roedores cada año. A finales de los 80, según la revista Forbs, Pablo era el séptimo hombre más rico del mundo.
Estimaban su fortuna en 6000 millones de dólares. Roberto sostiene que eran muchísimos más. Calcula que al momento de la muerte de Pablo, la fortuna total del clan rondaba los 30,000 millones de dólares. Lo que ajustado a hoy se acerca a los 70,000 millones. Toneladas de polvo blanco salían cada semana hacia Estados Unidos y Europa.
En su pico controlaban hasta el 80% del mercado norteamericano. La recaudación semanal llegó a estimarse en 420 millones dó por semana. Una recompensa pública de ,000 dólar pendía sobre la cabeza de los dos hermanos. ¿Y dónde se guardaba todo eso? Aquí es donde el relato se vuelve casi imposible de creer.
Compartimentos secretos detrás de paredes con doble fondo, búnqueres debajo de piscinas, caletas bajo baldosas de cocinas, almacenes enteros sin etiquetar, bancos cooperando, bodegas industriales. Compra arte para lavar plata. Dalí, Picasso, Velázquez, Miró, Botero. [música] Los cálculos hablan de más de 3,500 obras en posesión del clan y hay un dato visual que no se te puede borrar de la cabeza porque lo cuentan tres fuentes distintas, incluida la propia nieta del pintor Botero.
Cuando los hombres del cartel iban a buscar caletas viejas, lo primero que encontraban no eran fajos limpios, encontraban montones de billetes mordisqueados con olor a humedad y a animal y nidos de ratas hechos con [música] dólares. Las ratas literalmente parpaban entre el dinero. Si te estás preguntando cómo movían físicamente semejante cantidad de efectivo, la respuesta involucra una flota privada de aviones y helicópteros que Roberto administraba personalmente.
Pablo compró su primer avión antes de los 30 años. Para finales de los 80 tenían decenas de aeronaves. Una de esas avionetas estuvo durante décadas posada a la entrada de la hacienda Nápoles como un trofeo. Esa hacienda, por cierto, ocupaba 20 km², pista privada, lagos artificiales, dos museos de coches de colección dentro, una réplica de la moto de James Bond y un zoológico privado con hipopótamos, jirafas, elefantes, rinocerontes.
Lo que quizá no sabes es que los hipopótamos descendientes de aquel zoológico siguen vivos hoy, sueltos en el río Magdalena, convertidos en una plaga ecológica que el gobierno colombiano no ha logrado erradicar. Es el legado biológico literal de la gestión administrativa de Roberto sobre Nápoles.
Pero hay algo más y quizás sea el dato más raro de todo. La pregunta que cualquier persona normal se hace es, ¿existía un libro contable de verdad? Roberto anotaba las cosas en algún lado. La respuesta es ambigua y por eso es tan poderosa. Roberto afirma que él y sus 10 contadores llevaban registros internos cifrados, códigos alfanuméricos, claves, pero nunca se hizo público ningún libro contable oficial.
Lo único que sabemos con certeza es que existía al menos un código de identificación que él manejaba, conocido como Triple A. Porque años después, tras la muerte de Pablo, Roberto se lo entregó a su sobrino Juan Pablo, que entonces tenía 16 años, para que pudiera entrar a la embajada de Estados Unidos y reunirse con el jefe de la DEA en Colombia.
Y ese código triple A se convirtió después en una de las pruebas centrales que el propio Juan Pablo Escobar usa hoy públicamente para acusar a su tío de haber colaborado en secreto con la Agencia Antidrogas Norteamericana. Más adelante volvemos a esto porque es el detalle que parte a la familia para siempre. Antes de eso, déjame contarte algo que casi nadie sabe y que es probablemente la anécdota más loca del clan.
Hay un alias menos famoso de Roberto que solo aparece en transcripciones de interceptaciones telefónicas de la inteligencia colombiana de 1990. En una conversación grabada, un capo del cartel apodado Kaliche se refiere a Roberto no como Osito, sino como Samuel. Lo menciona como posible sucesor de Gustavo Gaviria Rivero, primo y socio de Pablo, el león, que acababa de ser eliminado el 11 de agosto de 1990 por el cuerpo élite.
Hasta entonces, Roberto manejaba un cartel relativamente pequeño en el eje cafetero. Después de la muerte de Gustavo, Pablo le dio una orden directa: trasladarse a Antioquia y asumir el control total de los embarques. Y en palabras de la inteligencia colombiana del manejo terrorista del cartel. Roberto el contador dejó de ser solo el contador.
Se convirtió en el segundo hombre del cartel más violento del planeta. Y aquí viene el primer punto de inflexión real de la historia, porque todo eso te lleva directo a una cárcel de lujo construida en la montaña, donde la historia del osito da un giro que ni la mejor ficción podría escribir. La catedral. Junio de 1991.

Una cárcel construida en terreno propio de los Escobar cerca de Envigado. Pablo se entrega bajo la promesa del gobierno colombiano de no extradición. Dos días después, Roberto también se entrega. Las paredes de la catedral eran de yeso, no de hormigón. Adentro había gimnasio, bar, mesas de Villar, cuadros importados, vista [música] panorámica de Medellín.
Era una cárcel de máxima comodidad, disfrazada de cárcel de máxima seguridad. Roberto convivió ahí 13 meses con los hombres más peligrosos del cartel. Popelle, Oto, Mugre, Tato, [música] El Mago, la Garra y Copor. Una lista de apodos que hoy parece sacada de una caricatura, pero que entonces eran responsables de centenares de homicidios.
El 22 de julio de 1992, entre las 2 y las 5 de la madrugada, Pablo y 10 hombres más se fugan. patearon un muro de yeso, aprovecharon la neblina y un apagón conocido en Medellín como la hora Gaviria. Y según el testimonio de un soldado, Pablo salió vestido de mujer con peluca. El narcotraficante más buscado del mundo escapó disfrazado mientras los demás se vestían de guardianes, campesinos y civiles bien vestidos. y Roberto.
Aquí hay un detalle que se reconstruye con las declaraciones de Nicolás Escobar, su propio hijo, dadas a un medio argentino. Durante toda esa noche, padre e hijo se comunicaron por teléfono en clave. Hablaban de cenas y desayunos. Cada frase era en realidad un punto de control superado. La última llamada se dio a las 4:30 de la madrugada.
La fuga era un éxito y mientras tanto, en la cocina de la abuela Ermilda se preparaba un sudado de pollo que los sicarios llevaron al punto de encuentro de los fugados. Roberto se separó de Pablo y aquí pasa algo que rara vez se cuenta. 79 días después de la fuga, el 8 de octubre de 1992, Roberto se vuelve a entregar a la justicia. Solo sin Pablo.
Pablo seguirá prófugo [música] durante 14 meses más hasta que lo abaten en una azotea el 2 de diciembre de 1993. Pero Roberto, el contador decidió que su lugar era la cárcel y esa decisión tomada en silencio le iba a costar muchísimo más caro de lo que él mismo se imaginaba. Porque 16 días después de la muerte de Pablo sucedió lo que vino a definir físicamente el resto de su vida.
La carta bomba. 17 o 18 de diciembre de 1993. Cárcel de máxima seguridad de Itagüí. 4:05 de la tarde, horario de visitas familiares. Roberto recibe un sobre de Manila, membrete oficial de la Procuraduría General de la Nación. Y aquí viene el detalle más cruel de toda la historia, porque Roberto meses antes había pedido formalmente que su correspondencia oficial no fuera sometida a revisión.
Así que el sobre con membrete de la Procuraduría no se revisó, lo abrió él mismo. Lo que vino después fue un artefacto sofisticado que detonó en su cara. Dos guardianes, Isidro Molina y William Torrado, resultaron heridos. Roberto recibió esquirlas en el ojo izquierdo y en el abdomen. Lo trasladaron a la clínica Las Vegas en el poblado y después al Hospital Militar.
Le quedaron secuelas que nunca abandonarían su cuerpo. Pérdida del 80% de la visión, pérdida del 70% de la audición, daño olfativo permanente. Roberto dice que desde aquel día solo puede ver el mundo en blanco y negro. La gran pregunta es, ¿quién mandó esa carta? Y aquí las pistas convergen en un nombre, los Pepes, perseguidos por Pablo Escobar, una organización paramilitar liderada por los hermanos Fidel y Carlos Castaño, con apoyo operativo del cartel de Cali y conexiones tácitas con el bloque de búsqueda del Estado
colombiano. Entre enero y diciembre de 1993, los PPS eliminaron a más de 300 personas vinculadas al cartel de Medellín. Abogados, contadores, familiares, sicarios pintaban la palabra pepes [música] sobre los cuerpos. La carta bomba a Roberto encaja exactamente en esa lógica de aniquilación posterior a Pablo.
Roberto demandó al Estado colombiano. En primera instancia ganó, pero el Consejo de Estado revocó la decisión con ponencia del magistrado Enrique Gilbotero, argumentando que la responsabilidad no era del IMPEC, sino del propio Roberto, porque había sido él quien había pedido que su correspondencia no fuera revisada. Perdió definitivamente esa batalla judicial.
no recibió un solo peso de indemnización, pero hay un momento dentro de esta historia que es probablemente el pivote secreto de toda la guerra familiar posterior y es la visita del sobrino al Hospital Militar. Inmediatamente después del atentado, Juan Pablo Escobar, de 16 años, fue a ver a su tío. Y según la propia versión de Juan Pablo, hoy conocido como Sebastián Marroquín, ahí fue donde Roberto le confesó que estaba en plena negociación con la DEA, que había gestiones para conseguirles visas estadounidenses y que necesitaban algo a
cambio, información, datos, nombres y muy probablemente dónde estaban guardados los millones que Pablo había dejado escondidos. Esa visita es el origen del conflicto que ha partido al clan Escobar durante más de 30 años y todavía no has visto lo más fuerte. Roberto sale de prisión, según las fuentes más fiables en 2003 o 2004, después de aproximadamente 11 años efectivos entre la catedral e Itagüí.
sale bajo libertad condicional con la prohibición expresa de salir de Colombia y lo primero que hace casi de inmediato es escribir. En 2009 publica con el escritor norteamericano David Fisher el libro The Accountant Story, La historia del contador, la frase con la que abre la autobiografía es probablemente la mejor línea de apertura de toda la literatura criminal del siglo XXI.
Tengo muchas cicatrices. Algunas son físicas, pero muchas más son cicatrices del alma. Una bomba enviada para eliminarme mientras estaba en una cárcel de máxima seguridad me ha dejado ciego, pero ahora veo [música] el mundo con más claridad que nunca antes. El libro fue un éxito comercial inmediato y un escándalo familiar simultáneo, porque ahí Roberto reveló, entre otras cosas, las cifras que ya te conté.
Los 10 contadores, las gomas elásticas, el 10% perdido cada año, pero también dejó caer una bomba política. Afirmó que Pablo había donado millón de dólares a la campaña electoral de Alberto Fujimori en Perú y que se había reunido con Vladimiro Montesinos personalmente en la Hacienda Nápoles. Esa afirmación, según Juan Pablo, fue una de las gotas que rebalsaron el vaso de la guerra familiar.
Nos sorprendió que mi tío participara en la publicación de esa información y que eso desencadenara la renuncia del presidente Fujimori”, declaró años después el hijo de Pablo. Hoy Juan Pablo, ya con su nuevo nombre, Sebastián Marroquín, vive en Buenos Aires, trabaja como arquitecto y da conferencias por todo el mundo.
Y siempre que puede repite cuatro acusaciones concretas contra su tío. primero que se quedó con 6 millones de dólares específicos que Pablo había dejado para los presos del cartel y para la viuda. Segundo, que pactó con la DEA. Tercero, que publicó el libro con información falsa a cambio de visas.
Y cuarto, que el código Triple A que él mismo recibió de su tío era la prueba más clara de que la colaboración con la Agencia Federal era real. Roberto, por su parte, ha defendido siempre su versión. Por favor, dijo en una entrevista a Caracol Radio que Nicolás no engañe a la gente y no diga mentiras. Es falso que aquí se encontró una caleta.
Hablaba de su propio hijo porque dentro de la guerra familiar también está su hijo Nicolás Escobar, que en 2006, un día después de la muerte de la abuela Ermilda, ordenó la exhumación del cadáver de Pablo y vendió las imágenes a televisión. se quedó con tres dientes del capo y un trozo de bigote, alegando que servirían como pruebas de ADN para futuros reclamos de paternidad de hijos no reconocidos.
Esa exumación autorizada por Nicolás abrió una guerra abierta contra Juan Pablo Escobar y contra la rama directa de Pablo. Pero hay un tercer testimonio, el de Alba Marina Escobar, la hermana que tiene su propia versión. Cuando una periodista de Infovae le preguntó en abril de 2025 si era cierto que había visto millones enterrados, ella respondió, “Ni dó Pablo no manejaba dinero en efectivo.
Sostuvo que el dinero se invirtió en la gente y se gastó en la guerra contra el Estado. Construyó un barrio y se enfrentó a una guerra contra Estados Unidos y los caleños. ¿Cuánto vale una guerra?” Sobre los hijos de Pablo dijo algo demoledor. No los considero mis sobrinos por lo mal que han hablado de Pablo, pese a lo bueno que él fue con ellos.
Roberto dice una cosa, Juan Pablo dice otra cosa completamente distinta. Alba Marina dice una tercera. Las tres versiones son irreconciliables y entre esas tres voces, perdidos en algún punto del paisaje rural de Antioquia, siguen estando, según los cálculos de los periodistas especializados, entre 5000 y 10,000 millones de dólares del cartel de Medellín que oficialmente nunca se recuperaron.
Lo más extraño de todo es que la historia de Roberto no termina con su salida de prisión. Empieza una segunda vida que es en muchos sentidos más rara que la primera. Y aquí entra en escena un sueco con un alias raro. 2014. Roberto se asocia con un empresario sueco llamado Olaf Kiros Gustavson alias Sir Olaf. Juntos reincorporan en California una empresa llamada Escobarink.
La idea es registrar los derechos de sucesor en interés sobre el nombre, la imagen y la marca de Pablo Escobar. En julio de 2015 consiguen el registro formal. Lo que viene después es una secuencia de movimientos empresariales que rozan lo absurdo, pero que ocurrieron de verdad y están [música] documentados en cortes federales. En 2016, Escobar Ink.
Netflix exigiendo 1000 millones de dólares por supuestas violaciones de propiedad intelectual cometidas por la serie Narcos. La frase exacta usada en la carta fue: “Si no recibimos el pago, cerraremos su pequeño espectáculo”. Un año después, en septiembre de 2017, en Temascalapa, México, eliminan a Carlos Muñoz Portal, un scout de locaciones que trabajaba para Netflix buscando puntos de rodaje.
Roberto se desmarcó del homicidio y declaró públicamente que Netflix necesitaba contratar pistoleros para tener seguridad. En enero de 2018, después de que Netflix lo desafiara legalmente, Escobar Ink abandonó silenciosamente la disputa. En enero de 2019, Roberto lanza un Go Fund Me pidiendo 50 millones de dólares para destituir al presidente Donald Trump.
La plataforma le retiró la campaña al día siguiente, en julio de 2019, empezó a vender un soplete de propano a 249, presentándolo como lanzallamas y acusó públicamente a Elon Musk y a The Boring Company de haberle robado la idea. La frase con la que justificó el producto fue digna de antología. Quiero que la gente pueda quemar dinero como Pablo y yo solíamos hacer.
pidió 100 millones de dólares en efectivo o en acciones de Tesla. Musk respondió con un tweet seco. “It’s not a flamethrower, Mr. Escobar. La demanda nunca se materializó formalmente y entonces vino el fraude más grande de todos. Diciembre de 2019, Escobar Inc. lanza el Escobar Fold 1, un teléfono plegable supuestamente revolucionario vendido a $50.
En realidad era un Royal Flexpy chino al que le habían cambiado el logo. En febrero de 2020 salió el Escobar Fall 2 a 499. En realidad era un Samsung Galaxy Fold con stickers dorados pegados encima del logo original. El periodista de tecnología Marquez Brownley lo expuso en YouTube en junio de 2020 y a partir de ahí empezó la caída.
Los clientes pagaban y nunca recibían el teléfono. Recibían un libro de Pablo Escobar o un certificado de propiedad impreso con su número de tracking para que PayPal y Stripe rechazaran las disputas. [música] Solo unos pocos influencers tecnológicos recibieron unidades funcionales [música] justamente para mantener la ilusión de que el producto existía.
Según los documentos federales presentados en Los Ángeles, Escobar Ink. 500 y 600 personas. En diciembre de 2023, Olaf Gustavson, el CEO, fue arrestado en Marbella. En marzo de 2025 lo extraditaron a Los Ángeles bajo una acusación federal de 115 cargos. Conspiración para fraude electrónico, conspiración para lavado.
41 cargos de lavado interno, 35 cargos de lavado internacional. En julio de 2025 se declaró culpable de seis de esos cargos. acordó pagar $, 300,000 en restitución. La sentencia estaba programada para diciembre de 2025 en una corte de los Ángeles. Y la pregunta legítima que cualquiera se hace es, ¿qué papel tuvo Roberto en todo esto? aparecía firmando los comunicados de prensa.
Salía en los videos promocionales. Su nombre era la marca, pero el cerebro operativo del esquema fue el sueco. Roberto, ya con 80 años cumplidos, ciego del 80% de un ojo, casi sordo, sostiene que él fue un rostro y poco más. La justicia estadounidense parece haber aceptado esa versión, al menos por ahora. Hay todavía dos historias más que tienes que conocer porque cierran el círculo del personaje.
La primera es del año 2008. Roberto convocó una rueda de prensa con Telemedellín y declaró mirando a cámara que había descubierto la cura y la vacuna contra el sida. Dijo haber estado investigando desde los años 80. Buscó contactar a la administración de Barack Obama para financiar una clínica en Medellín.
Su frase fue, “Ya puedes decirle al mundo que durante un tiempo ninguno de los pacientes que utiliza el medicamento ha muerto se negó a revelar la fórmula alegando que tramitaba una patente. Nunca presentó evidencia científica, nunca registró el medicamento, nunca apareció clínica alguna. La comunidad médica internacional lo ignoró.
Pero el dato existe. El hermano de Pablo Escobar en 2008 anunció al mundo que había curado el sida. La segunda historia es la del museo. Después de salir de prisión, Roberto convirtió una de las casas de la familia en el barrio Las Palmas del poblado en un museo dedicado a Pablo. Cobraba 120,000 pesos colombianos por entrada, aproximadamente $30 por persona. Recibió a miles de turistas.
Había vehículos blindados con impactos de bala, motos, la avioneta histórica de Nápoles, caletas físicas donde los visitantes podían meterse, el poncho original de Pablo, la foto célebre del capo con su hijo frente a la Casa Blanca, mesas con doble fondo, los carteles de Se busca millones de dólares.
Roberto firmaba autógrafos, posaba con turistas, cobraba dólares en efectivo. En 2018, la alcaldía de Medellín lo cerró por primera vez. En 2019 fue clausurado de manera definitiva. En julio de 2023, Roberto demolió personalmente otra casa museo antes de que llegaran las autoridades. Y en marzo de 2024, la Sociedad de Activos Especiales y la Policía cerraron la última casa museo principal y confiscaron todos los objetos.
La propiedad estaba evaluada en 3,0000ó. En enero de 2025, la SAAE ejecutó desalojo sobre dos propiedades adicionales en Caldas por más de $200,000. Hoy en mayo de 2026, Roberto Escobar Gaviria sigue vivo. Tiene 79 años. Vive en Medellín bajo libertad condicional, sin posibilidad de abandonar Colombia. Su hija Laura mantiene un museo familiar competidor del que él gestionaba.
Su hijo Nicolás está enfrentado a su sobrino Juan Pablo en la guerra pública por las Caletas. Su socio, Olof Gustavson, espera sentencia en una corte de California y él, según declaraciones a periodistas locales, dice vivir con lo justo y necesario. Lo que nadie ha podido contestar nunca, ni los abogados federales, ni los periodistas, ni los propios miembros del clan, es la pregunta original, la que da título a su libro y a esta historia.
¿Cuánto sabe en verdad, Roberto, sobre dónde está el dinero que falta? Porque entre lo confiscado, lo subastado, lo decomizado por el Estado colombiano y lo recuperado en Argentina por la causa contra la viuda María Isabel Santos, todavía faltan miles de millones que oficialmente nunca aparecieron. Hay fincas en Antioquia donde se siguen encontrando caletas.
aparecen cada cierto tiempo, pequeñas, pudridas, pero aparecen. Y el único hombre vivo que llevó la contabilidad real del imperio, el único que tuvo bajo su mando a los 10 contadores subordinados, el único que pasó 79 días en libertad después de fugarse y luego decidió entregarse solo, sigue ahí, en Medellín, casi ciego, casi sordo, pero todavía hablando.
Y hay una frase suya escrita en la primera página de su libro que cobra otro sentido cuando entiendes toda la historia. Dice que la bomba lo dejó ciego, pero que ahora ve el mundo con más claridad que nunca. ¿Qué será exactamente lo que ve? ¿Qué será lo que sabe y no ha querido decir? ¿En qué finca? ¿En qué pared con doble fondo? Debajo de qué piscina vieja sigue habiendo dólares mordisqueados por ratas esperando que alguien los encuentre.
¿Tú crees que un hombre que llevó cuentas tan precisas, capaz de calcular al peso cuánto se gastaba en gomas elásticas, puede haber olvidado de verdad dónde dejó 30,000 millones de dólares? Déjame tu opinión en los comentarios. Amos.