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el Hombre que sabía donde estaba TODO el DINERO de Pablo Escobar

Imagina por un momento que eres el único hombre en el mundo que sabe dónde están escondidos 30,000 millones de dólares. No miles, 30,000 millones. Escondidos en paredes con doble fondo, debajo de piscinas, enterrados en fincas perdidas de Antioquia, metidos en cajas de seguridad de bancos cuyos nombres ya nadie recuerda.

Ahora imagina que estás ciego, que una carta bomba te reventó la cara y te dejó viendo el mundo en blanco y negro con el 70% de la audición perdida y aún así, dentro [música] de tu cabeza sigues teniendo el mapa más caro de la historia criminal. Ese hombre existe, vive en Medellín, tiene casi 80 años y todavía hoy, tres décadas después de que su hermano cayera en aquella azotea de Los Olivos, hay periodistas, abogados y agentes federales que se preguntan lo mismo.

¿Cuánto sabe realmente Roberto Escobar Gaviria? Lo que vas a escuchar cambia por completo la versión oficial del cartel de Medellín, porque el verdadero arquitecto del imperio nunca fue Pablo. Pablo era el rostro, el que ponía bombas, el que aparecía en las portadas, pero el que llevaba las cuentas, el que sabía cuánto entraba cada semana, cuánto se gastaba en gomas elásticas para fajar billetes, cuánto se perdía cada año por las ratas que se comían el efectivo enterrado.

a él, su hermano mayor, el osito. Quédate hasta el final porque hay un dato sobre las caletas que ni la propia familia ha podido desmentir y vas a entender por qué hoy todavía hay entre 5,000 y 10,000 millones de dólares del cartel que oficialmente siguen desaparecidos. Y el único que podría decir dónde están sigue vivo.

Pero antes de meternos en el imperio del polvo blanco, tienes que entender una cosa que casi nadie cuenta sobre Roberto y es que su historia no empieza en un laboratorio clandestino ni en una pista aérea de la selva, empieza en una bicicleta. 13 de enero de 1947, Rí Negro, Antioquia. Una casa con una sola habitación y dos colchones donde duermen siete hermanos.

El padre Abel es un campesino seco y hermético que apenas habla. La madre Hermilda es maestra de escuela y la verdadera fuerza de la familia. Roberto, el primogénito, camina 4 horas cada día para llegar al colegio. A los 8 años vende hortilizas e higuerilla en una mesita al borde de la carretera y con los primeros ahorros se compra el objeto que va a definir toda su vida, una bicicleta.

Lo que viene después es el dato que casi nadie usa cuando habla de Roberto y es brutal porque Roberto no fue solo un ciclista, fue un ciclista de élite real, medalla de oro en los Juegos Bolivarianos de 1965 en Guayaquil. 37 victorias de etapa en un solo año. Segundo deportista del año de Antioquia, superado únicamente por el campeón mundial Martín Emilio Cochice Rodríguez.

Tres vueltas a Colombia, dos clásicos RCN, los Panamericanos de Chile en 1966. Y el apodo que después aparecería en expedientes judiciales y listas de la DEA se lo puso un periodista de radio por casualidad. Roberto venía punteando una etapa con lluvia torrencial sobre carretera destapada. Las llantas le tiraban tanto barro a la cara que se la dejaron tapada entera, salvo los ojos.

Y cuando cruzó la meta, el cronista gritó al aire, “¡Ahí llega Roberto Escobar Gaviria, que más bien parece un osito.” El mote pegó. Esa palabra terminaría décadas después firmando demandas contra Netflix, contra Elon Musk, contra Samsung y apareciendo en informes de inteligencia colombiana como el segundo en jerarquía del cartel más violento del siglo XX.

Pero hay una imagen que tienes que retener porque lo explica todo. Roberto con 10 años, su hermano Pablo de 8 sentado en el manubrio, subiendo en bicicleta el alto de Minas, un puerto de casi 2500 m para ver a Ramón Hoyos derrotar al italiano Fausto Copi. Ahí, en ese momento, Pablo Escobar se enamoró del ciclismo y 30 años después, ese amor por las bicicletas iba a costar miles de millones de dólares.

Cuando el cartel estaba en su máximo poder, los Escobar construyeron un velódromo privado en Medellín. Ciclistas profesionales internacionales cobraban fortunas por ir a correr ahí en circuito cerrado solo [música] para los dos hermanos. La transición tiene fecha, 1975. Roberto funda en Manizales una fábrica de marcos de bicicleta.

La llama Osito con doble T para sonar italiana y dar prestigio. Al principio es un negocio legal. Patrocina equipos, contrata al entrenador Rubén Darío Gómez, paga a corredores buenos. Pero hay un detalle que aparece en los archivos colombianos y que casi nadie destaca. En las camisetas de los corredores no se leía solo Bicicleta Sosito, se leía también Pablo Escobar. Renovación liberal.

Pablo estaba metiéndose en política y Roberto estaba usando el ciclismo para lavar la plata que ya empezaba a llegar de la bonanza marimbera, del contrabando de electrodomésticos y de algo que pocos cuentan. El robo de lápidas en los cementerios pequeños de Antioquia que después se revendían en pueblos lejanos. La fábrica era la fachada, el laboratorio era otra cosa.

Y aquí viene el primer giro grande, porque hay un sueño que Roberto persiguió y que terminó en bomba. 1981. Pablo pone dinero serio para que el equipo Osito sea el primer equipo colombiano en correr el Tour de Francia. Roberto quiere algo más, quiere ser presidente de la Federación Nacional de Ciclismo y se choca de frente con el mandam más del ciclismo colombiano, Miguel Ángel Bermúdez.

Mientras Roberto viaja a los mundiales de Bonara Kodak 110, Bermúdez consolida su poder y lo desplaza. La revancha llega un año después. 1982, una bomba explota en el auto de Bermúdez. Bermúdez sobrevive de milagro y los hermanos Escobardes aparecen para siempre del ciclismo público. Cierra el primer círculo.

El ciclismo, que había sido La Pasión, se convierte en el primer aviso oficial de en qué se iba a transformar el clan. Ahora bien, hay algo que necesitas entender antes de meternos en las cifras del imperio, porque es la clave de todo lo que viene. Y es que mientras Pablo era explosivo, mediático, político, profundamente megalómano, Roberto era exactamente lo contrario.

Silencioso, frío, metódico, calmado, con tendencia a pasar desapercibido. Y por eso, cuando el dinero empezó a llegar en cantidades que ya nadie en el mundo había visto antes, Pablo solo confiaba en una persona para contarlo. Porque hay una regla en este negocio que se cumple sin excepción. El que cuenta el dinero tiene más poder que el que lo gana. Y Pablo lo sabía.

Así que cuando te pregunten quién fue realmente Roberto Escobar, la respuesta corta es esta. Fue el jefe de finanzas oficial del cartel de Medellín. Así aparece en los expedientes judiciales colombianos. Pero la respuesta larga es mucho más oscura, porque entre 1987 y 1988, según fuentes de inteligencia, Roberto fue también jefe de sicarios.

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