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 CREÍA QUE MÉXICO ERA UN PAÍS ATRASADO… HASTA QUE CONOCIÓ A DOÑA LUPITA

 CREÍA QUE MÉXICO ERA UN PAÍS ATRASADO… HASTA QUE CONOCIÓ A DOÑA LUPITA

Moscú. Noviembre. La temperatura exterior marca -15º. En el séptimo piso de la residencia estudiantil de la Universidad Estatal de Moscú, donde cada ladrillo está impregnado con siglos de historia académica, una joven de 23 años está sentada frente a la ventana mirando la ciudad cubierta de blanco.

 Su nombre es Anastasia Volcova. Si revisaras su expediente, encontrarías un currículum tan perfecto que casi resulta frío. Graduada con honores en sociología, domina tres idiomas. Ha presentado investigaciones en conferencias internacionales en San Petersburgo, Berlín y Viena. Familia de intelectuales, padre profesor de física, madre cirujana en uno de los hospitales más prestigiosos de Moscú.

 Creció en un mundo donde la excelencia no era una meta, sino la expectativa mínima. Anastasia sabe cómo analizar una sociedad a través de números. Puede recitar de memoria el P y B de cualquier país. Puede explicar la desigualdad con ecuaciones matemáticas sofisticadas. Ella creía, no. Ella estaba absolutamente segura de que el desarrollo de un país se mide por su tasa de pobreza, su nivel educativo y el grado de orden en su sociedad.

 Pero hay algo que 23 años de educación en Moscú jamás le enseñaron, que hay cosas en este mundo que no se pueden medir con estadísticas. Esta es la historia de un viaje de 14 días cruzando 12 usos horarios desde la ciudad más fría de Europa hasta la tierra más cálida de Norteamérica. Un viaje en el que al partir los estudiantes en aquel avión creían que iban a estudiar una cultura subdesarrollada.

Pero al regresar descubrieron que eran ellos quienes necesitaban ser. Iluminados. Esta es una historia real sobre un abrazo, sobre un mole, sobre una anciana sin estudios, pero más sabia que cualquier libro, y sobre el momento en que una joven rusa, que había dedicado toda su vida a perseguir la perfección entendió por primera vez lo que significa vivir entre Moscú y México, cuando el corazón aprende a latir diferente.

 Para entender la transformación, primero hay que entender de dónde venían. La Universidad Estatal de Moscú, la MGU, no es simplemente una escuela, es una institución. Fundada en 1755 ha sido cuna de las mentes más brillantes de Rusia a lo largo de los siglos. Su edificio principal se eleva a 36 pisos sobre la colina de los gorriones, como un monumento al intelecto, frío, imponente y sin espacio para la debilidad.

 Anastasia entraba al auditorio cada mañana con la precisión de un reloj suizo. A las 7:45 se sentaba. A las 7:50 abría su cuaderno de notas. A las 8:00 en punto entraba el profesor y el auditorio caía en un silencio absoluto. Nadie hablaba, nadie preguntaba sin permiso. La distancia entre profesor y estudiante era tan clara como una frontera en un mapa infranqueable.

 Para Anastasia eso era orden y el orden era civilización. Creció en un departamento amplio en el barrio de Arbat, uno de los más exclusivos de Moscú. Cada miembro de la familia tenía su propia habitación. La cena era a las 7:00 en punto, a veces en silencio, cada quien absorto en sus propios pensamientos o con el teléfono en la mano. Su padre leía el periódico.

Su madre revisaba correos del hospital. Anastasia abrazaba su libro de Dostoyevski o analizaba datos para su tesis. Se querían, claro, a la manera rusa, en el respeto por la distancia, en el silencio entendido, en los asentimientos de cabeza que sustituían los abrazos. Cuando llegaban visitas, su madre servía té y unas cuantas galletas en un plato.

 Conversación cortés, distancia respetuosa y nunca demasiado larga. abrazos. Solo cuando se reencontraban con familiares después de años. Besos en la mejilla, quizá en Año Nuevo, con Desconocidos. Jamás. Absolutamente jamás. No era frialdad, era respeto. Al menos eso es lo que Anastasia siempre creyó. Y entonces, una mañana de marzo, su profesor tutor la llamó a su oficina.

 Anastasia, la facultad acaba de recibir un lugar de intercambio académico con la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM. El programa dura dos semanas. Tú encabezarás un grupo de cinco estudiantes. El tema estructura familiar y valores sociales en la sociedad mexicana contemporánea. Anastasia recibió un expediente de 300 páginas.

 Lo leyó completo en dos noches. México, población 130 millones. PIB per cápita equivalente a una cuarta parte del de Rusia. Tasa de graduación universitaria 23%. Contra 54% en Rusia. Índice de desarrollo humano medio. En el margen escribió con bolígrafo rojo la letra pulcra y afilada. País en vías de desarrollo, múltiples desafíos estructurales.

 Se requiere observación objetiva. Observación objetiva. Como si se preparara para estudiar una tribu lejana bajo el microscopio. El grupo de Anastasia lo conformaban cinco personas. Además de ella estaba Katia, de 25 años, especialista en relaciones internacionales con un futuro prometedor en la diplomacia. Siempre vestida de traje negro y con una voz tan uniforme que parecía leer informes de las Naciones Unidas. Natasa, de 22.

 Genio de las matemáticas, capaz de resolver ecuaciones diferenciales de memoria, pero incapaz de iniciar una conversación con un desconocido sin un guion preparado. Elena, de 24, estudiante de medicina, apasionada de la alta tecnología en diagnóstico, convencida de que todos los problemas de la humanidad podían resolverse con datos.

 Y por último, Dimitri, de 26, estudiante de posgrado en economía, el único del grupo que había viajado varias veces al extranjero, pero siempre alojándose en hoteles de cinco estrellas, sin poner jamás un pie en la casa de un habitante local. Cinco personas, cinco mentes brillantes y una creencia compartida que iban a un lugar inferior al que dejaban atrás.

 En el avión, Anastasia miraba por la ventanilla. Bajo ella, la nieve blanca de Rusia iba desapareciendo, cediendo paso al azul profundo del océano. Abrió su laptop y repasó el cuestionario que había diseñado previamente. 32 preguntas estructuradas según la metodología de investigación cualitativa más rigurosa. No sabía que ninguna de esas preguntas la prepararía para lo que estaba por suceder.

 14 horas de vuelo, 12 usos horarios de diferencia. Y la distancia entre dos culturas, esa no podía medirse con ninguna unidad conocida. Aeropuerto Benito Juárez, Ciudad de México. Si el aeropuerto Sheremetiebo de Moscú fuera una pieza de música clásica, solemne, precisa, cada nota en su lugar, entonces el aeropuerto de Ciudad de México sería un concierto callejero donde todos son músicos y nadie necesita partitura.

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