oro puro. Entre 1973 y 1978 grabaron algunos de los capítulos más icónicos del Chavo del Ocho y el Chapulín. Esa fue la verdadera época dorada. El ritmo era quirúrgico, cada personaje tenía su espacio. El humor, aunque simple, estaba coreografiado con precisión. Todo tenía estructura, hasta el caos.
¿Cómo han inventado ustedes esta? ¿Es tuyo el personaje de Kiko o es un trabajo de Todo gracias a Chespirito, todo gracias a él? Roberto aquí es el genio parecido. Él es el genio. Él escribe el programa, él lo dirige, él es dueño de todos los personajes, todo. Y para nosotros ponemos nuestro granito de arena, pero con mucho cariño. Y aunque públicamente el reconocimiento era para Chespirito, en la interna el respeto hacia Segoviano era total.
Lo veían como el tipo que hacía que lo imposible sucediera, el que metía en pantalla una historia completa en 20 minutos, sin errores, sin repetir 1000 veces, el que transformaba la pobreza de recursos en estética propia. Pero en ese equilibrio silencioso había algo que nunca terminó de estar claro. ¿Cuánto era idea de uno y cuánto ejecución del otro? El 60% es éxito de Enrique Segovierno.
Él era el director del programa. Nadie nos salíamos de cuadro. en down, en un team dop. El éxito del programa, él lo llevaba prácticamente masticado para que el público únicamente lo decluyera, porque Segoviano no solo dirigía, también opinaba, sugería, editaba, cortaba, armaba. Sus decisiones no eran técnicas, eran narrativas. Cuando corregía una toma, muchas veces estaba reescribiendo el guion y aunque nunca firmó como coautor, su mano estaba en cada escena y ahí empezaba a aparecer la grieta.
Chespirito era brillante, sí, pero también era dueño de una marca y las marcas tarde o temprano necesitan control total. Segoviano, en cambio, era el tipo que no buscaba fama ni cámara, pero tampoco aceptaba ser un peón. Enrique no era un asistente, era un par, un socio creativo, aunque en los créditos solo dijera dirección. Y cuando dos genios chocan incluso en silencio, el equilibrio se tensa.
En el ambiente, algunos ya lo sentían. El respeto seguía, pero la dinámica empezaba a cambiar. Chespirito quería más control, más centralidad, más yo. Segoviano, fiel a su estilo, no lo discutía, pero tampoco bajaba la cabeza tan fácil. Era cuestión de tiempo y el tiempo en televisión siempre cobra caro. En los sets de televisión todo parece armado para la ficción, pero a veces lo más fuerte no pasa frente a cámara, pasa entre escena y escena en los pasillos, en los camarines o en un gesto fuera de libreto que nadie vio o que todos
fingieron no ver. Florinda Mesa llegó al elenco de Chespí como una actriz joven, carismática, con una belleza elegante y una presencia que no pasaba desapercibida. no tardó en volverse parte esencial del universo creativo. Y no solo como actriz, entre bambalinas, quien primero se fijó en ella fue Enrique Segoviano.
La relación fue real, concreta, no fue un rumor, fue su pareja formal. Incluso Florinda lo dijo años más tarde sin vueltas. Pasó hace muchos años y voy a hablar de alguien que si lo hubiera hecho no me habría equivocado. Es un gran hombre, es muy buen hombre y es muy talentoso. Yo no escojo tarujos. Se trata de Enrique Segovia. Pero mientras esa relación crecía, otra atención empezaba a gestarse.
Roberto Gómez Bolaños, por entonces casado con hijos, empezó a cortejar a Florinda discretamente. Lo que empezó como química profesional terminó en otra cosa. Y lo que para muchos parecía parte del show terminó rompiendo el equilibrio detrás del show. Celos, traición, desgaste. No hubo un escándalo público, no hubo gritos ni portazos, pero lo que sí hubo fue incomodidad y en televisión la incomodidad se paga caro.
Algunos testigos de la época dijeron que el ambiente se volvió pesado, que la confianza entre Chespirito y Segoviano se agrietó, que ya no fluían igual las decisiones, que había gestos, silencios, roces que no estaban antes. Florinda, por su parte, fue clara. Roberto insistió y ella eventualmente se dió. fue el principio de una relación que se transformaría en matrimonio, pero que para Enrique significó algo más profundo, el fin de una era.
Porque cuando estás trabajando 12 horas al día con alguien compartiendo ideas, presiones, decisiones que te saque a tu pareja, no es solo algo personal, es algo estructural. Te cambia el vínculo, te borra del lugar donde estabas y aunque no hubo una pelea directa, la dirección compartida se volvió insostenible.
Chespirito no lo dijo nunca, pero todos lo vieron. Empezó a absorber el control total. Quiso dirigir, quiso editar, quiso decidir todo y Enrique sin hacer escándalo entendió el mensaje. El show debía continuar, pero sin él. El Chavo. Dirección General, Roberto Gómez Bolaños. No hubo una conferencia de prensa, no hubo un comunicado oficial, tampoco un homenaje ni un gracias por todo, simplemente Enrique Segoviano dejó de aparecer en los créditos.
Un día, como si nada, la voz del locutor ya no decía su nombre y nadie en el programa explicó por qué. Afuera el público no lo notó de inmediato. El chavo seguía, el chapulín seguía, los personajes estaban. Pero algo en el ritmo cambió. Las tomas eran más simples, el montaje más lineal, la magia técnica de los efectos, esa que hacía que todo pareciera un dibujo animado en vivo, empezó a desvanecerse.
En los pasillos de Televisa la versión que corría era clara. Chespirito lo había desplazado tal vez por celos, tal vez por control, tal vez por amor, pero oficialmente no se dijo nada. En la serie Sin querer queriendo estrenada en 2025, por fin se muestra lo que durante décadas fue solo un susurro entre técnicos y actores, la tensión emocional, la ruptura de confianza y el momento en que Bolaños dejó de ver a Segoviano como socio y empezó a verlo como un problema.
No fue un despido, no hubo una reunión, fue una exclusión progresiva, casi quúica y eso lo hace más fuerte todavía porque no fue una pelea con gritos, fue algo mucho peor. El silencio de quien ya no te quiere ahí. Roberto Gómez Bolaños tomó el control total de sus programas, se convirtió en guionista, protagonista y director.
Todo pasaba por él y nadie más. Florinda Mesa, ya consolidada como su pareja y figura central, lo acompañó en esa transformación, lo respaldó, lo validó y el resto del equipo, por miedo, por respeto o por pragmatismo, guardó silencio. Nadie lo corrió. Sí, fue mi novio y fue mi novio formal y es alguien de quien me enorgullezco.
Es un gran hombre, pero no no lo corrió. Él se fue del programa. Roberto jamás habría hecho eso y menos con Enrique Segoviano. Y Enrique fiel a su estilo también se cayó. No salió a hablar, no armó escándalo, no reclamó cámaras ni justicia, simplemente se fue, pero no se fue derrotado, se fue con una idea clara.
No me quieren acá, pero todavía tengo mucho por hacer. Y lo que hizo después fue monumental. Cuando alguien se va en silencio, uno suele pensar que desapareció, que se rindió, que no supo reinventarse. Pero Enrique Segoviano no era de esos. Después de su salida del universo Chespirito en 1978, muchos pensaron que había quedado congelado en ese rol de director del Chavo, pero lo que hizo fue exactamente lo contrario.

Se reinventó por completo y dejó una huella tan profunda como la que había dejado en la vecindad. Su primer gran paso fue en 1979, dirigiendo nada menos que El Chanfle, la película escrita por el propio Bolaños. Irónicamente fue su forma de cerrar el ciclo, dirigir una historia del hombre que lo había desplazado, pero con su propia mirada, su propia estética, su propio ritmo.
Fue un éxito de taquilla y segoviano volvió a demostrar que sabía cómo contar historias y cómo hacerlas funcionar. Pero lo que vino después fue incluso más poderoso, porque Enrique eligió el camino que nadie esperaba, el de la televisión infantil educativa. Ahí nació su obra maestra Odisea Burbujas, un programa con estética de fantasía, personajes coloridos y un objetivo muy claro, enseñar ciencia, ecología y valores a través del entretenimiento.
El profesor Memelovski, pistachón zigzag, mafafa, musguito, mimoso ratón, un elenco de criaturas que sin levantar la voz marcaron a toda una generación de chicos en México y América Latina. Y sí, otra vez Segoviano estaba detrás de todo. Diseñaba los sets, coordinaba la narrativa, afinaba el humor, cuidaba los detalles, no delegaba nada.
Era televisión con propósito, con pedagogía, pero con ritmo, color y emoción. Y apenas terminó esa etapa, lanzó El Tesoro del saber, otro programa que mezclaba historia, cultura y aventuras. Más tarde vendrían Anabel, Te veo, Espacio en Blanco, todo el mundo cree que sabe. Durante los 80 y 90, Enrique Segoviano se convirtió en uno de los productores más influyentes de la TV mexicana, sin escándalos, sin prensa, sin necesidad de colgarse de lo que había hecho con Bolaños.
Su legado educativo fue además un homenaje silencioso a su propia historia. Sus padres habían sido maestros, exiliados, obsesionados con la formación y él, sin pretenderlo, continúa esa vocación desde otro lugar. convirtió el set en un aula, la cámara en una lupa y la pantalla en una puerta para que los pibes se acercaran a la ciencia sin miedo.
Mientras otros corrían detrás del escándalo o el rating fácil, Segoviano seguía trabajando en segundo plano. No buscó portadas, no buscó venganza, buscó dejar algo que valiera la pena y eso lo logró. A principios de los 80, Televisa era un monstruo imparable. tenía dinero, estudios, audiencias cautivas y el control casi absoluto del entretenimiento en México.
Pero también tenía algo que no se compraba fácil, a Enrique Segoviano. Y no lo tenía por completo, porque para ese entonces Enrique ya no era el director del Chavo. Era el productor estrella que todos querían en sus filas, pero que elegía con pinzas en qué meterse. Había demostrado que podía dirigir telenovelas como Te amo o sí, mi amor, sin perder su sello.
que podía pasar del humor blanco al drama romántico sin traicionar su estilo y sobre todo que sabía cómo hablarle al pueblo sin subestimarlo. En una época donde la televisión se llenaba de gritos, clichés y fórmulas baratas, Segoviano apostaba por lo contrario, narrativas claras, personajes entrañables, ritmo justo y factura impecable.
No se trataba de hacer tele para niños o tele para señoras. Se trataba de hacer tele bien hecha y eso tenía un precio porque cuando lo llamaban para proyectos que no le convencían, decía que no. Cuando le ofrecían cosas masivas pero mediocres también. No necesitaba estar en todos lados ni aparecer en las revistas, solo necesitaba sentir que lo que hacía valía la pena.
En 1997 volvió a romperla con Atínale al precio, la versión mexicana de The Price is right, conducida por Marco Antonio Regil. Y otra vez lo hizo a su manera. Formato internacional, pero adaptado con chispa local. Nada de copiar y pegar, todo cuidado al detalle. Producción limpia, ritmo televisivo impecable y conexión real con el público.
Después vinieron 100 mexicanos. Dijeron y todo el mundo cree que sabe. Dos programas de concursos que fueron furor en los 2000. Y en todos, todos, segoviano repetía la misma fórmula. Conductores carismáticos, estructura de juego simple, participación real de la gente y un lenguaje accesible. No hacía programas para ganar premios, hacía programas para que la gente los disfrutara sin sentirse estúpida.
Y lo más impactante es que en él detrás de escena seguía igual que siempre, serio, puntual, metódico, humilde, no se rodeaba de aduladores, no pedía trato especial, pero su sola presencia imponía respeto. Era el tipo que entraba a un estudio y todos sabían que ahí se iba a trabajar y que iba a salir bien. Mientras otros se desesperaban por subir al tren del espectáculo, Segoviano armó su propia vía y la manejó con total libertad.
A esta altura uno podría pensar que Enrique Segoviano sería una figura celebrada, homenajeada, rodeada de reconocimientos y agradecimientos eternos. Pero no, nunca fue portada de revista, nunca fue entrevistado como icono, nunca fue invitado a un homenaje de Televisa y sin embargo ahí está en la historia, en la memoria colectiva, en la intro de cada capítulo que vimos mil veces.
Dirección Enrique Segoviano, breve, sutil, pero imborrable. Lo más curioso y lo más injusto es que su ausencia no es casual. No es que se haya ocultado, es que nunca lo invitaron, nunca lo reconocieron, nunca lo buscaron. Ni en los aniversarios del Chavo del Ocho, ni en los tributos a Chespirito, ni en los ciclos que repasaban la era dorada de la televisión mexicana.
Y Enrique tampoco fue de salir a pedirlo. No escribió libros, no dio notas contando su verdad, no se sentó en sillones a recordar viejas glorias. No se vendió como leyenda, simplemente trabajó. Su vida personal sigue siendo un misterio. No hay escándalos, no hay conflictos familiares, no hay peleas mediáticas, hay silencio y trabajo, mucho trabajo.
Quizás porque entendió que la fama no se persigue, o quizás porque después de lo que vivió en la era chespirito decidió no exponerse nunca más. Sea como sea, el resultado es el mismo. Una figura clave de la historia de la televisión invisibilizada por el propio medio que lo usó, lo exprimió y después lo borró de los créditos.
Y eso, más allá del perfil bajo o la modestia es un dato político. Porque si alguien como Segoviano no entra en el panteón oficial de la industria, entonces, ¿quién es? Porque no hizo escándalos, porque no tuvo romances mediáticos, porque no fue figura en pantalla o simplemente porque no era parte del club.
Mientras se celebraban los premios, los egos y los personajes que supieron venderse mejor, él seguía trabajando detrás del monitor, cuidando planos, cortando escenas, puliendo detalles que nadie notaba. pero que hacían la diferencia y tal vez ahí esté la paradoja de Enrique Segoviano. Nunca fue invisible, solo que nadie quiso mirar.
En junio de 2025, HBO, Max y Televisa estrenaron una bomba que venía cocinándose en silencio. Chespirito, sin querer queriendo, la serie biográfica que prometía contar la vida de Roberto Gómez Bolaños como nunca antes se había contado. Y sí, por primera vez Enrique Segoviano aparecía como personaje durante décadas fue un nombre de fondo, una firma muda en los créditos, pero en la serie finalmente lo vemos en carne y hueso, joven, meticuloso, creativo, obsesionado con los detalles y completamente fundamental en la construcción del universo Chespirito. No
muestran como lo que fue el director original del Chavo del Ocho, el encargado de los efectos, de la puesta en escena, del ritmo, de la atmósfera y también sin disimulos como el primer gran amor de Florinda Mesa. Es la primera vez que una producción de esa magnitud pone sobre la mesa el triángulo real, segoviano, Florinda, bolaños, el vínculo profesional, el vínculo emocional, la traición silenciosa, el desplazamiento sin explicaciones.
Pero es un acto de justicia o una forma de lavarse las manos, porque aunque la serie lo visibiliza, también lo limita, lo encierra en el papel de el que fue desplazado. Le da espacio, pero no protagonismo. Lo humaniza, pero no lo reivindica. No hay una reflexión profunda sobre su rol creativo, no se analiza cómo cambió la estética del programa tras su salida y por supuesto no hay un solo guiño a lo que hizo después.
Ni Odicia Burbujas, ni El tesoro del saber, ni los concursos que rompieron el rating, nada. Parece que para ellos Segoviano solo existió mientras fue útil al mito de Chespirito y eso duele. Dio tristeza sobre todo ver a alguien que considero como un papá en la televisión para mí Enrique Segoviano, que lo conocí y que aparte él nunca nos contó esa historia.
Él siempre habló con mucho respeto de Chespirito y de Florinda Mesa. Nunca contaba historia. Él hablaba con mucho cariño del Chavo Chapulín y lo que siempre nos contaba es que como a nivel profesional le dolió enormemente y fue muy injusto que lo corrieran de ahí porque es una oportunidad perdida. Una vez más, el relato queda centrado en el ego del protagonista, en la figura que vendía más, en la marca que todavía genera nostalgia.
Segoviano aparece pero en los márgenes. Y quizás eso sea lo más simbólico de todo, incluso en su momento de reconocimiento oficial sigue siendo el personaje que se mueve entre sombras, aunque esta vez por lo menos lo enfocaron. Cuando pensamos en el Chavo del Ocho nos vienen 1000 imágenes a la cabeza.
El barril, la torta de jamón, Don Ramón corriendo, el Chapulín diciendo, “No contaban con mi astucia.” Pero hay algo que no se ve y sin embargo está en todos lados. La forma en que se mueve la cámara, la duración exacta de una pausa antes del chiste, el encuadre en el momento justo, la luz, el ritmo, el efecto y ahí siempre ahí estaba Enrique Segoviano.
No fue solo el director del programa más famoso de la región, fue un inventor, un educador, un productor que nunca necesitó figurar para dejar huella. Lejos del ruido, construyó mundos. Le habló a chicos, a familias, a generaciones enteras sin levantar la voz. Hizo televisión con inteligencia, con ética y con respeto. Y lo más impresionante es que nunca pidió nada a cambio, ni homenajes, ni venganza, ni aplausos.
solo siguió creando y creando y creando hasta volverse eso que pocos logran ser en esta industria indispensable, sin hacer escándalo. Quizás por eso hoy todavía incomoda, porque hay quienes no saben cómo lidiar con alguien que fue grande sin deberle su grandeza a nadie. Y si esta data suculenta te hizo ver las cosas desde otro ángulo, no te olvides de darle duro, pero bien duro, al botón de like, suscribirte al canal y activar la campanita para que YouTube te avise cada vez que tiramos una ración de data.
Soy Juanito se esto fue Data suculenta y nos vemos la próxima. Paz.
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