Posted in

Así Derrocharon su Fortuna los Narcos más Ricos

 

Imagina esto. Estás en la montaña, la temperatura ha caído en picado, el viento corta como un cuchillo y tu hija de 6 años tiembla sin poder parar. No hay leña, no hay mantas, no hay nada que puedas quemar, excepto lo que llevas metido en varias bolsas de plástico, millones de dólares en efectivo. Y entonces, sin dudarlo un segundo, empiezas a arrancar billetes y a acercarlos a la llama.

 Uno, otro, otro más. Las llamas se vuelven verdosas al consumir la tinta. El calor va llenando aquel rincón de sierra y la niña poco a poco deja de tiritar. Esa imagen no pertenece a ninguna película, no la escribió ningún guionista. Ocurrió de verdad. Y el hombre que prendió aquella hoguera con dinero perdía en condiciones normales más de 2000 millones de dólares al año, simplemente porque las ratas se comían los billetes que enterraba en el suelo.

 Hoy vas a conocer como los hombres más ricos que ha parido el crimen organizado en toda la historia del continente americano gastaron, escondieron, derrocharon y perdieron las fortunas más obscenas que ha visto este planeta. Capos que construyeron zoológicos privados con hipopótamos traídos de África, narcotraficantes que compraron islas enteras en el Caribe.

Hombres que llenaron las paredes de sus casas con fajos de billetes porque no encontraban otro sitio donde meterlos. Y uno, solo uno, que llegó a un nivel de excentricidad tan perturbador que ni siquiera Hollywood, con todos sus recursos y toda su imaginación ha osado recrearlo por completo.

 Quédate hasta el final. Esto es mucho más que dinero. Esto es el retrato más brutal que existe del poder absoluto y de lo que le ocurre a quienes lo alcanzan. Para entender el delirio, hay que entender primero los números. Y los números, en este caso, no son cifras normales, son cifras que el cerebro humano no está diseñado para procesar con naturalidad.

 Pablo Escobar Gaviria, en el pico máximo de su carrera criminal ingresaba 420 millones de dólares a la semana, no al mes, no al año, a la semana. Su organización movía aproximadamente 15 toneladas de cocaína al día, una cantidad que generaba un flujo de caja tan brutal, tan desproporcionado respecto a cualquier referencia conocida que la revista Forbes lo incluyó durante 7 años consecutivos en su lista de los hombres más ricos del mundo, 7 años seguidos.

 Su fortuna total, según las distintas fuentes consultadas a lo largo de las décadas, oscilaba entre los 3,000 y los 30,000 millones de dólares, dependiendo de a quién se le preguntara y cuándo. Pero aquí empieza lo verdaderamente extraordinario, porque tener tanto dinero, contra toda lógica, se convertía en un problema logístico de dimensiones épicas.

 Su propio hermano, Roberto Escobar, lo confesó con una precisión casi contable en el libro que publicó años después de la caída del cartel. Cada año la organización asumía como pérdida natural, como si fuera simplemente el coste operativo de cualquier empresa legítima, alrededor de 2,100 millones de dólares. No era robo, no era traición de ningún socio, era humedad, eran ratas.

 Era el simple hecho de que cuando entierras dinero en papel debajo de la tierra, la tierra se lo come. Enterraban el efectivo en caletas construidas a toda prisa, en paredes falsas, debajo de baldosas, en sótanos secretos repartidos por toda la geografía antioqueña. Los mapas de aquellos escondites se perdían. Los hombres que los conocían morían en emboscadas o eran capturados.

 La humedad hacía el resto. Roberto llegó a establecer una política interna con la frialdad de un director financiero de una multinacional. 16 millones de dólares al mes, como mínimo, era el coste oficial asumido por deterioro causado por roedores y humedad. Algunos cálculos internos elevaban esa cifra hasta los 42 millones mensuales, solo atribuibles a las ratas.

 Para sujetar los fajos de billetes antes de meterlos en las caletas, la organización gastaba más de $2,500 al mes exclusivamente en gomas elásticas. $2,500 en gomas elásticas cada mes. Eso por sí solo ya debería darte la medida exacta de la escala a la que operaba todo aquello. Pero el dinero que se pudría bajo tierra era apenas la parte de la historia que nadie elegía contar en las fiestas.

 Lo verdaderamente fascinante es lo que hacía Escobar con el dinero cuando sí podía gastarlo. Y para eso hay que hablar de la Hacienda Nápoles. 3,000 hectáreas en pleno Magdalena medio colombiano. Una extensión de tierra que en cualquier otro contexto podría ser un municipio entero con sus propias carreteras, sus propias leyes y su propia economía.

 Pero la Hacienda Nápoles no era un municipio. Era la fantasía de un hombre que nunca había aprendido a desear en pequeño y que disponía de los recursos para materializar cualquier capricho antes de que terminara el día. Juan Pablo Escobar, el hijo del capo, lo describió con una precisión casi quirúrgica en sus memorias y en sus entrevistas posteriores.

 27 lagos artificiales excavados y llenados expresamente dentro de la propiedad. 100,000 árboles frutales plantados en formaciones que convertían partes de la finca en algo parecido a un jardín botánico privado. La pista de motocross más grande de toda América Latina. un parque de figuras de dinosaurios a escala real, algunas construidas con fragmentos de huesos auténticos para que los niños pudieran trepar por ellas con la sensación de que tocaban algo genuino.

 Dos elipuertos, una pista de aterrizaje de más de 1000 m con gasolinera propia y taller mecánico para mantener en funcionamiento la flota de aviones y motocicletas. 10 casas distribuidas estratégicamente por el terreno, cada una con sus propias instalaciones y su propio personal. Y los zoológicos, no uno, tres zoológicos diferentes dentro de la misma propiedad, con un catálogo de fauna que habría puesto en evidencia a muchos parques zoológicos municipales de América Latina.

 Jirafas, elefantes, cebras, dromedarios, avestruces, hipopótamos traídos expresamente del continente africano, canguros, loros amazónicos de las especies más raras, en torno a 100 especies exóticas conviviendo dentro de aquella finca, mantenidas por un ejército de 17 empleados dedicados exclusivamente a su cuidado. Había también como pieza de museo personal un Chevrolet del año 1934.

con los costados agujereados a balazos de forma deliberada para imitar el aspecto del automóvil en el que ejecutaron a Bonnie Parker y Clyde Barrow. Escobar sentía una admiración casi enfermiza por Alcapone, el gangster italoamericano que había dominado Chicago durante la era de la prohibición.

Read More