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PEDRO INFANTE y SILVIA PINAL: El AMOR SECRETO que NUNCA CONTARON

 

A los 18 años tuvo su primera hija con una novia a la que no pudo darle su apellido porque la vida se movía demasiado rápido para él. A los 27 años se casó con una mujer 10 años mayor que lo había rescatado de la nada y le fue infiel desde el primer año de fama. A los 28 años inició una relación paralela con una bailarina de 14 años que no sabía que él era un hombre casado.

A los 35 años se casó por segunda vez sin haberse divorciado de la primera y a los 37 años conoció en un set de fine a la única mujer que no se dejó conquistar, la única que lo hizo esperar. La única que con su indiferencia consiguió que el hombre más amado de México sintiera por primera vez en su vida lo que era querer algo que no podía tener.

Hoy tiene 39 años y lleva 69 años muerto. Su nombre completo era Pedro Infante Cruz y el mundo lo conoció como el ídolo de México, el ídolo de Huamuchil, el inmortal. Y la historia que tuvo con Silvia Pinal Hidalgo, ese amor que los dos negaron en público con la misma energía con que lo vivieron en privado, es la historia que la época de oro del cine mexicano nunca terminó de contar.

Esta es la investigación que la industria prefirió enterrar bajo el mito. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambiarán todo lo que creías saber sobre Pedro y Silvia. Primero, lo que Pedro Infante hizo con el coche de Silvia Pinal en junio de 1955 durante el rodaje de El inocente en los estudios Churubusco.

 Y lo que ese gesto de niño travieso de 37 años revela sobre lo que realmente sentía por ella. Una historia que Silvia contó en su autobiografía Esta Soy yo, publicada por editorial por Rua en el año 2015, pero que nadie interpretó correctamente. Segundo, la confesión que Silvia Pinal dejó registrada en ese mismo libro y que describe con una precisión perfecta a un hombre enamorado.

Las horas que Pedro pasaba en la sala de la abuela esperando a una mujer que deliberadamente se iba de fiesta para no tener que enfrentarlo. El nombre del restaurante, el nombre de la calle, el nombre de la amiga con quien se escondía, todo está en el libro y nadie lo había leído como lo que era. Tercero, la declaración que el propio Pedro Infante dio en una entrevista de televisión de aquella época recuperada en archivos de vídeo donde contó sin rubor y sonriendo que él y Silvia habían repetido una misma escena 29 veces

durante el rodaje, no porque saliera mal, sino porque los dos lo habían planeado así. Y cuarto, la verdad sobre por qué Pedro Infante subió al avión X-K el martes 15 de abril de 1957 a las 7 de la mañana en el aeropuerto internacional de Mérida, Yucatán. La razón que desencadenó todo, la razón que lo puso en ese avión ese día, la razón que ningún obituario de la época explicó con claridad.

Te voy a avisar cuando llegue cada una de estas revelaciones. Si te vas antes del final, te pierdes la cuarta. Y la cuarta es la que explica por qué este amor nunca tuvo oportunidad desde el principio. No porque Pedro no quisiera, no porque Silvia no sintiera nada, sino porque hay amores que nacen ya condenados por el peso de todo lo que sus protagonistas construyeron antes de encontrarse.

Pero antes de hablar del día en que Pedro murió, necesitas entender quiénes eran estas dos personas antes de encontrarse. Porque las personas no llegan al amor en blanco, llegan cargando todo lo que ya fueron. Y Pedro Infante llegaba cargando mucho. Hay un México que ya no existe y que este tipo de historia necesita que recuerdes.

 Un México sin televisión en la mayoría de los hogares. Un México donde el cine era el único lujo compartido, donde los domingos las familias enteras se formaban afuera del cine desde las 10 de la mañana para ver la misma película que habían visto el domingo anterior, donde las estrellas de la pantalla grande eran lo más cercano que la gente tenía a los dioses, porque los dioses, al menos, aparecían en la iglesia una vez a la semana.

 Hiero, las estrellas aparecían cada vez que comprabas un boleto de 5 pesos y te metías a oscuras a un lugar que olía a palomitas y a agua de Jamaica. En ese México nació Pedro Infante Cruz el 18 de noviembre de 1917 en Mazatlán, Sinaloa. No en Guamuchil como el apodo que la fama le asignó después en Mazatlán, en una familia de músicos de barrio.

 Su padre se llamaba Delfino Infante García. tocaba el contrabajo en una banda. Su madre se llamaba María del Refugio Cruz Aranda y Pedro Cruz, que así era como lo llamaban en casa, fue el tercero de 15 hijos. 15 hijos en una casa de Sinaloa de principios del siglo XX, 15 bocas, 15 pares de zapatos que remendar y un padre que ganaba lo que ganaba un músico de barrio en aquella época, que no era mucho y que a veces no era nada.

PEDRO INFANTE y SILVIA PINAL: El AMOR SECRETO que NUNCA CONTARON

Desde los 8 años, Pedro ya ayudaba. Fue mandadero en una tienda de abarrotes del barrio. Aprendió carpintería con un hombre llamado Jerónimo Bustillos. Aprendió peluquería con otro llamado José María Román. Y al mismo tiempo, en las noches, en los mismos lugares donde su padre tocaba, Pedro escuchaba y repetía, porque la música no se aprendía en libros en esa época.

 Se aprendía escuchando, se aprendía imitando, se aprendía parándote frente a alguien y dejando salir lo que llevabas adentro. Imagina eso. un muchacho de ocho, de 10, de 12 años, parado en la esquina de una cantina de Mazatlán, escuchando a hombres borrachos pedir canciones de amor mientras su padre tocaba el contrabajo, aprendiendo que la música era el lenguaje que cruzaba todos los muros, que un hombre que cantaba bien podía detener una pelea, podía hacer llorar a alguien que llevaba 30 años sin llorar, podía convertir una noche ordinaria en

algo que valía la pena recordar. Lo que Pedro Infante aprendió en esas cantinas fue algo que ninguna escuela podría haberle enseñado, que el arte no es decoración, que el arte es poder y que ese poder, una vez que lo tienes, te cambia para siempre. Guarda este detalle, porque lo que Pedro Infante aprendió de niño en las cantinas de Mazatlán es exactamente lo que lo hizo irresistible 20 años después.

Y es también lo que lo destruyó, porque el mismo hombre que sabía llenar un cuarto con su voz también era el mismo que nunca aprendió a quedarse quieto, que siempre necesitaba otro cuarto, otro público, otra conquista. Para el año 1937, Pedro tenía 19 años y vivía ya en Huamuchil, Sinaloa.

 Tocaba en orquestas locales, cantaba donde lo dejaran cantar y soñaba con algo más grande. Fue en Huamuchil, donde conoció a María Luisa León Rosas. Ella tenía 29 años, 10 años más que él. Era una mujer de posición de una familia con recursos que vio en ese muchacho flaco, sonriente y lleno de energía algo que los demás todavía no veían, el futuro.

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