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“VENDEDORA DE FLORES JUSTICIERA” De ACAPULCO: Ana Ríos ENV3N3NÓ a 13 miembros del CJNG por acoso

La madrugada del sábado 11 de noviembre, 13 hombres fueron encontrados muertos en un local abandonado de la colonia Progreso en Acapulco. Todos pertenecían al cártel Jalisco Nueva Generación. Todos murieron envenenados. La responsable era una mujer de 43 años, una vendedora de flores llamada Ana Ríos.

Ana nunca imaginó que terminaría así, rodeada de 13 cadáveres con las manos manchadas de muerte. Pero cuando vio al primero caer, algo dentro de ella no sintió miedo, sintió alivio. Y eso fue lo más aterrador de todo, porque lo que Ana hizo no fue un acto de locura, fue supervivencia meticulosamente calculada. Y cuando escuches cómo lo planeó, paso a paso, detalle por detalle, entenderás por qué nunca tuvo otra opción.

Ana Ríos llevaba vendiendo flores en el crucero de la costera Miguel Alemán desde hacía 17 años. Cada mañana salía de su casa a las 5 de la madrugada, antes de que el sol apareciera sobre el horizonte del océano. Cargaba tres cubetas pesadas con rosas, gladiolas y claveles que le dejaban marcas en las palmas. Se paraba en la misma esquina frente al Oxo, donde los turistas rara vez se detenían.

Ganaba entre 100 y 200 pesos al  día en los buenos días. En los malos apenas 50 pesos que no le alcanzaban para nada. le alcanzaba justo para la renta de su pequeña casa, para la luz y el gas, que cada vez subían más de precio, para comer frijoles y tortillas, nada más que eso. Vivía completamente sola desde que su esposo murió 6 años atrás de un infarto fulminante.

Un día estaba ahí con ella viendo televisión. Al día siguiente ya no estaba, se había ido para siempre. Sus dos hijas ya estaban casadas y vivían lejos de Acapulco. Una en Chilpancingo con su esposo albañil y la otra en Cuernavaca con tres hijos pequeños. Ana no las molestaba con sus problemas del día a día.

Ellas tenían sus propias vidas que atender, sus propios hijos que alimentar con mucho esfuerzo, sus propias luchas diarias para sobrevivir. Y Ana había aprendido a arreglárselas completamente  sola durante todos esos años. Pero lo que estaba por llegar no era algo que pudiera arreglarse sola. Y cuando finalmente entendió eso con total claridad, ya era demasiado tarde para huir de la ciudad.

Acapulco ya no tenía caminos de escape. Fue un martes de julio cuando los vio por primera vez llegando. Un día normal y caluroso, como todos en Acapulco durante el verano. 13 hombres llegaron en tres camionetas negras con vidrios completamente polarizados, rines cromados que brillaban bajo el sol inclemente, placas de Jalisco que indicaban de dónde venían realmente.

Se estacionaron justo frente a su puesto de flores, como si supieran dónde ir. Ana sintió un escalofrío recorrerle toda la espalda inmediatamente. En Acapulco, cuando ves camionetas así, bajas la mirada rápidamente. No preguntas nada, no miras directamente, no te involucras. Solo esperas en silencio que se vayan lo más pronto posible.

Pero no se fueron como Ana esperaba. Bajaron de las camionetas riendo a carcajadas, hablando alto para que todos los escucharan, con esa confianza que solo tienen quienes saben que nadie los va a tocar. El más joven de todos se acercó directamente a Ana. No tendría más de 25 años de edad. Tenía tatuajes que le cubrían completamente todo el cuello.

Una calavera grande, una Virgen de Guadalupe colorida, una cicatriz gruesa sobre la ceja derecha que le cruzaba el rostro. Le preguntó cuánto costaba un ramo de flores con voz grave. Ana  le respondió con voz temblorosa que 20 pesos el ramo. Él sonrió  mostrando un diente de oro que brillaba. sacó un billete de 50 del bolsillo de su pantalón, se lo entregó, agarró el ramo más grande y se fue caminando sin esperar el cambio de los 30 pesos.

Ana pensó que había tenido mucha suerte ese día, que eran narcos generosos de esos que a veces aparecen, de esos que te dejan buena propina sin esperar nada a cambio. Guardó el billete en su delantal con manos que temblaban ligeramente y siguió con su día como si nada extraño hubiera pasado. Pero Ana no sabía que ese billete de 50 pesos no era un regalo. Era el comienzo de algo malo.

Al guardarlo, ya había sido elegida. Y aunque no lo sabía todavía, ya no había vuelta atrás. Al día siguiente volvieron exactamente a la misma hora. 9 de la mañana en punto, como si tuvieran cita. Las mismas tres camionetas negras estacionándose frente a ella. Los mismos 13 hombres bajando ruidosamente.

Esta vez compraron más flores, tres ramos diferentes y grandes. Pagaron con un billete de 100 pes. Le dijeron que se quedara con todo el cambio. Ana les agradeció efusivamente con una sonrisa nerviosa. Pensó que tal vez tendría suerte toda la semana entera, que tal vez Dios finalmente la estaba ayudando un poco. Pero cuando se fueron en sus camionetas negras, uno de los hombres la miró fijamente por el espejo retrovisor de la camioneta la observaba.

Una mirada larga, insistente, penetrante e incómoda. Y Ana sintió un escalofrío que no supo explicar en ese momento, una sensación de peligro que no podía definir con palabras. El miércoles volvieron otra vez sin falta. El jueves también llegaron a la misma hora. El viernes, el sábado, el domingo, todos los días sin excepción durante semanas, siempre a la misma hora como si fuera su rutina.

Ya no solo compraban flores como simple pretexto, se quedaban cada vez más tiempo junto a ella, le hablaban, le hacían preguntas cada vez más personales. ¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes exactamente? ¿Vives sola o con alguien? ¿Tienes marido?  ¿Tienes hijos? Ana respondía lo mínimo posible con monosílabos.

Trataba de no mirarlos directamente a los ojos. Mantenía la cabeza baja como le habían enseñado. Pero ellos no se iban rápido como ella esperaba. Se quedaban ahí parados, recargados en sus camionetas lujosas, fumando cigarros que olían fuerte,  bebiendo refrescos que compraban en el oxo de la esquina, mirándola constantemente con ojos que la desnudaban, cuchiche entre ellos y riéndose de cosas que ella no escuchaba, siempre mirándola, siempre observándola, siempre acechándola.

Y Ana empezó a entender algo que no la dejó dormir esa noche. Ellos no venían por las flores, venían por ella. La primera semana de agosto fue cuando todo cambió definitivamente, cuando el juego se volvió mucho más peligroso para ella. Ya no solo le hablaban de forma aparentemente amistosa, comenzaron a tocarla sin su permiso.

Uno de ellos, al que los otros llamaban el chino, le agarró el brazo con fuerza. Le dijo que tenía manos muy bonitas y suaves, manos delicadas que no deberían estar sucias de tierra todo el día. Ana intentó soltarse con delicadeza sin ofenderlo, pero él apretó más fuerte todavía lastimándola. Le dijo que no fuera tan tímida, que solo era amable.

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