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Un hombre sin dinero, sin traje y sin libertad enfrentó a quienes lo despreciaban; cuando dijo “la historia nos juzgará”, hasta sus enemigos entendieron que algo había cambiado

En una sala de justicia, bajo la mirada de un sistema que criminalizaba la pobreza, un juez se atrevió a llamar a José Mujica “campesino ignorante”. Lo que el magistrado no esperaba era que aquellas palabras, lanzadas con desprecio, recibirían una respuesta capaz de sacudir los cimientos de su propia existencia. Corría el año 1971 en Uruguay, tiempos de represión en los que la dignidad era un lujo que pocos podían permitirse. Lo que Mujica respondió aquel día no solo dejó sin palabras a un juez poderoso, sino que plantó una semilla de reflexión que, años después, transformaría a toda una nación.

El sol se filtraba tímidamente por las ventanas del Palacio de Justicia de Montevideo aquella mañana de junio de 1971. Era un invierno uruguayo que calaba los huesos, pero que no era nada comparado con el frío institucional que se respiraba en aquellos tiempos convulsos. Uruguay, otrora llamada la Suiza de América, se encontraba a las puertas de uno de los periodos más oscuros de su historia reciente.

En el estrado, el juez Ernesto Villegas ajustaba su toga con parsimonia. A sus años, representaba el orden establecido, la continuidad de un sistema que comenzaba a mostrar grietas evidentes. Su rostro, marcado por décadas de jurisprudencia conservadora, reflejaba la seguridad de quien nunca ha tenido que cuestionar su posición en el mundo. Las arrugas alrededor de sus ojos no eran producto de la risa, sino del perpetuo gesto de desaprobación hacia todo lo que consideraba subversivo.

El pequeño reloj de pared marcaba las 9:30 cuando los guardias condujeron al acusado a la sala. José Mujica, entonces un joven de 36 años, entró con las manos esposadas, pero con la frente alta. Vestía una camisa sencilla, desgastada, pero limpia, y unos pantalones de trabajo que habían conocido mejores días. Su aspecto contrastaba drásticamente con las elegantes vestimentas de los abogados y funcionarios judiciales que poblaban la sala.

—Expediente 2471. José Alberto Mujica Cordano, acusado de sedición y asociación para delinquir —anunció el secretario con voz monótona.

El murmullo en la sala se intensificó. No era un juicio cualquiera. Mujica ya era conocido como uno de los líderes del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, organización que había pasado a la clandestinidad en su lucha contra lo que consideraban un gobierno cada vez más autoritario y desconectado de las necesidades del pueblo.

—Que conste en acta que el acusado se presenta en condiciones deplorables de higiene —señaló el juez Villegas, mirando a Mujica con un desprecio apenas disimulado.

La abogada defensora, Laura Quinteros, una joven letrada que apenas llevaba 3 años ejerciendo, se puso de pie inmediatamente.

—Señoría, mi defendido ha permanecido en condiciones de aislamiento durante las últimas dos semanas. No se le ha permitido ducharse ni cambiarse de ropa. Solicito que conste en acta que cualquier deficiencia en su presentación es responsabilidad del sistema penitenciario.

El juez Villegas hizo un gesto displicente con la mano.

—Proceda con el interrogatorio fiscal.

Ricardo Hernández, fiscal de mediana edad y con evidentes ambiciones políticas, se acercó al estrado. Sus trajes, siempre impecables, y su retórica pulida le habían ganado entre sus colegas el apodo de “el profesor”.

—Señor Mujica, ¿niega usted su participación en los actos de sabotaje ocurridos el pasado 15 de mayo en las instalaciones de la compañía eléctrica?

Mujica miró directamente al fiscal. Sus ojos profundos y serenos contrastaban con la imagen del guerrillero violento que los medios oficiales habían construido.

—Lo que niego, señor fiscal, es que sea sabotaje luchar por un país donde los ancianos no mueran de frío porque no pueden pagar la luz.

Un murmullo recorrió la sala. En las gradas, María Ester Gilio, periodista conocida por su trabajo en Marcha, tomaba notas frenéticamente. Sabía que estaba presenciando algo que valía la pena documentar.

—No estamos aquí para escuchar su propaganda política —interrumpió el juez Villegas—. Limítese a responder las preguntas con un sí o un no.

—La verdad no cabe en un sí o un no, señor juez —respondió Mujica con calma—. Si me permite explicar…

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