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Tres hombres intentaron llevarse a la niña que sabía demasiado, pero antes de que pudiera pedir ayuda, las motos aparecieron disparando y ella entendió que su libertad ya tenía dueño

La niña que salvó una vida sin saber el precio

El aire húmedo de Medellín olía a gasolina quemada, fritanga y miedo. Era una tarde de octubre de 1992, y Esperanza Morales, una niña de apenas 12 años, caminaba descalza por las calles agrietadas del barrio La Macarena con una caja de madera colgada al brazo.

Dentro llevaba chicles, caramelos de menta y un trapo viejo para limpiar zapatos. Era todo su negocio, toda su esperanza y casi toda su vida.

—¡Chicles, caramelos! ¡Le limpio los zapatos, patrón!

Su voz delgada se perdía entre los buses, los vendedores y las motos que cruzaban como sombras.

Esperanza había aprendido a leer la calle antes que los libros. Sabía cuándo venían los tombos, cuándo había una redada y cuándo alguien estaba a punto de morir. Desde que su padre fue asesinado por negarse a pagar una extorsión y su madre desapareció consumida por el dolor y el basuco, la calle se había convertido en su escuela.

Esa tarde, mientras caminaba por la carrera 65, notó algo raro.

Tres hombres vestidos de civil estaban parados en distintos puntos de la calle. No parecían compradores ni vecinos. Llevaban radios, se miraban entre ellos y uno no dejaba de tocar algo debajo de su chaqueta.

Esperanza se escondió detrás de un puesto de empanadas.

Entonces escuchó a uno decir en voz baja:

—El objetivo viene en 5 minutos. Todos en posición.

El corazón le empezó a golpear el pecho.

No sabía quién era el objetivo, pero sabía que una emboscada estaba por ocurrir. Estaba a punto de irse cuando dos Mercedes-Benz negros aparecieron lentamente por la calle, seguidos por una camioneta blanca con hombres armados.

A través de una ventana apenas abierta, Esperanza vio el rostro de un hombre robusto, de bigote espeso, camisa blanca y cadena de oro.

Lo reconoció al instante.

Era Pablo Escobar Gaviria, el hombre más buscado de Colombia.

Por un momento, la niña se quedó paralizada. Sabía quién era. Sabía lo que decían de él. Sabía que muchos lo temían y muchos otros lo querían muerto. Pero también sabía que, si no hacía nada, alguien iba a ser asesinado frente a sus ojos.

Entonces pensó en su padre.

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