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¡Todo quedó grabado y cambió la investigación para siempre! El caso de Gladys Rickard

Hay relatos que comienzan con la luz de un sueño y terminan sumergidos en la oscuridad más absoluta. El amor, cuando es auténtico y sano, se convierte en el combustible que nos impusa a superar cualquier obstáculo. Pero cuando ese mismo sentimiento se envenena en la mente de alguien incapaz de aceptar la derrota, se transforma en un cóctelal que no solo acaba con una existencia, sino que arrasa con todo lo que encuentra a su paso.

Esta es la crónica de un desenlace trágico que ocurrió un 26 de septiembre de 1999 cuando una mujer que había peleado contra viento y marea para alcanzar la dicha se topó de frente con la parca engalanada de blanco a escasos metros del altar. Para comprender la dimensión de aquella desgracia, debemos viajar hasta la infancia de Gledis Ricard en la República Dominicana, específicamente en la localidad de Tamboril.

Su juventud estuvo marcada por el esfuerzo y la responsabilidad temprana. A los 20 años ya cargaba sobre sus hombros la crianza de su hijo Damaso, fruto de una relación adolescente que no llegó a buen puerto. Mientras tanto, su hermana Norma había cruzado el océano y se había asentado en los Estados Unidos.

Y Gledis veía en ese país la oportunidad dorada para reescribir su destino. No era una soñadora ingenua, era una mujer práctica que sabía que el camino estaría lleno de espinas. Por eso se entregó al trabajo con una disciplina férrea, ahorrando hasta el último centavo y negándose cualquier lujo, todo con tal de conseguir el pasaje que la llevaría a Nueva York.

Su esfuerzo dio frutos y logró establecerse en Manhattan, en el hogar de su hermana. Sin embargo, el reencuentro con su pequeño de 4 años tuvo que esperar. No fue hasta 1983, 4 años después de su llegada, cuando pudo traerlo a su lado. Ese día, sin duda, fue uno de los más radiantes de su vida. Pero Gledis no se conformaba con solo subsistir. Su ambición era prosperar.

Con una tenacidad que pocos poseen, se sumergió en el aprendizaje del inglés, se inscribió en la universidad y se graduó en economía. No tardó en demostrar su talento en el campo de la contabilidad, ascendiendo posiciones hasta convertirse en la jefa de contabilidad de una importante agencia de viajes en pleno corazón de Manhattan.

Su vida era un testimonio viviente de superación, la quinta esencia del sueño americano hecho realidad. tenía un empleo estable, seguridad financiera y un hijo al que adoraba. Solo le faltaba una pieza que, aunque aparentemente no buscaba, en el fondo anhelaba con todas sus fuerzas, el amor. Y ese amor, o eso parecía llegó en 1992, en el escenario más inesperado, el metro de Nueva York.

Fue allí donde sus caminos se cruzaron con los de Austin García. Él también era dominicano, un hombre que había llegado a Estados Unidos con poco más que las manos vacías y que como ella había edificado su propio imperio desde la nada. A sus 40 años era propietario de varias empresas, padre de dos hijos y una figura de gran respeto en la comunidad dominicana de Nueva York.

Su labor filantrópica, supuesto como director de la Cámara de Comercio Dominicana, y su participación en la Fundación de Escuelas y Guarderías le habían forjado una reputación intachable. Gledis quedó cautivada por su caballerosidad, su trato afable y su aparente generosidad. Aquel encuentro fortuito, ya que Austin nunca utilizaba el metro y solo estaba allí por una avería de su automóvil, se convirtió en el prólogo de una relación que parecía arrancada de una película romántica.

Cenas en restaurantes de lujo, obsequios costosos, atenciones permanentes. La familia de Gledis no podía contener la alegría. Por fin, su hija y hermana había dado con un hombre que estaba a su altura. Tras un año de noviazgo, Austine propuso que convivieran. Gledis aceptó convencida de que aquel era el preludio inevitable del matrimonio y la familia numerosa con la que siempre había soñado.

Pero la convivencia se convirtió en un auténtico calvario. Los hijos de Austin, malcriados y arrogantes, no cesaban de chocar con Damaso. Y Austin siempre se ponía de parte de los suyos, aunque estuvieran claramente equivocados. Las disputas se sucedían día tras día, creando un clima irrespirable. Tras dos largos años de esta dinámica, Gledis, exhausta y viendo el sufrimiento de su hijo, tomó la difícil determinación de abandonar el hogar común.

Austin, sin embargo, no se rindió. Le buscó una vivienda a solo 10 minutos de la suya y la relación continuó, aunque él se negaba rotundamente a pasar por el altar, argumentando que su anterior divorcio le había dejado secuelas profundas. Gledis, que seguía anhelando una boda, empezó a ver cóo su felicidad se desvanecía lentamente.

La fachada del filántropo ejemplar comenzó a resquebrajarse. Gledis descubrió que Austin sostenía aventuras extramatrimoniales y que su carácter se volvía cada vez más posesivo y controlador. Ella lo sabía, pero guardaba silencio, atrapada entre el miedo y la esperanza de que las cosas pudieran cambiar. El momento que marcó un antes y un después llegó durante una discusión acalorada cuando Austin desenfundó una pistola y la persiguió por la casa.

Gledis logró encerrarse a tiempo, pero aquella noche comprendió que se encontraba en grave peligro. El miedo, no obstante, la mantuvo paralizada. Necesitaba una excusa, una razón incontestable para romper definitivamente y la halló en el otoño de 1998 cuando sorprendió a Austin en su oficina en compañía de otra mujer. Fue el empujón que requería.

le comunicó que todo había terminado. Abandonó la casa que había conseguido y alertó a toda su familia para que supieran que Austin ya no era bienvenido. Pero para Austin, Gledis no era una persona, era una posesión. Y la posesión cuando se escapa debe ser recuperada a cualquier precio. Durante meses la sometió a un hostigamiento implacable, llamadas incesantes, regalos dejados a las puertas de su hogar, ramos de flores y hasta una vivia.

Gledis interpretaba aquellos gestos como patéticos intentos de recuperarla, pero su familia veía en ellos un mensaje siniestro, una advertencia disfrazada de romanticismo. Ella, sin embargo, se mantuvo firme y poco después encontró consuelo en los brazos de James Preston Jr. Un contable y músico que conoció en un restaurante. La conexión fue inmediata, la relación avanzó a toda velocidad y en tan solo dos meses ya habían fijado la fecha de la boda.

El 26 de septiembre de 1999, Gledis era pura felicidad. Por fin, su sueño de llegar al altar vestida de blanco se iba a ser realidad. Lo que no sabía era que mientras ella se perdía en los preparativos, Austin se apostaba cada noche frente a su casa para observarla, consumido por los celos y la obsesión. El 12 de agosto, mes y medio antes de la boda, la fachada de Austin se derrumbó por completo.

Apareció en casa de Gledis mientras ella estaba con James y al ser rechazado montó en cólera y arrojó piedras contra las ventanas. Gledis llamó a la policía, pero decidió no presentar cargos. No quería problemas, no quería que aquello empañara su felicidad. Fue un error que pagaría muy caro. Dos días antes de la boda, el 24 de septiembre, Austinó hasta un supermercado, la abordó en uno de los pasillos y la abrazó como si todavía fuera novios.

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