La historia del cine mexicano se ha edificado, en gran medida, sobre la base de mitos indomables, rostros celestiales y dinastías familiares que parecían destinadas a gobernar las pantallas de manera perpetua. Dentro de este firmamento de estrellas, pocas figuras consiguieron amalgamar la sofisticación, el misticismo, la comedia y la audacia de la manera en que lo hicieron las hermanas Lorena y Tere Velázquez. Reconocidas unánimemente como dos de los rostros más bellos, magnéticos y perturbadores de la cinematografía azteca durante las décadas de los sesenta y setenta, estas dos mujeres no solo redefinieron el concepto de la sensualidad en una industria que transitaba por profundas transformaciones estructurales, sino que también arrastraron consigo una estela de pasiones desbordadas, matrimonios restrictivos, escándalos internacionales y un desenlace trágico que dejó una herida abierta e imborrable en la cultura popular. Detrás del fasto de los estrenos, las luces de los centros nocturnos de moda y el aplauso ensordecedor de un público que las idolatraba tanto en México como en Europa, existió una compleja trama humana marcada por una unión fraternal inquebrantable, pero también por el dolor de las pérdidas prematuras y las ironías crueles de un destino que no tuvo piedad con su esplendor.
El origen de esta dinastía se remonta a finales de la década de los treinta. María de la Concepción Lorena Villar Dondé, quien posteriormente pasaría a la posteridad bajo el nombre de Lorena Velázquez, nació el 15 de diciembre de 1937 en el seno de una familia conformada por Eduardo Villar Andrade y Elda Dondé. Cinco años más tarde, en 1942, nacería su hermana y eterna
confidente, María de los Ángeles Teresa Villar Dondé, conocida afectuosamente por el público y sus allegados simplemente como Tere Velázquez. La infancia de las hermanas daría un vuelco radical cuando Lorena apenas contaba con seis años de edad, momento en el que sus padres decidieron divorciarse. Doña Elda, una mujer de carácter firme pero temerosa del porvenir, se trasladó con las pequeñas a la Ciudad de México buscando un nuevo comienzo. Fue en la capital, gracias a la intervención de su hermano, el respetado actor Manuel Dondé, donde Elda conoció a Víctor Velázquez, un actor de presencia imponente que venía de un bullado divorcio de la legendaria estrella de Hollywood, Katy Jurado. El matrimonio entre Elda y Víctor se consolidó en 1946, y fue de este padrastro, a quien las dos niñas llegaron a considerar y amar como a un verdadero padre biológico, de quien tomaron el apellido que se convertiría en su pasaporte definitivo a la inmortalidad artística.
Víctor Velázquez, consciente del potencial de las niñas y de su innata inclinación hacia las artes escénicas, impulsó su formación desde muy temprana edad. Lorena fue inscrita en academias de ballet desde los cinco años y asistió al prestigioso
Colegio Inglés. Su debut actoral ocurrió siendo apenas una niña en la puesta en escena teatral “El pájaro azul”, una experiencia dirigida por su propio padrastro que encendió en ella una llama que jamás se apagaría. A los trece años, ingresó a la Escuela de Bellas Artes para formarse bajo la estricta tutela de Fernando Wagner, perfeccionando las técnicas del teatro clásico. A pesar de su innegable talento para la danza, el destino le impuso una barrera biológica: su imponente estatura de 1.75 metros, una condición inusual para las bailarinas de la época, la obligó a abandonar el ballet clásico para volcarse por completo al arte dramático, continuando sus estudios en el legendario Instituto Andrés Soler. Doña Elda, aunque profundamente preocupada por los peligros y las dinámicas complejas del ambiente artístico de la época, asumió un rol de protectora incansable, acompañando a sus hijas a cada filmación y protegiéndolas de los depredadores de la industria, asegurándose de que jamás estuvieran solas en los sets.
La gran oportunidad cinematográfica para Lorena llegó de la mano del prolífico director René Cardona, quien la seleccionó como la protagonista de la cinta “Un mundo nuevo”, compartiendo créditos con Arturo Arias y René Cardona Jr. El estreno de la película estuvo rodeado de una estrategia publicitaria que rozó el escándalo político: los productores propusieron a Lorena participar en el certamen de Miss México, asegurándole que el concurso estaba prácticamente arreglado para que ella obtuviera la corona y así catapultar la taquilla del filme. Sin embargo, los hilos del poder se movieron en otra dirección y la corona terminó en las manos de la hija del médico de cabecera del entonces presidente de la República, Adolfo Ruiz Cortínez. A pesar de quedar relegada al segundo lugar en medio de murmullos de favoritismo oficial, el escándalo solo sirvió para incrementar el interés del público. “Un mundo nuevo” fue un éxito rotundo y el nombre de Lorena Velázquez comenzó a grabarse con letras de oro en las marquesinas.
A la par del ascenso de Lorena, la joven Tere Velázquez comenzaba a labrar su propio sendero con una energía radicalmente distinta. Dotada de una belleza chispeante, ojos expresivos y una personalidad extrovertida y amante de la fiesta, Tere poseía una soltura natural ante las cámaras que fascinaba a los realizadores. Tras estudiar en San Francisco, California, donde perfeccionó el idioma inglés, regresó a México para ingresar a la Academia de Arte Dramático y de Danza. A los quince años, debutó profesionalmente en la película “La sombra del otro”, al lado de las máximas figuras de la comedia de la época, Marco Antonio Campos “Viruta” y Gaspar Henaine “Capulina”, además de la bella Ana Bertha Lepe. Su capacidad para la comedia ligera, su frescura y su imponente presencia física hicieron que los directores de la época de oro del cine nacional comenzaran a disputarse su participación. Muy pronto, los tabloides de espectáculos comenzaron a vincularla sentimentalmente con las figuras más poderosas y atractivas del momento, incluyendo al magnate de los medios Emilio Azcárraga Milmo y al galán de las pantallas Enrique Rocha.
El destino profesional de ambas hermanas se cruzó de manera definitiva a principios de los años sesenta, cuando fueron invitadas a España por el director Tito Davison para rodar la coproducción internacional “El rapto de las Sabinas”. Fue durante este viaje al continente europeo donde las hermanas Velázquez tomaron verdadera dimensión del fenómeno global en el que se estaban convirtiendo. Según una famosa anécdota recordada por la propia Lorena, mientras ambas disfrutaban de un café en una terraza madrileña, Tere se quedó sin aliento al contemplar un cartel gigantesco que anunciaba la película “Santo contra las mujeres vampiro”, un proyecto que Lorena había filmado recientemente en México y que ya acumulaba la impresionante cifra de 72 semanas consecutivas en la cartelera ibérica. Aquella película, donde Lorena interpretaba a la majestuosa y letal reina de las vampiresas al lado del Enmascarado de Plata, rompió todos los paradigmas de la época. Aunque sectores de la crítica especializada de la época tildaron a estas producciones de “churros” cinematográficos debido a sus presupuestos limitados y argumentos ingenuos, el público internacional las devoró con fervor. El éxito de la cinta se extendió a países como Estados Unidos, Italia y Venezuela, elevando a Lorena a la categoría de icono de culto y otorgándole el título indiscutible de la “Reina del Cine Fantástico”.
A pesar del éxito avasallador, la vida personal de las hermanas comenzó a convertirse en un terreno minado de restricciones y presiones sociales. Tere, con apenas 18 años, contrajo matrimonio con el controvertido y célebre empresario y actor español Espartaco Santoni. La boda, celebrada en el Hotel María Isabel de la Ciudad de México, fue el evento social del año, y Santoni trasladó de inmediato a la actriz a vivir a España. Durante los catorce años que permaneció en el viejo continente, Tere se transformó en la actriz mexicana con mayor proyección en el cine europeo, filmando un total de 29 películas. No obstante, detrás de la fachada de opulencia y éxito, el matrimonio con Santoni fue un auténtico calvario debido al carácter de mujeriego empedernido del empresario. Tras procrear a sus dos hijos, Espartaco Jr. y Paola, la relación se disolvió en medio de amargos reclamos públicos y una profunda inestabilidad emocional para la actriz.
Por su parte, Lorena sufría la implacable presión de su entorno familiar, que le advertía constantemente que “se quedaría para vestir santos” al ver el temprano matrimonio de su hermana menor. A su regreso de España, conoció en una recepción al joven Taylor Morris, un ciudadano mexicano de ascendencia estadounidense. Tras un noviazgo de año y medio, se casaron por la iglesia, pero la felicidad duró poco. Morris, imbuido de una mentalidad sumamente conservadora y controladora, le exigió formalmente a Lorena que abandonara de forma definitiva su carrera como actriz. Ante la negativa inicial de la diva, intervino doña Elda, quien aconsejó a su hija ceder temporalmente para salvar el matrimonio. Lorena se retiró por completo de los escenarios durante cinco años, dedicándose al hogar. Sin embargo, el conflicto definitivo estalló cuando Lorena, ansiosa por experimentar la maternidad, se topó con la negativa rotunda de su esposo a tener descendencia. Ante la frustración y la reclusión forzada, la actriz solicitó el divorcio. Años más tarde, Lorena descubriría la devastadora verdad detrás de aquella negativa: Taylor Morris padecía de leucemia silenciosa, una condición que lo llevó a la tumba poco tiempo después de la separación, aunque alcanzó a tener hijos en un matrimonio posterior.
El segundo intento matrimonial de Lorena tampoco estuvo exento de sombras. Se casó con el prominente abogado Eduardo Noboa, quien repitió el mismo patrón de control exigiendo el retiro de las pantallas de la actriz. De esta unión nació su único hijo, Eduardo Noboa Villar, quien se convertiría en el gran pilar de su vida. Lamentablemente, el matrimonio naufragó de forma estrepitosa debido al severo alcoholismo del abogado, una adicción destructiva que le causó la muerte años después a consecuencia de una pancreatitis y hepatitis fulminante. Libres de los yugos matrimoniales, las hermanas Velázquez se reencontraron en la madurez para seguir dominando los escenarios, produciendo y protagonizando éxitos teatrales como “Un alfiler en los ojos” y la célebre producción de “La jaula de las locas” en el Teatro Frufru en 1975, financiando el proyecto junto al segundo esposo de Tere, el español Carlos Basayo, exmarido de Susana Dosamantes, con quien Tere estuvo casada por escasos cuatro años.
A pesar de los persistentes rumores alimentados por la prensa amarillista sobre una supuesta e irreconciliable rivalidad entre ambas, la realidad es que el vínculo que unía a Lorena y Tere era inquebrantable. Sus personalidades ciertamente divergían de forma notable: Lorena representaba la formalidad, la discreción y la solemnidad, mientras que Tere era el alma de la fiesta, una mujer frágil en la intimidad pero desbordante de alegría frente al mundo, que prefería mil veces actuar en comedias para reír en lugar de llorar, reflejando una profunda sensibilidad que a menudo la hacía vulnerable en la vida real. Sus disputas nunca pasaron de ser los típicos roces de convivencia fraternal, como cuando una tomaba las prendas de vestir de la otra o cuando Tere abrumaba a Lorena con sus interminables charlas nocturnas.
La estabilidad de la dinastía Velázquez comenzó a desmoronarse a mediados de la década de los ochenta. En 1985, doña Elda falleció a causa de un cáncer agresivo que le fue detectado apenas quince días antes de su deceso, un golpe emocional devastador para ambas hermanas. Coincidiendo con la decadencia de la época de oro y el auge del denominado “cine de ficheras”, Tere Velázquez tomó la drástica decisión de retirarse de las pantallas grandes, negándose categóricamente a participar en producciones que consideraba vulgares o degradantes para el legado que con tanto esfuerzo habían construido. Decidió volcar su sensibilidad hacia la pintura, pero un fatídico viaje de vacaciones a Acapulco cambió el rumbo de su existencia de forma permanente. Tere sufrió un aparatoso accidente automovilístico que le provocó severas lesiones físicas, obligándola a permanecer postrada en una cama de hospital y en su residencia durante cinco extenuantes años. Su regreso a la actividad fue efímero, registrando sus últimas participaciones en la película “Juan Nadie” y en la telenovela “Los hijos de nadie” en 1996, año en el que decidió despedirse definitivamente de los reflectores.
Instalada en Cuernavaca, Morelos, buscando la paz y el clima benigno de la región, Tere comenzó a experimentar dolores abdominales agudos y punzantes. Fue en este punto donde la tragedia adoptó la forma de una negligencia médica que sellaría su destino. Sin realizar estudios clínicos profundos, análisis de laboratorio ni exámenes especializados de rigor, su médico de cabecera atribuyó los dolores a un problema severo de hemorroides y la programó de inmediato para una intervención quirúrgica de rutina. Lorena, alarmada por la rapidez del proceso, le suplicó a su hermana que buscara una segunda opinión médica con especialistas en la Ciudad de México, pero Tere, cansada de los hospitales tras su accidente y confiando plenamente en su doctor, se negó rotundamente.
El día de la cirugía, lo que debía ser un procedimiento menor de escasos minutos se transformó en una angustiante espera de varias horas. Cuando el cirujano finalmente cruzó las puertas del quirófano, el semblante demacrado de su rostro anticipó la catástrofe a los familiares que aguardaban en la sala. El diagnóstico real era desgarrador: Tere Velázquez no padecía de hemorroides, sino de un cáncer colorrectal en etapa avanzada que ya había hecho metástasis en otros órganos vitales. Desesperados, Lorena y los hijos de la actriz viajaron de inmediato a los Estados Unidos buscando una alternativa médica o un tratamiento de vanguardia que pudiera revertir el daño, pero los especialistas norteamericanos confirmaron el peor de los escenarios: la enfermedad era terminal y solo le quedaban unos pocos meses de vida.
Tere Velázquez demostró una entereza y un coraje admirables durante sus últimos meses. Mantenía intacta la ilusión de recuperarse pronto, motivada por una serie de propuestas cinematográficas que había recibido desde Colombia para regresar por la puerta grande a la actuación. Desafortunadamente, la ciencia ya no pudo hacer nada frente al avance implacable de la enfermedad. A principios de 1998, a la temprana edad de 55 años, la luz de Tere Velázquez se apagó para siempre, siendo sepultada en el Panteón Español de la Ciudad de México ante el dolor de una industria que despedía a una de sus divas más entrañables, tras haber dejado un legado de más de 150 películas y decenas de obras de teatro.
Para Lorena Velázquez, la muerte de su hermana menor significó el capítulo más doloroso, oscuro y desgarrador de su existencia. Perdió no solo a su sangre, sino a su mejor amiga, su confidente más íntima y la persona que poseía la capacidad única de hacerla reír en los momentos más aciagos, preparándole siempre sus platillos favoritos para reanimarla. El dolor de la ausencia fue de tal magnitud que, durante años, Lorena confesó su total incapacidad para sintonizar o mirar las películas que grabaron juntas, ya que contemplar la vitalidad y la belleza de Tere en la pantalla grande le provocaba un sufrimiento intolerable que reabría una herida que jamás llegó a sanar por completo. Las “vampiresas” del cine mexicano, aquellas mujeres que desafiaron las convenciones, que llenaron las salas de cine internacionales y que pusieron a temblar al mismísimo Santo, quedaron consagradas en la memoria colectiva, demostrando que detrás de los ojos más hermosos de la pantalla, latieron dos corazones que conocieron la gloria absoluta, pero también el sabor amargo de la tragedia más profunda.