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SARAH SE OPONE: Los Cardenales Tradicionales Ruegan a los Lefebvristas que NO Rompan

Hermanos, esta noche les voy a contar una historia que casi todo el mundo está contando mal y quiero que me acompañen hasta el final porque lo que parece a primera vista no es lo que de verdad está pasando. La historia fácil, la que se cuenta en todas partes, es esta: Roma, el Vaticano, el poder, contra un grupo de católicos buenos y tradicionales que solo quieren rezar la misa de siempre.

 Los de arriba contra los de abajo, los modernos contra los fieles. Esa es la versión cómoda, la versión de telenovela, la versión que reparte sombreros blancos y sombreros negros y nos deja a todos tranquilos sabiendo de qué lado estar. Pero esa versión, hermanos, es falsa o por lo menos es tan incompleta que engaña. Y yo esta noche no les voy a contar la versión cómoda, les voy a contar la verdadera, que es más difícil, más dolorosa y mucho, mucho más interesante.

Porque escúchenme bien esto, hermanos. Lo que está a punto de pasar el primero de julio no es Roma contra los tradicionales. ¿Saben quiénes están rogando, suplicando casi de rodillas que esto no pase? ¿Saben quiénes están diciendo por favor no rompan, no se vayan, no den este paso? Los cardenales que más aman la misa antigua, los hombres que han defendido la tradición durante toda su vida, que han dado la cara por la misa en latín cuando nadie la defendía, que han sufrido por ella.

Esos hombres, los más tradicionales de todos los tradicionales, ellos son los que están diciendo, “No rompan.” Deténganse un momento conmigo en eso, hermanos, porque ahí está todo. Si esto fuera simplemente Roma contra los amantes de la tradición, los amantes de la tradición estarían todos del mismo lado, pero no lo están.

 Los más tradicionales de todos están suplicando que no se rompa. Y eso, hermanos, lo cambia todo. Eso nos dice que aquí no se está discutiendo sobre la misa antigua, se está discutiendo sobre otra cosa mucho más grande, sobre si uno rompe o no rompe, sobre si uno se queda en la familia o se levanta de la mesa.

 Pero vamos por orden, déjenme decirles primero qué es exactamente lo que va a pasar. El primero de julio de este año 2026, en un pueblo pequeño de Suiza que se llama Ecón, un grupo de sacerdotes tradicionalistas, los que conocemos como los lefebristas, la fraternidad San Pío X van a consagrar cuatro nuevos obispos.

Cuatro. Sin el permiso del Papa, contra su voluntad expresa. Y según el Vaticano, ese acto, hermanos, encendería el primer cisma formal en la Iglesia Católica en 38 años. Y ustedes me dirán, “Padre Samuel, ¿y a mí qué? Yo no soy lefebrista. Yo no sé de obispos suizos ni de consagraciones.

Cardenales Müller y Sarah critican a la Sociedad de San Pío X por consagrar obispos sin mandato papal | ACI Prensa

 Yo soy un católico normal. Voy a mi misa el domingo, rezo mi rosario. ¿Por qué tendría que importarme un pleito entre Roma y un grupo de curas tradicionalistas en Suiza? Y esa, hermanos, es exactamente la pregunta que quiero responder esta noche, porque les voy a decir por qué esto les importa a ustedes, a cada uno de ustedes, aunque no sepan ni dónde queda Econ, aunque nunca hayan oído una misa en latín en su vida, esto les toca el corazón y al final del video van a entender por qué.

 Así que esta noche vamos a responder juntos tres preguntas. Tres, guárdenlas en la mente porque son el mapa de todo lo que viene. Primera pregunta, ¿por qué quieren romper estos hombres? ¿Qué los lleva a dar un paso tan grave? Segunda pregunta. ¿Por qué hasta los suyos, hasta los cardenales que aman la tradición tanto como ellos, les están rogando que no lo hagan? Y tercera pregunta, la más importante de todas.

 ¿Qué significa todo esto para ti, para tu familia, para tu propia vida? Tres preguntas, hermanos, y al final una respuesta que les va a llegar más hondo de lo que esperan. Porque saben una cosa, mi abuela Consuelo, que no sabía de teología, ni de cánones, ni de cismas, entendía de esto más que todos los doctores de Roma juntos. Ella decía que la iglesia es como una familia sentada a una mesa larga y en toda mesa larga, tarde o temprano, alguien se enoja, alguien levanta la voz, alguien tiene razón en algo y se siente no escuchado. Eso pasa en todas las

familias, hermanos, en la suya y en la mía. La pregunta nunca es si habrá pleitos en la mesa. La pregunta es si después del pleito uno se queda sentado o se levanta y se va dando un portazo. Y de eso, hermanos, de quedarse o irse de la mesa, va toda esta historia. Antes de seguir, déjenme pedirles una cosa.

 Si ustedes creen como yo, en la unidad de la iglesia, en que la familia debe permanecer unida, aunque discuta, escriban amén ahí en los comentarios. Escriban amén. Si creen que vale más una mesa unida con diferencias que una mesa rota con toda la razón del mundo. Quiero ver cuántos de esta familia estamos por la unidad. Bienvenidos.

 Soy el padre Samuel y esto es lo que no les van a decir en ningún otro lado. Pero antes de contarles por qué hasta los más tradicionales se oponen, tenemos que entender quiénes son estos hombres, de dónde vienen, por qué llevan casi 40 años en esta situación tan extraña. Porque sin esa historia, hermanos, no se entiende nada.

 y se la voy a contar como una historia, no como una clase. Acompáñenme. Para entender lo que va a pasar el primero de julio, hermanos, tenemos que retroceder en el tiempo bastante. Tenemos que conocer a un hombre, un hombre que ya murió, pero cuya sombra sigue proyectándose sobre toda esta historia. Un arzobispo francés llamado Marcel Le Febre.

 ¿Quién fue Marcel Le Febre, hermanos? No fue un cualquiera. Eso quiero que quede claro desde el principio. Fue un hombre de iglesia importante, respetado, con una larga vida de servicio. Fue misionero en África durante años. Llevó la fe a tierras lejanas. fundó seminarios, formó sacerdotes, llegó a ser arzobispo, fue durante mucho tiempo un hombre dentro del corazón de la iglesia, no en sus márgenes.

 Esto es importante, hermanos, porque la historia fácil lo pinta como un rebelde de toda la vida y no lo fue. Fue durante décadas un pastor reconocido. Pero entonces, hermanos, llegó el gran terremoto, el Concilio Vaticano Segundo. Déjenme explicarles qué fue eso para los que no lo tengan claro, porque es la raíz de todo. El Concilio Vaticano Segundo fue una reunión enorme, monumental, de toda la Iglesia Católica que se celebró en Roma entre los años 1962 y 1965.

Se juntaron los obispos del mundo entero, miles de ellos, para pensar cómo la iglesia debía presentarse ante el mundo moderno. Y de ahí salieron muchos cambios, cambios grandes. El más visible de todos, hermanos, el que la gente notó en su propia parroquia, fue el cambio en la misa.

 Antes del concilio, la misa se celebraba siempre en latín, en esa lengua antigua, solemne, misteriosa, que la mayoría de la gente no entendía, pero que sonaba a cielo. Y el sacerdote celebraba de espaldas al pueblo, mirando hacia el altar, hacia Dios, guiando a su rebaño como quien va al frente de una procesión.

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