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¿Qué pasó con los as3sin0s de Pablo Escobar?

Hay una pregunta que nadie se hace cuando habla del fin del cartel de Medellín. Todos recuerdan el tejado, los calcetines azules, el disparo en la oreja. Todos recuerdan a Pablo Escobar derrumbándose sobre las tejas de barro de una casa anónima del barrio Los Olivos, mientras el bloque de búsqueda cerraba el círculo.

Pero nadie pregunta quién sostuvo ese imperio durante 15 años antes de que todo se derrumbara. Nadie pregunta cómo murieron los hombres que hicieron posible cada atentado, cada asesinato, cada coche bomba que sacudió a Colombia entre 1984 y 1993. Nadie pregunta, sobre todo, si el último hombre que quedó de pie a su lado fue realmente su guardaespaldas más leal, o si fue precisamente él quien entregó las coordenadas exactas para que el bloque de búsqueda pusiera fin a todo aquello esa tarde de diciembre de 1993.

Eso es lo que vas a descubrir en los próximos minutos. Y cuando llegues al final de esta historia, la lectura entera de aquella guerra va a cambiar para ti. Porque el cartel de Medellín no fue únicamente Pablo Escobar, fue también el ejército de pistoleros profesionales que lo hizo posible. Hombres que llegaron desde los barrios más pobres del nororiente antioqueño, que mataron por encargo durante una década y que encontraron finales tan distintos entre sí, que resulta difícil creer que todos sirvieron al mismo

patrón. Unos cayeron en operativos. Otro se murió de cáncer en una cama de hospital con un crucifijo en la mesilla. Otro predica los domingos en una iglesia evangélica del Mediterráneo español. Otro pasea por Barcelona con un nombre que no es el suyo. Y el último descansa en el mismo cementerio que el patrón, a pocos metros de su tumba, con la sospecha eterna instalada encima de la lápida.

Esta es su historia, la historia completa de los pistoleros más letales del cartel de Medellín y de cómo cada uno de ellos salió, a su manera, de la guerra más brutal que Colombia vivió en el siglo XX, antes de que existiera ningún nombre que las series televisivas hayan hecho famoso, antes de que el fenómeno mediático del narcotráfico colombiano convirtiera a ciertos personajes en figuras de culto popular, estuvo el John Jairo Arias Tascón conocido en las comunas de Medellín por un apodo que nadie habría elegido conscientemente para un jefe de

sicarios. Pinina. Nació en abril de 1961 en el barrio Lovaina de Medellín, un barrio que en aquella época era sinónimo de pobreza estructural, de familias acinadas en casas pequeñas con paredes de bareareque, de calles sin pavimentar, donde los niños crecían entre la carencia y la violencia cotidiana, como si ambas cosas fueran la misma.

Su familia no tenía recursos económicos de ningún tipo relevante y él creció aprendiendo muy pronto que las reglas del barrio eran distintas a las que predicaban en la escuela o en la iglesia. A los 12 años ya robaba en las calles del centro de Medellín. A los 14 era un pandillero reconocido en su comuna, con un nombre que circulaba en los corrillos de la calle y que empezaba a generar respeto por la vía del miedo.

A los 15 apretaba el gatillo por encargo ajeno. El apodo le llegó por una razón que dice mucho del Medellín de aquella época. En los años 70 se emitió en Colombia una telenovela argentina llamada Papá Corazón, protagonizada por la actriz Andrea del Boca. Uno de los personajes de aquella producción se llamaba Pinina y alguien del barrio encontró un parecido físico suficiente entre ese personaje de pantalla y el joven Arias Tascón.

El mote infantil se le pegó con una tenacidad que ningún logro criminal posterior consiguió borrar jamás. Vivió siendo Pinina, murió siendo Pinina y los historiadores del crimen organizado colombiano lo siguen llamando Pinina. Tres décadas después de su muerte. Así funcionaba Medellín. Un apodo de telenovela podía imponerse con más fuerza que cualquier nombre real.

Pablo Escobar lo reclutó siendo todavía muy joven. Vio en él algo que el patrón sabía identificar mejor que nadie. una disposición natural para la violencia combinada con una lealtad que no se compraba con dinero, sino que venía de dentro, de una fidelidad casi personal al hombre que le había dado estructura, propósito y poder dentro de un mundo donde antes no tenía ninguna de las tres cosas.

Pinina se convirtió en la sombra operativa del patrón, no en un lugar teniente que daba órdenes desde la distancia, sino en el hombre que estaba siempre cerca, que resolvía los problemas antes de que Escobar tuviera que mencionarlos dos veces, que ejecutaba o coordinaba cada operación con una eficiencia que el resto de la organización admiraba y temía en proporciones iguales.

Su posición dentro de la jerarquía del cartel llegó a ser la quinta en importancia global de toda la estructura. Era el jefe militar absoluto del aparato de pistoleros urbanos, el hombre que firmaba las órdenes operativas de prácticamente cada acto de terror que el cartel desencadenó sobre Colombia entre 1984 y 1990. El homicidio del ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, en abril de 1984, el primer magnicidio del cartel, el que abrió las hostilidades formales entre el narcotráfico y el estado colombiano, pasó por sus manos el atentado contra el

edificio del Departamento Administrativo de Seguridad en diciembre de 1989, que arrancó literalmente una fachada entera del centro de Bogotá, dejó más de 60 muertos y casi 600 heridos. Y también llevaba su firma operativa, la cacería sistemática de agentes de policía en Medellín, una campaña sostenida durante meses en la que el cartel pagaba alrededor de 2 millones de pesos colombianos por cada uniformado eliminado, era coordinada desde su despacho invisible de jefe militar.

Pinina no apretaba todos los gatillos. Esa no era su función. Su función era asegurarse de que los gatillos correctos se apretaran en el momento correcto, de que los recursos económicos fluyeran hacia los pistoleros adecuados, de que la cadena de mando funcionara con la precisión de una maquinaria bien engrasada.

Victoria Enao, la viuda del patrón, escribió años después en su libro autobiográfico que Pablo apreciaba a Pinina como a muy pocos hombres en toda su vida. Lo describía como uno de los más leales que jamás había tenido a su servicio. Siempre disponible, siempre presente, siempre dispuesto a acompañarlo a cualquier hora del día o de la noche, sin hacer preguntas y sin exigir explicaciones.

Vivía en el poblado, el barrio acomodado del sur de Medellín, en un apartamento de tercer piso con su mujer joven y una hija recién nacida de 6 meses. una vida de fachada burguesa perfectamente montada sobre una cifra de homicidios que resultaba imposible de contabilizar siquiera por aproximación. Un padre de familia joven en un apartamento de clase media del barrio más elegante de la ciudad que durante la semana firmaba órdenes de asesinato con la misma naturalidad con la que otros hombres firmaban documentos de oficina. La

cuenta atrás comenzó el día exacto en que dejó de mirar por encima del hombro. El 14 de junio de 1990, una unidad élite de la Policía Nacional llegó a su edificio del barrio El Poblado, a primera hora de la tarde con información precisa sobre su ubicación. Pinina dormía la siesta en el apartamento.

Tenía a su mujer al lado y a su hija de 6 meses en la misma habitación. Cuando escuchó los primeros movimientos en el pasillo exterior, no eligió entregarse, eligió saltar. se lanzó por la ventana del tercer piso hacia el patio interior del edificio. La caída le rompió el tobillo derecho, le fracturó el brazo y le abrió la cabeza contra el pavimento del sótano.

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