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Pedro Infante: Murió Sabiendo Algo que NADIE Debía Saber… La Verdad Prohibida que Sigue Oculta

Hay una fotografía que muy poca gente ha visto, no es la del charro sonriente con el sombrero ladeado, tampoco la del actor que llenaba cines desde Tijuana hasta Buenos Aires.  Es otra, una imagen tomada pocos meses antes del final, en la que Pedro Infante aparece sentado en el borde de una cama  en un cuarto de hotel con la mirada fija en algún punto que la cámara no alcanza a capturar.

Los ojos abiertos pero apagados, la mandíbula tensa y en la mano sujetado con los nudillos blancos algo que ningún biógrafo oficial se ha atrevido a describir con exactitud. Esa fotografía existe y lo que revela sobre los últimos  meses de vida del hombre más amado de México es algo que su familia llevaría décadas intentando enterrar.

Porque Pedro Infante no fue solo un ídolo, fue una trampa, una construcción,  un mito fabricado sobre la espalda de un hombre que nunca tuvo permiso de ser humano, de equivocarse, de  detenerse. Un hombre que cargó sobre sus hombros el peso de ser exactamente lo México con trataba  ver en aquella época dorada, aunque por dentro se estuviera deshaciendo.

Y hoy, después de décadas de silencio, de versiones oficiales y de homenajes que siempre cuentan la misma historia, vamos a desenterrar la otra. La que su familia no quiere que conozcas, la que los estudios de cine prefirieron borrar, la que los testigos que lo vieron en sus últimas semanas llevan  años guardando como una herida que no cierra.

Si eres fan de Pedro Infante, si creciste escuchando su  voz en la cocina de tu abuela o viendo sus películas en la televisión de un domingo, quédate hasta el final porque lo que descubrirás en  los próximos minutos no va a destruir al ídolo, va a humanizarlo de una manera que duele mucho más.

La verdad de Pedro Infante es más oscura, más triste y más fascinante de lo que jamás te contaron. Y si te quedas hasta el final, entenderás por qué México  eligió inventar una leyenda en lugar de honrar a un hombre real. Antes de entrar en materia, necesito que guardes algo en la mente. Cuatro cosas,  cuatro revelaciones que iremos descubriendo a lo largo de este documental y que van a cambiar para siempre la forma en que besa este hombre.

La primera tiene que ver con su infancia, con lo que ocurrió en aquella casa de Sinaloa, que sus biógrafos siempre describen como humilde, pero feliz. Hay una parte de esa historia que nadie cuenta y cuando la conozcas entenderás de dónde venía la urgencia que lo consumió toda su vida. La segunda revelación tiene que ver con sus matrimonios, tres mujeres,  tres historias y una mentira que Pedro Infante sostuvo en público durante años, mientras por  dentro vivía una contradicción que lo torturaba de

maneras que sus amigos más cercanos describieron con una palabra, desesperación. La tercera revelación es la más oscura. tiene que ver con sus últimos años, con las decisiones que tomó  cuando el éxito ya no era suficiente para callar algo que llevaba demasiado tiempo gritando desde adentro, con los aviones, con la velocidad y con lo que al menos tres personas que lo conocieron de cerca  creen que realmente buscaba en esa cabina.

Y la cuarta revelación, la que guarda esta historia hasta el final como una navaja, tiene que ver con lo que sucedió después de su muerte, con el circo, con el  dinero, con los hijos que se pasaron décadas peleando por los restos de un mito, mientras el hombre detrás del mito seguía siendo para todos ellos un extraño. Empecemos desde el principio.

Imagina la escena. Mazatlán, Sinaloa, 1917. México acaba de salir destrozado de una revolución que duró 10 años. y que dejó el país con las entrañas expuestas. Las ciudades del norte son polvaredas de pobreza y orgullo. Los hombres trabajan con las manos hasta que se les rompen. Las mujeres crían a los hijos entre la fe y la resignación.

Y en ese contexto, el 18 de noviembre, nace Felipe de Jesús, Pedro Infante Cruz. El nombre ya dice algo. Felipe de Jesús. Un nombre de santos, de promesas, de carga divina puesta sobre los hombros de un recién nacido que todavía no sabe lo que le espera. Su padre, Delfino Infante, es músico de pueblo.

Toca la guitarra en fiestas y cantinas. Gana lo suficiente para comer cuando hay suerte y menos que eso cuando no la hay. Su madre, Refugio Cruz, es la columna vertebral de una familia que crece más rápido que los ingresos. Pedro será el segundo de 10 hijos y desde muy pequeño aprenderá algo que lo acompañará toda a su vida.

En una casa donde hay bocas y poca comida,  el que no se hace notar desaparece. La familia se muda pronto a Guamuchi, en el municipio de Salvador Alvarado, un pueblo más pequeño, más caliente, más olvidado. Las calles de tierra, el sol  aplastando todo desde las 10 de la mañana, los niños descalzos jugando con lo que  encuentran.

Pedro Infante crece ahí entre polvo y música viendo a su padre tocar en bodas que pagan poco y en cantinas que pagan menos. Y aquí viene lo primero que los libros siempre cuentan mal. Se dice que Pedro tuvo una infancia feliz. Pobre sí, pero feliz. Se habla del padre cariñoso que  se enseñó a tocar guitarra, de las tardes cantando en familia, de esa esencia ranchera que más  tarde llevaría a las pantallas de todo el mundo.

Y hay verdad en eso, parte de verdad. Pero hay otra parte. Delfino Infante Cruz era músico. Sí, también era un hombre que beba, no de manera ocasional, no como lo hace cualquier hombre de pueblo en los años 20 de México, cuando la vida aprieta. Bebía de manera que los vecinos lo sabían, de manera que los hijos lo sabían, de manera que refugio, la madre aprendió a leer los pasos de su esposo al entrar por la  puerta para saber si esa noche iba a haber paz o tormenta.

Pedro era el segundo hijo. Tenía ojos grandes y sonrisa fácil, pero también tenía esa antena que desarrollan los niños que crecen en casas impredecibles. la habilidad de leer el ambiente antes de que cambie, de hacer reír a su padre cuando el ambiente se ponía tenso, de cantar cuando hacía falta de extender, de ser encantador como mecanismo de supervivencia.

Esa habilidad lo salvaría y también lo condenaría. Porque el niño que aprende a ser adorable para calmar la tormenta crece convertido en un adulto que no sabe cómo dejar de actuar, que no sabe estar en un cuarto sin llenar el silencio, que necesita que la gente lo quiera como necesita el aire. Porque en algún rincón de su memoria  todavía está aquella casa de Guamuchi, donde el cariño era condicional y dependía de su capacidad de entretener.

Guarda esa imagen en tu mente, el niño que canta para que nadie llore, porque ese niño va a convertirse en el hombre más querido de México y sin embargo, nunca va a aprender que  el amor que se gana actuando no es el mismo que el amor que simplemente se tiene. A los 15 años, Pedro Infante toma una decisión que en su casa genera revuelo.

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