Posted in

“PARAMÉDICO JUSTICIERO” DE BUENAVENTURA: WILSON ANDRÉS ENV3N3NÓ A MÁS DE 13 SICARIOS DE LA LOCAL…

PARTE I.

En el puerto más peligroso de Colombia, un paramédico de Cruz Roja salvaba vidas cada noche mientras la local cobraba vacunas y sembraba terror. Wilson Andrés Cortés conocía cada callejón de Buenaventura, cada casa de pique, cada ruta de escape. Durante 15 años su misión fue clara: salvar vida sin importar de qué bando vinieran.

Pero una tarde de enero, una bala perdida le arrebató a su esposa Jessica, enfermera del hospital departamental en medio de un cobro de vacuna. La fiscalía cerró el caso. La policía miró hacia otro lado y Wilson, el hombre que dedicó su vida a curar heridas, decidió abrir las suyas de una forma que nadie esperaba.

Según la investigación del CTI, 13 sicarios de la local murieron envenenados en menos de 2 años. Todos conectados al asesinato de Jessica. Esta es la historia del paramédico que convirtió su conocimiento en un arma silenciosa. Wilson Andrés Cortés. Murillo tenía 38 años cuando su nombre empezó a circular en los pasillos de la Fiscalía General de la Nación en Buenaventura, no como víctima, no como testigo, sino como sospechoso.

Para ese momento, los investigadores del Sijin ya habían conectado 13 muertes aparentemente inconexas. sicarios, cobradores de vacuna, campaneros, todos miembros de la local, todos muertos por causas que parecían naturales, sobredosis, intoxicaciones alcohólicas, paros cardíacos, nada que levantara alarmas en un puerto donde la muerte violenta era pan de cada día, pero algo no cuadraba.

Las muertes seguían un patrón geográfico y temporal demasiado limpio. Todas en barrio San Francisco o sus alrededores. Todas en el lapso de 18 meses y todas vinculadas de alguna forma a un solo hecho. El asesinato de Jessica Paola Moreno, enfermera de 31 años, esposa de un paramédico que conocía Buenaventura como la palma de su mano.

Wilson había nacido y crecido en barrio El Progreso, una zona de invasión donde las calles de tierra se inundaban con cada aguacero del Pacífico y las casas de madera se apretujaban unas contra otras. Desde joven supo que tenía dos opciones, enredarse con las bandas o buscar una salida honesta. Eligió la segunda.

A los 20 años entró a Cruz Roja como auxiliar. A los 23 ya era para médico certificado. A los 30 llevaba más de una década subiendo y bajando de ambulancias, atendiendo heridos de bala, apuñalados, quemados, golpeados. Turnos de 12 horas, tres veces por semana, siempre de noche, siempre en los barrios más calientes del puerto.

Sus compañeros lo describían como callado, pero eficiente. No hablaba mucho, no preguntaba de dónde venían las balas. ni quién había apretado el gatillo. Su trabajo era salvar vidas. Pero Wilson no era solo un paramédico. Era un hombre con un conocimiento profundo de farmacología, toxicología, dosis letales. Sabía exactamente cuánto Midasolam necesitaba un paciente en crisis convulsiva.

Sabía cuánto fentanilo podía matar a un adulto sano en menos de 10 minutos. sabía cómo disfrazar un envenenamiento como una sobredosis accidental y sobre todo sabía moverse por Buenaventura sin levantar sospechas. Su uniforme azul de Cruz Roja era un salvoconducto. Su moto Yamaha XTC 125, un vehículo invisible en el tráfico nocturno del puerto.

su radio de emergencias. Una fuente constante de información: quién había caído? ¿Dónde? ¿A qué hora? ¿Con quién? Durante 15 años, Wilson salvó vidas de sicarios, cobradores, jefes de plaza. Los atendía a todos por igual. Nunca preguntaba, nunca juzgaba hasta que el sistema le falló. En los barrios de Buenaventura, Wilson era conocido como el paramédico que no discrimina.

Doña María, tendera de barrio San Francisco, lo recordaba llegando a cualquier hora con su maletín azul, atendiendo heridos en plena calle mientras las balas todavía silvaban. “Ese man era un berraco”, decía. Salvaba vidas sin mirar a quién. Pero después del asesinato de Jessica, algo cambió. Wilson seguía trabajando, seguía subiendo a la ambulancia, seguía atendiendo emergencias, pero sus ojos ya no eran los mismos.

PARTE II.

Sus compañeros lo notaron. Dejó de compartir zancocho los domingos. Dejó de hablar en los descansos. Se volvió un fantasma con uniforme. Y mientras la fiscalía archivaba el caso de Jessica por falta de testigos, Wilson empezó a llevar una libreta. apodos, placas de motos, tatuajes, horarios, anotaba todo, no dejaba nada al azar, porque si el estado no iba a hacer justicia, alguien tenía que hacerla.

Antes de convertirse en el hombre que la fiscalía buscaría por 13 homicidios, Wilson Andrés Cortés era solo un paramédico con un sueño sencillo, comprar una casa pequeña en una zona más tranquila de Buenaventura y sacar a su familia del barrio El Progreso. Él y Jessica Paola Moreno llevaban 8 años juntos, seis de ellos casados.

Se conocieron en una emergencia. Ella era enfermera del hospital departamental. Él llegó con un herido de bala. Sus miradas se cruzaron mientras intentaban estabilizar al paciente. “Usted es bueno en esto”, le dijo ella. “Usted también”, respondió él. Tres meses después estaban tomando chocolate caliente en la casa de la mamá de Jessica.

Un año después se casaron en la iglesia San Francisco, sin lujos, sin fiesta grande. Solo los vecinos, pan de bono, zancocho y música de Nietzsche sonando en una grabadora vieja. La rutina de Wilson era agotadora, pero honesta. Turnos de 7 de la noche a 7 de la mañana, tres veces por semana. Los días libres los dedicaba a hacer mercado en el centro, a compartir con Jessica, a dar clases de primeros auxilios gratuitas para jóvenes del barrio.

Que aprendan a salvarse entre ellos decía. Ganaba alrededor de 1,800,000 pesos al mes. Jessica ganaba un poco más en el hospital. Entre los dos ahorraban lo que podían. 500,000 pes aquí, 300,000 allá. guardaban la plata en una caja de metal debajo de la cama. El sueño era claro, juntar 12 millones para la cuota inicial de una casa en barrio Alfonso López o en la playita, lejos de la violencia de San Francisco y el progreso.

Read More