Casas con jardines, calles tranquilas, plazas donde los chicos jugaban a la pelota hasta que se hacía de noche. Y ahí en una de esas calles, una casa pegada a otra. Del lado izquierdo, la familia Franchela. Padre, madre, dos hermanos. Del lado derecho, los abuelos italianos. Dominico ya con 70 años encima hablando un castellano con acento calabrés que nunca terminó de pulir y Zaida la abuela cocinando cosas con olor a pueblo italiano todos los domingos.
Esa configuración define mucho de lo que vendría después, porque Guillermo Franchela, el actor, no se crió viendo televisión sola, se crió cruzando la pared, yendo de una casa a la otra, comiendo en lo de los abuelos, almorzando en lo de los padres, escuchando conversaciones de adultos, anécdotas viejas, chistes en italiano que él entendía a medias.
Toda esa Italia rural se le metió en el cuerpo de chico sin que él se diera cuenta. Y años después, cuando Guillermo empezó a hacer comedia, ese italiano interior salió disparado en personajes como Pepe Benvenuto en la familia Benvenuto, en la familia Argento. Señores, ando buscando la familia Muscarela. Muscarela.
Yo le voy a mostrar la foto de mio, Giuseppe Muscarella. Estoy muy interesado en conocer del pueblo de mi familia. Vengo de Argentina 12,000 km de hecho. En cada papel donde le pidieron hacer un argentino italiano. Eso no era actuación pura, era memoria de la cocina de la abuela Saída. El padre Ricardo Héctor era el centro emocional de la familia, empleado bancario por la mañana, profesor de gimnasia por la tarde, hincha de rascing las 24 horas.
Lo describe el propio Guillermo en entrevistas, que era un padre presente, cariñoso, exigente con el estudio, pero relajado con los gustos de los hijos. Una frase que repite siempre Guillermo es esta, que sus padres no tenían un interés particular por el cine ni por la literatura, pero sí los estimulaban a explorar aquello que les interesaba a los chicos.
O sea, no había en la casa una biblioteca enorme ni discos de música clásica. Había una pareja trabajadora que le decía al hijo, “Si te gusta una cosa, hacela. Si te gusta el fútbol, jugá al fútbol. Si te gusta la actuación, andá.” Esa libertad temprana, esa ausencia de mandato cultural específico, fue quizás el mejor regalo que Guillermo recibió en la infancia.
Pero hay otro regalo que el padre le dio y que marcó todo. Lo llevó a Rarin Avellaneda. Estadio Presidente Perón, también conocido como El cilindro. Tribunas llenas, hinchada cantando, olor a chorizo de cancha, frío en julio, calor en marzo y Ricardo el padre contándole a Guillermo todo lo que pasaba en el campo, quién era cada jugador, qué historia tenían los rivales, por qué tal jugada era importante.
Guillermo se hizo hincha fanático en esas tardes y todavía hoy, a los 71 años llora cuando Ratching gana algo importante. Y solo cuenta él mismo que el fútbol y Ratching son una herencia directa del padre que ya no está. La escuela primaria la hizo en Becar. Después fue atú a ser el secundario al Instituto 20 de junio de San Isidro, un colegio privado del barrio.
Se recibió de bachiller en 1972, 17 años recién cumplidos. Y como le pasa a casi todos los pibes a esa edad, no tenía ni la más pálida idea de qué quería hacer con su vida. Pepe, el tenedor. Acá es el asesino. Este, este es el asesino, comisario. Ven acá, lo agarré dentro de mi placar. Ricardito, ¿qué estabas haciendo dentro del placar del señor? Hablar, Ricardito.
Le cuento a tu mamá, ¿eh? Yo quería la cámara para sacarme una foto. Bueno, ¿qué se dice en estos casos, Ricardito? Decíselo al señor. Perdón, señor. Muy bien, Ricardito. Vaya no más, Ricardito. Fue tremendo. Fue una lucha tremenda, tremenda. Fue denodada porque él me peleó, me agarró de acá atrás, yo lo di, voló sangre por todos lados hasta que le hice una toma final que es así y finalmente lo derroté, chicos.
Y y no después lo liberaron porque era Ricardito. Acá empieza la parte más rara y menos conocida de la biografía de Franchela, la etapa periodista. Porque sí, antes de actor, antes de comediante, antes de todo, Guillermo Franchela estudió periodismo y trabajó como periodista y le fue mal, muy mal.
Tan mal que en menos de 100 días lo echaron. La cosa fue así. Después de terminar el secundario, Guillermo dudaba entre dos cosas. estudiar teatro, que era lo que le gustaba realmente, o estudiar algo serio que le diera de comer. La presión social de la época, sumada a la influencia familiar de gente trabajadora, lo empujó hacia lo segundo y él se anotó en el Instituto Grafotécnico, una institución que en esa época formaba periodistas en Buenos Aires.
Hizo 3 años de carrera, sacó el título y al recibirse consiguió un trabajo, pero no un trabajo cualquiera, consiguió laburo en una de las revistas más leídas del país, revista Gente, la revista de Editorial Atlántida, La Biblia del Show, La Política y la actualidad argentina durante décadas. Imaginemos a un Guillermo Franchela de 22 años, traje barato, anotador en mano, entrando a la redacción de gente en pleno 1977.
Buenos Aires bajo dictadura militar, la prensa con miedo, con autocensura, con temas prohibidos. Y él en ese contexto, intentando ser reportero, le asignaban notas, salías a entrevistar, volvía con grabaciones, con apuntes, con historias y los editores leían sus textos. y le hacían correcciones, cada vez más correcciones.
Y al cabo de 3 meses, los jefes tomaron la decisión, echarlo. Lo dice él mismo con humor en entrevistas posteriores. Que duró muy poquito en el periodismo, que lo echaron rápido. La razón exacta nunca la cuenta del todo. Quizás no servía para escribir, quizás no le encontraba la vuelta al oficio, quizás los editores percibieron lo que él mismo no se animaba a aceptar, que ese pibe quería ser otra cosa, no periodista.
Pensemos por un segundo lo humillante que tuvo que ser eso. 3 años de carrera, título en mano, primer trabajo y a los 90 días despedido. Para una familia de inmigrantes, calabreses, ahorradores y trabajadores como los Franchela, ese despido fue un golpe duro. La pregunta del padre, del hermano, de los tíos debe haber sido la misma.
¿Y ahora qué vas a hacer? Y Guillermo, sin respuesta clara, simplemente empezó a hacer cualquier cosa que apareciera, lo que sea, lo que pagara la luz, la comida, el alquiler eventualmente. La etapa de vendedor de Guillermo Franchela es probablemente la más rica desde el punto de vista humano, porque son los años en los que él, sin saberlo todavía, estaba juntando todo el material que años después iba a usar para componer personajes.
Eu tengo el mejor cambio das pele mejor jugador del mundo. Es porque Maradona gran jugador va taco. Es trampa. Como argentino no puedo permitirlo. Vendió ropa, vendió seguros y vendió metros cuadrados como socio de una inmobiliaria. Cada uno de esos trabajos lo puso en contacto con un tipo distinto de gente y él, que era observador por naturaleza, archivaba en su cabeza.
En la tienda de ropa atendía a clientes de todos los estilos, señoras que se probaban 10 camperas y se llevaban una, hombres apurados que entraban por una camisa y salían con dos trajes, a adolescentes que mentían sobre el dinero que tenían. Cada cliente era una pequeña obra de teatro y Guillermo detrás del mostrador miraba, aprendía el ritmo del lenguaje porteño cotidiano, aprendía las muletillas, aprendía los gestos chiquitos que hace la gente cuando no quiere comprar algo, pero no se anima a decir que no. Esos gestos años después
iban a aparecer en los personajes que él compondría con una precisión que el público reconocería como propia porque era era de la calle. El siguiente trabajo fue vender seguros. Era el laburo más duro de los tres, porque vender un seguro es vender algo que el cliente todavía no necesita. Pero, ¿qué va a necesitar? Es vender una promesa de protección frente a algo malo que quizás no pase.
Eso requiere convencer, generar confianza, sostener la mirada, encontrar las palabras justas. Guillermo lo hizo durante un tiempo. No era brillante en eso, pero le sirvió como ejercicio actoral involuntario. Cada llamado era una escena. Y finalmente cada cliente era un público de una sola persona. El hermano de la madre había abierto una en menos de 20 segundos que llevaba el apellido Franchela en el cartel y a Guillermo, que andaba dando vueltas le ofrecieron sumarse como socio. Aceptó.
Y durante un tiempo, el actor, que hoy llena salas en cines y plataformas, atendía clientes en una pequeña oficina porteña. Mostraba departamentos a parejas que recién se casaban. Hablaba de metros cuadrados, de zonas, de hipotecas, de tasaciones. Vendía y alquilaba propiedades como cualquier corredor inmobiliario común. Esa inmobiliaria, dato curioso, todavía existe.
Hoy la maneja Ricardo, el hermano mayor de Guillermo, y sigue funcionando en Belgrano. La vida cambió para Guillermo, pero no para todos en la familia. Eso da otra capa al personaje. Un franchela que pudo seguir siendo corredor inmobiliario para siempre, un hermano que sí lo siguió siendo y la elección en el medio de tomar otro camino.
Mientras vendía ropa, seguros y propiedades, Guillermo iba a clases de teatro a la noche, ensayaba con grupos amateurs, audicionaba para extras en publicidades. A principios de los años 80, su gran logro fue protagonizar una propaganda, pero no cualquier propaganda. Una de Sinzano, la marca de Bermud italiana. 30 segundos en pantalla.
Fue su primer trabajo serio frente a una cámara. Y ese aviso hoy perdido en algún archivo de la televisión argentina es el primer eslabón de la carrera del actor. La cara de Franchela, joven sin canas, vendiendo vermud con sonrisa cómplice, fue el embrión de todo lo que vendría. Hay una anécdota que Guillermo cuenta y que pinta perfecto cómo era esa etapa.
Una vez fue a La Habana, a Cuba, durante un festival de cine. Le habían asignado un asiento muy lejos del escenario en las últimas filas de la platea. Guillermo, todavía sin la fama internacional que después vendría, se sentó en silencio, pero un asistente de la sala lo reconoció. Era un mexicano que admiraba su trabajo en cine argentino.
Y este asistente, sin pedirle permiso a nadie, lo dejó avanzar desde las últimas filas hasta primera fila. Guillermo terminó sentado al lado de figuras que nunca se hubiera imaginado y en algún momento de esa noche se cruzó con el mismísimo Fidel Castro. Hablaron unas pocas palabras y Guillermo se volvió a la Argentina contándole esa historia a Marinés a los amigos a quien quisiera escuchar.
Que un comediante argentino que vendía propiedades unos años antes había terminado dándole la mano al líder cubano más controvertido del siglo XX. Eso resume bien el viaje de su vida. De vendedor de Sinzano a saludar a Castro en una sala de cine en La Habana, volviendo a los años 80. La rutina era dura.
Guillermo se levantaba temprano, iba a la inmobiliaria o a la tienda de ropa, atendía clientes durante el día, comía un sándwich rápido al mediodía, terminaba la jornada laboral a las 7 u 8 de la noche, se iba a clase de teatro, ensayaba hasta las 11, volvía a becar en colectivo o en tren, dormía pocas horas y al día siguiente repetía todo.
Esa fue subida durante años, sin glamour, sin fotos en revistas, sin reconocimiento de nadie en la calle. Era un actor en formación que ningún productor todavía se animaba a contratar para algo grande. Y entonces pasó lo que cambia toda biografía, lo que la marca para siempre. En 1981, cuando Guillermo tenía 26 años, su padre se murió.
Ricardo Héctor Franchela, el bancario, el profesor de gimnasia, el hincha de Racin, el padre que lo había llevado a la cancha, el hombre que vivía pegado a la casa de los abuelos calabreses. Se fue. Guillermo lo cuenta con muy pocas palabras y hasta hoy, después de 45 años le cuesta hablar de eso largo. Lo describe con una expresión exacta que fue un golpe muy fuerte para la familia.
Pensemos lo que significa eso. Guillermo a los 26 años perdió a su padre. Su madre se quedó viuda. Su hermano, mayor que él era ya adulto, pero también recibió el impacto. Toda la red familiar que se había construido en Becar, esa estructura de dos casas pegadas con los Franchela en una y los abuelos en la otra, empezó a deshacerse.
Los abuelos ya estaban viejos. La madre tenía que reorganizar la economía familiar sin el sueldo del banco ni el dinero del Racing Club. Y Guillermo en el medio sin un trabajo estable, intentando ser actor, vendiendo seguros para parar la olla. Acá hay algo que el propio Guillermo nunca termina de explicar bien y que quizás explica todo.
Después de la muerte del padre, su determinación cambió. La decisión de ser actor, que hasta ese momento había sido una posibilidad entre otras, se transformó en algo más fuerte, casi una promesa silenciosa. No iban a hacer cualquier cosa, iba a ser actor. Y si fallaba, iba a fallar como actor, no como vendedor de seguros frustrado.
La muerte del padre, ese golpe muy fuerte que Guillermo no termina de describir, fue paradójicamente el catalizador que le dio a su carrera la fuerza que le faltaba. Porque cuando vos perdés a alguien tan central a los 26 años, entendés algo que muchos no entienden hasta los 40 o 50, que la vida es corta, que no hay segundas oportunidades, que si no perseguís lo que querés ahora, ese ahora se va a transformar en un después que nunca llega.
Y a partir de ese momento, Guillermo se convirtió en una máquina de audicionar. Hay una frase preciosa que algún crítico escribió sobre él, que era persistente en los castings como quien llama al portero hasta que le abren. Esa imagen lo define perfecto. Un pibe que tocaba el timbre de los estudios de televisión, que llamaba a productoras, que dejaba carpetas con sus fotos en cada despacho que encontrara, que se mostraba para el papel más pequeño, porque sabía que cada uno era una posibilidad y que cuando le decían que no, golpeaba en otra puerta.
La paciencia tuvo recompensa lentamente. En 1980 entró a una telenovela llamada Los hermanos Torterolo. Después en una titulada Historia de un trepador. Papeles chiquitos, renglones en el guion, pero pantalla después de todo. Pantalla en la televisión argentina de los años 80 era ya algo importante.
significaba que tu cara empezaba a aparecer en algunos hogares, que los productores de otros canales podían verte, que un director te conocía sin tener que presentarte. En 1985 hizo su primer protagónico en cine. La película se llamaba El telo y la tele. No fue un éxito masivo, pero le dio recorrido. Después siguieron películas como Camarero nocturno y las colegialas en 1986.
Eran comedias livianas hechas a las apuradas con presupuestos chicos, pero servían. Cada una de esas películas era un escalón. En 1987 su vida cambió en otro plano. Conoció a una mujer, Marinés Breña. Trabajaba como azafata de una aerolínea y entre vuelo y vuelo alguna vez se cruzaron. La química fue inmediata, empezaron a salir 2 años y medio después, en 1990, se casaron.
Esa pareja, Guillermo y Marinés sigue junta hoy. Llevan casi 40 años juntos sin separaciones, sin escándalos, sin tapas amarillas anunciando crisis matrimonial, sin terceros nombrados en revistas. En un mundo del espectáculo donde casi todos los matrimonios famosos se rompen, los Franchela son una excepción que se hizo costumbre. Tuvieron dos hijos.
Nicolás llegó al mundo el 22 de octubre de 1990. Hoy es actor reconocido. Guillermo era padre primerizo a los 35 años. 3 años después, en diciembre de 1993, llegó la segunda. Una nena. Le pusieron Johana, pero le dicen Yoyi. También se dedicó a la actuación con el correr de los años. Los dos hijos siguieron los pasos del padre, algo que pasa poco, porque generalmente los hijos de actores cuando ven la inconstancia del oficio desde adentro eligen otra cosa.

Los Franchela no. Los dos eligieron la misma profesión y mientras armaba la familia la carrera explotaba. En 1988 llegó el primer gran éxito televisivo, una telenovela que se llamó De carne somos. Guillermo interpretaba a Ricardo, un carnicero de barrio que después de perder a su padre se ocupa de su madre y sus hermanas.
Hay un detalle conmovedor acá. El personaje pierde al padre. Como Guillermo había perdido al suyo 7 años antes. Esa novela duró 2 años en pantalla y le dio a Guillermo el reconocimiento masivo que andaba persiguiendo desde hacía una década. Después llegó Los Exterminators en 1989, una parodia argentina del cine de acción americano. El éxito fue brutal.
Llenó cines, tuvo cuatro secuelas, le dio a Franchela la marca de comediante popular que lo iban a acompañar 20 años y después encadenado vinieron los grandes éxitos televisivos. La familia Benuto entre 1991 y 1995. Brigada Cola entre 1992 y 1994 con su famoso personaje del policía Francachella y el perro tronco.
Naranja y media. Trillios, una sucesión de éxitos que lo transformó en uno de los actores más populares de la televisión argentina. Hay algo que define a Guillermo Franchela mejor que cualquier premio y es lo que no hace, lo que nunca hizo y que en el mundo del espectáculo argentino lo convierte casi en una rareza.
Guillermo Francela, en cinco décadas de carrera nunca tuvo un escándalo público, ningún. Nunca lo agarraron mintiendo, nunca lo vieron borracho en la calle, nunca apareció con otra mujer en la tapa de una revista. Nunca peleó con ningún periodista en cámara, nunca insultó a un colega en redes, nunca firmó una solicitada polémica, nunca defendió a un represor, nunca defendió a un golpista, nunca dijo barbaridades y en un programa de chimentos.
Pensemos en la cantidad de actores famosos argentinos que sí pasaron por alguno de esos episodios en los últimos 20 años. Y pensemos en Francela, limpio, casi increíblemente limpio, casi como si su mayor talento, además de actuar, fuera mantenerse fuera del barro. Esto no es casual, es estrategia, es decisión, es educación calabresa transmitida de Domenico a Ricardo, de Ricardo a Guillermo.
La idea de que el laburo se hace con seriedad, que la familia es lo más importante y que la vida privada es exactamente eso, privada. No se cuenta, no se vende, no se exhibe. Esa idea que para la generación de Domenico era obvia en el mundo de las redes sociales del año 2026 es prácticamente revolucionaria y Franchela la mantiene como bandera silenciosa.
Marinés, su esposa, casi nunca da entrevistas. Eligió desde siempre quedarse del otro lado. Acompañar a Guillermo a estrenos importantes. Sí. aparecer en alguna foto con él, sí, pero darle a la prensa argumentos para hablar de ella jamás. Esa decisión coordinada de los dos blindó el matrimonio en un negocio donde todo se filtra, nada se filtra de los franchela y eso paradójicamente es lo que los hace más fascinantes para el público que lo sigue.
Lo que se oculta es siempre más interesante que lo que se muestra. Los hijos también heredaron ese estilo. Nicolás Franchela, que hoy tiene 35 años, hace teatro y cine sin la ostentación habitual de los hijos famosos. Yo también. Guillermo en una entrevista contó algo preciosos, que él nunca quiso meter a sus hijos en su carrera mientras eran chicos, que ellos eligieron actuar después ya como adultos conscientes de lo que el oficio implica.
Que él cuando los ve subir al escenario o frente a una cámara llora. Llora como llora un padre cualquiera viendo a sus hijos hacer lo que aman. La fama en la cabeza de Guillermo sigue siendo un accidente. Lo importante es la familia. Eso, repite, lo aprendió de Ricardo, su propio padre.
Y entonces llegamos al presente, qué es lo que la mayoría de la gente conoce, pero que cobra otro sentido cuando se entiende todo lo que vino antes. En 2001, mientras la Argentina entraba en una de sus crisis económicas más brutales, Guillermo lanzó un programa cómico que se transformó en fenómeno. Se llamó Poné a Franchela.
Era un programa de sketches con un elenco enorme. Gabriel Goiti, Florencia Peña, Andrea Frigerio, Roberto Carnagui y modelos jóvenes que recién empezaban como Julieta Prandy y Pamela David. Ponea Franchela se convirtió en cita obligada. Tenía sketches que hoy todavía se citan, como el del tímido Sambusetti. Duró dos temporadas y se transformó en programa de culto.
En 2005 llegó Casados con hijos, la adaptación argentina de Married with Children, la Sitcom americana. Guillermo se puso en la piel de Pepe Argento y Pepe Argento se transformó en uno de los personajes más queridos de la televisión argentina. Un vendedor de zapatos malhumorado, hincha del fútbol, padre de familia, marido de una rubia despampanante.
La serie tuvo dos temporadas, pero el impacto cultural fue tan grande que 20 años después se sigue hablando de Pepe Argento como si fuera un familiar de todos. Lo curioso de Pepe Argento es lo poco que tiene que ver con el verdadero Guillermo Franchela. Pepe es vago. Guillermo es el actor más laburador de la Argentina.
Pepe es ácido y maleducado. Guillermo es educado y amable hasta el cansancio. Pepe odia su odia a su familia. Guillermo adora a la suya. Pepe vendía zapatos sin ganas. Guillermo vendía propiedades sin ganas, pero entendiendo a cada cliente. Esa distancia entre el actor y el personaje es lo que hace tan perfecta la composición.
Porque Franchela, siendo el opuesto exacto de Pepe Argento, logró meterse adentro de Pepe con tal precisión que durante años la gente lo confundió con su personaje. Le decían Pepe en la calle, le pedían una mano para venderle algo, le mandaban saludos a Mon Argento, su esposa de ficción. Esa borradura entre actor y personaje es lo que solo logran los actores realmente grandes, los que pueden desaparecer dentro de un papel sin perder su identidad.
y dato extra que vale la pena marcar. En 2003, mientras hacía pone a franchela, Guillermo trabajó con Luis Brandoni en una comedia llamada Durmiendo con mi jefe. Esa colaboración con Brandoni, ese histórico actor argentino que falleció hace pocos días en abril de 2026 es un dato que la mayoría de la gente no recuerda, pero está forma parte del entramado de relaciones del actor.
Franchela se cruzó con todos los grandes de la historia del cine argentino y de cada uno aprendió algo. Eso explica también la solidez con la que hoy compone cada papel. Y en 2009, Juan José Campanela lo llamó. Quería tenerlo en una película llamada El secreto de sus ojos, un thriller dramático protagonizado por Ricardo Darín.
Para Franchela, esa propuesta fue un giro enorme. Toda su carrera había sido comedia. Ahora le pedían un papel dramático un secundario alcohólico llamado Sandoval en una película que jugaba en otra liga. Aceptó. Filmaron. La película se estrenó y en 2010 El secreto de sus ojos ganó el Ócar mejor película extranjera, el primer Óscar argentino en 44 años.
Franchela con su personaje secundario había sido parte de esa historia y a partir de ahí los directores empezaron a verlo distinto. Ya no era solo el comediante, era también un actor dramático. De ahí en adelante encadenó proyectos cada vez más serios. El hombre de tu vida con Campanela en 2011, Corazón de León en 2013, el clan en 2015, donde interpretó a Arquimedespucho, el patriarca de una familia secuestradora real.
Ese papel dirigido por Pablo Trapero le valió uno de los reconocimientos más grandes de su carrera, el robo del siglo en 2020. Y 2022 marcó otro hito, el estreno del encargado, una serie de Disney Plus en la que él interpreta a Eliseo Basurto, un encargado de edificio porteño manipulador, sutil, retorcido, un personaje que la crítica internacional aplaudió y que le abrió las puertas del público europeo de manera definitiva.
Hay que detenerse un segundo en el clan porque ese papel cambió la percepción que el público tenía de Franchela. Arquimedespuchcio fue un hombre real, un represor que durante la dictadura militar argentina lideró una familia que secuestraba y mataba a empresarios para pedir rescate. Se llamaban a sí mismos Una familia de bien.
Iban a misa, tenían un negocio de artículos deportivos en San Isidro y al mismo tiempo en el sótano de la casa tenían encadenadas a sus víctimas. Esa contradicción, ese mal absoluto disfrazado de respetabilidad clase media es lo que Franchela tenía que componer en pantalla y lo logró con una intensidad que dio escalofríos.
Sus ojos en el clan, helados, fríos, como si hubieran perdido la capacidad de sentir, son una de las grandes interpretaciones del cine argentino reciente. Después de esa película, nadie volvió a llamarlo solo cómico, porque había demostrado ante medio mundo que podía tocar el infierno con la misma maestría con la que tocaba la risa.
Y el encargado merece otro párrafo porque es la consagración internacional de Franchela en la era streaming. La serie cuenta la historia de Eliseo Basurto encargado de un edificio del barrio de Belgrano. Un hombre que parece servicial, atento, cumplidor, pero que en realidad manipula a cada vecino del edificio con una sutileza maquiabélica.
Eliseo no grita, no insulta, no patea muebles, hace el trabajo más oscuro con sonrisas y favores. Es un personaje pegado al hueso de la clase media porteña, escrito por Mariano Con y Gastón Duprat con observación quirúrgica. Y Franchela, frente a la cámara lo interpreta con una contención que se quiebra solo en pequeños momentos clave donde el espectador entiende todo.
La serie va por su cuarta temporada en 2026. Es un éxito en España, en México, en Italia, en Estados Unidos y pone a Franchela en una liga que muy pocos actores hispanohablantes alcanzaron jamás. Y en agosto de 2025 se estrenó Homo Argentum, dirigida por Mariano Con Gastón Duprat, una película que es en realidad 16 cortometrajes pegados, todos protagonizados por él.
16 personajes distintos, 16 historias del argentino contemporáneo. Vendió más de 400,000 entradas en las primeras semanas, superó el millón de espectadores. Se transformó en uno de los mayores éxitos del cine argentino reciente y entró al top 10 mundial de Netflix cuando llegó a la plataforma. La crítica internacional la comparó con la época dorada del cine italiano, esa misma Italia de la que su abuelo Domenico había salido en 1909.
El círculo otra vez se cerraba sin ruido. Hoy, a los 71 años, Guillermo Franchilla vive con Marinés en Buenos Aires. Mantiene la rutina del actor que no para, filma, ensaya, presenta. La cuarta temporada de El encargado se estrena en estos meses. Su película Playa de Lobos llega como primer estreno fuerte de 2026 y en marzo de este año vuelve al teatro con Desde Cel Jardín dirigido por Marcos Carnevale.
La agenda de un hombre que pudo retirarse hace una década con un patrimonio cómodo y que sin embargo, sigue subiéndose al escenario casi todas las noches. Porque el amor por el oficio, ese mismo amor que lo llevó a llamar a las puertas como un portero a los 26 años, no se le fue. Se hizo más profundo si tuviéramos que resumir todo en una sola idea, sería esta.
Guillermo Francela es la prueba viviente de que en un negocio que premia el escándalo, todavía se puede construir una carrera enorme, manteniendo el perfil bajo, la familia unida y el laburo serio. Es lo opuesto a casi todo lo que hoy se ve en redes y por eso mismo, paradójicamente, es lo que más conmueve cuando se cuenta la historia entera.
Detrás del Pepe Argento, detrás del sandoval del Ócar, detrás de los 16 personajes de Homo Argentum, hay un pibe de becar que perdió al padre a los 26 años, que vendió ropa para comer, que durmió varios años con el miedo de no llegar nunca a nada y que terminó construyendo una vida que su abuelo Domenico Franela allá en Falconar Albanese jamás se hubiera animado a soñar.
Ahora te queremos preguntar a vos que llegaste hasta acá. Cuatro preguntas sin respuesta correcta para que las contestes en los comentarios. Una. ¿Cuál es el papel de Guillermo Francela que más te marcó en la vida? Pepe Argento de Casados con hijos, Sandoval de El secreto de sus ojos, Eliseo Basurto del encargado o alguno de los 16 personajes de Homo Argentum.
Dos. ¿Te parece que Franchela es el mejor actor argentino vivo? ¿O hay otro que vos pondrías arriba? Contanos cuál. ¿Y por qué tres, la decisión de mantener el perfil bajo de Franchela? ¿La admiraz o te parece que en el siglo XXI los actores deberían estar más expuestos en redes y en política? ¿Hay opiniones para los dos lados? Cuatro.
¿Hay algún otro actor o actriz argentina que vos creas que merece este tipo de historia contada completa sin filtros de la televisión? Ponelo en los comentarios, lo leemos todo y muchos de los próximos videos van a salir de ahí. Si llegaste hasta acá, déjanos un me gusta, no te cuesta nada y a nosotros nos ayuda muchísimo a seguir contando estas historias.
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Te esperamos hasta la próxima. M.