Uno de cada tres hermanos. En los próximos 2 años el Papa León XIV va a cambiar a uno de cada tres obispos de México, un tercio entero del episcopado del segundo país más católico del mundo entero, más de un tercio. De hecho, el 34% de toda la jerarquía de la Iglesia Católica Mexicana va a ser renovado entre este año y el que viene.
Para que entiendan lo que eso significa, hermanos, México es uno de los corazones del catolicismo mundial. la tierra de la Virgen de Guadalupe, la tierra que tiene una de las mayores poblaciones católicas del planeta. Y a la cabeza de esa iglesia inmensa hay un grupo de obispos y arzobispos que la gobiernan, que la guían, que la pastorean.
Pues bien, uno de cada tres de esos hombres va a ser reemplazado en apenas dos años. Y escúchenme bien esto porque es lo más fuerte. Los dos cardenales más poderosos de México, los dos hombres de rojo más importantes del país, ya tienen su carta de renuncia presentada. Sobre la mesa del Papa esperando, va a llegar, hermanos, sangre nueva a la Iglesia Mexicana, una renovación que no se veía desde hacía mucho tiempo y eso en sí mismo podría ser una noticia hermosa, una noticia de esperanza.
Pero hay un problema, hermanos, y es un problema grave. Esa sangre nueva va a llegar en el peor momento posible. Porque hoy en algunas regiones de México un sacerdote se levanta por la mañana, camina hacia su iglesia y no sabe con certeza si va a poder abrir las puertas de su propio templo sin que alguien venga a cobrarle una cuota por permitírselo. No lo sabe.
Esa es la realidad de algunas zonas de México hoy. Y a esa realidad, a esa tormenta, van a llegar los obispos nuevos que el Papa está a punto de nombrar. Por eso la pregunta de esta noche, hermanos, la pregunta que de verdad importa no es cuántos obispos van a cambiar, es otra. ¿Qué clase de pastores va a elegir el Papa León XIV para una iglesia que vive bajo tormenta? hombres de despacho, administradores, gerentes con buena letra y buenas maneras, o pastores de verdad, de los que huelen a oveja, de los que están
dispuestos a caminar con su gente, aunque el camino sea peligroso. Y déjenme decirles algo desde el principio, hermanos, con el corazón en la mano. Este tema me toca como pocos, porque yo no les hablo esta noche de una iglesia ajena, lejana, que conozco de oídas. Yo les hablo de mi casa, de la iglesia de la que yo salí.
Yo nací en un pueblo de México, crecí entre esas campanas, recé en esas parroquias humildes y por eso lo que está a punto de pasar en México no lo veo como un periodista que analiza un dato, lo veo como un hijo que mira lo que le pasa a la casa de su madre. Vamos a entenderlo juntos, hermanos. Lo que va a cambiar, la tormenta que esos hombres van a heredar.
¿Y qué clase de pastor necesita México en este momento de su historia? Bienvenidos. Soy el padre Samuel y esto es lo que no les van a decir en ningún otro lado. Vamos al dato, hermanos, despacio para que se entienda bien, porque es más importante de lo que parece a primera vista. Entre el año 2026 y el 2027, es decir, ahora mismo y durante los próximos meses, el Papa León XIV va a renovar el 34% del episcopado mexicano, un tercio largo.
¿Y por qué justo ahora? ¿Por qué tantos a la vez? No es un capricho, hermanos. No es una purga. No es que el Papa haya decidido echar a nadie. Es algo mucho más sencillo y mucho más ordenado. Es la ley de la Iglesia funcionando. Verán, existe una norma en el derecho de la Iglesia, en el Código de Derecho canónico que se llama el canon 401.
Y esa norma dice una cosa muy clara. Todos los obispos del mundo, todos, incluidos los cardenales que gobiernan una diócesis, están obligados a presentar su renuncia al Papa cuando cumplen 75 años. es la edad de la jubilación para un obispo. Llegan a los 75 y tienen que poner su cargo a disposición del Papa. Ahora bien, hermanos, presentar la renuncia no es lo mismo que dejar el cargo de inmediato.
Aquí hay un matiz importante que quiero que entiendan bien, porque es la verdad exacta de lo que está pasando. Cuando un obispo presenta su renuncia a los 75, el Papa tiene dos opciones. Puede aceptarla de inmediato y nombrar a un sucesor. O puede pedirle que se quede un tiempo más mientras busca y elige con calma al hombre adecuado para reemplazarlo.
La renuncia se presenta, pero el Papa decide cuándo y cómo la acepta. Y lo que pasa en México, hermanos, es que se ha juntado un grupo grande de obispos y arzobispos que han llegado o están a punto de llegar todos más o menos al mismo tiempo, a esa edad de los 75 años, por pura demografía, por cómo se nombraron en su día, una generación entera de pastores mexicanos llegando junta a la edad del relevo.
Y eso obliga al Papa a hacer en poco tiempo un número enorme de nombramientos nuevos. ¿Y quiénes son los nombres más importantes de esa lista, hermanos? Porque hay dos que destacan sobre todos los demás. El primero es el cardenal Carlos Aguiar Retes, arzobispo primado de México, es decir, el arzobispo de la Ciudad de México, el cargo más importante de la iglesia mexicana.
Tiene 76 años, ya pasó la edad, su renuncia está presentada. Y el segundo es el cardenal Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, que es una de las arquidiócesis más grandes e importantes de todo México y del mundo. También en la edad del relevo, también con su renuncia presentada. Y fíjense en este detalle, hermanos, que es importante.
Estos dos hombres, Aguar Retes y Robles Ortega, son los dos únicos cardenales mexicanos que entraron en el cónclave que eligió al Papa León XIV. Es decir, los dos votaron por él, los dos ayudaron a elegirlo y ahora los dos tienen su renuncia sobre la mesa de ese mismo Papa que ayudaron a poner esperando su decisión.
Quiero ser muy claro en una cosa, hermanos, por respeto y por justicia. Que un obispo presente su renuncia a los 75 años no tiene nada de malo ni de sospechoso. Es la ley, es lo normal, es lo que le toca hacer a todo obispo del mundo, sea bueno o malo, santo o no. No estoy diciendo nada en contra de estos hombres. Estoy contando un relevo ordenado, previsto por la ley de la iglesia.
Cumplir años no es un pecado, hermanos. Es una bendición que no todos alcanzan. [resoplido] Pero ahora viene el dato, hermanos. El dato que de verdad pone esto en perspectiva, el que explica por qué este relevo es tan importante, escúchenlo bien. Según los datos que recogen los portales que se dedican a estudiar estas estadísticas de la Iglesia, de todos los arzobispos y obispos que gobiernan México a principios de este año, ¿saben quién nombró a cada uno? El 52 y5% más de la mitad fueron nombrados por el Papa Francisco, el 27% por el Papa Benedicto
16, el 17% por San Juan Pablo II. ¿Y saben cuántos nombró el Papa actual? León 14. Solo el 2 y5%, hermanos. 2 y medio. ¿Entienden lo que eso significa? Significa que León XIV heredó una iglesia mexicana que construyeron otros, que casi ningún obispo mexicano actual es, por decirlo de algún modo, suyo. No los eligió él.
Los eligieron sus predecesores con sus criterios, con sus estilos, con sus prioridades. Y eso, hermanos, está a punto de cambiar de manera radical, porque con todos los nombramientos que va a hacer en estos 2 años, León XIV va a pasar de haber nombrado a un mísero 2 y5% a haber nombrado a más de un tercio de toda la jerarquía mexicana, de casi ninguno a uno de cada tres.
Y eso, hermanos, no es una intriga de poder, no es política eclesiástica de pasillos, es algo más profundo, porque cada papa cuando elige a un obispo imprime en él su propio criterio, su propia idea de cómo tiene que ser un pastor, su propia visión de la iglesia. Cuando un Papa nombra a un tercio de los obispos de un país, está dando forma al rostro de esa iglesia para los próximos 20 o 30 años.
está decidiendo qué clase de hombres van a guiar la fe de millones de personas durante una generación entera. Por eso lo que León XIV va a hacer en México, hermanos, transforma el mapa de la iglesia más grande de habla hispana del mundo, la nuestra, la de nuestra lengua, la de nuestra gente. Pero aquí, hermanos, es donde la historia se pone seria de verdad, porque esos hombres nuevos, esos pastores que el Papa va a elegir, no van a llegar a una iglesia tranquila, no van a heredar diócesis en calma, van a llegar a una tormenta. Y de
esa tormenta tengo que hablarles ahora con todo el cuidado y todo el respeto que el tema merece. Hermanos, lo que les voy a contar ahora lo voy a contar con mucho cuidado porque es un tema serio, un tema doloroso y un tema en el que hay que medir cada palabra. No voy a nombrar a nadie.
No voy a entrar en detalles que no aporta nada más que morvo. Voy a contarles con sobriedad, como lo contaría un buen telediario, la realidad que viven algunas regiones de la iglesia en México hoy. En algunas zonas de México, hermanos, la Iglesia opera bajo una presión que la mayoría de los católicos del resto del mundo no alcanzan ni a imaginar.
Aquí en España, donde yo vivo ahora, un cura abre su iglesia por la mañana y lo único que teme es que haga frío o que venga poca gente a misa. En algunas regiones de México, abrir la iglesia puede ser literalmente un acto de valentía. Les voy a dar un dato concreto, hermanos documentado. El crimen organizado en algunas regiones del país ha llegado a cobrar cuotas a los templos, cuotas de las que llaman de seguridad, es decir, dinero a cambio de permitir que la iglesia permanezca abierta, que el párroco pueda celebrar misa, que la
gente pueda ir a rezar. Han convertido en algunos lugares el simple hecho de tener una parroquia abierta en algo por lo que hay que pagar. Y la cosa ha llegado tan lejos, hermanos, que en algunos estados como Chiapas, asociaciones de pastores denunciaron en el año 2024 que habían tenido que cerrar templos, cerrarlos ante la ola de violencia. Imagínense eso.
Una iglesia que tiene que cerrar sus puertas, no por falta de fieles, sino porque ya no es seguro tenerla abierta. La casa de Dios cerrada por la violencia de los hombres. Y hay situaciones, hermanos, en las que los propios obispos se han visto ante dilemas terribles. En el estado de Guerrero, por ejemplo, algunos obispos llegaron a promover una tregua con el crimen organizado, una tregua para intentar frenar la violencia que estaba destrozando a la población.
Y eso, hermanos, fue un gesto muy controvertido. Mucha gente lo criticó. ¿Cómo va la iglesia a sentarse a hablar con los criminales? Y yo no vengo aquí a juzgar a esos obispos, hermanos. No me corresponde, pero sí quiero que entiendan el dilema, porque es un dilema profundamente pastoral. Un obispo, un pastor, ¿hasta dónde puede llegar para proteger a su gente? ¿Se mantiene puro y distante, sin mancharse las manos hablando con quien no debería mientras su pueblo sufre y muere? ¿O baja al barro, se arriesga, hace gestos
incómodos y discutibles, con tal de salvar aunque sea una vida? No tengo una respuesta fácil para eso, hermanos. y desconfíen del que la tenga. Es una de esas situaciones donde un pastor de verdad se juega el alma intentando hacer el bien en medio de un mal que lo supera todo.
Y luego está, hermanos, el precio más alto de todos, el que no se paga en dinero. Porque en México sacerdotes han dado la vida, literalmente, han muerto por ser pastores. Y permítanme que mencione, con todo el respeto del mundo, con la cabeza inclinada, un solo nombre, el del padre Marcelo Pérez, un párroco de San Cristóbal de las Casas en Chiapas, un hombre que trabajaba por la paz, por su comunidad, por los más pobres.
Fue asesinado en octubre del 2024. Acababa de celebrar misa. No voy a dar más detalles, hermanos, no hacen falta. No estamos aquí para el morvo. Solo quiero que ese nombre quede esta noche en el aire con dignidad como representante de tantos sacerdotes mexicanos que han pagado con su vida el simple hecho de ser fieles a su vocación, de abrir su iglesia, de estar con su gente, que en paz descanse y que su sangre como la de tantos no sea olvidada. Esta es la tormenta, hermanos.
Esta es la realidad a la que van a llegar los obispos nuevos que León XIV está a punto de nombrar. No van a heredar una iglesia de salón. Van a heredar diócesis donde la fe se vive, a veces bajo amenaza, donde ser cura puede costar caro, donde el pueblo de Dios reza, abre sus templos y entierra a sus mártires con una valentía que debería avergonzarnos a los que vivimos la fe cómodamente en otros lugares.
Y por eso, hermanos, la pregunta del principio se vuelve más urgente que nunca. ¿Qué tipo de obispo se necesita para esto? Porque para una iglesia en calma, casi cualquier hombre razonable y ordenado puede servir. Pero para una iglesia en la tormenta, hermanos, hace falta otra cosa. Hace falta temple, hace falta cercanía, hace falta un corazón de pastor y no de funcionario.
Y de eso depende en buena medida lo que el Papa decida en estos meses. Y aquí, hermanos, hay una buena noticia, una razón para la esperanza en medio de todo esto. [resoplido] Y tiene que ver con quién es el hombre que va a tomar estas decisiones, porque si hay un papa en la historia reciente preparado para entender lo que vive la Iglesia mexicana, hermanos, es este, es León XIV. Y déjenme explicarles por qué.
León XIV no es un papa de escritorio. No es un hombre que haya pasado toda su vida entre los pasillos de mármol del Vaticano, lejos del barro y del sudor de la gente. León XIV pasó 20 años en Perú. 20 años, hermanos, como misionero en América Latina, conoce nuestra tierra, nuestra gente, nuestra manera de creer, no desde un libro ni desde un informe, sino desde dentro.
Caminó nuestras calles, comió nuestra comida, rezó con nuestra gente pobre, vio con sus propios ojos lo que es una iglesia que vive entre la pobreza, entre la violencia, entre la fe popular más sonda y más hermosa del mundo. Este es un papa, hermanos, que sabe lo que es una procesión por un camino de tierra, que sabe lo que es una capilla humilde, llena de gente que tiene poco de todo, menos de fe, que sabe lo que es acompañar a un pueblo que sufre.
No se lo tienen que explicar, lo vivió. Y por eso su criterio para elegir obispos, hermanos, el criterio que ha dejado claro en muchos momentos es muy concreto. León 14 no busca administradores, no busca gerentes eficientes, no busca hombres de despacho con buen currículum, busca pastores, pastores cercanos al pueblo, pastores que, como le gusta decir usando una imagen preciosa, tengan olor a oveja.
¿Saben lo que significa eso, hermanos? Significa un pastor que está tan cerca de su rebaño, tan metido entre sus ovejas, que termina oliendo a ellas, que no las mira desde lejos, desde arriba, desde un palacio, que está entre ellas, con ellas, oliendo a lo mismo que ellas huelen.
Esa es la clase de hombre que México necesita ahora, hermanos. Y esa es, por lo que sabemos de él, la clase de hombre que León 14 quiere poner. Por eso, hermanos, lo que está en juego aquí es enorme, mucho más grande que un simple relevo de nombres. Lo que está en juego es la fe del segundo país católico más grande del mundo, la fe de decenas de millones de personas y lo que se decida en México no se queda en México.
Tiene peso en toda América Latina, tiene peso en todo el mundo de habla hispana, tiene peso global. Cuando México estornuda, hermanos, la Iglesia hispana entera se resfría. Y déjenme aclarar una cosa sobre el título de este video, hermanos, sobre eso de la batalla por México, porque no quiero que nadie me malinterprete.
Cuando hablo de batalla no estoy hablando de una guerra de armas. La iglesia no es un ejército. Los obispos no son soldados. Y los nuevos pastores que lleguen no van a ir a combatir a nadie con la fuerza, porque esa no es ni nunca ha sido la manera de Cristo. La batalla de la que hablo, hermanos, es otra. Es la batalla por el alma de una iglesia.

La batalla porque a la gente que más sufre no le falten buenos pastores. La batalla porque en medio de la tormenta las ovejas no se queden sin quien las guíe, sin quien las defienda, sin quien esté dispuesto a dar la vida por ellas como la dio el buen pastor. Esa es la batalla. y se libra no con balas, sino con la clase de hombres que el Papa elija.
Y de eso, hermanos, de la diferencia entre un pastor de verdad y un administrador, yo sé algo, porque yo crecí entre pastores de verdad. Y déjenme contarles, yo nací, hermanos, como ya saben muchos de ustedes, en un pueblo pequeño de México, un pueblo de esos donde las campanas de la iglesia marcaban las horas del día y las estaciones de la vida, donde todo el mundo se conocía, donde la parroquia no era un edificio más, sino el corazón mismo de la comunidad.
Y en ese pueblo, hermanos, yo conocí lo que es un cura de verdad, un pastor de verdad, porque el párroco de mi infancia, un hombre al que recuerdo con un cariño que no me cabe en el pecho, era de esos. No tenía coche, hermanos. Visitaba a los enfermos a pie. Caminaba kilómetros bajo el sol o bajo la lluvia para llevarle la comunión a un viejito que ya no podía salir de su cama.
bautizaba a los niños y años después los casaba y años después a algunos los enterraba. Conocía a cada familia por su nombre. Sabía quién pasaba hambre y sin decir nada, sin humillar a nadie, hacía que a esa casa llegara no se sabía cómo, un poco de maíz, un poco de frijol. Ese hombre, hermanos, olía a oveja no porque oliera mal, sino porque estaba tan metido entre su gente, tan cerca de sus alegrías y de sus dolores, que ya era uno de ellos.
No los pastoreaba desde un escritorio, los pastoreaba caminando a su lado, en el barro, en el polvo, en la vida real. Y yo, hermanos, que de niño lo veía hacer todo eso, aprendí desde muy pequeño a distinguir. Aprendí a distinguir con los años entre un pastor y un administrador. Y créanme que la diferencia es abismal.
El administrador, hermanos, gestiona, lleva las cuentas, organiza los horarios, cuida que todo funcione y eso está bien, hace falta, no lo desprecio. Pero el administrador mira a la gente como números, como expedientes, como problemas a resolver, cumple su horario y se va a su casa. Y cuando viene la tormenta, el administrador, hermanos, busca la salida, se protege, se pone a salvo, porque para él en el fondo era un trabajo. El pastor es otra cosa.
El pastor mira a la gente como ovejas que ama, que conoce una por una. El pastor no tiene horario porque el dolor de su gente no tiene horario. Y cuando viene la tormenta, hermanos, el pastor no busca la salida. El pastor se queda, se queda entre sus ovejas en medio del rayo y del viento, porque sabe que un pastor que abandona al rebaño cuando llega el lobo no era un pastor, era un asalariado.
Y eso, hermanos, lo dijo el propio Jesús. Mi abuela Consuelo, que de teología no sabía nada, pero que de la vida sabía todo, tenía una frase para esto y es la frase que quiero que se lleven esta noche. me la dijo una vez, viendo pasar una tormenta de esas que en mi pueblo llegaban de golpe, oscureciendo el cielo en minutos. Me dijo, “Mi hijo, el buen pastor se conoce en la tormenta, no en la calma.
” El buen pastor se conoce en la tormenta, no en la calma. En la calma, hermanos, todos parecen buenos pastores. En la calma, cualquiera sonríe, cualquiera da una bendición bonita, cualquiera queda bien en la foto. Es fácil ser pastor cuando no pasa nada, pero cuando llega la tormenta, hermanos, ahí se ve quién es quién.
Ahí se separa el pastor del asalariado. Ahí se ve quién se queda con las ovejas y quién corre a ponerse a salvo. Y México, hermanos, México está en la tormenta, no en la calma, en la tormenta. Y por eso el Papa León XIV no puede permitirse elegir pastores de calma. No puede nombrar hombres que solo sirvan cuando el cielo está despejado.
Tiene que elegir pastores para la tormenta, hombres con el corazón del cura de mi pueblo, hombres con olor a oveja, hombres dispuestos a caminar con su gente, aunque el camino sea peligroso, aunque abrir la iglesia cueste, aunque ser fiel pueda costar la vida. De eso depende, hermanos, en buena medida, el futuro de la fe de México, de que el Papa elija pastores de tormenta y yo, que salí de esa tierra, rezo cada día para que los elija bien.
Hermanos, antes de la oración, sé que muchos de ustedes me ven desde México, desde esos pueblos, desde esas ciudades, desde esas parroquias de las que les hablo. Y sé que muchos viven con miedo, con incertidumbre, rezando por sus sacerdotes, por sus comunidades, para acompañar esos momentos de oración para cuando el corazón pide protección para los nuestros.
Escribimos junto con las hermanas el libro El escudo de Dios. Está en el primer enlace de la descripción. Tiene una oración para cada momento del día, incluida la oración por los que amamos cuando están en peligro y no podemos protegerlos nosotros mismos. Si sienten que les puede servir, ahí está para ustedes y para su familia. Llegamos al final, hermanos, y quiero que recemos juntos por México, por su iglesia, por sus pastores, los que están y los que vendrán.
Ahora les pido que pongan las manos sobre el pecho, que cierren los ojos los que puedan y los que son de México o tienen su corazón en México, que piensen un momento en su parroquia, en su pueblo, en su campana, en la iglesia donde los bautizaron, donde rezaron de niños, donde quizás reposan sus muertos. Señor, buen pastor, que diste la vida por tus ovejas y que conoces a cada una por su nombre, hoy venimos ante ti a poner en tus manos a tu iglesia en México, a esa iglesia tan grande, tan fervorosa, tan tuya, la de la Virgen de Guadalupe, la de tantos
santos y tantos mártires, la de tu pueblo fiel y sencillo. Te pedimos primero, Señor, por los sacerdotes de México, por los que cada mañana abren las puertas de su iglesia sin saber del todo lo que ese día les espera. Por los que celebran misa en lugares donde ser fiel cuesta caro. Por los que acompañan a su gente en medio del miedo y de la violencia.
Protégelos, Señor, cúbrelos con tu manto y a los que ya dieron la vida por ti, a los que salieron de misa y no volvieron a casa, recíbelos en tu reino y que su sangre sea semilla de pastores valientes. Te pedimos por los obispos que van a dejar su lugar, por los que cumplidos los años entregan su bastón de pastor a manos más jóvenes. Que se vayan en paz, Señor, agradecidos por lo que pudieron hacer y humildes por lo que no alcanzaron.
Y te pedimos por los obispos que vendrán, [resoplido] por ese tercio de la Iglesia Mexicana que está a punto de renovarse, que lleguen, Señor, no gerentes, sino pastores, no hombres de despacho, sino hombres de pueblo. No administradores de la calma, sino pastores de la tormenta. Hombres con olor a oveja, como tú quieres, dispuestos a caminar con tu gente por donde haga falta.
Te pedimos, Señor, por el Papa León XIV, por el hombre que tiene en sus manos esta decisión inmensa. Tú que lo llevaste durante 20 años por los caminos de América Latina. Tú que le diste a conocer desde dentro a nuestra gente. Ilumínalo ahora. Dale acierto, dale buen ojo para distinguir al pastor del funcionario. Que elija bien, Señor, porque de su elección depende la fe de millones de tus hijos durante una generación entera.
Y te pedimos por último por el pueblo de México, por esa gente humilde y creyente que sostiene la Iglesia con su fe a pesar de todo, que abre los templos, que reza el rosario, que no se rinde, que en medio de la tormenta sigue creyendo en ti. Dales pastores a su altura, Señor, porque se lo merecen.
Vaya si se lo merecen. Ren conmigo, hermanos, por los sacerdotes de México, por los obispos que vendrán y porque el Papa elija bien. Amén. Hermanos, antes de cerrar una última cosa, la que resume todo lo que les he querido decir esta noche. México no necesita gerentes. Escúchenme bien, México no necesita más hombres que sepan llevar cuentas y organizar agendas y quedar bien en las reuniones.
De eso hay de sobra en el mundo. México necesita pastores. Pastores con barro en los zapatos y olor a oveja en la sotana. pastores que se queden cuando llegue la tormenta. Pastores como el cura de mi pueblo que caminaba bajo la lluvia para llevarle la comunión a un viejito moribundo, porque para él esa era la cosa más importante del mundo.
Si en estos dos años el Papa logra poner pastores así al frente de la Iglesia mexicana, hermanos, México tiene esperanza, mucha esperanza. Porque un pueblo con fe, bien pastoreado, resiste cualquier tormenta. Lo he visto. Mi pueblo lo demostró. y lo seguirá demostrando. Si este video les llegó al corazón, compártanlo con alguien de México que ame a su iglesia y rece por ella.
Con alguien que tenga un sacerdote valiente en su parroquia y quiera honrarlo. Con alguien que necesite recordar que en medio de tanta noticia oscura, Dios no abandona a su pueblo y que está a punto de mandarle pastores nuevos. Y si quieren acompañar a los suyos con oración en estos tiempos difíciles, recuerden que en el primer enlace de la descripción tienen el libro El escudo de Dios.
Escriban amén en los comentarios si esta noche rezan conmigo por México, por sus sacerdotes, por sus pastores, por su gente. Que Dios los bendiga y los proteja siempre. Que México nunca se quede sin pastores con olor a oveja. Y que cuando llegue la tormenta y siempre llega, hermanos, siempre haya un pastor dispuesto a quedarse con su rebaño.
Los quiero, familia.