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La profesora atea de Carlo Acutis se burló de su fe… y nadie explicó lo ocurrido en clase

Me llamo Elena Montesori y durante 20 años he sido profesora de ciencias en el Instituto Tomaso de Milana en química, biología, física, todas las disciplinas que explican el mundo a través de leyes verificables, datos concretos, evidencias tangibles. Soy, o mejor dicho, era atea convencida, no una agnóstica de esas que dicen, “Tal vez exista algo manteniendo una puerta abierta por si acaso.” Ah, no.

 Yo estaba absolutamente segura de que no existía ningún Dios, ningún poder sobrenatural, ningún milagro. El universo se regía por causas naturales y todo, absolutamente tod do podía explicarse mediante el método científico. Era mi credo, mi convicción más profunda, construida sobre años de estudio riguroso, investigación meticulosa y razonamiento lógico implacable.

 Crecí en una familia católica tradicional de Milán. Mis padres asistían a misa todos los domingos sin falta. Rezaban el rosario por las noches con devoción. Celebraban cada festividad religiosa con fe sincera. La casa olía siempre a incienso los viernes santos. Teníamos un crucifijo en cada habitación. Y mi madre guardaba agua bendita de los urdes en el armario de la cocina.

 Era el mundo en el que nací. El aire que respiré durante mi infancia. Pero desde muy joven yo cuestionaba, no por rebeldía, no por deseo de provocar, sino porque mi mente simplemente no podía aceptar afirmaciones sin fundamento lógico. Cuando tenía 11 años, le pregunté a mi padre por qué Dios permitía el sufrimiento de los niños inocentes.

Acabábamos de ver en las noticias imágenes devastadoras de una hambruna en África, niños con vientres hinchados y ojos vacíos. Su respuesta fue que eran misterios de la fe, que no debíamos cuestionar los designios divinos, que Dios tenía un plan que nuestra mente limitada no podía comprender. Esa respuesta no me satisfizo.

 La en contra evasiva cobarde incluso. Si Dios era omnipotente, omnisciente y bondadoso, ¿por qué no eliminaba el dolor? La contradicción lógica me parecía obvia, gritante, imposible de ignorar. A los 14 años dejé de ir a misa. Mis padres lo tomaron como una fase adolescente de rebeldía que eventualmente pasaría, pero no pasó.

 En la universidad estudié química con fervor casi religioso. Si se permite la ironía, encontré en las ecuaciones, en las reacciones moleculares, en las leyes de la termodinámica. Una belleza que ningún salmo o himno sagrado me había proporcionado jamás. La ciencia ofrecía respuestas verificables, reproducibles, honestas. No pedía fe ciega, sino comprensión crítica basada en evidencia. Me gradué con honores.

Completé dos maestrías, una en química orgánica y otra en educación científica. Publiqué varios artículos en revistas científicas de prestigio sobre síntesis molecular y metodología educativa. Mi carrera académica prometía ser brillante. Podría haber continuado en investigación pura en laboratorios universitarios, pero descubrí que mi verdadera pasión era la enseñanza.

Quería formar mentes jóvenes en el pensamiento crítico, enseñarles a cuestionar, a demandar evidencia, a no aceptar afirmaciones extraordinarias. sin pruebas extraordinarias, igualmente sólidas. La ironía de mi vida profesional nunca me pasó desapercibida y, de hecho, la disfrutaba con cierto sentido del humor oscuro.

 Una atea convencida enseñando en una escuela católica dirigida por las hermanas Marcelina, pero necesitaba el trabajo cuando me gradué a los 24 años y el Instituto Tomaso tenía excelente reputación académica. No era solo una escuela religiosa mediocre donde se priorizara el catecismo sobre la ciencia.

 Al contrario, mantenían estándares educativos rigurosos. Sus estudiantes regularmente obtenían puntajes altos en exámenes nacionales y la biblioteca científica era impresionante. Aprendí rápido a navegar ese mundo. Establecí un acuerdo tácito con las hermanas que dirigían la institución. Yo enseñaba ciencia pura, sin concesiones, sin dulcificar la evolución o el Big Bang.

 Y ellas se encargaban de la catequesis y formación religiosa. Un muro de separación claro entre nuestros dominios funcionó perfectamente durante años. Las monjas conocían mi ateísmo, por supuesto, en una comunidad tan pequeña era imposible esconderlo. Pero mientras no lo predicara abiertamente en clase, mientras no ridiculizara la fe directamente, me dejaban en paz y yo cumplía ese acuerdo.

 enseñaba evolución, explicaba el Big Bang, hablaba de sinapsis neuronales cuando los alumnos preguntaban ingenuamente por el alma, pero lo hacía con respeto profesional, sin burlare abiertamente de creencias que, aunque erróneas en mi opinión, Aaron sinceras, al menos hasta que él llegó a mi clase. Septiember 2003. Un año escolar nuevo comenzaba con el calor tardío del verano italiano, dando paso gradualmente al otoño.

 Yo tenía 38 años, el cabello ya salpicado de canas prematuras que nunca me molesté en teñir porque no creía en combatir vanamente el paso del tiempo. Gafas gruesas de pasta oscura que eran más funcionales que elegantes y una reputación bien establecida entre el alumnado de ser exigente, pero justa. Ese año me asignaron el segundo curso de la educación secundaria.

 Estudiantes de 12 y 13 años. Era mi edad favorita para enseñar. esa transición crítica donde dejan de ser niños que aceptan todo lo que los adultos dicen y comienzan a ser adolescentes que cuestionan, que piensan, que forman sus propias opiniones. Veía como las mentes juveniles despertaban al pensamiento crítico, cómo empezaban a hacer preguntas incómodas, sobre todo, incluida la fe, que les habían inculcado desde el bautismo.

 Entre esos 25 estudiantes estaba Carlo Acutis el primer día de clases. Cuando pasé lista y leí su nombre, un chico delgado de estatura mediana levantó la mano. Cabello castaño ondulado que le caía naturalmente sobre la frente. Ojos oscuros y extraordinariamente brillantes. una mochila blanca gastada al hombro, vestía de manera casual, vaqueros desgastados y una camiseta simple, nada que lo distinguiera visualmente de los demás muchachos de su edad.

 Pero había algo más, algo que no pude identificar inmediatamente, pero que notaba en mi mente analítica como una pequeña anomalía. Había en él una serenidad que me incomodaba instintivamente. A esa edad, los chicos son puro bullicio desorganizado, energía caótica sin dirección clara, inseguridad disfrazada de brabuconería. Carlu er fidi, tranquilo sin ser tímido, atento sin ser obsesivo, con una media sonrisa perpetua que parecía indicar que sabía algo que los demás no sabíamos.

 Los primeros días fueron normales, sin incidentes. Presenté el programa del curso, establecí las reglas de la clase con claridad. Expliqué mi sistema de evaluación. Empecé con los fundamentos de la química básica que necesitarían para el resto del año. Carlo era buen estudiante, eso lo noté enseguida. Tomaba apuntes ordenados y completos.

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