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LA MONJA QUE ACUSARON DEL MAGNICIDIO: el juicio que México nunca debió olvidar

La culparon del magnicidio. Era monja, Ciudad de México, 17 de julio de 1928. 4:20 de la tarde, en el restaurante La Bombilla, un hombre se acerca a la mesa más importante del país con un dibujo en la mano. Álvaro Obregón, presidente electo de México, el hombre más poderoso de la revolución, sonríe mientras mira el retrato que acaban de hacerle.

En ese momento, la mano que sostenía el dibujo desaparece. La otra mano aparece con una pistola. Seis disparos. Obregón cae. El último magnicidio mexicano antes de Colosio acaba de ocurrir y en menos de 24 horas el gobierno va a arrestar a una monja que no estaba en ese restaurante, que no sostuvo esa pistola y que hasta el día de su muerte, 51 años después, negó ordenado nada.

Su nombre era Concepción Acevedo de la Yata. El mundo la conoció como la madre Conchita. Y hay cuatro cosas de esta historia que una vez que las escuches no vas a poder quitártelas de la cabeza. La primera te va a indignar. La segunda no la vas a poder creer. La tercera explica por qué la propia Iglesia Católica la abandonó cuando más la necesitaba.

Y la cuarta es la pregunta que nadie en México se ha atrevido a responder de frente. ¿Quién ganó realmente con la muerte de Álvaro Obregón? Pero antes de contarte la primera, necesitas entender algo, algo que los libros de historia mexicana mencionan de pasada y que cambia completamente cómo vas a ver esta historia.

La madre Conchita no era una mujer común. Era una mujer que se quemaba el cuerpo con hierro caliente como ofrenda a Dios, que dormía en cajones para difuntos, que pidió que la amarraran sobre una cruz y que el día que la arrestaron, el gobierno mexicano recibió una carta de los propios obispos católicos que decía literalmente pueden hacer de ella lo que gusten.

Si alguna vez te has preguntado hasta dónde puede llegar el poder cuando necesita un culpable, dale like ahora mismo. No al final, ahora, porque esta historia merece que más personas la conozcan. ¿Qué habrías hecho tú en su lugar? ¿Confesar algo que no hiciste para que paren la tortura o sostener tu versión durante 50 años sabiendo que nadie te va a creer? Queréato, 2 de noviembre de 1891.

Concepción Acevedo de la Yata nace como la cuarta de seis hermanos en una familia de clase media estable. Desde afuera, nada en su infancia anticipa lo que viene. Una niña devota en una ciudad devota, nada extraordinario. Pero había algo que la hacía diferente, algo que su familia notó desde temprano y que no supo del todo cómo manejar.

Concepción, no veía el sufrimiento como algo que evitar, lo veía como algo que buscar. Miraba las pinturas de santos martirizados en los templos de Querétaro y en lugar de asustarse las encontraba deseables, como si el dolor fuera el camino más corto hacia algo que ella necesitaba desesperadamente alcanzar. Y eso que necesitaba alcanzar tenía un nombre, la santidad.

A los 19 años entró al convento de las capuchinas sacramentarias de Querétaro contra la voluntad inicial de su familia, contra el sentido común de una joven de buena posición que podía tener otra vida. Entró y se distinguió inmediatamente por algo que sus superiores no sabían exactamente cómo clasificar. Su disposición al suplicio era tan extrema que la madre superiora decidió cambiarle el confesor como si cambiara al sacerdote que la escuchaba pudiera moderar lo que ocurría adentro de esa mujer. No funcionó. Conchita continuó.

Se marcó en el pecho una imagen del Sagrado Corazón de Jesús con un hierro candente, no una vez, como una ofrenda permanente, como una declaración que ninguna autoridad eclesiástica iba a poder borrarle del cuerpo. Si estás viendo este video y no estás suscrito al canal, hazlo ahora, porque aquí contamos la historia completa, no la versión del libro de texto, la historia real con todos los documentos sobre la mesa.

En 1922, cuando tiene 30 años, la designan superior del convento de Tlalpan, en el sur de Ciudad de México. Y aquí empieza la segunda parte de su vida, la parte que el gobierno de Plutarco, Elías Calles, va a destruir 4 años después. Tlalpan, 1922. La madre Conchita asume su nuevo convento con entusiasmo y con una convicción que sus monjas no siempre comparten.

Los votos no son una formalidad, son una obligación total, absoluta, sin excepciones, y predica con el ejemplo de la única manera que ella conoce, con su propio cuerpo. Ahí conoce a Carlos Castro Valalda, un hombre que empieza a aparecer en los eventos donde la superiora está presente, que siente por ella una atracción que la religiosa en ese momento no corresponde.

Ese detalle va a volver más tarde, en el lugar más oscuro de esta historia. El 14 de junio de 1926, Clutarco Elías Calles firma la ley de tolerancia de cultos. El mundo la conoce como la ley calles y lo que hace es simple. decide que el gobierno mexicano va a controlar la Iglesia Católica, limita el número de sacerdotes, obliga a registrar cada ceremonia religiosa ante el municipio y reforma el Código Penal para castigar a quien transgreda las nuevas reglas.

En agosto de 1926 estalla la guerra cristera. Milicias católicas contra el ejército federal, sacerdotes ejecutados, conventos cerrados, el convento de Tlalpan, donde la madre Conchita ejerce como superior a Sierra por orden del gobierno en enero de 1927. Y la madre Conchita hace lo que haría cualquier persona que cree que lo que defiende vale más que su seguridad, lleva a sus monjas a casas particulares y sigue celebrando el culto en la clandestinidad.

Pero lo que nadie te cuenta es lo que ocurre después, porque es en ese momento de clandestinidad y persecución cuando la madre Conchita conoce a dos personas que van a cambiar todo. La primera es el padre Miguel Agustín Pro, el sacerdote jesuita que ya conocemos, el que fue fusilado por orden de calles el 23 de noviembre de 1927 con los brazos abiertos en cruz.

El padre pro, según las propias memorias de la madre Conchita, la presionó para que sacrificara su vida en defensa de la Iglesia. Ella se negó en principio, después dice, accedió sin llegar al extremo, quizás porque el padre pro murió antes de que ese extremo llegara. La segunda persona que conoce es José de León Toral, marzo de 1928, un joven de 27 años, potosino, miembro de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, devoto hasta el borde del fanatismo, exaltado por la muerte de los hermanos pro, consumido por una pregunta

que lo perseguía desde meses atrás. ¿Hay algo que yo pueda hacer para que esto pare? Toral ve en la madre Conchita una figura de autoridad espiritual que él no encuentra en ningún otro lugar. Y ella, según los testimonios, tiene con él una amistad corriente como con muchos otros feligreses. Pero Toral no lo vive así.

Para él, esa mujer que se ha marcado el cuerpo con hierro caliente, que ha seguido celebrando la misa cuando el gobierno amenazaba con matarla, que habla de la persecución con una convicción que nadie más tiene en su entorno. Esa mujer es algo más que una amiga. Es una señal. Y entonces ocurrió algo que nadie esperaba.

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